Un hombre de palabra

 

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Manizales, llamada por un poeta local “la colina iluminada”, aparece en mi memoria, a fines de los años cincuenta repleto de verdor, con pico y placa climático porque un día brillaba el sol y al otro, la niebla le daba un aire misterioso al paisaje. A horcajadas sobre la cordillera central, coronada por las cúpulas blancas del Nevado del Ruiz, de su hermanos menores Santa Isabel y El Cisne,  y del paramillo de Santa Rosa, de nevedad ocasional, la urbe era un puente entre la tierra fría y las tierras medias que descienden suavemente hacia las comarcas ardientes de la vega del Cauca. En las cumbres hielo, volcanes y alturas de vértigo, en la mitad tibio aroma del más suave café y abajo fragante torridez de dulce caña surcada por uno de los ríos bravíos de la patria.

Vivíamos en un barrio suburbano donde se abrazan la ciudad y el campo y las casas contaban con amplios solares en los que abundaban las brevas, tomates y otras frutas de clima frío. Mis primeros recuerdos me retrotraen a una amplia vivienda de bahareque siempre llena de gente, bullente de vida como una colmena, con personas de todas las edades. La familia se componía de los padres, ocho hermanos, cuatro tíos que se quedaron a vivir con nosotros y siempre había dos o tres primos o primas que pasaban largas temporadas.

Veo entre la bruma de los años a mis padres contando a la chiquillada historias de espantos y brujas y al único abuelo que conocí, un hidalgo venido a menos, sentándome en sus piernas para narrarme las aventuras de “Tío conejo” y otros personajes del folclor tradicional como La Patasola, La Madremonte, El Duende y otros que creía eran tan reales como las personas de carne y hueso.

Maravillado con los juegos de palabras, con frecuencia pasaba horas escuchando en los parques a uno de los tantos  culebreros que iban de pueblo en pueblo y mantenían a la audiencia alelada con su palabrería y que haciéndose pasar por indios o extranjeros,  sin disimular o más bien enfatizando el acento paisa, decían tener el remedio para todos los males. Recuerdo que mientras manipulaba y simulaba hipnotizar a un gran reptil, a la voz de “quieta Margarita”, uno de estos personajes se presentaba como “El indio, culebrero, yerbatero del eje cafetero y de antioqueños descendiente, enamorador, trovador y bohemio, con carriel, poncho y sombrero, inventor del andar parao, que hizo de pa’ arriba la pendiente,  puso el occidente frente a oriente, y norte y sur las puso a lao y lao. Brujo de Manzanares, primo hermano de Satanás, de curarlo soy capaz y si tiene algún maleficio, curar males del corazón y lepras es mi oficio sin ningún sacrificio.”

Al hechizo de la oralidad se sumó muy pronto la magia de la palabra escrita. Mi padre, que a duras penas había cursado segundo de primaria pero que desarrolló una impresionante formación autodidacta que lo llevó incluso a ser diputado departamental, leía incansablemente libros y periódicos. Esto me hizo ver como algo natural el leer y escribir. Sentía envidia al ver a mis hermanos mayores salir contentos a estudiar portando orgullosos sus cajas de colores y cuadernos. Mi impaciencia por entrar a la escuela era cada vez mayor, presioné a mi madre para que fuera a matricularme a pesar de que formalmente no se podía pues cumpliría los siete años en marzo y el año escolar comenzaba en enero. Grande fue mi decepción cuando me dijo que los profesores no aceptaron matricularme, no recibían a nadie antes de la edad reglamentaria, pero no me resigné y el día del comienzo de clases me escapé de la casa y me colé en las aulas sin estar matriculado. Ingenuamente pensé que dando otro nombre no habría problema, sin pensar que la suplantación, por lo demás de alguien que tampoco se había registrado formalmente, era mucho más grave.

Lo importante era que estaba estudiando y las palabras impresas empezaban a revelarme sus secretos. No me limitaba a verlas en las hojas de cuaderno y en los libros de lectura. Las veía y leía en todas partes y donde estuvieran ya eran mis amigas. En las vacaciones de Semana Santa de ese primer año de escuela avancé en la lectura en casa de una tía que vivía en el campo. Ella y su esposo eran profundamente católicos (su luna de miel en una casa cural, estrictamente supervisada por un sacerdote de confianza es parte de la historia familiar), tenían su casa llena de estampas sagradas y todos los días rezaban el rosario. No había muchos libros, apenas sí la Biblia, un catecismo y algunas vidas de santos, pero quizás el respeto que en mi casa se tenía por los libros y el ambiente de devoción que se vivía en la finca de la tía hicieron que la lectura fuera casi una experiencia religiosa. Aún resuenan en mi memoria las lecturas que hacía largas horas en el suelo de los periódicos puestos para secar el piso y se revive ese otro sortilegio de ver letras en idiomas extraños al ver que en pedazos de cajas en las que venían ayudas provenientes del programa Alianza para el Progreso encontraba leyendas como “This side up” o “Donado pelo povo dos Estados Unidos”.

Mi madre, sorprendida gratamente por mi incorporación voluntaria a la escuela, creyó mi versión de que había sido inscrito por una vecina que tenía varios hijos en la misma institución, mimetizándome con el nombre de uno de ellos. Hacia mitad de año, cuando en un recreo, “Melcocha”, mi compañero de pupitre me llamó por mi nombre, el profesor Roosevelt Quintero, me preguntó alarmado:  “¿ Por qué te dice Jaime si eres Gustavo?”. No tuve más remedio que contarle la verdad y mi temor de que fuera a expulsarme se disipó cuando dijo: “Dile a tus padres que vengan, que tenemos que hacer de nuevo los papeles pero no faltes a las clases, no me voy a deshacer de un alumno que sí aprovecha lo que se le enseña”. Mi madre también me apoyó, aunque con una salvedad. “Eso sí, más que por matricularte a escondidas, me disgusta que hayas escogido el nombre de un Idárraga, esa familia de delincuentes que siempre tiene a uno de sus miembros en la cárcel, acuérdate que hay como dos en Gorgona que es a donde llevan a los asesinos, más bien son Idarragángsters. ¡ Mi hijo Gustavo Idárraga, por Dios!”

Me pareció que mamá no era justa con el amigo del cual tomé el nombre y que exageraba pero cuando al poco tiempo asistimos al velorio de Óscar, un miembro de ese clan, muerto en un operativo policial en el que se intentaba rescatar a una persona secuestrada por él y luego presencié episodios que involucraban a otros hermanos suyos, a veces en atracos o peleas con armas entre ellos mismos, me di cuenta de que la aprensión de Ofelia era totalmente justificada. Pero qué le vamos a hacer, así es la vida y por un tiempo llevé inocentemente ese apellido; situación que espero no haya sido registrada por los organismos policiales y que decenas de años después, dadas otras hazañas de esos vecinos, todavía me preocupa.

Feliz de haber retomado mi identidad y de estar legitimado en el estudio me disparé más en mi amor por la palabra cuando mi padre, por esos primeros años de educación elemental, me contagió su entusiasmo por la palabra en función política y de denuncia de las injusticias sociales. Aún estaban frescas las heridas de la guerra civil española y de hechos dramáticos en América Latina y en eventos político-culturales me ponía a leer poemas en homenaje al bardo español Federico García Lorca o al prócer Augusto César Sandino.

Sin salir físicamente de la capital de Caldas, me transportaba a las vegas de Andalucía al  recitar:

 “Mataron a García Lorca, por las calles de Granada gitanos pesares lloran/ se durmieron los claveles en su herida fresca y roja/hay un gemir de guitarras en tono de cuerdas roncas/malaya los que mataron al poeta García Lorca …”.

También estaba espiritualmente en un hermano país centroamericano al declamar en público en actos partidarios:

“Por tierras de Nicaragua ya mataron a Sandino/lo mataron malamente lejos de los agrios riscos/donde ayer no más flameaban sus banderas de heroísmo/por tierras de Nicaragua galopan los asesinos/hacia una noche de bosques perseguidores de olvidos/y veinte mil generales de bigotes retorcidos/y espadas que son de acero pudiendo bien ser de vidrio/se sienten más generales desde que murió Sandino”.

Así pasaron los años, siempre acompañado de la lectura de alguna obra literaria que me mostraba escenarios y personas distintas a la vida cotidiana, hasta cuando, ya iniciando la tercera década, un episodio dramático me demostró hasta qué punto la literatura era parte esencial de mi existencia.

No era solamente la literatura, las palabras cruzadas también empezaron a ser parte indeleble de mis hábitos y una gran compañía, en las largas horas de espera en las filas que se formaban para ingresar a los almacenes del Instituto Nacional de Abastecimiento  -INA- a donde era enviado para comprar a precio favorable los productos de la canasta básica.

Los 80 fueron años turbulentos en los que los diálogos de paz entre el gobierno de Belisario Betancur y las Farc-ep sucumbieron ahogados en sangre al darse el exterminio de la Unión Patriótica, movimiento político surgido al calor de esos acuerdos como una vía para la inserción en la legalidad de los alzados en armas. Fui elegido diputado por esa agrupación y a partir de ahí el riesgo de muerte fue cada vez más inminente. La denuncia de los asesinatos de compañeros y amigos y la presencia en sus sepelios copaba la mayor parte del tiempo y la amenaza siempre estaba latente. Fueron varios años de tensión casi insoportable en los que en algunas ocasiones los asesinos llegaron a estar al frente de mi casa o muy cerca de lograr su objetivo. Muchos factores contribuyeron a que saliera ileso de esa situación, entre ellos la solidaridad  de muchas personas que me protegieron o me avisaban de situaciones peligrosas, pero también, de alguna manera estuvieron las letras dándome consuelo y compañía.

En los pocos momentos de relativa tranquilidad que podía tener, las aventuras narradas por Julio Verne en los más exóticos escenarios del planeta, las desventuras del ingenioso hidalgo manchego, los personajes de Dostoyeski, los piratas de la Malasia de Salgari, los escritores del boom latinoamericano, los costumbristas y humoristas colombianos Tomás de Carrasquilla, Rafael Arango, Eduardo Londoño, entre otros muchos autores, me hicieron más llevadera la situación y me mostraron que el drama del ser humano es el mismo en todas las épocas y países.

Serpientes en acción

Ya estaba por derecho propio en la lista de condenados, pero el declarar ante los jueces que investigaban el crimen de un destacado dirigente obrero develando cómo estaban comprometidos los mandos del batallón local hizo que los planes para mi eliminación se aceleraran. No fue solamente ante la justicia sino también ante la opinión pública que di a conocer cómo el suboficial Herman Londoño Vergara había asesinado al líder sindical y exconcejal Rubén Castaño, como parte de una misión ordenada y supervisada por el coronel Henry Bermúdez Flórez y el mayor Alejandro Fonseca Jamette, primero y segundo comandantes del ejército en el departamento. El coronel, de mediana estatura y complexión gruesa, tenía gafas redondas, pelusilla a modo de bigote y dientes de roedor que le daban un aire de Himmler criollo. El mayor, alto y atlético, de fría mirada reptiliana, siempre caminaba con las manos separadas del cuerpo como en los duelos del lejano oeste, listas en todo momento a tomar una gran pistola que portaba en la espalda a nivel de la cintura.

Por fortuna las autoridades civiles me dieron alguna protección que aunque limitada, tenía cierto efecto simbólico y disuasor. Hasta ese momento únicamente me acompañaba durante los desplazamientos entre la casa, la sede partidaria y la oficina, solamente armado de valor, Hernán Toro, amigo que por la época estaba desempleado y que por esas mismas calendas murió de un cáncer de estómago que lo consumió velozmente después de devorar en varios días de comilona buena parte de una vaca fulminada por un rayo.

Por esos días en una prestigiosa publicación capitalina salió una nota sobre el número de personas que trabajaban en la protección de otras y se señalaba cómo en ese punto se veían las grandes diferencias sociales que iban desde un cuerpo de escoltas de 32 personas en autos blindados y cuatro motos para el industrial más rico del país, hasta el modesto político de provincia que tiene que recurrir a los servicios por horas de un policía retirado o de un boxeador en decadencia. Salí de esa última categoría por la muerte de mi cuidador (que en su mejor momento se había desempeñado como agente de policía y pugilista aficionado) y porque el gobierno me asignó a Silvio, escolta policial que ejerció de ángel de la guarda en los momentos más oscuros de la conspiración en contra del partido al que pertenecía. Esa protección se reforzó con el apoyo que me brindó Juan Carlos, amigo personal a quien por su conducta de gigoló italiano llamaba Gian Carlo, el cual por esa época me sirvió de conductor-guardaespaldas. Por lo demás esto, amén del alto riesgo ya implícito, le atrajo también una fuerte amenaza que se expresó en un sufragio enviado a su vivienda en el que invitaban a sus funerales y a los de su jefe, remitido “atentamente” por quienes se identificaron como “los sicarios”.

Además el gobernador, Fortunato Gaviria, escribió al comandante del batallón pidiendo que se diera trámite a mi petición de venta de un arma de defensa personal, a lo que los uniformados se habían negado en tres ocasiones. Una tarde que acudí a la boca del lobo para inquirir si finalmente se había aceptado mi solicitud, el mayor Fonseca, en rígida posición marcial  en la que resaltaba el pistolón que era parte de su personalidad, me saludó con sorna diciendo “bueno doctor, por la carta del gobernador le vamos a vender un revólver pero usted va a necesitar es metralleta”.

Una tarde en que el calor apretaba, en la vereda Alto del Guamo, el suboficial Londoño escuchó los gritos desesperados de una mujer que pedía ayuda desde el interior de una casa. Al acudir vio a una joven presa del pánico porque una enorme serpiente de cascabel se acercaba a la cuna en que dormía plácidamente un bebé. El hombre mató al ofidio y sudoroso procedió a refrescarse con la limonada que le sirvió la madre de la muchacha, que al instante había aparecido con otros parientes. En el clima de fraternidad creado por el suceso, el militar informó que estaba en misión especial y al observar en la pared carteles con fotos de diferentes políticos, entre ellos una mía, les preguntó si eran mis amigos. La dueña de casa, Alba Griselda García, destacada dirigente comunal, enfermera y abnegada servidora de su comunidad, le respondió que la iban bien con todos los partidos desde que le ayudaran a la sociedad, que ellos no tenían preferencia, que eran bienvenidos los políticos que llegaran con buenas intenciones, que  la gente debía escoger libremente y que además yo les había colaborado en un trámite de servicios públicos.

Herman les dijo que eso no estaba mal, que siguieran relacionándose con los demás partidos pero que Jaime Jurado y los de la UP eran de la guerrilla y lo iban a matar, que trataran con cualquiera menos con esos y que mejor les sirvieran de  informantes. Los anfitriones le dijeron que no sabían escribir, pidiéndole que escribiera sus datos en un cuaderno que tenían para registrar a todos los visitantes y así lo hizo, dejando plasmado de su puño y letra su nombre y los teléfonos del batallón de Manizales y de otro de Buga a donde iba a veces en comisión.

Al día siguiente la señora García se hizo presente en mi oficina muy alarmada, con el cuaderno en su mano me refirió el hecho y me acompañó para testificar ante las autoridades. Al hacerse pública la denuncia la solidaria campesina también fue amenazada y recibí información fidedigna que daba cuenta de que sus superiores en las fuerzas armadas oficiales reprochaban al subalterno por haberse dejado detectar en esa forma pero le prometieron una pensión especial anticipada si cumplía la misión encomendada.

Al ver que el panorama, lejos de mejorar se hacía peor cada día, que constantemente caían importantes dirigentes del movimiento, entre ellos el líder principal y candidato presidencial Jaime Pardo Leal y que el entramado criminal contaba con importantes componentes en el aparato estatal, a lo que se añadía que en mi caso específico uno de mis sicarios, con quien a esas alturas puede decirse que ya tenía una relación casi personal, me respiraba en la nuca, “por motivos de salud” a comienzos de 1988 abandoné el país con rumbo al Uruguay. Antes de salir de Colombia me desplacé con Gian Carlo a Bogotá, dejándolo integrado al equipo de seguridad del líder de la UP, Bernardo Jaramillo Ossa, también amigo y coterráneo, en ese momento el hombre más amenazado del país y asesinado dos años después.

Como ya el sentido del tiempo era otro, no tomé una ruta directa hacia el país oriental sino que decidí hacer el camino por Brasil, Paraguay y Argentina, recorriendo primero el río Amazonas desde Leticia hasta Manaos. Como siempre, iba con libros, entre ellos el de moda en el mundo, La perestroika de Mijail Gorbachov, así como una carta de la Unión Patriótica de Colombia dirigida a los líderes del Frente Amplio del Uruguay pidiéndoles que me apoyaran en mi estadía en ese país.

Preso en el extranjero

Recorrí Brasil con la emoción de conocer a nuestro gran vecino, tan lejano y cercano a la vez y cuando me presenté en la frontera paraguaya en la ciudad llamada en ese entonces Puerto Stroessner, sin ser culpa de ellas, las palabras me jugaron una mala pasada. El país era regido desde 1954 por el decano de los dictadores latinoamericanos, Alfredo Stroessner y todo lo que oliera a izquierda era perseguido severamente.

–Este libro no pasa ni a kilómetros de aquí- rugió uno de los aduaneros que revisaba mi equipaje mientras me miraba con gesto adusto.

En ese momento solo lamenté que no había terminado su lectura y pensé que la pérdida monetaria de lo invertido en Perestroika no era muy grande pero inmediatamente se demostró que mi cálculo era muy ingenuo y que estaba lejos de reconocer la dimensión tan peligrosa que tomó el asunto. Al momento el hombre fue acompañado por otros que hablaban entre ellos en guaraní (idioma que además del español habla la mayoría de la población), que procedieron a esposarme sin dar ninguna explicación. La única frase que dijeron en castellano fue referente a que habían capturado un pez gordo cuando vieron el carnet de diputado de Caldas, debido a que en otros países se llama diputado al miembro de una de las ramas del legislativo nacional, la Cámara baja. Internamente me reí ante la ironía de que me consideraran pez gordo, cuando mi peso apenas sí sobrepasaba los 60 kilogramos. Luego fui llevado al primer batallón de frontera para ser conducido ante un general que evidentemente era la máxima autoridad de la guarnición.

El alto oficial me preguntó si efectivamente pretendía ingresar  a su país con literatura subversiva. Le respondí que estaba entrando legalmente, que la obra Perestroika estaba permitida en Colombia y era de gran actualidad en el momento por los cambios que estaba introduciendo su autor en la Unión Soviética. Más tranquilo el hombre inquirió mi opinión sobre Gorbachov, ante lo cual le dije que me parecía un político muy valiente al reconocer las fallas que presentaba el sistema del que era dirigente máximo y especialmente por sus planteamientos de la necesidad de que los líderes de todos los gobiernos pusieran los intereses generales de la humanidad (entre ellos el riesgo de catástrofe nuclear, la crisis ambiental y la pobreza global) por encima de los conflictos nacionales y de clases.

El general, cuyo bigote a lo Dalí llegaba hasta las orejas y le tapaba casi todo el rostro, escuchaba con interés mi respuesta pero de un momento a otro pareció recobrar su carácter de represor y me increpó vociferando “de modo que usted es un estudioso de la filosofía marxista”, a lo que repliqué “no general, simplemente soy una persona inquieta por los problemas del mundo y  miembro de un partido legal en mi país que busca conocer otras experiencias”. Nuevamente calmado me informó que se me tomaría una declaración y se decidiría al día siguiente qué hacer conmigo.

La declaración fue rendida ante un escribiente que se limitó a hacer preguntas sobre el motivo de mi presencia en su tierra y a la vez siempre di las mismas respuestas sobre que era miembro de un movimiento legal, que salía de Colombia por las amenazas e iba a Uruguay para radicarme allí un tiempo, que si tuviera algún problema con la justicia el gobierno de mi país no me hubiera expedido un pasaporte ni me hubiera permitido salir y solicitaba que se me permitiera entrar en contacto con la representación diplomática colombiana.

No hay respuesta. Silenciosamente me doy cuenta que soy uno más de los detenidos-desaparecidos de la dictadura. Estoy dos días en el cuartel pero no en celda ni esposado sino en una relativa libertad dentro de sus instalaciones, de las que desde luego no se me permitía salir. En algún momento siento agitación y bulla en la puerta de entrada y noto que afuera algunas decenas de civiles gritan y reclaman. Tanto por el contenido de sus protestas como por la información que me da uno de los centinelas me entero de que se trata de vendedores ambulantes que no protestan contra el gobierno en sí mismo sino que piden mejores condiciones y que se les deje trabajar en las calles. Noto que la dictadura ya no las tiene todas consigo y que aunque tímidamente, el pueblo ya empieza a levantar la voz.

Al mismo tiempo, como una epifanía, aparecen una vez más mis viejas amigas las palabras. Siento que de alguna manera acuden de nuevo en mi ayuda. En un diario que tomo furtivamente aprovechando un descuido de la guardia me entero de un conflicto diplomático entre Colombia y Paraguay debido a que en la residencia de nuestro embajador, Vicente Martínez Emiliani, se ha refugiado el capitán Napoleón Ortigoza pidiendo asilo diplomático. Este exmilitar había cumplido 25 años de prisión, acusado injustamente del asesinato de un alférez que presuntamente podía delatar un supuesto complot contra el dictador. No obstante haber cumplido la larga condena y ser liberado de la cárcel, en la práctica se le tenía en arresto domiciliario porque siempre había agentes secretos afuera de su residencia que le impedían salir. Entonces un cuñado suyo, Hermes Saguiar, miembro del partido Febrerista, uno de las agrupaciones políticas distintas al oficial partido Colorado que empezaban a salir a la luz, lo sacó de su encierro escondiéndolo dentro de una furgoneta de una empresa de limpieza y lo llevó a la residencia de nuestro representante diplomático.

Siento en ese momento que mi suerte y la del capitán pueden estar ligadas y que alguien en el gobierno podría pensar que la captura del que creían era un pez gordo en algún momento pudiera ser una carta a jugar en el impase diplomático creado por la presencia del exoficial en territorio jurídicamente colombiano. Ya tengo un dato que eventualmente puede ser útil. Sobra decir que me habían confiscado los libros y no tenía a mano ningún material de lectura ni de escritura y que todo ahora debía quedar en la memoria por lo que retuve como un tesoro el nombre del representante del país.

Tres días después soy conducido sin explicaciones a un auto Volkswagen, de nuevo con las manos esposadas, en medio de dos miembros de los servicios secretos. No me dicen nada ni responden a mis preguntas de qué pasará conmigo y a donde vamos. No sé si juegan al viejo truco del bueno y el malo o si simplemente esas son sus personalidades, pero uno de ellos es más amable y al menos no me mira con odio, mientras el otro no disimula para nada su desprecio. Pocas cuadras después del fuerte militar veo que la carretera se abre en dos: por una parte conduce al oriente, al Brasil y por la otra tiende al occidente, al interior de Paraguay. El corazón me palpita con fuerza implorando en silencio que el auto se encamine al este porque significaría que me devuelven al país desde donde ingresé, en tanto cualquier otro rumbo implicaría mi eliminación o por lo menos prolongar la detención. Los segundos se hacen eternos y creo sentir alguna esperanza cuando el “malo”, cuarentón gordo y alto de cara rubicunda, parece dirigir el vehículo en la dirección esperada por mí, pero no, es una broma dirigida a desanimarme porque en seguida toma rumbo al oeste con gran velocidad mientras dice “ahora sí vas a conocer el país, cabrón”. Instintivamente dirijo mi mirada al “bueno”, trigueño, de estatura mediana, de aproximadamente treinta años, que tranquilamente comienza a afeitarse en seco, lo que me permite suponer que si me van a ejecutar no sería pronto o por lo menos no a manos de estos dos ya que nadie se rasura para matar a otro. Al terminar su corte el hombre pasa a mirar cuidadosamente una carta que lleva en sus manos. El instinto de conservación agudiza increíblemente las facultades sensoriales y mentales y no sé cómo, a pesar de no estar muy cerca del texto ya que voy en el asiento de atrás, alcanzo a leer que es una comunicación oficial del jefe militar de la zona oriental dirigido al Estado  Mayor del Comando Conjunto de las Fuerzas Militares informando que un diputado extranjero fue sorprendido intentando entrar al país con propaganda subversiva dejando a juicio de esa jerarquía si definía mi suerte, me pasaba a otra dependencia o me enviaba ante el “Excelentísimo Teniente General Alfredo Stroessner Presidente y Jefe Supremo de la República”.

¿Qué tengo que ver yo con ese viejo, hijo de su señora madre? Es lo único que alcanzo a pensar en ese instante. No puedo imaginarme qué se sentiría al comparecer ante un déspota de mano de hierro, dueño de vidas y haciendas en su nación, en la que no se mueve una hoja sin su voluntad. Rápidamente recobro la serenidad y paso a reprocharme haber relacionado a su progenitora con un antiquísimo oficio que no goza de muy buena prensa y me prometo, si salgo de esta, una campaña personal para cambiar la blasfemia más fuerte del idioma de manera que no involucre a la autora de los días del insultado. Pero no es hora de diletantismos, es el pellejo lo que está en juego y hay que volver al estado de concentración máxima y de observación total, por lo demás en un silencio impuesto por la peculiar guardia pretoriana que me acompaña.

En una estación de gasolina a unas dos horas de recorrido no me permiten bajar y el más joven me pone sobre los brazos con cierta delicadeza una manta para que ningún curioso advirtiera que mis brazos no eran propiamente “manos libres”.

Al cabo de cuatro horas de recorrido diviso los destellos azulinos de un hermoso cuerpo de agua adjunto a un paisaje de sabanas de altas hierbas, esteros y pequeñas lagunas, en las que emergen algunas islas llenas de palmeras.

La memoria me dice que puede ser Ypacaraí y que ya estamos cerca de Asunción, la capital. Así se lo pregunto al recién afeitado, quien responde que sí, a la vez que se asombra de que yo conozca la letra de la famosa canción que lo menciona, tanto que le digo cómo comienza: “Una noche tibia nos conocimos/Junto al lago azul de Ypacaraí/Tú cantabas triste por el camino/Viejas melodías en guaraní/Y con el embrujo de tus canciones/Iba renaciendo tu amor en mí/Y en la noche hermosa de plenilunio/De tu blanca mano sentí el calor …”

Esa única conversación en el camino hizo que la incertidumbre sobre mi destino fuera matizada por el gesto amable del “bueno”, así como por el breve encuentro con el sitio natural más famoso y la evocación de la melodía más conocida del país guaraní.

Poco dura el embrujo porque la llegada a la capital y la rauda velocidad a la que se desplaza el automotor me vuelven a la realidad de mi triste condición de prisionero-desaparecido sin nombre. Pero otra vez surge poderoso el deseo de escapar y al menos tener la esperanza de alguna posibilidad de salir de la situación. Trato de memorizar las calles y de ser posible, ubicar alguna embajada en la que pueda intentar algo similar a lo que hizo Ortigoza, aunque por ahora no hay furgón en el que pueda camuflarme. La velocidad me impide recordar los nombres de las calles, acostumbrado a que en Colombia se distingan por números, cuando estoy memorizando un nombre ya estamos en otro. Yo que a duras penas diferencio un sargento de un general, me mareo con el rosario de suboficiales y oficiales de las vías urbanas, pues casi todas tenían denominaciones militares.  Desfilan los mariscales, generales y coroneles en bulevares, grandes alamedas o avenidas, en tanto otras calles menores tienen denominaciones de mayores o capitanes: Pasamos por “Mariscal Estigarribia” en cruce con Avenida España donde veo una casa grande con las letras Embajada de Argentina. Bueno, algo es algo, por lo menos ya sabría a dónde dirigirme en caso de que pudiera escapar de las garras de mis custodios. Al instante estamos en la Avenida Mariscal Francisco Solano López en estrecho abrazo marcial con General Santos y el carro franquea la reja de entrada de una enorme edificación repleta de militares. A esta altura ya imaginaba la ciudad como un enorme laberinto de vías que subían o bajaban según los grados castrenses hasta llegar a la cúpula, a disposición de cual pronto estaría tal vez como chivo expiatorio de la fuga de Ortigoza o por cualquier otra cosa. El carnet de mis acompañantes les abre las numerosas puertas del edificio en que resuenan las botas y relucen las vestimentas cuya rígida uniformidad apenas es rota en algunos de ellos, mayores y más gruesos que los demás, por el brillo de numerosas medallas colgantes que los hacen andar inclinados. La femineidad de las secretarias y sus ropas civiles matizan la severidad del ambiente.

Uno de mis no tan angélicos guardianes entrega a una joven asistente la misiva para el Estado Mayor y le susurra algo que no logro captar, pero sí alcanzo a escuchar que ella dice que llamará al general Baldovino que está en reunión del alto mando. La chica se dirige de inmediato a una sala contigua y al momento regresa acompañada por un anciano de figura menuda y andar imponente, de ojos azules, barba y pelo canos que lo hacen parecer un Papá Noel en traje de fatiga. Por la majestuosidad del vejete y el temor reverencial que muestran ante él mis vigilantes, deduzco que es un jerarca que puede decidir mi suerte. “Con todo respeto general, no he cometido ningún delito ni intervengo en los asuntos de Paraguay; soy un colombiano en tránsito hacia Uruguay a raíz de la violencia que se vive en mi país”. Al menos se digna responderme y en tono neutro manifiesta: “Debería haber sido más cuidadoso, sabe que el Papa viene en estos días y por eso extremamos los controles en las fronteras”. “Le repito que no tengo nada ilegal ni represento ningún peligro para nadie, menos para Su Santidad; el Estado colombiano me dio un pasaporte que certifica que no tengo ningún problema con la justicia y pide a las otras autoridades del mundo que me protejan, le pido que me permita comunicarme con la embajada de Colombia”. Tras pensar un poco el hombre sentencia: será llevado a Inteligencia de la capital para seguir investigando.

Al salir del Estado Mayor ya no me interesa la curiosa toponimia de las vías urbanas y sin darme cuenta estoy en mi nuevo hogar: la sede nacional de inteligencia donde al parecer por error me introducen en una celda en la que hay otras personas. Pregunto a dos muchachos que me inspiran confianza por qué está allí y me dicen que por riña. Les inquiero sobre si tienen contacto con el exterior y me explican que los visitaban sus novias y los abogados; y les imploro que por favor les pidan a sus contactos que informen a la embajada de Colombia que estoy detenido ilegalmente para que  haga alguna gestión a mi favor. Como no parecen muy concentrados ni tienen muy claro el pedido y veo que uno de ellos tiene un lapicero, le solicito que me lo preste junto con un pedazo de papel. En cuanto me entrega ese material voy a comenzar a escribir mi nombre y el de nuestro representante cuando los guardianes, al parecer advertidos de que en realidad la orden era mantenerme aislado, me sacan a otro cubículo para mi exclusivo disfrute. No todo está perdido, mientras el carcelero busca en un gran manojo las llaves de la que iba a ser mi suite, en cuestión de segundos, termino mi corta nota con los datos esenciales que meto por debajo de la puerta de una celda contigua. Nunca sabré si esta botella de náufrago cumplió su cometido pero por lo menos mostraba que no me quedaba quieto ni me resignaba y que me apoyaba en la palabra para procurar recuperar la libertad. El centinela no nota lo que ocurre con el mensaje pero si ve el bolígrafo en mi mano y me lo quita explicando que no podía tener nada, mucho menos un instrumento punzante con el cual podía atentar contra mi vida, que por lo visto le pertenecía a ellos.

Ya en mi reclusorio, sin poder leer ni escribir, las horas del día se arrastran lentamente pero las palabras siguen trabajando con intensidad dentro de mí, recordando lecturas, la geografía y la historia, repasando algo de inglés y llevando un conteo mental de los zancudos que voy eliminando y que parecen renacer porque nunca deja de existir una zumbadora y picante masa crítica de ellos. Las noches son menos monótonas porque las horas de sueño son interrumpidas por la irrupción de policiales que me sacan para llevarme a una amplia y sombría sala no muy cómoda para el prisionero y someterme a largos interrogatorios a cargo del jefe de inteligencia, quien apoyado en una potente lámpara enfocada hacia mis ojos insiste en acusaciones cada vez más delirantes que producen en mi interior una silenciosa risotada y un comentario mordaz.

Iba a matar al Papa (¿qué parecido me encuentras con Mehmet Ali Agca o me has visto cara de lobo gris, hipergonádico?). Era el enviado del comunismo con una misión desestabilizadora, ya no del Paraguay sino de todo el Cono Sur (uno tiene capacidades muy superiores a las que cree, ahora soy algo así como un superagente 86 grecocaldense). Enlace de los distintos movimientos guerrilleros colombianos con los suramericanos (ya tengo suficiente con que me hayan querido vincular injustamente a un grupo guerrillero y ahora soy el eslabón perdido de toda la subversión continental, te estás superando Jaime). Avanzadilla del narcotráfico que está usando como nueva ruta el mismo recorrido que hice (y que hace mucha gente, pero llena de dinero, si el narco me envío tengo que pedirles viáticos más jugosos que la modestísima suma que llevaba y que ustedes me han quitado. Pero oh, la cosa si puede complicarse si la bendita crema antiarrugas de fabricación casera que estos tipos me encontraron y que seguramente tienen examinando en un laboratorio, por una de esas jugadas de la vida contiene entre sus componentes marihuana o coca, no creo que vayan a aceptar mi versión de que me la regaló una amiga y que yo no sabía de qué estaba hecha).

En últimas resultaban divertidos los planteamientos del sabueso mayor, no exentos de humor negro como cuando le insistí en el contacto con la embajada colombiana y que la Constitución y las leyes de Colombia y del Paraguay establecían la presunción de inocencia, el derecho a la defensa y otras garantías o en que me permitieran salir de su país. A mis solicitudes respondía con carcajadas siniestras diciendo, mientras blandía en una mano una horca y en la otra un garrote “esta es nuestra constitución y esta la ley, si tanto quiere salir del país lo hacemos figurar saliendo en los registros oficiales pero en realidad se queda bien adentro de nuestra tierra” mientras uno de sus acólitos, a punto de llegar a un trance sádico gritaba con entusiasmo “llevémoslo a la silla eléctrica, a la silla eléctrica”.

Afortunadamente, no sé si por racionamiento de energía o por qué motivo, nunca fui llevado a tan especial asiento.

En una ocasión el hombre me inquirió sobre si otras personas sabían que yo estaba en su país, a lo que mentí respondiendo que sí, que le había enviado a mi familia postales desde Brasil en las que informaba que inmediatamente entraría al Paraguay, agregando que además había quedado de verme en Asunción con un alemán al que conocí en Foz de Iguazú, llamado Klaus. Al preguntón le brillaron los ojos, se frotaba las manos y decía con entusiasmo “ese Klaus me interesa”. Al día siguiente, al oir los lastimeros gritos provenientes de otra celda, probablemente de alguien sometido a torturas, pensé que si bien mencioné al germano con quien tuve un corto encuentro casual y a mi familia solamente con la intención de sugerir que ellos averiguarían qué había sucedido conmigo, lo que podía llevar a investigaciones o a intervención de entidades internacionales, también pudiera haber llevado a la captura y maltrato de una persona totalmente ajena a las situaciones en las que pretendían involucrarme.

La pretendida sagacidad de mi interrogador no tenía límites: alguna vez, con aire triunfal me mostró la prueba reina: una hoja blanca con cuadros rellenos de letras en cuyo centro estaba la o junto a la ce formando la palabra 0C, sosteniendo que era Organización Comunista, complementado con el cuadro siguiente en que estaba la palabra UR, sosteniendo que era claro que se refería a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas –URSS-, a la que yo había suprimido las eses finales para no quedar en evidencia . No ocultó un gesto que mezclaba decepción e incredulidad cruzadas por algo que podría ser una sonrisa involuntaria cuando le expliqué que era un crucigrama reconstruido en un papel ya que el original del periódico se mojó en la playa de Ipanema y que OC es el nombre de una lengua del sur de Francia, muy usado en los crucigramas y que no es menos socorrida la famosa ciudad de Caldea en la que nació el patriarca Abraham.

Más serio parecía otro de sus descubrimientos inculpatorios: una completísima agenda en siete idiomas (español, inglés, alemán, ruso, árabe, francés y portugués), con glosario financiero y de computación (cuando apenas empezaban a usarse los ordenadores) y, lo que la hacía más reveladora: mapas de todos los países y ciudades importantes del mundo, con rutas aéreas, de buses, barcos y ferrocarriles en los cinco continentes.

Definitivamente yo no escogía un itinerario por azar y menos me iban a aceptar que simplemente era una publicación de una aseguradora internacional que regalaba cada año a sus clientes y a las autoridades que regulan el comercio exterior y que me la había dado un excompañero de estudios que dirigía la Aduana en mi departamento. “No, las cosas no son tan sencillas ni me voy a tragar esos cuentos, esto demuestra que usted es una persona muy informada que tiene una misión específica y no decide sus rutas por casualidad”. De un momento a otro preguntó como quien no quiere la cosa: ¿Qué sabe del Partido Comunista Paraguayo? Si llevaba un texto de la figura más importante del comunismo mundial y había aceptado que el movimiento político al que pertenecía también estaba integrado el Partido Comunista de Colombia, no podía mostrarme muy ignorante en esos asuntos. No lo pensé mucho y rápidamente le respondí: Sé que es un grupo prohibido por las leyes de su país y yo respeto eso, no me corresponde meterme en sus asuntos internos, entiendo que sus dirigentes principales fueron detenidos hace unos años acá y otros en la Argentina en coordinación con las autoridades gauchas. Me he enterado de eso porque leo la prensa. Su reacción fue levantarse teatralmente, encender un grueso tabaco, empezar a dar vueltas lanzándome humo a la cara, para finalmente irse al extremo del salón y decir con risa estentórea: detenidos … ja, ja, ja, detenidos … En marcha lenta al principio que iba acelerándose a medida que se acercaba a mi posición, mientras señalaba con el dedo índice derecho dijo “ ¿sabe cuál es el único izquierdista detenido en este momento en Paraguay? No sé si por despiste o por parecerme francamente sobreactuado el sujeto, no me daba por muy enterado y como si la cosa no fuera conmigo, cual protagonista de una comedia barata yo más bien volteaba la cabeza en todas direcciones como uniéndome a la pregunta y a la búsqueda pero eso no impidió que el jefe de inteligencia se respondiera él mismo el interrogante y le oí proferir, claramente dirigido a mí un sonoro: !ustedddd!!!

La octava noche en la capital extrañamente no se me sometió a la acostumbrada sesión a la que me había habituado de manera tan pavloviana que me desperté hacia la una de la madrugada. Me preguntaba si era un descanso para el incansable interrogador, si ya habían decidido respecto a mí la “solución final” dado  que la referencia al honor de ser el único zurdo prisionero era claramente una notificación de lo que le había pasado a los demás y de lo que me estaba reservado. Barajaba todo tipo de hipótesis y apenas pude conciliar el sueño cuando estaba a punto de amanecer.

Justo a esa hora del alba, el mágico momento en que se abrazan y despiden la noche y el día, de repente aparece Klaus reclamándome por haberle puesto cita en un lugar tan poco apropiado para un encuentro de amigos como esa horrible central de inteligencia. Vacilo en responder porque sé que soy el culpable de meterlo en problemas y para ganar tiempo dudo si le hablo en español o en lo poco que sé de alemán. Las palabras no salen. Por unos larguísimos minutos llueve silencio entre nosotros, luego intento pronunciar un difícil y gutural entshuldigung (“disculpa”) cuando se interpone el investigador  preguntándome si sabía nadar para ver cómo lo haría con una piedra al cuello en mi admirado Ypacaraí. Ya no estoy en la mazmorra sino en un lago que al principio creo es el mencionado por el obsesivo detective pero luego veo que es más un pantano de agua lodosa en medio de un silencioso bosque de sombras. Hay un hedor tan fuerte y espeso que puedo verlo rodeándome con su vaho pestilente y sentirlo adherirse a mis poros; el agua-légamo empieza a tragarme y nado hacia una victoria regia que preside su oscuro centro. Las piernas y brazos apenas me responden y en la eternidad de un desplazamiento espasmódico logro por fin tocar el gran loto, que ahora no es una planta acuática sino una enorme anaconda de muchas cabezas con rostros vagamente humanos entre los que creo distinguir a mis frustrados asesinos colombianos y a mis secuestradores paraguayos. El entrecruzarse de las cabezas de las que emergen lenguas bífidas me paraliza mientas el reptil me ciñe en un abrazo constrictor y me arrastra inexorablemente a un fondo que no llega nunca.

Se me hace extraño escuchar “despierta, tenemos que irnos”. Las sábanas están empapadas de sudor, me descubro horrorizado y tembloroso  en el suelo, en el aposento que me ha acogido últimamente y que quien me habla es un empleado de rango subalterno y bajo perfil, 1,68 de estatura aproximadamente, de unos 22 años, de contextura delgada, al cual había visto en mis programas nocturnos de preguntas y respuestas “ ¿cuánto sabes, cuánto conspiras?” en papel de auxiliar de los jefes sirviéndoles mate y a disposición de ellos para cualquier tarea menor. Me dice que tengo mucha suerte, que tal vez el ser católico (como lo aseguré siempre que me preguntaban por la religión) me ayudó, que era el único preso político que salía vivo y que el gobierno me invitaba a irme del país. Le digo que gracias por la invitación pero no le creo porque recordaba la promesa de que en el papel figuraría como abandonando las fronteras nacionales pero en realidad me quedaría “viendo crecer las margaritas desde abajo”.

Con todo no tengo opción distinta a seguirlo y ya en el terminal de transporte cuando va a la taquilla a comprar boletos de bus hacia Encarnación, límite con Argentina, empiezo  a suponer que puede ser cierto porque además me envían solo con una persona que no es muy fuerte físicamente y al cual podría escapármele o enfrentármele dada la paridad en cuanto a chaparrismo y delgadez. Decido sondear qué tan libre soy o puedo ser y le digo que voy al baño, lo que acepta pero acompañándome hasta la puerta y recalcándome que su misión es estar conmigo hasta la frontera y asegurarse de que efectivamente yo abandone el país atendiendo la invitación que se me ha hecho.

Como no disponía de dinero ni de mis documentos ni tenía ningún contacto, considero que sería un error fugármele a mi edecán y lo sigo hacia un gran autobús de dos pisos que estaba a punto de partir.

Al abordar el vehículo, aún lleno de aprensión y paranoia, encuentro sentado a un individuo de claro fenotipo europeo del norte y le pregunto en la lengua de Klaus si era alemán, al contestarme “ja” le dije o creí decirle, ya que mi manejo de su lengua era muy básico, que era un desaparecido de la dictadura y que estuviera pendiente de lo que me pasara. El hombre se pone mucho más blanco de lo que ya es, no dice nada más y se baja sin explicaciones mirando receloso en todas direcciones. Mi acompañante me pregunta qué le he dicho y me recomienda que no hable con nadie, que si ese es el famoso Klaus ahí sí se complica la cosa para todos, hasta para él, y que si no es, que más vale no estar buscando otros Klaus en el camino, ni siquiera el santo de los regalos de navidad. Le manifiesto que solamente lo había saludado porque necesitaba hablar con alguien que no quisiera matarme y para desahogarme después de tanto tiempo de soledad.

Enseguida el muchacho me dice que mire abajo a los de la moto. Efectivamente dirijo la mirada hacia afuera y reconozco en un velocípedo de alto cilindraje a dos agentes secretos que había visto en la central, con gafas oscuras, chaquetas de cuero negro bajo las cuales se insinuaban las metralletas, con el aire seguro de los sicarios oficiales, uno de los cuales me hace una señal para que baje.

Aún cuando aparento tranquilidad, interiormente estoy a punto de derrumbarme porque encuentro claro que vienen a liquidarme y porque las motocicletas tripuladas por jóvenes con la indumentaria que traían estos me revivieron los asesinatos de muchos compañeros en las calles de Colombia.

Le digo a mi guía: “hasta aquí llegué, vienen a matarme” y me responde: “no, tal vez traen algo o quieren asegurarse de que tomamos el bus, baja tranquilo”. Al llegar donde los motorizados me asombro cuando me saludan y me entregan unas fotografías personales y unas monedas de colección que portaba en mi equipaje. Inquiero si eso es todo, les pregunto si no hay algo más y me dicen que no, que tenga buen viaje. Con aire sombrío subo de nuevo al bus y mi temor no se disipa sino que aumenta cuando desde la ventana los veo levantar sus pulgares derechos, “despedida” que tomo como una señal ominosa.

Continúo temeroso, mirando hacia atrás cuando el aparato emprende la marcha y durante un buen trayecto, insistiéndole a Juan López, que a esa altura me ha dicho su nombre, que me diga la verdad. Pasada una hora de camino me convenzo de que al menos no serán los de la moto los que me ejecuten porque definitivamente no vienen tras nosotros. Ya hacia las tres horas López comienza a contarme cosas de su vida y reconoce que en su país y en el propio gobierno hay muchas injusticias pero que necesita ese trabajo.

Empiezo a sentir que es sincero y ya veo más probable que haya un final feliz en mi aventura guaraní cuando dos horas después anuncian que el recorrido ha terminado. Estamos en una ciudad que parece no ser muy grande ni muy pequeña y a pesar de no haber estado nunca allí, para medir nuevamente mi grado de libertad propongo a mi cicerone un rumbo diferente al que él lleva. Me dice que no, que sigamos derecho porque por ese lado están los de la Marina que son peores que el departamento al que él pertenece. Vaya, el hombre está muy amable, será que de eso tan bueno sí dan tanto. No he terminado de rumiar ese pensamiento de la más pura filosofía popular cuando él mismo me responde a su manera. “Mira, con lo que te devuelvo alcanzas a llegar a Montevideo y te queda para darme doscientos dólares” dice mientras me entrega mi delgadísima billetera. Ah, era eso, el viejo truco de la extorsión, qué pasará si no se los doy, me armará un montaje y complicará mi situación. Bueno, al fin y al cabo es una buena noticia porque si fueran a matarme, no tendría necesidad de pedirme dinero. Decido decirle que sí, pero que se los daría al final y no doscientos sino cien, ya en el borde fronterizo cuando me sintiera totalmente a salvo y le muestro fugazmente un billete ecuatoriano de cien sucres levemente parecido a la moneda de los Estados Unidos. Acepta y continúa el camino hacia el puesto fronterizo sobre el río Paraná y entre tanto recapacito sobre la situación. No es el momento de escatimar, finalmente el sujeto se ha portado bien, es el único “amigo” que tengo por aquí, las dictaduras son muy burocráticas y hay mucho departamentalismo, qué tal que a los de la frontera les dé por decir que ellos deben hacer otra investigación por su cuenta porque quieren tomar sus propias decisiones sobre los enemigos de la patria. Es mejor darle su billete y por primera vez en la vida (espero única), acepto sobornar a un “oficial de la ley”.

Absorto en ese pensamiento me doy cuenta de que hemos arribado al puesto de control sobre el río Paraná cuando uno de los encargados le pregunta a Juan el motivo de mi retiro del país. “Con que terrorismo, ah, la cosa no es tan sencilla, nosotros tenemos que mirar bien”, dice el hombre y entra a consultar con un superior. Al comprobar que mis temores se cumplen, aprovecho el momento y discretamente le digo a mi tutor, mientras le paso con disimulo  un billete verde auténtico, que se muestre enérgico y enfatice en que la orden de la capital tiene que cumplirse, que se verán en problemas con los de arriba, amén de que le dieron viáticos que ya se están acabando y que de prolongarse su permanencia tendrían que pagarlos ellos o su institución. Lo mandan a entrar, deliberan a puerta cerrada y al cabo de unos eternos minutos salen los tres con aire distendido diciendo: “de todas maneras hoy no se puede, en la noche solamente está autorizado el paso del barco que trae las estudiantes del otro lado”. El que parece ser el jefe se acerca y me dice “boludo, te faltó leer este letrero que tenemos en todos nuestros puntos fronterizos”.

Levanto mis ojos y veo en el frontiscipio en grandes caracteres mayúsculos: “DEMOCRACIA SIN COMUNISMO”.

Ya definitivamente convencido de que mi acompañante es buen aliado, pues hasta insiste en cargar mi maleta a lo que me niego diciendo que yo soy el prisionero y que eso podría infundir sospechas, camino con él hacia la cárcel local porque me ha convencido de que es mejor pernoctar allí. En el penal los guardianes lo reciben con cordialidad y lo invitan a cenar, al tiempo que a mí me introducen a un patio en el primer piso. Allí reina mucha animación en torno a una gran hoguera y se cantan canciones folclóricas acompañadas con las infaltables arpas y bebidas típicas no alcohólicas. De inmediato me integro diciéndole a los presentes que de todos modos retuvieran mi nombre y procuraran informar a la embajada de Colombia que había pasado por allí pues no me olvidaba de la posibilidad de un fin trágico. No obstante estar en una prisión, no me consideraba preso sino huésped y era una felicidad estar entre gente sencilla que no formaba parte de la estructura dictatorial. Al rato aparece Juan y me dice que es mejor que me pase al segundo piso, donde están los internos de mayor nivel económico. Dejo a mis amigos de base y llego a los llamados “especiales”, obviamente más acomodados, entre los cuales hay algunos argentinos. A estos les reitero la información y el pedido de que avisaran a las autoridades de mi país  sobre mi paso por el lugar.

Al día siguiente, hacia las 8 a.m nos dirigimos al puesto fronterizo fluvial y antes de llegar Juan me entrega mis pasaporte y cédula diciendo que estaría una hora para el caso de que por cualquier motivo no pudiera entrar a Argentina, dándome además su número telefónico en Asunción por si alguna vez volvía.

Al arribar a Posadas, capital del departamento de Misiones, Argentina, respiro hondamente la libertad por largos minutos. Sintiendo que despertaba de una pesadilla en la que una de las formas de tortura fue privarme de la lectura y la escritura, me dirigí a una librería de viejo y haciendo un significativo recorte al magro presupuesto que me quedaba, adquiero tres libros inolvidables que aún conservo como talismanes: El consultorio por dentro, del doctor Jaime Penchasky; El secreto de Maston, de Julio Verne y un tercero que a su vez contiene dos obras de Arturo de Capdevilla: La pasión de Scherazada y Zincalí.

A partir de ahí me prometí amar más aún la palabra y que algún día trataría de hacer algo digno por y con ella. Estas sencillas letras forman parte de esa promesa y se unen a otros textos publicados a partir de 2007 pero sin duda inspirados en el corto y oscuro lapso en que me cortaron el contacto con esta inseparable compañera, así como en los primeros y los posteriores encuentros con la tradición oral y con las letras impresas.

 

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