Triste aniversario

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El 28 de noviembre de 1985 es una fecha a la vez lejana y cercana para mí. Lejana porque son ya 32 años y cercana porque no se borrará nunca del recuerdo personal (y espero que tampoco del colectivo) el día del asesinato del inolvidable dirigente sindical y político Rubén Darío Castaño Jurado, verdadero patriarca del proletariado caldense, ocurrido en Manizales en medio de la feroz cacería a la Unión Patriótica.

Rubén, originalmente obrero tipógrafo amante de la cultura que llegó incluso a incursionar en la poesía, dejó las imprentas para dedicar su vida a la defensa de los trabajadores y a la lucha por la justicia social y la liberación del pueblo colombiano. Así se convirtió en presidente de la Federación de Trabajadores de Caldas y en líder del Partido Comunista a nivel regional y miembro de su Comité Central, llegando a ser integrante del Concejo Municipal, corporación en la que se destacó por ser el vocero natural de la oposición política y de los sectores populares.

Inteligente y sensible, firme y a la vez diplomático, llegó a ser respetado por todos los sectores de la sociedad, incluso por sus contradictores en la lucha sindical y política, al grado que el cabildo local declaró su vida y obra como ejemplo para la ciudadanía y las generaciones futuras.

En momentos en que la Comisión de la Verdad creada a raíz de los acuerdos entre el gobierno y las Farc se dispone a iniciar su trabajo esperamos que haya un espacio para esclarecer toda la trama de este crimen, en el que aparecen comprometidos los mandos del Ejército a nivel del batallón Ayacucho, quienes poco antes, en la nefasta época del estado de sitio realizaron allanamientos a la sede de la Federación de Trabajadores y de la Unión Patriótica en la capital de Caldas, llevándose detenido a Castaño y a otros integrantes de esas organizaciones. Aunque debieron liberarlo junto a sus compañeros el mismo día por la indignación popular y la  carencia total de motivos para la captura, la medida buscó intimidar a la militancia y crear entre la ciudadanía un clima favorable para el asesinato que se consumó en la fecha que hoy se conmemora.

De tantas emociones vividas en esa jornada aciaga recuerdo especialmente un detalle tragicómico: como una tácita confesión de culpabilidad del mando castrense, la guarnición local del ejército fue reforzada considerablemente y al paso del cortejo fúnebre compuesto por varios miles de personas que acompañamos al sacrificado hasta su morada final, había soldados armados hasta los dientes y con el dedo en el gatillo, algunos de ellos montados en la rueda de Chicago de un pequeño parque de atracciones mecánicas que existía en el complejo militar.   Cuando de la multitud empezaron a surgir gritos que acusaban de asesinos a los miembros de las fuerzas armadas, la crispación hacía temer un desenlace trágico, pero los dirigentes de la marcha llamaron a la serenidad, dejando a los guerreros continuar girando en sus vagones con los fusiles al aire.

Con informaciones que nos daban las gentes sencillas se logró vincular como ejecutor material al sargento Herman Londoño Vergara, que cumplía órdenes del Comandante, Henry Bermúdez y del Subcomandante, Alejandro Fonseca. Dado que el sicario tenía como siguiente misión acabar con mi vida, debí abandonar la región y el país por un tiempo, para evitar otro coletazo del magnicidio de quien se convirtió en otro mártir más del pueblo colombiano.

 

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