El niño del desierto y el dios cocodrilo

shadel

 

En algún lugar del Sahel, en medio de la extensa sucesión de dunas arenosas en que raleaban algunas acacias y matorrales, la comunidad del oasis parecía suspendida en el tiempo, como si flotara en el vaho de un aire pesado y sofocante. La vida giraba alrededor de un pequeño lago, que albergaba peces y aves migratorias, permitiendo en sus orillas la majestuosa presencia de palmas datileras. Unas decenas de familias asentadas desde tiempos inmemoriales cultivaban en  huertas cercanas mijo, maíz y trigo sarraceno, en tanto el vergel y sus alrededores rocosos permitían el pastoreo de ruidosos rebaños de cabras.

Una tarde que se hacía interminable, por fin al ocaso se aplacó el calor asesino y los pobladores salieron a disfrutar el relativo frescor a la sombra de los árboles tutelares. El alivio por la llegada de la noche no borraba de sus rostros la preocupación por la ausencia de lluvias que llevaba ya largos meses y por el descenso del nivel de las aguas hasta dejar a su lago convertido en poco más que un lodazal con algunos centímetros de profundidad. El joven Rachid no había visto nada semejante en sus catorce años de existencia. El único mundo que conocía estaba desapareciendo ante sus ojos y solamente el sereno silencio de su abuela calmaba una ansiedad que estaba a punto de pulverizar su tranquilidad.

–  Dime madre grande, qué será de nosotros si no llueve y si se seca nuestra fuente de agua. Qué les hemos hecho a los dioses para que estén enojados – le preguntó el joven a la anciana.

 

No sé hijito, algo me dice que esta sequía es muy distinta de cualquier otra, nuestra fuente resistió temporadas sin lluvia más largas que esta porque su fuerza no viene de las nubes sino de la tierra. En los sueños no he encontrado respuesta a esa pregunta que nos viene angustiando a todos en la aldea. Solamente veo de manera recurrente en mis viajes nocturnos a las regiones misteriosas que aparece mucho el cielo y siempre estoy mirándolo. Tal vez la pista esté allí y tú debes ser quien la encuentre,  porque creo que es un mensaje para ti – respondió la mujer que era la última representante de la estirpe de los soñadores que orientaban las decisiones más importantes de acuerdo a lo que les revelan los dioses en la oscuridad de la noche –

Por qué yo – preguntó el muchacho, mostrando una profunda tristeza – si la gente me odia y todos me acusan de haber traído la desgracia.

La expresión sombría del rostro de su nieto le recordó a la abuela el día en que nació, en medio de la más fuerte tormenta de arena de que tuviera memoria. Cómo olvidar el momento en que ayudaba a dar a luz a su hija mientras el abrazo del desierto secaba el aire con su aliento de fuego y sintió el dolor de verla morir en su brazos junto a la alegría de recibir un nuevo ser que continuaría su estirpe. Entendió que el nacimiento en medio de la nube de polvo arenoso fuera tomado como un vaticinio negativo, especialmente al rememorar los acontecimientos que se precipitaron, a cual peor desde entonces. Primero fue la peste que acabó con casi todo el ganado; tiempo después las langostas arruinaron las cosechas durante dos años. Otra vez fue la irrupción de los guerreros janjawad empeñados  en imponer el islam a la fuerza, que como demonios envueltos en túnicas negras aparecieron en la noche rompiendo la tradición no escrita de respeto al oasis por parte de todos los grupos en contienda. Esa ocasión asesinaron  a los otros tres ancianos soñadores y se llevaron a todos los hombres entre 50 y 12 años para incorporarlos a sus filas pero milagrosamente Rachid y la vieja se salvaron por estar con las cabras en los roquedales cercanos. Y ahora la sequedad total que amenazaba dejar como un recuerdo el espejo de agua tan ligado a la única vida que conocían. Su corazón le decía que tanto sufrimiento debía tener algún sentido y que todo lo sucedido era una prueba para el temple de su pueblo y del único joven sobreviviente. Salió de los recuerdos que se mezclaron como en una horrible pesadilla y le dijo a su nieto:

La expresión sombría del rostro de su nieto le recordó a la abuela el día en que nació, en medio de la más fuerte tormenta de arena de que tuviera memoria. Cómo olvidar el momento en que ayudaba a dar a luz a su hija mientras el abrazo del desierto secaba el aire con su aliento de fuego y sintió el dolor de verla morir en su brazos junto a la alegría de recibir un nuevo ser que continuaría su estirpe. Entendió que el nacimiento en medio de la nube de polvo arenoso fuera tomado como un vaticinio negativo, especialmente al rememorar los acontecimientos que se precipitaron, a cual peor desde entonces. Primero fue la peste que acabó con casi todo el ganado; tiempo después las langostas arruinaron las cosechas durante dos años. Otra vez fue la irrupción de los guerreros janjawad empeñados  en imponer el islam a la fuerza, que como demonios envueltos en túnicas negras aparecieron en la noche rompiendo la tradición no escrita de respeto al oasis por parte de todos los grupos en contienda. Esa ocasión asesinaron  a los otros tres ancianos soñadores y se llevaron a todos los hombres entre 50 y 12 años para incorporarlos a sus filas pero milagrosamente Rachid y la vieja se salvaron por estar con las cabras en los roquedales cercanos. Y ahora la sequedad total que amenazaba dejar como un recuerdo el espejo de agua tan ligado a la única vida que conocían. Su corazón le decía que tanto sufrimiento debía tener algún sentido y que todo lo sucedido era una prueba para el temple de su pueblo y del único joven sobreviviente. Salió de los recuerdos que se mezclaron como en una horrible pesadilla y le dijo a su nieto:

 

 


-Ahora veo más claro que tienes la misión de salvarnos,  somos los herederos de los guardianes de Sobek, el dios cocodrilo venerado por el pueblo nubio de los faraones negros. Las guerras trajeron la decadencia y el olvido del culto al dios cuyo sudor había creado el sagrado Nilo, nuestros ancestros entendieron que todo estaba ya perdido y partieron al sur con la estatua del dios para que no cayera en manos infieles. El día de tu nacimiento desapareció la efigie y desde entonces venimos perdiendo la memoria del origen. Creo que eres la última esperanza para nosotros.

-No sé cómo pueda hacerlo pero lo intentaré, abuela, dijo Rachid después de un pesado silencio, sintiendo la carga de la responsabilidad que se descargaba sobre sus hombros.

Días después el joven, que siempre estaba pensando en cómo podría cumplir su destino, olvidó un poco estos pensamientos al notar la ausencia de su cabra y salió a los alrededores a buscarla. Recordó que el animal en ocasiones se alejaba del rebaño y se internaba en el roquedal vecino. Allá se dirigió con paso presuroso, que aceleró al descubrir las huellas que sin duda eran las de su inseparable amiga. De repente, sin saberse por qué, recordó como si fuera una revelación que la respuesta a las preguntas que venía haciéndose estaba en el cielo y elevó su vista sin mucha esperanza de ver nada distinto al intenso azul  que desde tiempo atrás reinaba en las alturas pero para su sorpresa, en el horizonte descubrió dos nubes enormes, la una con figura de cocodrilo, engullendo a la otra que tenía clara forma de cabra. El corazón dio un gran salto que lo dejó sin aliento, al tiempo que era presa de vagos y alternados sentimientos de tristeza y alegría. Volvió la mirada al suelo y vio más frescas las pisadas de la chiva en el camino a la tierra de nadie, la zona prohibida de las más altas rocas a la que se llegaba después de atravesar el valle de los chacales. Se sorprendió al ver que no tenía miedo a pesar de la presencia de estos feroces depredadores, que se limitaron a acechar y emitir agudos gruñidos. Su confianza aumentó al sentir que de un modo que no sabría explicar, Sobek lo protegía, pensamiento que se fortaleció cuando, siempre siguiendo las huellas de su amiga, cruzó el sendero de las mambas negras al sentir el siseo, el frío aliento y ver el brillo de los ojos de estas enormes y oscuras serpientes de mortífero veneno. Casi sin darse cuenta llegó a la cima y notó que las pistas  terminaban en la estrecha entrada de una cueva. Sin dudarlo, agachándose entró en ella y quedó petrificado al ver como su querida Armak estaba paralizada frente un gigantesco saurio. También él se sintió fascinado por la mirada ambarina del cocodrilo pero rápidamente recuperó la lucidez y aunque no escuchó palabra alguna sintió que el dios le hablaba pidiéndole en sacrificio la vida del animal que era su más preciada compañía.

Con serenidad ritual vio como el gran lagarto devoró silenciosamente al caprino y aunque al principio sintió gran pena por la sacrificada, se sosegó al ver que de la reseca piel del predador brotaban brillantes gotas de agua que rápidamente formaron un caudal que se internó en la espesura de la gruta. Enseguida Sobek volvió de nuevo su mirada hacia Rachid y el joven otra vez sintió que el dios le ordenaba seguirlo a lo profundo de la caverna en que estivaba desde tiempos ancestrales. Atónito vio como los angostos espacios se abrieron hasta dar en una amplia galería. Al fondo de ella, en una serie de dibujos pintados en la piedra viva, a pesar de la pátina de los milenios, mostraba la historia de gentes de piel brillante piel oscura, desde los días en que se dedicaban a alimentar los cocodrilos sagrados a orillas del Nilo,  la época de éxodo al desierto, el descubrimiento del oasis, las penalidades de los últimos decenios hasta llegar a la casi extinción del pozo sagrado. Se concentró más en las imágenes finales, especialmente la de un ocre total, entre el cual apenas se insinuaban las palmeras y los techos de las chozas, que sin duda mostraba la tormenta que acompañó su nacimiento, la que representaba el holocausto de Armak y la final de Sobek regresando al oasis por entre un río subterráneo que restablecía la conexión con el de sus antepasados, para emerger triunfante  destrozando con sus fauces cientos de gordas y alargadas lombrices del pantano que habían atorado el manantial que unía el pozo con su refugio secreto.

Conmovido por lo revelador de las pinturas al cabo de horas pensó que debía volver con su pueblo pero sentía que aún faltaba algo por hacer y avanzó hacia una estrecha cámara en la que estaba la estatuilla del dios. Respetuosamente la tomó y regresó a la aldea, que estaba sumida en el júbilo de la más limpia lluvia y de la nueva vida que chapoteaba en las espejeantes y renovadas aguas del lago.

De repente, la reverencia con que la abuela y otras mujeres lo acogieron a su llegada, mientras respetuosamente le ayudaban a cargar la reliquia, le hicieron comprender que dejaba atrás una larga infancia de cinco mil años.

sobek2

Beto Alfa.

 

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