Saludo a los magistrados de la paz

Libertad, La Justicia, La Paz, Aves

Lo perfecto es enemigo de lo mejor. El Comité de Escogencia de los magistrados que integrarán el Tribunal de Paz y las salas de la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) hizo en líneas generales una buena elección y así bien hay algunos nombres que deben mirarso con cuidado (los exjueces de la justicia penal militar y algún exmagistrado de la Corte Constitucional que ahora defiende multinacionales del carbón), quedó integrado un cuerpo con diferentes visiones y trayectorias. Cabe destacar la alta representación de las mujeres, de las regiones y, especialmente el nombramiento de cuatro juristas indígenas. Igualmente, es de saludar la presencia de varios defensores y defensoras de los derechos humanos,  de  víctimas o de presos políticos, entre ellas Nadiezda Henríquez, hija de un desaparecido, Reinere Jaramillo, Sandra Gamboa y Pedro Mahecha. Ello no significa para nada sesgo, sino por el contrario, compromiso con los objetivos y naturaleza de esta forma especial de justicia.

En todo caso, se marca un contrasta con la manera amañada y muchas veces corrupta como se han elegido los miembros de las altas cortes, hoy hundidas en el pantano del desprestigio a causa precisamente de esas situaciones y de hechos realmente vergonzosos que han dado lugar a que algunos magistrados estén hoy entre rejas y muchos en capilla, “con la toga al cuello”.

Expreso pues mi esperanza en que la JEP, en cabeza de los designados, tenga un desempeño acorde con los acuerdos de paz y con que se imparta una justicia restaurativa que contribuya a la reconciliación de los colombianos.

A juzgar por las declaraciones publicadas en la prensa nacional,  los magistrados de origen indígena Juan José Cantillo Pushaina (wayuu), Belkis Florentina Izquierdo (arhuaca), Ana Manuela Ochoa(kankuama) y José Miller Hormiga (totoró), no solamente estarán a la altura de las expectativas que se tienen sobre este alto tribunal, sino que aportarán las visiones de la vida y de la justicia que tienen los pueblos originarios, Castillo Pushaina enfatizó la necesidad del diálogo intercultural. Belkis recalca que los sistemas de justicia indígena, como claro ejemplo de un derecho restaurativo son un gran aporte para la construcción del modelo de justicia transicional, en cuanto tienen un enfoque integral y holístico que permite representar la diversidad y distintas formas de comprender la justicia, la verdad y la vida.

 

Por su parte, Ana Manuela tiene muy claro que la implementación de la JEP  esté articulada con la Justicia Especial Indígena, que es reconocida por el derecho colombiano. Finalmente, Hormiga sostiene que su conocimiento del derecho propio, el origen de los usos, costumbres y procedimientos de las comunidades le permitirá actuar como maigstrado en el cumplimiento de los estándares internacionales y en coordinación con las dos jurisdicciones, buscando que haya garantías tanto para las víctimas como para los procesados con un nefoque diferencial étnico.

 

A ellos, así como a los demás escogidos, nuestra felicitación y los mejores deseos en la importante labor para la que fueron designados.

 

 

 

Anuncios

Un hombre de palabra

 

Manizales Colombia Related Keywords & Suggestions ...

Manizales, llamada por un poeta local “la colina iluminada”, aparece en mi memoria, a fines de los años cincuenta repleto de verdor, con pico y placa climático porque un día brillaba el sol y al otro, la niebla le daba un aire misterioso al paisaje. A horcajadas sobre la cordillera central, coronada por las cúpulas blancas del Nevado del Ruiz, de su hermanos menores Santa Isabel y El Cisne,  y del paramillo de Santa Rosa, de nevedad ocasional, la urbe era un puente entre la tierra fría y las tierras medias que descienden suavemente hacia las comarcas ardientes de la vega del Cauca. En las cumbres hielo, volcanes y alturas de vértigo, en la mitad tibio aroma del más suave café y abajo fragante torridez de dulce caña surcada por uno de los ríos bravíos de la patria.

Vivíamos en un barrio suburbano donde se abrazan la ciudad y el campo y las casas contaban con amplios solares en los que abundaban las brevas, tomates y otras frutas de clima frío. Mis primeros recuerdos me retrotraen a una amplia vivienda de bahareque siempre llena de gente, bullente de vida como una colmena, con personas de todas las edades. La familia se componía de los padres, ocho hermanos, cuatro tíos que se quedaron a vivir con nosotros y siempre había dos o tres primos o primas que pasaban largas temporadas.

Veo entre la bruma de los años a mis padres contando a la chiquillada historias de espantos y brujas y al único abuelo que conocí, un hidalgo venido a menos, sentándome en sus piernas para narrarme las aventuras de “Tío conejo” y otros personajes del folclor tradicional como La Patasola, La Madremonte, El Duende y otros que creía eran tan reales como las personas de carne y hueso.

Maravillado con los juegos de palabras, con frecuencia pasaba horas escuchando en los parques a uno de los tantos  culebreros que iban de pueblo en pueblo y mantenían a la audiencia alelada con su palabrería y que haciéndose pasar por indios o extranjeros,  sin disimular o más bien enfatizando el acento paisa, decían tener el remedio para todos los males. Recuerdo que mientras manipulaba y simulaba hipnotizar a un gran reptil, a la voz de “quieta Margarita”, uno de estos personajes se presentaba como “El indio, culebrero, yerbatero del eje cafetero y de antioqueños descendiente, enamorador, trovador y bohemio, con carriel, poncho y sombrero, inventor del andar parao, que hizo de pa’ arriba la pendiente,  puso el occidente frente a oriente, y norte y sur las puso a lao y lao. Brujo de Manzanares, primo hermano de Satanás, de curarlo soy capaz y si tiene algún maleficio, curar males del corazón y lepras es mi oficio sin ningún sacrificio.”

Al hechizo de la oralidad se sumó muy pronto la magia de la palabra escrita. Mi padre, que a duras penas había cursado segundo de primaria pero que desarrolló una impresionante formación autodidacta que lo llevó incluso a ser diputado departamental, leía incansablemente libros y periódicos. Esto me hizo ver como algo natural el leer y escribir. Sentía envidia al ver a mis hermanos mayores salir contentos a estudiar portando orgullosos sus cajas de colores y cuadernos. Mi impaciencia por entrar a la escuela era cada vez mayor, presioné a mi madre para que fuera a matricularme a pesar de que formalmente no se podía pues cumpliría los siete años en marzo y el año escolar comenzaba en enero. Grande fue mi decepción cuando me dijo que los profesores no aceptaron matricularme, no recibían a nadie antes de la edad reglamentaria, pero no me resigné y el día del comienzo de clases me escapé de la casa y me colé en las aulas sin estar matriculado. Ingenuamente pensé que dando otro nombre no habría problema, sin pensar que la suplantación, por lo demás de alguien que tampoco se había registrado formalmente, era mucho más grave.

Lo importante era que estaba estudiando y las palabras impresas empezaban a revelarme sus secretos. No me limitaba a verlas en las hojas de cuaderno y en los libros de lectura. Las veía y leía en todas partes y donde estuvieran ya eran mis amigas. En las vacaciones de Semana Santa de ese primer año de escuela avancé en la lectura en casa de una tía que vivía en el campo. Ella y su esposo eran profundamente católicos (su luna de miel en una casa cural, estrictamente supervisada por un sacerdote de confianza es parte de la historia familiar), tenían su casa llena de estampas sagradas y todos los días rezaban el rosario. No había muchos libros, apenas sí la Biblia, un catecismo y algunas vidas de santos, pero quizás el respeto que en mi casa se tenía por los libros y el ambiente de devoción que se vivía en la finca de la tía hicieron que la lectura fuera casi una experiencia religiosa. Aún resuenan en mi memoria las lecturas que hacía largas horas en el suelo de los periódicos puestos para secar el piso y se revive ese otro sortilegio de ver letras en idiomas extraños al ver que en pedazos de cajas en las que venían ayudas provenientes del programa Alianza para el Progreso encontraba leyendas como “This side up” o “Donado pelo povo dos Estados Unidos”.

Mi madre, sorprendida gratamente por mi incorporación voluntaria a la escuela, creyó mi versión de que había sido inscrito por una vecina que tenía varios hijos en la misma institución, mimetizándome con el nombre de uno de ellos. Hacia mitad de año, cuando en un recreo, “Melcocha”, mi compañero de pupitre me llamó por mi nombre, el profesor Roosevelt Quintero, me preguntó alarmado:  “¿ Por qué te dice Jaime si eres Gustavo?”. No tuve más remedio que contarle la verdad y mi temor de que fuera a expulsarme se disipó cuando dijo: “Dile a tus padres que vengan, que tenemos que hacer de nuevo los papeles pero no faltes a las clases, no me voy a deshacer de un alumno que sí aprovecha lo que se le enseña”. Mi madre también me apoyó, aunque con una salvedad. “Eso sí, más que por matricularte a escondidas, me disgusta que hayas escogido el nombre de un Idárraga, esa familia de delincuentes que siempre tiene a uno de sus miembros en la cárcel, acuérdate que hay como dos en Gorgona que es a donde llevan a los asesinos, más bien son Idarragángsters. ¡ Mi hijo Gustavo Idárraga, por Dios!”

Me pareció que mamá no era justa con el amigo del cual tomé el nombre y que exageraba pero cuando al poco tiempo asistimos al velorio de Óscar, un miembro de ese clan, muerto en un operativo policial en el que se intentaba rescatar a una persona secuestrada por él y luego presencié episodios que involucraban a otros hermanos suyos, a veces en atracos o peleas con armas entre ellos mismos, me di cuenta de que la aprensión de Ofelia era totalmente justificada. Pero qué le vamos a hacer, así es la vida y por un tiempo llevé inocentemente ese apellido; situación que espero no haya sido registrada por los organismos policiales y que decenas de años después, dadas otras hazañas de esos vecinos, todavía me preocupa.

Feliz de haber retomado mi identidad y de estar legitimado en el estudio me disparé más en mi amor por la palabra cuando mi padre, por esos primeros años de educación elemental, me contagió su entusiasmo por la palabra en función política y de denuncia de las injusticias sociales. Aún estaban frescas las heridas de la guerra civil española y de hechos dramáticos en América Latina y en eventos político-culturales me ponía a leer poemas en homenaje al bardo español Federico García Lorca o al prócer Augusto César Sandino.

Sin salir físicamente de la capital de Caldas, me transportaba a las vegas de Andalucía al  recitar:

 “Mataron a García Lorca, por las calles de Granada gitanos pesares lloran/ se durmieron los claveles en su herida fresca y roja/hay un gemir de guitarras en tono de cuerdas roncas/malaya los que mataron al poeta García Lorca …”.

También estaba espiritualmente en un hermano país centroamericano al declamar en público en actos partidarios:

“Por tierras de Nicaragua ya mataron a Sandino/lo mataron malamente lejos de los agrios riscos/donde ayer no más flameaban sus banderas de heroísmo/por tierras de Nicaragua galopan los asesinos/hacia una noche de bosques perseguidores de olvidos/y veinte mil generales de bigotes retorcidos/y espadas que son de acero pudiendo bien ser de vidrio/se sienten más generales desde que murió Sandino”.

Así pasaron los años, siempre acompañado de la lectura de alguna obra literaria que me mostraba escenarios y personas distintas a la vida cotidiana, hasta cuando, ya iniciando la tercera década, un episodio dramático me demostró hasta qué punto la literatura era parte esencial de mi existencia.

No era solamente la literatura, las palabras cruzadas también empezaron a ser parte indeleble de mis hábitos y una gran compañía, en las largas horas de espera en las filas que se formaban para ingresar a los almacenes del Instituto Nacional de Abastecimiento  -INA- a donde era enviado para comprar a precio favorable los productos de la canasta básica.

Los 80 fueron años turbulentos en los que los diálogos de paz entre el gobierno de Belisario Betancur y las Farc-ep sucumbieron ahogados en sangre al darse el exterminio de la Unión Patriótica, movimiento político surgido al calor de esos acuerdos como una vía para la inserción en la legalidad de los alzados en armas. Fui elegido diputado por esa agrupación y a partir de ahí el riesgo de muerte fue cada vez más inminente. La denuncia de los asesinatos de compañeros y amigos y la presencia en sus sepelios copaba la mayor parte del tiempo y la amenaza siempre estaba latente. Fueron varios años de tensión casi insoportable en los que en algunas ocasiones los asesinos llegaron a estar al frente de mi casa o muy cerca de lograr su objetivo. Muchos factores contribuyeron a que saliera ileso de esa situación, entre ellos la solidaridad  de muchas personas que me protegieron o me avisaban de situaciones peligrosas, pero también, de alguna manera estuvieron las letras dándome consuelo y compañía.

En los pocos momentos de relativa tranquilidad que podía tener, las aventuras narradas por Julio Verne en los más exóticos escenarios del planeta, las desventuras del ingenioso hidalgo manchego, los personajes de Dostoyeski, los piratas de la Malasia de Salgari, los escritores del boom latinoamericano, los costumbristas y humoristas colombianos Tomás de Carrasquilla, Rafael Arango, Eduardo Londoño, entre otros muchos autores, me hicieron más llevadera la situación y me mostraron que el drama del ser humano es el mismo en todas las épocas y países.

Serpientes en acción

Ya estaba por derecho propio en la lista de condenados, pero el declarar ante los jueces que investigaban el crimen de un destacado dirigente obrero develando cómo estaban comprometidos los mandos del batallón local hizo que los planes para mi eliminación se aceleraran. No fue solamente ante la justicia sino también ante la opinión pública que di a conocer cómo el suboficial Herman Londoño Vergara había asesinado al líder sindical y exconcejal Rubén Castaño, como parte de una misión ordenada y supervisada por el coronel Henry Bermúdez Flórez y el mayor Alejandro Fonseca Jamette, primero y segundo comandantes del ejército en el departamento. El coronel, de mediana estatura y complexión gruesa, tenía gafas redondas, pelusilla a modo de bigote y dientes de roedor que le daban un aire de Himmler criollo. El mayor, alto y atlético, de fría mirada reptiliana, siempre caminaba con las manos separadas del cuerpo como en los duelos del lejano oeste, listas en todo momento a tomar una gran pistola que portaba en la espalda a nivel de la cintura.

Por fortuna las autoridades civiles me dieron alguna protección que aunque limitada, tenía cierto efecto simbólico y disuasor. Hasta ese momento únicamente me acompañaba durante los desplazamientos entre la casa, la sede partidaria y la oficina, solamente armado de valor, Hernán Toro, amigo que por la época estaba desempleado y que por esas mismas calendas murió de un cáncer de estómago que lo consumió velozmente después de devorar en varios días de comilona buena parte de una vaca fulminada por un rayo.

Por esos días en una prestigiosa publicación capitalina salió una nota sobre el número de personas que trabajaban en la protección de otras y se señalaba cómo en ese punto se veían las grandes diferencias sociales que iban desde un cuerpo de escoltas de 32 personas en autos blindados y cuatro motos para el industrial más rico del país, hasta el modesto político de provincia que tiene que recurrir a los servicios por horas de un policía retirado o de un boxeador en decadencia. Salí de esa última categoría por la muerte de mi cuidador (que en su mejor momento se había desempeñado como agente de policía y pugilista aficionado) y porque el gobierno me asignó a Silvio, escolta policial que ejerció de ángel de la guarda en los momentos más oscuros de la conspiración en contra del partido al que pertenecía. Esa protección se reforzó con el apoyo que me brindó Juan Carlos, amigo personal a quien por su conducta de gigoló italiano llamaba Gian Carlo, el cual por esa época me sirvió de conductor-guardaespaldas. Por lo demás esto, amén del alto riesgo ya implícito, le atrajo también una fuerte amenaza que se expresó en un sufragio enviado a su vivienda en el que invitaban a sus funerales y a los de su jefe, remitido “atentamente” por quienes se identificaron como “los sicarios”.

Además el gobernador, Fortunato Gaviria, escribió al comandante del batallón pidiendo que se diera trámite a mi petición de venta de un arma de defensa personal, a lo que los uniformados se habían negado en tres ocasiones. Una tarde que acudí a la boca del lobo para inquirir si finalmente se había aceptado mi solicitud, el mayor Fonseca, en rígida posesión marcial  en la que resaltaba el pistolón que era parte de su personalidad, me saludó con sorna diciendo “bueno doctor, por la carta del gobernador le vamos a vender un revólver pero usted va a necesitar es metralleta”.

Una tarde en que el calor apretaba, en la vereda Alto del Guamo, el suboficial Londoño escuchó los gritos desesperados de una mujer que pedía ayuda desde el interior de una casa. Al acudir vio a una joven presa del pánico porque una enorme serpiente de cascabel se acercaba a la cuna en que dormía plácidamente un bebé. El hombre mató al ofidio y sudoroso procedió a refrescarse con la limonada que le sirvió la madre de la muchacha, que al instante había aparecido con otros parientes. En el clima de fraternidad creado por el suceso, el militar informó que estaba en misión especial y al observar en la pared carteles con fotos de diferentes políticos, entre ellos una mía, les preguntó si eran mis amigos. La dueña de casa, Alba Griselda García, destacada dirigente comunal, enfermera y abnegada servidora de su comunidad, le respondió que la iban bien con todos los partidos desde que le ayudaran a la sociedad, que ellos no tenían preferencia, que eran bienvenidos los políticos que llegaran con buenas intenciones, que  la gente debía escoger libremente y que además yo les había colaborado en un trámite de servicios públicos.

Herman les dijo que eso no estaba mal, que siguieran relacionándose con los demás partidos pero que Jaime Jurado y los de la UP eran de la guerrilla y lo iban a matar, que trataran con cualquiera menos con esos y que mejor les sirvieran de  informantes. Los anfitriones le dijeron que no sabían escribir, pidiéndole que escribiera sus datos en un cuaderno que tenían para registrar a todos los visitantes y así lo hizo, dejando plasmado de su puño y letra su nombre y los teléfonos del batallón de Manizales y de otro de Buga a donde iba a veces en comisión.

Al día siguiente la señora García se hizo presente en mi oficina muy alarmada, con el cuaderno en su mano me refirió el hecho y me acompañó para testificar ante las autoridades. Al hacerse pública la denuncia la solidaria campesina también fue amenazada y recibí información fidedigna que daba cuenta de que sus superiores en las fuerzas armadas oficiales reprochaban al subalterno por haberse dejado detectar en esa forma pero le prometieron una pensión especial anticipada si cumplía la misión encomendada.

Al ver que el panorama, lejos de mejorar se hacía peor cada día, que constantemente caían importantes dirigentes del movimiento, entre ellos el líder principal y candidato presidencial Jaime Pardo Leal y que el entramado criminal contaba con importantes componentes en el aparato estatal, a lo que se añadía que en mi caso específico uno de mis sicarios, con quien a esas alturas puede decirse que ya tenía una relación casi personal, me respiraba en la nuca, “por motivos de salud” a comienzos de 1988 abandoné el país con rumbo al Uruguay. Antes de salir de Colombia me desplacé con Gian Carlo a Bogotá, dejándolo integrado al equipo de seguridad del líder de la UP, Bernardo Jaramillo Ossa, también amigo y coterráneo, en ese momento el hombre más amenazado del país y asesinado dos años después.

Como ya el sentido del tiempo era otro, no tomé una ruta directa hacia el país oriental sino que decidí hacer el camino por Brasil, Paraguay y Argentina, recorriendo primero el río Amazonas desde Leticia hasta Manaos. Como siempre, iba con libros, entre ellos el de moda en el mundo, La perestroika de Mijail Gorbachov, así como una carta de la Unión Patriótica de Colombia dirigida a los líderes del Frente Amplio del Uruguay pidiéndoles que me apoyaran en mi estadía en ese país.

Preso en el extranjero

Recorrí Brasil con la emoción de conocer a nuestro gran vecino, tan lejano y cercano a la vez y cuando me presenté en la frontera paraguaya en la ciudad llamada en ese entonces Puerto Stroessner, sin ser culpa de ellas, las palabras me jugaron una mala pasada. El país era regido desde 1954 por el decano de los dictadores latinoamericanos, Alfredo Stroessner y todo lo que oliera a izquierda era perseguido severamente.

–Este libro no pasa ni a kilómetros de aquí- rugió uno de los aduaneros que revisaba mi equipaje mientras me miraba con gesto adusto.

En ese momento solo lamenté que no había terminado su lectura y pensé que la pérdida monetaria de lo invertido en Perestroika no era muy grande pero inmediatamente se demostró que mi cálculo era muy ingenuo y que estaba lejos de reconocer la dimensión tan peligrosa que tomó el asunto. Al momento el hombre fue acompañado por otros que hablaban entre ellos en guaraní (idioma que además del español habla la mayoría de la población), que procedieron a esposarme sin dar ninguna explicación. La única frase que dijeron en castellano fue referente a que habían capturado un pez gordo cuando vieron el carnet de diputado de Caldas, debido a que en otros países se llama diputado al miembro de una de las ramas del legislativo nacional, la Cámara baja. Internamente me reí ante la ironía de que me consideraran pez gordo, cuando mi peso apenas sí sobrepasaba los 60 kilogramos. Luego fui llevado al primer batallón de frontera para ser conducido ante un general que evidentemente era la máxima autoridad de la guarnición.

El alto oficial me preguntó si efectivamente pretendía ingresar  a su país con literatura subversiva. Le respondí que estaba entrando legalmente, que la obra Perestroika estaba permitida en Colombia y era de gran actualidad en el momento por los cambios que estaba introduciendo su autor en la Unión Soviética. Más tranquilo el hombre inquirió mi opinión sobre Gorbachov, ante lo cual le dije que me parecía un político muy valiente al reconocer las fallas que presentaba el sistema del que era dirigente máximo y especialmente por sus planteamientos de la necesidad de que los líderes de todos los gobiernos pusieran los intereses generales de la humanidad (entre ellos el riesgo de catástrofe nuclear, la crisis ambiental y la pobreza global) por encima de los conflictos nacionales y de clases.

El general, cuyo bigote a lo Dalí llegaba hasta las orejas y le tapaba casi todo el rostro, escuchaba con interés mi respuesta pero de un momento a otro pareció recobrar su carácter de represor y me increpó vociferando “de modo que usted es un estudioso de la filosofía marxista”, a lo que repliqué “no general, simplemente soy una persona inquieta por los problemas del mundo y  miembro de un partido legal en mi país que busca conocer otras experiencias”. Nuevamente calmado me informó que se me tomaría una declaración y se decidiría al día siguiente qué hacer conmigo.

La declaración fue rendida ante un escribiente que se limitó a hacer preguntas sobre el motivo de mi presencia en su tierra y a la vez siempre di las mismas respuestas sobre que era miembro de un movimiento legal, que salía de Colombia por las amenazas e iba a Uruguay para radicarme allí un tiempo, que si tuviera algún problema con la justicia el gobierno de mi país no me hubiera expedido un pasaporte ni me hubiera permitido salir y solicitaba que se me permitiera entrar en contacto con la representación diplomática colombiana.

No hay respuesta. Silenciosamente me doy cuenta que soy uno más de los detenidos-desaparecidos de la dictadura. Estoy dos días en el cuartel pero no en celda ni esposado sino en una relativa libertad dentro de sus instalaciones, de las que desde luego no se me permitía salir. En algún momento siento agitación y bulla en la puerta de entrada y noto que afuera algunas decenas de civiles gritan y reclaman. Tanto por el contenido de sus protestas como por la información que me da uno de los centinelas me entero de que se trata de vendedores ambulantes que no protestan contra el gobierno en sí mismo sino que piden mejores condiciones y que se les deje trabajar en las calles. Noto que la dictadura ya no las tiene todas consigo y que aunque tímidamente, el pueblo ya empieza a levantar la voz.

Al mismo tiempo, como una epifanía, aparecen una vez más mis viejas amigas las palabras. Siento que de alguna manera acuden de nuevo en mi ayuda. En un diario que tomo furtivamente aprovechando un descuido de la guardia me entero de un conflicto diplomático entre Colombia y Paraguay debido a que en la residencia de nuestro embajador, Vicente Martínez Emiliani, se ha refugiado el capitán Napoleón Ortigoza pidiendo asilo diplomático. Este exmilitar había cumplido 25 años de prisión, acusado injustamente del asesinato de un alférez que presuntamente podía delatar un supuesto complot contra el dictador. No obstante haber cumplido la larga condena y ser liberado de la cárcel, en la práctica se le tenía en arresto domiciliario porque siempre había agentes secretos afuera de su residencia que le impedían salir. Entonces un cuñado suyo, Hermes Saguiar, miembro del partido Febrerista, uno de las agrupaciones políticas distintas al oficial partido Colorado que empezaban a salir a la luz, lo sacó de su encierro escondiéndolo dentro de una furgoneta de una empresa de limpieza y lo llevó a la residencia de nuestro representante diplomático.

Siento en ese momento que mi suerte y la del capitán pueden estar ligadas y que alguien en el gobierno podría pensar que la captura del que creían era un pez gordo en algún momento pudiera ser una carta a jugar en el impase diplomático creado por la presencia del exoficial en territorio jurídicamente colombiano. Ya tengo un dato que eventualmente puede ser útil. Sobra decir que me habían confiscado los libros y no tenía a mano ningún material de lectura ni de escritura y que todo ahora debía quedar en la memoria por lo que retuve como un tesoro el nombre del representante del país.

Tres días después soy conducido sin explicaciones a un auto Volkswagen, de nuevo con las manos esposadas, en medio de dos miembros de los servicios secretos. No me dicen nada ni responden a mis preguntas de qué pasará conmigo y a donde vamos. No sé si juegan al viejo truco del bueno y el malo o si simplemente esas son sus personalidades, pero uno de ellos es más amable y al menos no me mira con odio, mientras el otro no disimula para nada su desprecio. Pocas cuadras después del fuerte militar veo que la carretera se abre en dos: por una parte conduce al oriente, al Brasil y por la otra tiende al occidente, al interior de Paraguay. El corazón me palpita con fuerza implorando en silencio que el auto se encamine al este porque significaría que me devuelven al país desde donde ingresé, en tanto cualquier otro rumbo implicaría mi eliminación o por lo menos prolongar la detención. Los segundos se hacen eternos y creo sentir alguna esperanza cuando el “malo”, cuarentón gordo y alto de cara rubicunda, parece dirigir el vehículo en la dirección esperada por mí, pero no, es una broma dirigida a desanimarme porque en seguida toma rumbo al oeste con gran velocidad mientras dice “ahora sí vas a conocer el país, cabrón”. Instintivamente dirijo mi mirada al “bueno”, trigueño, de estatura mediana, de aproximadamente treinta años, que tranquilamente comienza a afeitarse en seco, lo que me permite suponer que si me van a ejecutar no sería pronto o por lo menos no a manos de estos dos ya que nadie se rasura para matar a otro. Al terminar su corte el hombre pasa a mirar cuidadosamente una carta que lleva en sus manos. El instinto de conservación agudiza increíblemente las facultades sensoriales y mentales y no sé cómo, a pesar de no estar muy cerca del texto ya que voy en el asiento de atrás, alcanzo a leer que es una comunicación oficial del jefe militar de la zona oriental dirigido al Estado  Mayor del Comando Conjunto de las Fuerzas Militares informando que un diputado extranjero fue sorprendido intentando entrar al país con propaganda subversiva dejando a juicio de esa jerarquía si definía mi suerte, me pasaba a otra dependencia o me enviaba ante el “Excelentísimo Teniente General Alfredo Stroessner Presidente y Jefe Supremo de la República”.

¿Qué tengo que ver yo con ese viejo, hijo de su señora madre? Es lo único que alcanzo a pensar en ese instante. No puedo imaginarme qué se sentiría al comparecer ante un déspota de mano de hierro, dueño de vidas y haciendas en su nación, en la que no se mueve una hoja sin su voluntad. Rápidamente recobro la serenidad y paso a reprocharme haber relacionado a su progenitora con un antiquísimo oficio que no goza de muy buena prensa y me prometo, si salgo de esta, una campaña personal para cambiar la blasfemia más fuerte del idioma de manera que no involucre a la autora de los días del insultado. Pero no es hora de diletantismos, es el pellejo lo que está en juego y hay que volver al estado de concentración máxima y de observación total, por lo demás en un silencio impuesto por la peculiar guardia pretoriana que me acompaña.

En una estación de gasolina a unas dos horas de recorrido no me permiten bajar y el más joven me pone sobre los brazos con cierta delicadeza una manta para que ningún curioso advirtiera que mis brazos no eran propiamente “manos libres”.

Al cabo de cuatro horas de recorrido diviso los destellos azulinos de un hermoso cuerpo de agua adjunto a un paisaje de sabanas de altas hierbas, esteros y pequeñas lagunas, en las que emergen algunas islas llenas de palmeras.

La memoria me dice que puede ser Ypacaraí y que ya estamos cerca de Asunción, la capital. Así se lo pregunto al recién afeitado, quien responde que sí, a la vez que se asombra de que yo conozca la letra de la famosa canción que lo menciona, tanto que le digo cómo comienza: “Una noche tibia nos conocimos/Junto al lago azul de Ypacaraí/Tú cantabas triste por el camino/Viejas melodías en guaraní/Y con el embrujo de tus canciones/Iba renaciendo tu amor en mí/Y en la noche hermosa de plenilunio/De tu blanca mano sentí el calor …”

Esa única conversación en el camino hizo que la incertidumbre sobre mi destino fuera matizada por el gesto amable del “bueno”, así como por el breve encuentro con el sitio natural más famoso y la evocación de la melodía más conocida del país guaraní.

Poco dura el embrujo porque la llegada a la capital y la rauda velocidad a la que se desplaza el automotor me vuelven a la realidad de mi triste condición de prisionero-desaparecido sin nombre. Pero otra vez surge poderoso el deseo de escapar y al menos tener la esperanza de alguna posibilidad de salir de la situación. Trato de memorizar las calles y de ser posible, ubicar alguna embajada en la que pueda intentar algo similar a lo que hizo Ortigoza, aunque por ahora no hay furgón en el que pueda camuflarme. La velocidad me impide recordar los nombres de las calles, acostumbrado a que en Colombia se distingan por números, cuando estoy memorizando un nombre ya estamos en otro. Yo que a duras penas diferencio un sargento de un general, me mareo con el rosario de suboficiales y oficiales de las vías urbanas, pues casi todas tenían denominaciones militares.  Desfilan los mariscales, generales y coroneles en bulevares, grandes alamedas o avenidas, en tanto otras calles menores tienen denominaciones de mayores o capitanes: Pasamos por “Mariscal Estigarribia” en cruce con Avenida España donde veo una casa grande con las letras Embajada de Argentina. Bueno, algo es algo, por lo menos ya sabría a dónde dirigirme en caso de que pudiera escapar de las garras de mis custodios. Al instante estamos en la Avenida Mariscal Francisco Solano López en estrecho abrazo marcial con General Santos y el carro franquea la reja de entrada de una enorme edificación repleta de militares. A esta altura ya imaginaba la ciudad como un enorme laberinto de vías que subían o bajaban según los grados castrenses hasta llegar a la cúpula, a disposición de cual pronto estaría tal vez como chivo expiatorio de la fuga de Ortigoza o por cualquier otra cosa. El carnet de mis acompañantes les abre las numerosas puertas del edificio en que resuenan las botas y relucen las vestimentas cuya rígida uniformidad apenas es rota en algunos de ellos, mayores y más gruesos que los demás, por el brillo de numerosas medallas colgantes que los hacen andar inclinados. La femineidad de las secretarias y sus ropas civiles matizan la severidad del ambiente.

Uno de mis no tan angélicos guardianes entrega a una joven asistente la misiva para el Estado Mayor y le susurra algo que no logro captar, pero sí alcanzo a escuchar que ella dice que llamará al general Baldovino que está en reunión del alto mando. La chica se dirige de inmediato a una sala contigua y al momento regresa acompañada por un anciano de figura menuda y andar imponente, de ojos azules, barba y pelo canos que lo hacen parecer un Papá Noel en traje de fatiga. Por la majestuosidad del vejete y el temor reverencial que muestran ante él mis vigilantes, deduzco que es un jerarca que puede decidir mi suerte. “Con todo respeto general, no he cometido ningún delito ni intervengo en los asuntos de Paraguay; soy un colombiano en tránsito hacia Uruguay a raíz de la violencia que se vive en mi país”. Al menos se digna responderme y en tono neutro manifiesta: “Debería haber sido más cuidadoso, sabe que el Papa viene en estos días y por eso extremamos los controles en las fronteras”. “Le repito que no tengo nada ilegal ni represento ningún peligro para nadie, menos para Su Santidad; el Estado colombiano me dio un pasaporte que certifica que no tengo ningún problema con la justicia y pide a las otras autoridades del mundo que me protejan, le pido que me permita comunicarme con la embajada de Colombia”. Tras pensar un poco el hombre sentencia: será llevado a Inteligencia de la capital para seguir investigando.

Al salir del Estado Mayor ya no me interesa la curiosa toponimia de las vías urbanas y sin darme cuenta estoy en mi nuevo hogar: la sede nacional de inteligencia donde al parecer por error me introducen en una celda en la que hay otras personas. Pregunto a dos muchachos que me inspiran confianza por qué está allí y me dicen que por riña. Les inquiero sobre si tienen contacto con el exterior y me explican que los visitaban sus novias y los abogados; y les imploro que por favor les pidan a sus contactos que informen a la embajada de Colombia que estoy detenido ilegalmente para que  haga alguna gestión a mi favor. Como no parecen muy concentrados ni tienen muy claro el pedido y veo que uno de ellos tiene un lapicero, le solicito que me lo preste junto con un pedazo de papel. En cuanto me entrega ese material voy a comenzar a escribir mi nombre y el de nuestro representante cuando los guardianes, al parecer advertidos de que en realidad la orden era mantenerme aislado, me sacan a otro cubículo para mi exclusivo disfrute. No todo está perdido, mientras el carcelero busca en un gran manojo las llaves de la que iba a ser mi suite, en cuestión de segundos, termino mi corta nota con los datos esenciales que meto por debajo de la puerta de una celda contigua. Nunca sabré si esta botella de náufrago cumplió su cometido pero por lo menos mostraba que no me quedaba quieto ni me resignaba y que me apoyaba en la palabra para procurar recuperar la libertad. El centinela no nota lo que ocurre con el mensaje pero si ve el bolígrafo en mi mano y me lo quita explicando que no podía tener nada, mucho menos un instrumento punzante con el cual podía atentar contra mi vida, que por lo visto le pertenecía a ellos.

Ya en mi reclusorio, sin poder leer ni escribir, las horas del día se arrastran lentamente pero las palabras siguen trabajando con intensidad dentro de mí, recordando lecturas, la geografía y la historia, repasando algo de inglés y llevando un conteo mental de los zancudos que voy eliminando y que parecen renacer porque nunca deja de existir una zumbadora y picante masa crítica de ellos. Las noches son menos monótonas porque las horas de sueño son interrumpidas por la irrupción de policiales que me sacan para llevarme a una amplia y sombría sala no muy cómoda para el prisionero y someterme a largos interrogatorios a cargo del jefe de inteligencia, quien apoyado en una potente lámpara enfocada hacia mis ojos insiste en acusaciones cada vez más delirantes que producen en mi interior una silenciosa risotada y un comentario mordaz.

Iba a matar al Papa (¿qué parecido me encuentras con Mehmet Ali Agca o me has visto cara de lobo gris, hipergonádico?). Era el enviado del comunismo con una misión desestabilizadora, ya no del Paraguay sino de todo el Cono Sur (uno tiene capacidades muy superiores a las que cree, ahora soy algo así como un superagente 86 grecocaldense). Enlace de los distintos movimientos guerrilleros colombianos con los suramericanos (ya tengo suficiente con que me hayan querido vincular injustamente a un grupo guerrillero y ahora soy el eslabón perdido de toda la subversión continental, te estás superando Jaime). Avanzadilla del narcotráfico que está usando como nueva ruta el mismo recorrido que hice (y que hace mucha gente, pero llena de dinero, si el narco me envío tengo que pedirles viáticos más jugosos que la modestísima suma que llevaba y que ustedes me han quitado. Pero oh, la cosa si puede complicarse si la bendita crema antiarrugas de fabricación casera que estos tipos me encontraron y que seguramente tienen examinando en un laboratorio, por una de esas jugadas de la vida contiene entre sus componentes marihuana o coca, no creo que vayan a aceptar mi versión de que me la regaló una amiga y que yo no sabía de qué estaba hecha).

En últimas resultaban divertidos los planteamientos del sabueso mayor, no exentos de humor negro como cuando le insistí en el contacto con la embajada colombiana y que la Constitución y las leyes de Colombia y del Paraguay establecían la presunción de inocencia, el derecho a la defensa y otras garantías o en que me permitieran salir de su país. A mis solicitudes respondía con carcajadas siniestras diciendo, mientras blandía en una mano una horca y en la otra un garrote “esta es nuestra constitución y esta la ley, si tanto quiere salir del país lo hacemos figurar saliendo en los registros oficiales pero en realidad se queda bien adentro de nuestra tierra” mientras uno de sus acólitos, a punto de llegar a un trance sádico gritaba con entusiasmo “llevémoslo a la silla eléctrica, a la silla eléctrica”.

Afortunadamente, no sé si por racionamiento de energía o por qué motivo, nunca fui llevado a tan especial asiento.

En una ocasión el hombre me inquirió sobre si otras personas sabían que yo estaba en su país, a lo que mentí respondiendo que sí, que le había enviado a mi familia postales desde Brasil en las que informaba que inmediatamente entraría al Paraguay, agregando que además había quedado de verme en Asunción con un alemán al que conocí en Foz de Iguazú, llamado Klaus. Al preguntón le brillaron los ojos, se frotaba las manos y decía con entusiasmo “ese Klaus me interesa”. Al día siguiente, al oir los lastimeros gritos provenientes de otra celda, probablemente de alguien sometido a torturas, pensé que si bien mencioné al germano con quien tuve un corto encuentro casual y a mi familia solamente con la intención de sugerir que ellos averiguarían qué había sucedido conmigo, lo que podía llevar a investigaciones o a intervención de entidades internacionales, también pudiera haber llevado a la captura y maltrato de una persona totalmente ajena a las situaciones en las que pretendían involucrarme.

La pretendida sagacidad de mi interrogador no tenía límites: alguna vez, con aire triunfal me mostró la prueba reina: una hoja blanca con cuadros rellenos de letras en cuyo centro estaba la o junto a la ce formando la palabra 0C, sosteniendo que era Organización Comunista, complementado con el cuadro siguiente en que estaba la palabra UR, sosteniendo que era claro que se refería a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas –URSS-, a la que yo había suprimido las eses finales para no quedar en evidencia . No ocultó un gesto que mezclaba decepción e incredulidad cruzadas por algo que podría ser una sonrisa involuntaria cuando le expliqué que era un crucigrama reconstruido en un papel ya que el original del periódico se mojó en la playa de Ipanema y que OC es el nombre de una lengua del sur de Francia, muy usado en los crucigramas y que no es menos socorrida la famosa ciudad de Caldea en la que nació el patriarca Abraham.

Más serio parecía otro de sus descubrimientos inculpatorios: una completísima agenda en siete idiomas (español, inglés, alemán, ruso, árabe, francés y portugués), con glosario financiero y de computación (cuando apenas empezaban a usarse los ordenadores) y, lo que la hacía más reveladora: mapas de todos los países y ciudades importantes del mundo, con rutas aéreas, de buses, barcos y ferrocarriles en los cinco continentes.

Definitivamente yo no escogía un itinerario por azar y menos me iban a aceptar que simplemente era una publicación de una aseguradora internacional que regalaba cada año a sus clientes y a las autoridades que regulan el comercio exterior y que me la había dado un excompañero de estudios que dirigía la Aduana en mi departamento. “No, las cosas no son tan sencillas ni me voy a tragar esos cuentos, esto demuestra que usted es una persona muy informada que tiene una misión específica y no decide sus rutas por casualidad”. De un momento a otro preguntó como quien no quiere la cosa: ¿Qué sabe del Partido Comunista Paraguayo? Si llevaba un texto de la figura más importante del comunismo mundial y había aceptado que el movimiento político al que pertenecía también estaba integrado el Partido Comunista de Colombia, no podía mostrarme muy ignorante en esos asuntos. No lo pensé mucho y rápidamente le respondí: Sé que es un grupo prohibido por las leyes de su país y yo respeto eso, no me corresponde meterme en sus asuntos internos, entiendo que sus dirigentes principales fueron detenidos hace unos años acá y otros en la Argentina en coordinación con las autoridades gauchas. Me he enterado de eso porque leo la prensa. Su reacción fue levantarse teatralmente, encender un grueso tabaco, empezar a dar vueltas lanzándome humo a la cara, para finalmente irse al extremo del salón y decir con risa estentórea: detenidos … ja, ja, ja, detenidos … En marcha lenta al principio que iba acelerándose a medida que se acercaba a mi posición, mientras señalaba con el dedo índice derecho dijo “ ¿sabe cuál es el único izquierdista detenido en este momento en Paraguay? No sé si por despiste o por parecerme francamente sobreactuado el sujeto, no me daba por muy enterado y como si la cosa no fuera conmigo, cual protagonista de una comedia barata yo más bien volteaba la cabeza en todas direcciones como uniéndome a la pregunta y a la búsqueda pero eso no impidió que el jefe de inteligencia se respondiera él mismo el interrogante y le oí proferir, claramente dirigido a mí un sonoro: !ustedddd!!!

La octava noche en la capital extrañamente no se me sometió a la acostumbrada sesión a la que me había habituado de manera tan pavloviana que me desperté hacia la una de la madrugada. Me preguntaba si era un descanso para el incansable interrogador, si ya habían decidido respecto a mí la “solución final” dado  que la referencia al honor de ser el único zurdo prisionero era claramente una notificación de lo que le había pasado a los demás y de lo que me estaba reservado. Barajaba todo tipo de hipótesis y apenas pude conciliar el sueño cuando estaba a punto de amanecer.

Justo a esa hora del alba, el mágico momento en que se abrazan y despiden la noche y el día, de repente aparece Klaus reclamándome por haberle puesto cita en un lugar tan poco apropiado para un encuentro de amigos como esa horrible central de inteligencia. Vacilo en responder porque sé que soy el culpable de meterlo en problemas y para ganar tiempo dudo si le hablo en español o en lo poco que sé de alemán. Las palabras no salen. Por unos larguísimos minutos llueve silencio entre nosotros, luego intento pronunciar un difícil y gutural entshuldigung (“disculpa”) cuando se interpone el investigador  preguntándome si sabía nadar para ver cómo lo haría con una piedra al cuello en mi admirado Ypacaraí. Ya no estoy en la mazmorra sino en un lago que al principio creo es el mencionado por el obsesivo detective pero luego veo que es más un pantano de agua lodosa en medio de un silencioso bosque de sombras. Hay un hedor tan fuerte y espeso que puedo verlo rodeándome con su vaho pestilente y sentirlo adherirse a mis poros; el agua-légamo empieza a tragarme y nado hacia una victoria regia que preside su oscuro centro. Las piernas y brazos apenas me responden y en la eternidad de un desplazamiento espasmódico logro por fin tocar el gran loto, que ahora no es una planta acuática sino una enorme anaconda de muchas cabezas con rostros vagamente humanos entre los que creo distinguir a mis frustrados asesinos colombianos y a mis secuestradores paraguayos. El entrecruzarse de las cabezas de las que emergen lenguas bífidas me paraliza mientas el reptil me ciñe en un abrazo constrictor y me arrastra inexorablemente a un fondo que no llega nunca.

Se me hace extraño escuchar “despierta, tenemos que irnos”. Las sábanas están empapadas de sudor, me descubro horrorizado y tembloroso  en el suelo, en el aposento que me ha acogido últimamente y que quien me habla es un empleado de rango subalterno y bajo perfil, 1,68 de estatura aproximadamente, de unos 22 años, de contextura delgada, al cual había visto en mis programas nocturnos de preguntas y respuestas “ ¿cuánto sabes, cuánto conspiras?” en papel de auxiliar de los jefes sirviéndoles mate y a disposición de ellos para cualquier tarea menor. Me dice que tengo mucha suerte, que tal vez el ser católico (como lo aseguré siempre que me preguntaban por la religión) me ayudó, que era el único preso político que salía vivo y que el gobierno me invitaba a irme del país. Le digo que gracias por la invitación pero no le creo porque recordaba la promesa de que en el papel figuraría como abandonando las fronteras nacionales pero en realidad me quedaría “viendo crecer las margaritas desde abajo”.

Con todo no tengo opción distinta a seguirlo y ya en el terminal de transporte cuando va a la taquilla a comprar boletos de bus hacia Encarnación, límite con Argentina, empiezo  a suponer que puede ser cierto porque además me envían solo con una persona que no es muy fuerte físicamente y al cual podría escapármele o enfrentármele dada la paridad en cuanto a chaparrismo y delgadez. Decido sondear qué tan libre soy o puedo ser y le digo que voy al baño, lo que acepta pero acompañándome hasta la puerta y recalcándome que su misión es estar conmigo hasta la frontera y asegurarse de que efectivamente yo abandone el país atendiendo la invitación que se me ha hecho.

Como no disponía de dinero ni de mis documentos ni tenía ningún contacto, considero que sería un error fugármele a mi edecán y lo sigo hacia un gran autobús de dos pisos que estaba a punto de partir.

Al abordar el vehículo, aún lleno de aprensión y paranoia, encuentro sentado a un individuo de claro fenotipo europeo del norte y le pregunto en la lengua de Klaus si era alemán, al contestarme “ja” le dije o creí decirle, ya que mi manejo de su lengua era muy básico, que era un desaparecido de la dictadura y que estuviera pendiente de lo que me pasara. El hombre se pone mucho más blanco de lo que ya es, no dice nada más y se baja sin explicaciones mirando receloso en todas direcciones. Mi acompañante me pregunta qué le he dicho y me recomienda que no hable con nadie, que si ese es el famoso Klaus ahí sí se complica la cosa para todos, hasta para él, y que si no es, que más vale no estar buscando otros Klaus en el camino, ni siquiera el santo de los regalos de navidad. Le manifiesto que solamente lo había saludado porque necesitaba hablar con alguien que no quisiera matarme y para desahogarme después de tanto tiempo de soledad.

Enseguida el muchacho me dice que mire abajo a los de la moto. Efectivamente dirijo la mirada hacia afuera y reconozco en un velocípedo de alto cilindraje a dos agentes secretos que había visto en la central, con gafas oscuras, chaquetas de cuero negro bajo las cuales se insinuaban las metralletas, con el aire seguro de los sicarios oficiales, uno de los cuales me hace una señal para que baje.

Aún cuando aparento tranquilidad, interiormente estoy a punto de derrumbarme porque encuentro claro que vienen a liquidarme y porque las motocicletas tripuladas por jóvenes con la indumentaria que traían estos me revivieron los asesinatos de muchos compañeros en las calles de Colombia.

Le digo a mi guía: “hasta aquí llegué, vienen a matarme” y me responde: “no, tal vez traen algo o quieren asegurarse de que tomamos el bus, baja tranquilo”. Al llegar donde los motorizados me asombro cuando me saludan y me entregan unas fotografías personales y unas monedas de colección que portaba en mi equipaje. Inquiero si eso es todo, les pregunto si no hay algo más y me dicen que no, que tenga buen viaje. Con aire sombrío subo de nuevo al bus y mi temor no se disipa sino que aumenta cuando desde la ventana los veo levantar sus pulgares derechos, “despedida” que tomo como una señal ominosa.

Continúo temeroso, mirando hacia atrás cuando el aparato emprende la marcha y durante un buen trayecto, insistiéndole a Juan López, que a esa altura me ha dicho su nombre, que me diga la verdad. Pasada una hora de camino me convenzo de que al menos no serán los de la moto los que me ejecuten porque definitivamente no vienen tras nosotros. Ya hacia las tres horas López comienza a contarme cosas de su vida y reconoce que en su país y en el propio gobierno hay muchas injusticias pero que necesita ese trabajo.

Empiezo a sentir que es sincero y ya veo más probable que haya un final feliz en mi aventura guaraní cuando dos horas después anuncian que el recorrido ha terminado. Estamos en una ciudad que parece no ser muy grande ni muy pequeña y a pesar de no haber estado nunca allí, para medir nuevamente mi grado de libertad propongo a mi cicerone un rumbo diferente al que él lleva. Me dice que no, que sigamos derecho porque por ese lado están los de la Marina que son peores que el departamento al que él pertenece. Vaya, el hombre está muy amable, será que de eso tan bueno sí dan tanto. No he terminado de rumiar ese pensamiento de la más pura filosofía popular cuando él mismo me responde a su manera. “Mira, con lo que te devuelvo alcanzas a llegar a Montevideo y te queda para darme doscientos dólares” dice mientras me entrega mi delgadísima billetera. Ah, era eso, el viejo truco de la extorsión, qué pasará si no se los doy, me armará un montaje y complicará mi situación. Bueno, al fin y al cabo es una buena noticia porque si fueran a matarme, no tendría necesidad de pedirme dinero. Decido decirle que sí, pero que se los daría al final y no doscientos sino cien, ya en el borde fronterizo cuando me sintiera totalmente a salvo y le muestro fugazmente un billete ecuatoriano de cien sucres levemente parecido a la moneda de los Estados Unidos. Acepta y continúa el camino hacia el puesto fronterizo sobre el río Paraná y entre tanto recapacito sobre la situación. No es el momento de escatimar, finalmente el sujeto se ha portado bien, es el único “amigo” que tengo por aquí, las dictaduras son muy burocráticas y hay mucho departamentalismo, qué tal que a los de la frontera les dé por decir que ellos deben hacer otra investigación por su cuenta porque quieren tomar sus propias decisiones sobre los enemigos de la patria. Es mejor darle su billete y por primera vez en la vida (espero única), acepto sobornar a un “oficial de la ley”.

Absorto en ese pensamiento me doy cuenta de que hemos arribado al puesto de control sobre el río Paraná cuando uno de los encargados le pregunta a Juan el motivo de mi retiro del país. “Con que terrorismo, ah, la cosa no es tan sencilla, nosotros tenemos que mirar bien”, dice el hombre y entra a consultar con un superior. Al comprobar que mis temores se cumplen, aprovecho el momento y discretamente le digo a mi tutor, mientras le paso con disimulo  un billete verde auténtico, que se muestre enérgico y enfatice en que la orden de la capital tiene que cumplirse, que se verán en problemas con los de arriba, amén de que le dieron viáticos que ya se están acabando y que de prolongarse su permanencia tendrían que pagarlos ellos o su institución. Lo mandan a entrar, deliberan a puerta cerrada y al cabo de unos eternos minutos salen los tres con aire distendido diciendo: “de todas maneras hoy no se puede, en la noche solamente está autorizado el paso del barco que trae las estudiantes del otro lado”. El que parece ser el jefe se acerca y me dice “boludo, te faltó leer este letrero que tenemos en todos nuestros puntos fronterizos”.

Levanto mis ojos y veo en el frontiscipio en grandes caracteres mayúsculos: “DEMOCRACIA SIN COMUNISMO”.

Ya definitivamente convencido de que mi acompañante es buen aliado, pues hasta insiste en cargar mi maleta a lo que me niego diciendo que yo soy el prisionero y que eso podría infundir sospechas, camino con él hacia la cárcel local porque me ha convencido de que es mejor pernoctar allí. En el penal los guardianes lo reciben con cordialidad y lo invitan a cenar, al tiempo que a mí me introducen a un patio en el primer piso. Allí reina mucha animación en torno a una gran hoguera y se cantan canciones folclóricas acompañadas con las infaltables arpas y bebidas típicas no alcohólicas. De inmediato me integro diciéndole a los presentes que de todos modos retuvieran mi nombre y procuraran informar a la embajada de Colombia que había pasado por allí pues no me olvidaba de la posibilidad de un fin trágico. No obstante estar en una prisión, no me consideraba preso sino huésped y era una felicidad estar entre gente sencilla que no formaba parte de la estructura dictatorial. Al rato aparece Juan y me dice que es mejor que me pase al segundo piso, donde están los internos de mayor nivel económico. Dejo a mis amigos de base y llego a los llamados “especiales”, obviamente más acomodados, entre los cuales hay algunos argentinos. A estos les reitero la información y el pedido de que avisaran a las autoridades de mi país  sobre mi paso por el lugar.

Al día siguiente, hacia las 8 a.m nos dirigimos al puesto fronterizo fluvial y antes de llegar Juan me entrega mis pasaporte y cédula diciendo que estaría una hora para el caso de que por cualquier motivo no pudiera entrar a Argentina, dándome además su número telefónico en Asunción por si alguna vez volvía.

Al arribar a Posadas, capital del departamento de Misiones, Argentina, respiro hondamente la libertad por largos minutos. Sintiendo que despertaba de una pesadilla en la que una de las formas de tortura fue privarme de la lectura y la escritura, me dirigí a una librería de viejo y haciendo un significativo recorte al magro presupuesto que me quedaba, adquiero tres libros inolvidables que aún conservo como talismanes: El consultorio por dentro, del doctor Jaime Penchasky; El secreto de Maston, de Julio Verne y un tercero que a su vez contiene dos obras de Arturo de Capdevilla: La pasión de Scherazada y Zincalí.

A partir de ahí me prometí amar más aún la palabra y que algún día trataría de hacer algo digno por y con ella. Estas sencillas letras forman parte de esa promesa y se unen a otros textos publicados a partir de 2007 pero sin duda inspirados en el corto y oscuro lapso en que me cortaron el contacto con esta inseparable compañera, así como en los primeros y los posteriores encuentros con la tradición oral y con las letras impresas.

 

40 años de Elda Yanet

Ayer 14 se cumplió un aniversario más del paro cívico nacional del 14 de septiembre de 1977 que fue un hecho sin duda importante que marcó todo un hito en la historia nacional. A esa altura el entonces presidente, Alfono López Michelsen ya tenía el sol a la espalda y lo que pudiera haber sido un gobierno que rompiera las ataduras del pasado bipartidista del Frente Nacional se convirtió en una frustración más para el pueblo colombiano. Los antecedentes rupturistas de López, que había promovido la oposición al sistema de reparto exclusivo y excluyente del poder entre los partidos Liberal y Conservador al fundar el Movimiento Revolucionario Liberal y sus propuestas de un “mandato claro” que sacara al país de la pobreza y del aislamiento internacional que lo habían convertido en “el Tibet de Suramérica” habían hecho surgir algunas esperanzas si no de renovación, por lo menos de algunas reformas.

Nada de eso hubo y por el contrario, amén de reforzar el bipartidismo de la mano del sector alvarista del conservatismo, bajo la excusa de que se trataba de un “gobierno puente”, se dieron los primeros pasos en la implementación de políticas neoliberales y se redujeron algunos de los subsidios que hacían más llevadera la situación de los sectores populares, elevando considerablemente las tarifas de los servicios públicos en consonancia con las exigencias del Fondo Monetario Internacional. Simultáneamente se continuó con la represión a las protestas sociales con el instrumento constitucional del estado de sitio que venía siendo la forma favorita de ejercer el gobierno desde el 9 de abril de 1948, al grado de prohibir las marchas estudiantiles y penalizar la participación en ellas con cárcel por 90 días, en “juicios” casi sumarios a cargo de los comandantes de policía.

En ese marco fue sorprendente la acogida que tuvo el llamamiento de la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia, las demás centrales obreras, del Partido Comunista y de otros movimientos de izquierda, que fue especialmente notoria en los barrios populares de Bogotá y otras grandes ciudades y especialmente entre los sindicatos de trabajadores y empleados estatales.

La represión fue feroz y el saldo lamentable fue de 23 personas muertas, entre ellas la joven bogotana Elda Yanet Morales, en cuya memoria fue bautizada la agrupación partidaria en la cual yo militaba por la época en Manizales.

Una de las consecuencias de la jornada fue el endurecimiento de la posición de los sectores más reaccionarios de la oligarquía colombiana, que vieron en el paro una amenaza al orden vigente y temían una ampliación de la unidad y lucha del movimiento sindical independiente, de las organizaciones barriales y cívicas de las barriadas populares y de amplios sectores campesinos.

La expresión más fuerte de esa posición fue la carta que en abierta contradicción con el fementido carácter no deliberante de las fuerzas armadas dirigieron los altos mandos al Presidente pidiéndole tomar medidas más severas contra lo que llamaban el desborde de la protesta y el peligro que representaba para lo que entonces y ahora siguen denominando “la democracia colombiana”.

Como ya estaba cerca el fin del mandato que la gente ya no llamaba claro sino “caro”, López Michelsen no se pronunció ante el manifiesto de los militares y dejó esa papa caliente a su sucesor, Julio César Turbay Ayala. Éste, recordado por su famosa frase de que “había que reducir la corrupción a sus justas proporciones”, de la mano del nuevo ministro de Defensa, Luis Carlos Camacho Leyva, uno de los firmantes de la carta, respondió decretando el Estatuto de Seguridad, legislación draconiana y liberticida que elevó exponencialmente las detenciones arbitrarias y las violaciones a los derechos humanos, entre ellas las desapariciones y torturas, además de reforzar el juzgamiento de civiles por militares. La conciencia histórica aún se estremece al rememorar que al calor del citado estatuto se allanó la residencia del gran poeta Luis Vidales, se persiguió a la escultora Feliza Bursztyn y el propio Gabriel García Márquez tuvo que irse del país ante la inminencia de su detención.

Las cárceles se llenaron de presos políticos y tanto en el país como en otras partes del mundo crecían los reclamos contra esas injusticias. En ese marco se convocó en 1979 al Primer Foro Nacional por los Derechos Humanos, con participación de numerosas figuras y organizaciones políticas y sociales defensoras de las libertades públicas, que reclamó por el respeto a las garantías fundamentales que venían siendo conculcadas flagrantemente. En ese escenario coincidieron por primera vez personalidades democráticas de filiación liberal o conservadora como Luis Carlos Galán y Alfredo Vásquez Carrizosa con líderes históricos de la izquierda como Gilberto Vieira y destacados representantes de lo mejor de la cultura nacional.

En momentos del posacuerdo en los que la búsqueda de la verdad histórica es conveniente darle siquiera una mirada a este episodio y reivindicar la memoria de los mártires del 14 de septiembre. No olvidemos nunca a Elda Yanet ni a los otros anónimos luchadores populares que dieron su vida por la justicia social, la democracia y una Colombia mejor.

 

La segunda liberación del Líbano

Foto de Antura, Líbano

En agosto de 2017 se conmemoró de la victoria de Hezbolá sobre Israel en la guerra de 33 días que tuvo lugar en  2006 a raíz de la invasión de tropas israelíes al país del cedro.

Hoy once años después, en medio del complicado panorama del Medio Oriente con la guerra en Siria como telón de fondo, Líbano se presenta como una nación libre del flagelo del terrorismo al completar la expulsión de los reductos del Estado Islámico(EI). Poco antes Hezbolá en conjunto con el Ejército libanés erradicó a las unidades Frente Al-Nusra ( que después de separarse de Al-Qaeda pasó a llamarse Fath Al-Sham).

Los objetivos de la operación contra el EI fueron logrados totalmente el 28 de agosto como resultado de una fuerte presión militar y de una estrategia de negociación, de manera que se pudo expulsar al EI de la totalidad del suelo libanés hasta la frontera con Siria y se aseguró la frontera sirio-libanesa. Ya que Hezbolá y el gobierno de Asad son aliados en la guerra siria, su coordinación permitió del lado sirio la recuperación de la zona llamada Qalamún Occidental que va a permitir la seguridad de la ruta terrestre Damasco-Beirut.

Hay dos aspectos de la operación que se han prestado para un fuerte debate, incluso con sectores amigos, y que fueron aclarados en extenso por el número uno del movimiento. El primero es la moralidad de la negociación misma, esto es, el hecho de dialogar con un grupo tan abominable como EI que con sus atentados ha demostrado su carácter de enemigo de la humanidad. El segundo punto es el que se haya permitido que cerca de 300 miembros del también llamado “califato” salieran del cerco junto con sus familias y fueran reubicados en la zona de Deir E-Zor en Siria para inclusive poder seguir combatiendo al lado de sus copartidarios.

Ciertamente no es sencillo entender tales situaciones, pero a mi juicio, la actuación de la milicia chiíta, así como la del propio gobierno de Al- Asad fue sido justa y humana y digna de resaltar como una muestra de la mesura y responsabilidad como procede uno de los polos más destacados del eje de la resistencia al sionismo y a los planes de las potencias occidentales en la región.

En primer término, el efectista “no negociar con terroristas” es una consigna vacía que con frecuencia esconde otras motivaciones. Si es para salvar vidas, hay que hablar hasta con el diablo y en este caso las conversaciones llevaron a evitar pérdidas humanas que se hubieran producido sin duda si se hubiera negado esa posibilidad.

Por otra parte, Hezbolá actuó en coordinación con el gobierno sirio, al grado que Nasralá se reunió con Asad y además explicó que el EI aceptó las condiciones que se le plantearon. Estas exigencias eran la revelación de la suerte que habían corrido los militares libaneses secuestrados o la devolución de sus cuerpos, lo mismo que la de los combatientes de Hezbolá caídos en ambos lados de la frontera y la liberación de un periodista que estaba en manos del grupo extremista.

Resaltó también el entendimiento con el ejército libanés y con el gobierno civil, mostrando que su actuación estaba dirigida a fortalecer la independencia y la seguridad del país, a la vez que rechazó enérgicamente las acusaciones de quienes querían sembrar dudas sobre la moralidad de Hezbolá diciendo que había utilizado formas de chantaje en un tema humanitario, mostrando cómo su dirección siempre al tomar cualquier decisión analiza su legitimidad y consecuencias desde el punto de vista político, religioso, militar y ético, elementos que se tuvieron en cuenta y que produjeron un resultado benéfico para El Líbano.

En medio de la tensión por el riesgo de guerra nuclear en la península de Corea, la mejoría en la frontera sirio-libanesa es una noticia relevante que curiosamente pasó desapercibida ante la opinión mundial, tal vez debido a que no es muy del agrado de los grandes poderes interesados en mantener el caos en la estratégica región mesooriental y que extrañamente continúan manteniendo a Hezbolá dentro de la “lista de organizaciones terroristas”, a pesar de que justamente cada vez crece más su papel en la lucha contra el terrorismo y como uno de los ejes de la resistencia contra los gobernantes israelíes que mantienen su ocupación a Palestina y no han abandonado sus proyectos de someter al Líbano.

SOS por los niños de La Guajira

La defensora de derechos humanos Dora Lucy Arias que ha acompañado decididamente al pueblo wayuú en su lucha por la supervivencia física y cultural frente a la arremetida de la gran minería que adelantan empresas extranjeras con la complicidad del gobierno está haciendo un llamado a diferentes entidades y personas a raíz de esta problemática.

Por la importancia de la causa y lo dramático de la situación transcribimos textualmente su sentida invocación.

Queridas/os:

He llegado antenoche de la Guajira.  Nunca había percibido tanto como ahora el horror de su lento desvanecimiento.  En el resguardo de Provincial, como en el flautista de Hamelin, la existencia de los niños languidece.  La empresa ha reabierto un tajo antiguo (ampliación Patilla) que queda aun más cerca de las casas. Hay muchos chiquitos enfermos y algunos han muerto.

Me quedé a dormir como lo hago a veces… En la madrugada llegó un hombre muy angustiado pidiendo auxilio para llevar a su bebé al hospital. José el dueño de casa salió como estaba, en pantaloneta, descalzo, sin camisa ni documentos a buscar atención médica urgente en Barrancas, la cabecera municipal.  Entre tanto, los niños del mismo hogar de José tosían incesantemente y esperaban noticias del otro “primito internado en la UCI”; me sorprendió la familiaridad con que los mismos niños se referían a la sigla (Unidad de Cuidados Intensivos).  La ansiedad del mensaje por llegar se tragaba la misma tos, las palabras, y a veces el llanto.

Esperábamos. El “silencio” en la madrugada que por momentos busca instalarse, era invadido por el ruido de la maquinaria minera que extrae carbón las 24 horas.

José regresó a las 4 de la mañana satisfecho porque “el bebé estaba siendo atendido”; lo había dejado en el hospital con el padre y la madre embarazada “recuperándose fuera del resguardo”.  Tal como llegó y sin dormir, José se hizo a sus zapatos, una camisa y la gorra que nunca abandona pues había que ir al río a buscar algo de agua para el baño de su huesped. Luego de un rato volvio con Luz Ángela; habían ido y aprovechado para “refrescarse”. Trajeron dos galones de agua para surtir la casa. Uno era para mí. El líquido que con tanto cariño me ofrecían estaba bastante turbio; ni modos, me bañé más como ritual de asimilación que de aseo. Luego en la tarde unas amigas me advertirían lo contaminado que está el río, entre otras cosas por las descargas que últimamente recibe de los reasentamientos humanos que sin los requerimientos técnicos promovió la empresa aguas arriba.

La gente de este resguardo hoy se encuentra cercada por tres tajos mineros en donde a diario hay explosiones de dinamita para remover el suelo que luego es recogido por palas y vehículos enormes que lo llevan a silos que pueden contener hasta 13 mil toneladas de carbón; de allí el tren se alimenta en sus recorridos diarios con destino al puerto de embarque.

Hace casi dos meses una gran parte de la comunidad está en paro. Atraviesan una cabuya (lazo de fibra natural) en la única vía vehicular del resguardo; con ello impiden el paso de Cerrejón cuando simula ir a controlar la contaminación en monitores que, según la comunidad “no monitorean nada”. La comunidad denuncia que hace ya mucho tiempo no tienen agua potable; que no hay transporte para que los niños vayan a estudiar; que el trabajo se redujo a esperar un empleo que nunca llega de la empresa Cerrejón; que  la salud de la comunidad está en franco deterioro y que su territorio cada vez más contaminado ha dejado de ofrecerles alimentos.

Engañado por la empresa, este resguardo hace dos años llegó a lo que hoy se conoce como “el mal acuerdo” con la empresa. Con él pretendían la compensación de más de treinta años de daños por la explotación minera. El abuso de poder empresarial logro manipular a un puñado de líderes para que aceptara transar los derechos y reclamaciones de la comunidad por el 0.6% de lo que eran sus exigencias.  Aun así, según dice la comunidad, la empresa tampoco han cumplido “el mal acuerdo”.

Parte importante de las obligaciones que tiene Cerrejón, busca resolverlas con programas estatales (como el Servicio Nacional de Aprendizaje SENA) a los cuales deberían tener derecho los jovenes de la comunidad sin necesidad de su intervención; así como con el dinero de la cooperación internacional que recibe a través de sus fundaciones (por las que además recibe grandes beneficios en descuentos tributarios)….

En fin, amigos, luego de narrarles estas vivencias que se me quedaron pegadas a la piel como el ague turbia que amorosamente se me ofreció.. ….. contarles que ayer estimamos urgente, hacer:

Una misión de observación para evidenciar la situación de salud de la comunidad de Provincial e ir al arroyo Bruno para fortalecer el mensaje de protección al cauce natural que quieren sustituír para explotar 40 millones de toneladas que hay en su subsuelo.

Sería entre el 29 de septiembre (llegando primer vuelo a Valledupar) y el 1 de octubre (saliendo último vuelo de Rioacha).  Conversé con unos periodistas, actrices y académicos y están interesados en ir pero examinarán esta semana la posibilidad concreta de acompañar.

También revisaremos en el presupuesto del CAJAR opciones de apoyo económico que podamos encontrar, por lo menos para atender durante los tres días los requerimientos locales de transporte y comida.

Con esto que es una información ´fresca´, incompleta y preliminar que opinan? Ven la posibilidad de que alguien de sus países pueda acompañar?  Qué otras ideas les surgen?

Como ven esta idea se desarrolla desde hace apenas unas horas. En la medida en que tenga más información les haré saber; hay muchas cosas por concretar esta semana…

Abrazos y todo el cariño,

 

dora lucy

 

PD: Al llegar a casa me encontré con estos vídeos que me hablan de las impresionantes desigualdades que genera la empresa; algo que se van asumiendo como natural….

 

https://www.youtube.com/watch?v=PvYQa3IJ0mg

(https://es.video.search.yahoo.com/search/video?fr=moz35&p=mina+del+cerrej%C3%B3n#id=7&vid=c3a41d189cc794fd757aeb511b02516d&action=view)

 

Y algunos que hablan de la situación de Provincial:

 

Paro:

 

Salud: “El mal vecino”

 

“La naturaleza provee todo para suplir las necesidades del ser humano, pero no para saciar su codicia” Mahatma Gandhi

Justicia en subasta

Club, Subasta, Derecho, Símbolo, Juez, Legales

Las últimas revelaciones de la prensa sobre la existencia de un cartel de magistrados parecen ser el clavo en el ataúd de la credibilidad de la justicia colombiana. La estupefacción que esto me ha producido no me permite por ahora esbozar planteamientos serenos que intentaré en su momento.

Entre tanto, procuraré canalizar la indignación y la agobiante sensación de derrota, subastando simbólicamente mi tarjeta profesional de abogado a través de parodia del excelente poema del maestro León de Greiff, conocido como La balada de Sergio Stepansky. El número del documento legal es 26.329, ya que el 666 y el 007 se agotaron. Conforme se expresa en el texto, me da lo mismo si esto me trae problemas legales o no (espero que sí, para  no perder la práctica).

Jaime Jurado A. alias Ramón Salas Nomar El palindrómico exjurídico.

 

Balada por una tarjeta

(Dedicada a mis colegas, contrapartes, compatriotas en general -todo colombiano se presume abogado mientras no se pruebe lo contrario- y, en especial, al admirado Consejo Superior de la Judicatura,  “juez natural”de los abogados).

 

Juego tarjeta, cambio tarjeta,

de todos modos

estaba perdida…

 

Y la juego o la cambio por una presunción de inocencia,

por la musa (besaile) de la corte suprema,

la dono en usufructo, o la regalo…

 

La juego contra uno o dos fiscales,

contra montealegre y la springer von schchaaarwzenberg(¿apellido o estornudo, en el segundo caso: ¡ salud …coop!),

contra néstor humberto y gustavo moreno,

la juego en un juzgado, en un tribunal o en una sala promiscua,

en una apelación, en una revisión o extradición;

la juego definitivamente, desde la primera hasta la última instancia,

a todo lo ancho de un expediente y a todo lo hondo de un recurso

—en la demanda, en las audiencias,

y en el sub-fondo del ministerio de justicia…—

 

Juego tarjeta, cambio tarjeta,

estaba perdida

sin remedio.

 

Y la juego, o la cambio por dos falsos testimonios,

la dono en usufructo, o la regalo…:

o la trueco por una orden de captura o una libertad provisional:

todo, todo da lo mismo en el orden legal:

lo jurídico y lo corrupto, lo justo, lo injusto, lo nulo, lo probado o no probado…

 

Todo, todo da lo mismo:

todo cabe en el profundo, hórrido abismo

donde se revuelcan en monedas de judas los fiscales generales y anticorrupción, los magistrados de altas y bajas cortes, asesores jurídicos, notarios, comisiones de acusación y tribunales de aforados.

 

Cambio tarjeta de abogado por medio ordóñez y una puerta giratoria

o por una grabación de la dea con fondo sonoro de un lyons de Sahagún:

—por lo más leonino, por lo más leguleyo, por lo más santanderista:

por una resma de papel sellado y tres autenticaciones que llevan en su toga

el jurista eximio, externadista, ex-ternado, exorbitante en honorarios;

la magistrada del crucero;

el juez a-quo, el a-quem, el tribunal de árbitros o el secretario ad-hoc.

 

Cambio mi tarjeta por una consulta con de la espriella, con ética o sin ella,

o por la venda de la justicia, así esté vendida o hipotecada,

o por el mundo jurídico

que sostenía en sus hombros la Carta Magna: —para volver a barajar, con cartas marcadas por los de siempre o sus delfines…

 

Cambio mi tarjeta por la reflexión del filósofo de la pirinola;

por una sobredosis de cultura ciudadana;

la cambio por el collar

del perro de la RCA Víctor;

por una zona franca o un puerto seco;

la cambio por un himno de pueblo, debidamente registrado, la cambio por una canción de las Hermanitas Cállense en una estación de carrilera a la que ya no llega el tren;

por un clon de luis camilo osorio,

por la toalla de Tirofijo,

por un alma prendida de un inciso, por el último nadaísta que no sea uribista,

por un busto(s) de ricaurte o viceversa (tasado en 2000 millones, negociables),

por la palinodia del ñoño;

por un reparto amañado;

por un cortauñas ñato,  un pañal desechable,  una caña añeja, un retoño de madroño o cualquier carroña…

o por la prensa que llora lágrimas de cocodrilo

como cualquier letrado pilo.

 

Cambio tarjeta —al fiado— por una fábrica de sentencias a la medida

(con indexación);

por un palacio de justicia de bolsillo;

por tres hermanos siameses;

por tres tristes tigres en tres platos de trigo;

por el secreto de la inmortalidad del cangrejo;

por saber cuántos pares son tres moscas;

por un pretelt chaljub made in el ubérrimo;

por el tesoro quimbaya

o en su defecto por el escudo de la familia holguín;

cambio profesión por las actas de la sesión del 6 de noviembre de 1985 de la Corte Suprema,

o por las del consejo de ministros del 7, con el ruido de fondo de un partido de fútbol…

o por un plato de lentejas, con o sin mermelada.

¡o por dos huequecillos minúsculos

—en el corazón de la patria— por donde se fugue, en gris voluta de humo,

el asco, todo el fastidio, toda la vergüenza que almacena el pobre país del profesor Yarumo…!

 

Juego tarjeta, cambio tarjeta.

De todos modos

la llevo perdida…

 

Once días de noviembre

palacio de justiciaerupción del volcán

 

 

Con este título el escritor Óscar Godoy Barbosa(Ibagué 1961) presenta en forma de novela dos episodios que impactaron al país en el mes once de 1985: la tragedia del Palacio de Justicia y la catástrofe de Armero, ocurridos con apenas una semana de diferencia.

Ambas situaciones han sido objeto de numerosos estudios y de diferentes versiones, así como de investigaciones, informes y trabajos de toda índole. Pero en buena ahora aparece como un necesario ejercicio de memoria y de reconstrucción de unos hechos desde la mirada humana que brinda la literatura, ayudándonos a encontrar algo más cercano a una verdad que nos ha sido velada por las manipulaciones de los interesados en que no se cuestionen los poderes responsables del desastre nacional.

Con un gran manejo de la prosa y de las técnicas narrativas, Godoy nos muestra en tercera persona el drama vivido en el interior del Palacio desde la toma por un comando del M-19 el 6 de noviembre hasta la brutal retoma por parte del ejército al día siguiente.

En esta parte el protagonista es el magistrado Guillermo, que ve morir a muchos de sus compañeros y logra salir acompañado de Camila, una joven visitante que había acudido a pedir a un magistrado coterráneo que le ayudara a buscar a su hermana desaparecida. Por esas ironías del destino, la propia Camila también es “vaporizada” (como en el “1984” de Orwell) por las fuerzas oficiales, sin que vuelva a saberse de ella.

Paralelamente, asistimos a la narración en primera persona, de “Guillo”, hijo de Guillermo, exiliado en Europa, no  por motivos políticos sino familiares pues no perdonó al progenitor el haber abandonado a su madre. El joven relata las peripecias de su peregrinar en el viejo continente, su soledad y nostalgia matizadas por las drogas y sus aventuras de gigoló, vida que es interrumpida por las noticias que llegan de Colombia.

Entre tanto el autor nos tiene en suspenso en las ardientes tierras de Armero, a donde un Guillermo aún lacerado física y emocionalmente ha ido en búsqueda de Sara, su madre, para llevarla a la capital del país ante la inminencia de una avalancha del volcán Nevado del Ruiz. Finalmente la anciana, que estaba reacia a dejar su casa, acepta irse con un hermano, su hijo y la nuera. El viaje, programado para la primera hora del día siguiente nunca se realizaría.

Cuando “Guillo” regresa a Colombia, encuentra en la casa paterna solamente a su media hermana, a quien no conocía, y a una hermana de la nueva esposa de su padre. Con ellas emprende la infructuosa búsqueda de Guillermo y sus acompañantes, devorados por la furia del alud.

En la desolación de un final nada feliz, al joven le queda el consuelo del reencuentro con el país, el sabor de la única conversación con el padre en los últimos once años, el recuerdo de la hazaña paterna de salir vivo del holocausto y su intento de salvar a la abuela.

Así lo despedimos mirando los anuncios de lluvia sobre los cerros tutelares de la ciudad y contemplando la oscura noche de la violencia, que ahora, con los acuerdos hacia la paz parece estar terminando.

Además de una excelente narración que no suelta al lector de principio a fin, en la que tal vez sobran algunas de las “trabas” y de las proezas de latin lover de “Guillo”, estos once días de noviembre son un delicado sortilegio literario para conjurar el olvido y enfrentar cara a cara una de las épocas más tenebrosas del pasado nacional.

Con estos once días, Godoy, ya destacado en el periodismo y en la literatura, ganador de varios concursos de cuento y novela, se asienta con pie firme en las grandes ligas de las letras nacionales.

Gracias a Óscar y a la editorial Desde Abajo por esta gran contribución a la memoria y al reconocimiento de nuestra realidad con la llama vivificante de la narrativa.

incertidumbre-1024x431-1.jpg

 

Marco cercano de la ficción, la verdad y la salvación

En 2005 el historiador Benito Bermejo desenmascaró a un octogenario barcelonés que durante varios años se hizo pasar por resistente antifranquista y sobreviviente de los campos nazis. Enric Marco llegó a ser secretario general de la Central Nacional de Trabajadores y presidente de una de las asociaciones de víctimas del holocausto, la Amical de Mathausen, dio centenares de conferencias y obtuvo gran reconocimiento público. Marco nació en 1921 en un hospital siquiátrico, nunca hizo nada extraordinario hasta comienzos de los años 70 cuando España empezaba a despertar del letargo de décadas de dictadura. Por esa época, al frisar el medio siglo inventó su mentira y se quedó a vivir en ella, por deseo de reconocimiento y sin sacar provecho económico. El reconocido escritor Javier Cercas, quien pasaba por una crisis personal que lo hizo acudir al sicólogo, vivió un ambiguo sentimiento de atracción-repulsión por esta historia. Durante 7 años no quiso escribir el libro sobre el tema pero tampoco pudo dejarlo de lado, hasta cuando se decidió, casi retado por otras personas, especialmente por otro escritor que lo provocó al decirle que de algún modo todos y particularmente él, también éramos impostores.

Finalmente se contactó a Marco y buceó en su vida, no para justificarlo ni excusarlo sino para entenderlo. A lo largo de su investigación y de la narración que hace de ella, muestra de manera franca y cruda las miserias y contradicciones de su personaje y se revuelca en la incómoda sensación de que tal vez no pretendía  salvar a Marco sino quizá salvarse a sí mismo.

A la vez que va contando la vida del hombre, se recuenta gran parte de la historia de España, las vicisitudes de la guerra civil, la situación durante los largos años del franquismo y el paso a la democracia con sus ansias de memoria histórica y de revisión del pasado. Muestra cómo Marco es un reflejo del conjunto de la sociedad que fácilmente creyó su mentira porque también la mayoría fue pasiva durante la dictadura y no se interesó realmente por las víctimas del franquismo y del horror hitleriano. En la obra gravita permanentemente la idea de que el pasado siempre retorna y es un componente ineludible del presente.

¿ Cómo lo hizo?

En su exhaustiva búsqueda, el autor comprobó la gran inteligencia de su personaje y cómo construyó cuidadosamente su pasado ficticio a partir de medias verdades. Fue así como encontró que Enric sí estuvo en Alemania durante la guerra, como trabajador voluntario, ya que enviando miles de obreros, Franco le pagó a Hitler el apoyo que le había brindado durante la guerra civil. Más aún, sí fue prisionero en la Segunda Guerra Mundial, pero no en un campo de concentración, sino en una cárcel común, acusado (y absuelto) de conspiración contra el Reich por haber hecho un comentario favorable al avance de los soviéticos.

Su habilidad es sorprendente, ya que sin haber cursado estudios superiores tenía una gran cultura hecha a base de lecturas propias y su escogencia del pequeño y poco conocido campo de Flossenburg fue muy elaborada, pues averiguó que allí, en los registros oficiales aparecía que estuvieron apenas 14 españoles, muchos de ellos ya muertos o que no recordaban con precisión por ser demasiado viejos, de modo que no podían desmentirlo. Además, el hombre falsificó la copia de un registro que le facilitaron en una visita, para su fortuna de alguien que se llamaba también Enric y con un apellido parecido, que le fue muy fácil de falsificar.

La técnica

El escritor sorprende a la crítica y a sus lectores, al grado que uno de los comentarios lo compara con Scott Fitzgerald y Faulkner, en tanto otros sostienen que “pertenece a la estirpe de los grandes escritores y es inolvidable”, además de “demostrar que cuando hay talento no hay tema agotado” y entregarnos un libro que no habla de Enric Marco sino de cada uno de nosotros mismos, “un libro asombroso que, con una audacia inédita, ensancha los límites del género novelesco y explora las últimas fronteras de nuestra humanidad.”

No es retórica de editoriales o comentaristas porque se trata de un estilo muy propio, alucinante, en el que se mezclan magistralmente la narración, la crónica, el ensayo, la biografía e incluso la autobiografía (descarnada porque el autor nos comparte sus neurosis y lo acompañamos en el diván del sicoanalista y nos adentra en las motivaciones que lo llevaron a escribir la obra, lo mismo que en las emociones que le despierta su elaboración). Es así como mientras indaga en la vida de Marco y lo confronta consigo mismo y con su narcisismo (entendido no en la forma clásica del mero enamoramiento de sí mismo sino como el trauma  cuando se reconoce la realidad propia), juega con la similitud entre la aventura de Alonso Quijano, convertido en don Quijote para reiventarse en la cincuentena, salir del anonimato, escapar de una vida gris y quizá salvar a Cervantes, en tanto, también en el medio siglo, Marco rompe los moldes estrechos de un hombre del común y se vuelve una celebridad. ¿ Para salir en la foto y huir de la realidad porque ésta mata, mientras la ficción salva, sin saber que luego un escritor contaría su vida verdadera y lo liberaría de su impostura, para que se reconociera a sí mismo y luego muriese  cuerdo, sereno y reconciliado?

Al fin, Cercas se pregunta si su propósito es absurdo y si  la literatura puede salvar a alguien y si al querer salvar a Marco, en verdad está tratando de salvarse a sí mismo. Califica de insensatos y ridículos estos interrogantes e inicialmente su formulación misma le da vergüenza, para retroceder inmediatamente a reconocer que esa es una vergüenza falsa porque no hay otra forma de decir NO a las limitaciones de la literatura, “ a su miserable impotencia y su inutilidad” porque si la literatura sirve para salvar a una persona, así sea a una sola, “honor a la literatura”, pero si solo sirve de adorno, entonces que se vaya al “carajo cósmico” (Jose et al., 2015).

Consecuente con ese pensamiento concluye que la única forma de averiguar si Marco se salvará es terminando el libro y contando toda la verdad sobre él (aunque el hombre en un capítulo anterior, acorralado por las evidencias que le presentaba Cercas sobre la falsedad de uno de los episodios más heroicos de su fantasía, le pidió que tuviera compasión y “le dejara algo”).  La obra termina con la visita del escritor, en compañía de su hijo, al antiguo campo de Flossenburg, ahora convertido en memorial, donde al revisar el registro del prisionero cuyo número tomó el impostor, por un momento llegaron a pensar que había dicho la verdad, para luego comprobar que se trató de una genial transformación de las letras del apellido de aquél, para alivio de Cercas, quien secretamente se dijo a sí mismo “Sabía que no me fallaría”.

Su acompañante le dice: – Es el puto amo, a lo que el literato responde: Si, pero también es Enric Marco.

Surgen muchas preguntas de esta lectura, tal vez la más importante de ellas es ¿ Quién soy yo y me salvará la literatura?

La sacó del planeta

Fotos de Quásares

En el lenguaje coloquial se dice que alguien la sacó del estadio cuando realiza una acción excepcional. Con la obra La eternidad interrumpida Fernando Iriarte Martínez, escritor de varias crónicas y novelas históricas, nos lleva al mundo de la poesía, pero no de una lírica corriente sino literalmente cósmica, con la cual no solamente la sacó del estadio sino del pequeño punto azul que nos fue asignado como casa en el cosmos.

Con el título La eternidad interrumpida recoge decenas de poemas, escritos, de acuerdo con su prologuista Fernando Denis “con carbón de las minas y ardiendo de fiebre”, en los que “la poesía misma se interroga sobre su propia soledad y sus carencias”. Añadiríamos que sus versos vagan en el tiempo y en el espacio, en la noche estelar y en el oscuro corazón humano, bajo la aplastante sensación de que “el giro de un protón puede matarnos pero nacemos a cada instante”.

Excelente aporte de este autor y de la editorial Uniediciones del grupo Ibáñez que enriquece la colección Zenócrate y añade una joya a la poética colombiana ( y universal por derecho propio ya que se metió en las propias entrañas del monstruo cósmico) ayudando a que nuestro paso por la vastedad del espacio-tiempo tenga una  pausa lírica que interrumpe la eternidad para disfrutar de metáforas estelares en la trascendente efemeridad de nuestras vidas.

 

Si la sal se corrompe

Aún cuando la corrupción es un fenómeno que de vieja data viene afectando a la sociedad colombiana, las noticias referentes a ella se han incrementado exponencialmente en los últimos meses en Colombia. La opinión se mueve entre el asombro, el asco y cierto cansancio ante la oleada de acontecimientos dañinos a la ética pública. Sería interminable la lista de hechos gravísimos de desangre al erario y de socavamiento de la moral administrativa que se han dado a conocer recientemente. Mencionemos solamente los de mayor relevancia en relación con la justicia, que llevan a pensar en la necesidad de una verdadera cirugía en la rama del poder que había permanecido relativamente intacta a estos fenómenos cuya metástasis se creía afectaba principalmente al ejecutivo y al legislativo.

Recordemos el clientelismo judicial y la puerta giratoria en las altas cortes, que llevó a la anulación de los nombramientos de Francisco Ricaurte y Pedro Munar en la Sala Administrativa del Consejo Superior de la Judicatura, así como a la nulidad de la segunda elección del entonces Procurador Alejandro Ordóñez, todos por violación del artículo 126 de la Constitución Política, norma que precisamente prohíbe el nepotismo y las cadenas de favores entre nominadores y nominados en todos los niveles de la administración pública.

La situación de la Fiscalía es capítulo aparte. No se sabe nada de las investigaciones (si es que las hay) por el favorecimiento con contratos amañados en el período de Eduardo Montealegre, quien solamente a la señora Natalia Springer, cuyo verdadero nombre resultó ser Natalia Lizarazo dio contratos por cerca de cinco mil millones de pesos por trabajos cuyos resultados han sido cuestionados por académicos imparciales. Pero no es solamente corrupción el manejo de los dineros sino que en esa categoría también entran, para citar dos ejemplos importantes, la inactividad en que cayeron los casos de Saludcoop, EPS en la que el peculado es billonario, y el proceso más trascendental de los llamados falsos positivos cual es la imputación al general Mario Montoya, el militar de más alto rango implicado en ese tipo de ejecuciones extrajudiciales. Ninguno de los dos se movió en los cuatro años de ese fiscal ni ha dado señales de vida en lo que va corrido del mandato del actual orientador del ente acusador.

La llegada de Néstor Humberto Martínez, de entrada está teñida de dudas sobre la conveniencia y moralidad de su designación. Su carácter de abogado personal de Luis Carlos Sarmiento Angulo y de superministro del gobierno Santos no eran ninguna garantía de imparcialidad, a lo que su unía su militancia política en el partido Cambio Radical, lo que en el mejor de los casos lo tenía que llevar a declararse impedido en las numerosas investigaciones que se adelantaban o se podían iniciar contra directivos de las empresas de Sarmiento, altos funcionarios del ejecutivo o dignatarios de ese partido implicados en investigaciones penales.

La Fiscalía viene manejando lo relacionado con los contratos para la construcción de un tramo de la ruta del sol y para el dragado del río Magdalena que involucran sociedades del grupo Sarmiento Angulo en consorcio con Odebrecht fueron producto de sobornos y están teñidos de corrupción tan escandalosos como la concesión de un préstamo multimillonario a esta firma por parte del Banco Agrario. No obstante los vínculos que tuvo el doctor Martínez con esas sociedades antes de su ingreso a la Fiscalía, no se declara impedido, no hay transparencia en el manejo de los casos y no es muy claro por qué el alto funcionario se ha apresurado a descargar la responsabilidad únicamente en la firma brasileña y rápidamente exculpa a las sociedades de Sarmiento Angulo, a pesar de que las normas legales establecen claramente que en los consorcios todos sus integrantes tienen los mismos derechos, obligaciones y responsabilidades. Más grave aún, ni siquiera se investiga por qué cincuenta mil millones de los ciento veinte mil que formaban el ilegal préstamo concedido por el Banco Agrario, fueron destinados por Odebrecht a pagarle a su consorciado  Valores y Contratos S.A. si se supone que el empréstito era para concluir las obras.

La situación generada por la captura del jefe de la Unidad Anticorrupción de la Fiscalía, Luis Gustavo Moreno, es entonces la gota que llenó la copa de la corrupción en esa entidad y no puede limitarse a las explicaciones de cómo se descubrieron las andanzas de este personaje. El Fiscal General debe asumir su responsabilidad política y explicar cómo fue posible que se nombrara para tan delicada responsabilidad a un abogado cuya hoja de vida lo hacía el menos indicado para dicho cargo. De paso debe aclarar lo relativo a la fiscal Niño, de la Unidad de Justicia y Paz, capturada por recibir dinero de los paramilitares y cuál es la razón para que se haya destituido al funcionario que unificó los 2500 procesos que se adelantan por despojo de tierras en Urabá por parte del clan Castaño, que implican al exmagistrado Jorge Pretelt Chaljub y que ahora están prácticamente paralizados.

El escándalo Moreno forma parte de un entramado mayor de clientelismo en el que salen a relucir influencias de los magistrados de las cortes en las decisiones de la Fiscalía que sugieren un nada sano intercambio de favoreces. Baste mencionar que ocho de los auxiliares de los magistrados que eligieron ar Néstor Humberto Martínez fueron designados por éste como fiscales delegafos precisamente ante la Corte Suprema de Justicia.

Estas situaciones le dan la razón a quienes vienen clamando por una reforma profunda en la justicia que le quite a las altas cortes la función electoral. Así mismo, es relevante que se discuta el uso del polígrafo que a pesar de no ser confiable (supuestamente Moreno fue el único de los aspirantes que superó esa prueba) ha venido convirtiéndose en un instrumento para la contratación de personal y para otras decisiones administrativas, así como la injerencia de las autoridades estadounidenses en nuestras instituciones de investigación y penitenciarias.

La dudosa y oportuna incapacidad por enfermedad en la columna del doctor Martínez en los momentos más duros del escándalo (que no le impidió aparecer muy erguido poco después en la Corte Constitucional para atacar la JEP), la opacidad con la que ha manejado esta situación y su denuncia con tinte intimidatorio contra el senador Robledo por injuria y calumnia han terminado por deslegitimar su gestión a tal grado que hacen necesario su paso al costado para que no termine perjudicando a la institución que representa.

Es hora de pensar en los más altos intereses de la justicia y del país.