El crimen de Mondoñedo o la vida truncada de seis jóvenes bogotanos

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Entre los marchantes en la jornada del 9 de abril en la que centenares de miles  expresaron su respaldo al proceso de paz y en solidaridad con las víctimas, pocos repararon en el cartel que portaba un grupo de personas mostrando fotografías de seis jóvenes.

Se trataba de Jenner Alfonso Mora Moncaleano, Vladimir Zambrano Pinzón, Juan Carlos Palacio Gómez,  Arquímedes Moreno Federico Quesada y Martín Alonso Valdivieso.

El 7 de septiembre de 1996, entre colinas desnudas y cauces secos, rodeados por altivos cactus, en el lugar conocido como Mondoñedo, vía que comunica a Soacha con los municipios de Mosquera y La Mesa, aparecieron incinerados los restos de Mora, Zambrano, Palacio y Moreno, después de haber sido secuestrados y desaparecidos el día anterior por integrantes del Grupo contra Armados Ilegales de la Policía Nacional.

Casi simultáneamente, sus compañeros Quesada y Valdivieso fueron muertos a tiros en ataques sicariales por el mismo equipo de agentes del Estado que venía investigando hechos ocurridos años atrás en los que perdieron la vida tres miembros de la institución policial.

Todas las víctimas pertenecían a familias modestas, algunas de ellas desplazadas por causa del conflicto armado y alternaban el estudio con el trabajo, y  labores culturales y políticas.

Gracias a la insistencia de sus parientes,  aún a riesgo de sus propias vidas, se lograron avances en  las investigaciones impidiéndose una total  impunidad.  Tras arduos procesos judiciales, inicialmente fueron condenados varios policías de bajo rango que participaron en los crímenes.

Sin embargo, apenas era un primer paso en la búsqueda de verdad, justicia y reparación porque las decisiones incluyeron el archivo a favor de los oficiales que los comandaban y ni siquiera se procuró profundizar en niveles más altos de la cadena de mando.

Como es sabido,   un delito de estas características difícilmente puede ser llevado a cabo de manera autónoma por personas de grados inferiores sin la anuencia de los jefes dada la existencia de una férrea jerarquización y obediencia.

Después de varios recursos y otras acciones jurídicas por parte de la organización no gubernamental de derechos humanos, el  Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, se logró vincular a varios oficiales y suboficiales, pero   sin que hasta ahora, más de 16 años después, pueda decirse que haya completa verdad y justicia.

Son muchos los avatares  que ha tenido este proceso, entre ellos el exilio de algunos  parientes de las víctimas, fiscales y defensores de derechos humanos y los homicidios de dos personajes claves para desentrañar la trama: el informante Carlos Julio Chaparro, misteriosamente asesinado en prisión y el agente William Nicolás Chitiva, el único de los uniformados que declaró ante los jueces revelando la realidad de lo sucedido, muerto violentamente en atentado callejero en la ciudad de Cúcuta.

 ¿Quiénes eran estos seis jóvenes?

Jenner Alfonso Mora acababa de cumplir 26 años. Había nacido en Ibagué el 4 de septiembre de 1970. Inició sus estudios primarios en Ibagué y los terminó en Bogotá. Cursó el bachillerato en el Instituto Grancolombiano, de Bogotá, y estaba a punto de alcanzar la licenciatura en Física en la Universidad Distrital y había conseguido un cupo en la Universidad Nacional para estudiar Ingeniería.

Durante su vida de estudiante no fue ajeno a las luchas universitarias que tuvieran que ver con el mejoramiento del nivel de vida de los estudiantes y de la clase trabajadora. Pertenecía a la Juventud Comunista y a la Unión Patriótica.

Vladimir Zambrano Pinzón tenía la misma edad de Mora Moncaleano,  hacía parte a la UP  y adelantaba estudios en la Universidad Distrital.

El mayor de las víctimas era Arquímedes Moreno Moreno. Tenía 41 años y había nacido en Úmbita, Boyacá en el seno de una familia campesina. Estaba casado y tenía tres hijas de corta edad. Quienes lo conocieron lo recuerdan con cariño por su sencillez y carácter humanitario y de servicio. Era un hombre siempre dispuesto a trabajar por la comunidad que lo honró eligiéndolo edil de la localidad de  Usme, en Bogotá, en representación de la UP y como dirigente comunal del barrio El Porvenir.

Federico Quesada era hijo del legendario dirigente comunista Pedro Salas. Había heredado de su padre la abnegación, el sacrificio y la entrega al servicio de la causa política.  Igual ocurría con Martín Valdivieso Barrera.

El menor de todos era Juan Carlos Palacio Gómez, quien apenas tenía 22 años. Había terminado secundaria en el colegio departamental “Divino Niño”. Estudiante de sistemas, se preparaba para ingresar a la universidad. Era amante de las artes, especialmente de la música, y pertenecía a varias agrupaciones culturales.

En este mes de la memoria, la mirada transparente de los sacrificados sigue interpelando a la sociedad y clama por verdad y justicia. También, desde el exilio de sus existencias destrozadas, desde la tienda de sus tristes nostalgias, las familias de todos quienes perdieron la vida a manos de otros hermanos colombianos en esta cadena de horror, nos exigen construir una sociedad sin víctimas ni victimarios, reconciliada consigo misma, que no olvide el doloroso pasado en el que el hermoso nombre de Mondoñedo se asoció a la más cruel ignominia.

*Abogado del equipo de juristas de la Alta Consejería para las Víctimas

Enero de 2013

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