Rocambol a Palacio en Riad, Harare e intermedias

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Hace mucho tiempo la política internacional, dominada por el temor de un estallido nuclear, que se ha exacerbado con las tensiones entre Norcorea y Estados Unidos desde la llegada al poder de Donald Trump, no ofrecía episodio alguno que mostrase la cara risueña del acontecer mundial.

Es verdad que tanto el pelucón gringo como el gordito norcoreano producen cierta risa tanto con su aspecto físico como con sus bravuconadas, pero el riesgo de hecatombe atómica es tan terrible que cualquier intento humorístico se paraliza ante esa eventualidad. En cambio, de tarde en tarde en la escena mundial aparecen personajes y situaciones tan risibles  que hacen quedar cortas las comedias más hilarantes y producen una reducción de la tensión a que nos mantiene sometidos el discurrir planetario.

En este noviembre que termina, lo sucedido en Arabia Saudita, con claras repercusiones en Líbano y otros países árabes, más el extraño cuartelazo en Zimbabwe, entran en la categoría, ya no solamente de lo cómico sino también de lo rocambolesco, entendido como algo fantástico, exagerado o extraordinario que linda con el ridículo o con lo increíble, palabra que viene de un personaje muy popular en la literatura del siglo XIX.

Y es que la renuncia de Saad Hariri al cargo de primer ministro de Líbano, producida el día 4 en la capital de Arabia Saudita, sin duda parece un chiste de mal gusto. Con mayor razón si se tiene en cuenta que se produjo por presión del gobierno del príncipe Muhamad Ben Salman, verdadero hombre fuerte en su país, que le apretó las clavijas a su medio connacional hasta hacerlo renunciar. Hariri tiene tanto nacionalidad libanesa como saudí y es tal vez el hombre más endeudado  del mundo (adeuda varios millardos de dólares, especialmente a sus amigos sauditas. ¡Cuántos quisieran tener siquiera una mínima parte de lo que él debe!).  En esas condiciones presentó su telerrenuncia diciendo que temía por su vida y denunciando los vínculos entre Hezbolá, grupo político-militar del eje de la resistencia que forma parte del gobierno de su país, y el gobierno de Irán.

Empezó a rumorearse que el primer ministro dimitente estaba en prisión domiciliaria en un lujoso hotel en Riad, capital de Arabia. Allí, entre tanto el poderoso príncipe heredero de la casa Saúd, con la cobertura de una supuesta campaña anticorrupción,  arrestaba a miles de miembros de la familia real (que además es realmente numerosa pues se compone de por lo menos siete mil personas) y acusaba a Irán y a Hezbolá de haber dotado al movimiento hutí de Yemén con el misil que este grupo dirigió contra el aeropuerto de Riad en represalia por los ataques de Arabia Saudí a su país. Eso sí, no  mandó sus prisioneros a cárceles comunes sino también a detención domiciliaria en sus palacios o en hoteles, pero negociando su libertad a cambio de que le entregaran al fisco un porcentaje considerable de sus fortunas, mejor dicho la parte del león, porque el pellizco a sus patrimonios ronda el 70%. Curiosa forma de subsanar el déficit fiscal que soporta el reino, ¿ qué necesidad hay de reformas tributarias si con sacudir el árbol genealógico de la familia real y desplumar a algunos de sus integrantes se obtienen recursos jugosísimos?

Como toda buena obra de intriga internacional debe tener un personaje francés, entró en acción el presidente galo, Macron, quien viajó a la península arábiga a tratar de rescatar a Hariri pero no se lo dejaron ver y apenas sí le permitieron tener una conversación telefónica con él, claramente controlada por sus acreedores que, como ya se dijo, ejercían el derecho de retención, pero no sobre sus bienes sino sobre él mismo. De todos modos, cuando se pensaba que la cosa iba para largo,  los gobernantes saudíes liberaron al dimitente al ver que en vez de ocasionar la salida de Hezbolá del gobierno, hicieron que este movimiento saliera fortalecido ya que este grupo y el presidente libanés Michel Aún, no aceptaron la renuncia, pidieron la presencia del primer ministro en su país y denunciaron su retención. Esto, unido a las complicadas negociaciones con sus rehenes y a las dificultades en la guerra que adelantan contra Yemen, obligó a Ben Salman a permitir la salida de Saad, quien aprovechó su libertad para ahí si hablar con Macron en París y agradecerle su gestión.

Parece que en la Ciudad Luz nuestro hombre se acordó de que en Beirut tenía algunas cosas pendientes pero antes se dio una vueltecita por El Cairo, para ver como estaba el ambiente en la Liga Árabe. Allí encontró que si bien esa organización había sacado declaraciones compatibles con las alegaciones de Arabia Saudita contra Irán y Hezbolá, la no asistencia de países claves como el propio Líbano, Siria y Argelia y el rechazo entre amplias capas de la población a la injerencia extranjera en su nación, lo hicieron acelerar su regreso a casa. En la capital del país del cedro, en el marco de evento de celebración de los 74 años de la independencia libanesa (y los ocho días de la suya), reversó su decisión pero aclarando que no revelaría lo que pasó durante el tiempo que estuvo disfrutando forzadamente de la hospitalidad saudí. “Lo que pasó allí lo guardo para mí”, dijo con solemnidad, agregando que le gustaría seguir siendo primer ministro. El presidente le dio el gustico de seguir en el cargo y todo volvió a la normalidad.

Aunque parecería que los dirigentes estatales y políticos le estuvieran haciendo el juego a un joven caprichoso, en realidad el jefe del estado y el liderazgo político de Hezbolá y de los demás integrantes de la coalición de gobierno mostraron gran madurez (de la que parece carecer el renunciante), pues manejaron el asunto con serenidad y firmeza, pensando siempre en los altos intereses de su pueblo, tratando de mantener un delicado equilibrio político y religioso logrado con gran esfuerzo y evitando caer en la provocación en clave de sainete que les querían montar desde otro estado.

La trama de la más truculenta telenovela se queda corta frente a este episodio de intriga en el que faltan muchas cosas  por aclarar, entre otras la suerte de los dos hijos de Hariri que continúan en Arabia, muy probablemente como parte del chantaje al que no parecen haber renunciado los gobernantes sauditas, no solo para garantizar que al menos de vez en cuando el que fue su huésped se aparezca por allá de nuevo, sino también para mantener al mundo en suspenso hasta el próximo capítulo.

Duro de derrocar tres

No menos movida y divertida fue la situación en Zimbabwe (país ubicado en el sur de África, antiguamente llamado Rodhesia del Sur, en su momento uno de los más oprobiosos regímenes coloniales racistas), donde tras varias décadas al mando del estado, salió por la puerta de atrás Robert Gabriel Mugabe, quien había jugado un papel protagónico en la lucha contra la minoría blanca que dominó el país hasta 1980.

Pues bien: el hombre llevaba 37 años en el poder y aunque no estaba cansado para nada pues a sus 93 de edad le sobraban energías para sostener el matrimonio con Grace, 40 años menor que él, y para gobernar el país, pensando en que los ciudadanos tal vez querían una renovación, se puso los 100 años como límite para mantenerse al mando. Cuando ya cumpliera su ciclo (¡y su siglo!), dejaría la presidencia en manos de su joven esposa, que seguiría un poco sardina para sus estándares (pues para entonces sería una mujer sex…agenaria), pero aún seguiría él allí a su lado, acompañándola y aconsejándola generosamente.

Pero ya sabemos de la impaciencia de la juventud  y Grace comenzó a presionar. “Rob, por qué esperar siete años si desde ya puedes nombrarme vicepresidenta para ir cogiendo experiencia y ser presidenta cuando tú llegues a tus adorables cien añitos. Además es justo que descanses un poco y es bueno que de una vez nos quitemos de encima a Mnangawa que no ve la hora de reemplazarte. No es casual que el pueblo lo apode El Cocodrilo porque no hacía sino llorar supuestamente por tu salud mientras los ojos le brillaban de alegría hace poco en el hospital central, a donde tuvimos que llevarte porque quedaste tieso todo el cuerpo por una sobredosis de viagra”.

Con ese argumento, que se unía a la cantinela que le echaba diaria y nochemente sobre el mismo punto al anciano, la cónyuge lo convenció y así el 6 de noviembre el hombre destituyó a su vice, para designar como tal a su compañera de gabinete nupcial. El Cocodrilo, consciente de lo peligroso que es pelearse con la esposa del jefe, buscó aguas más tranquilas en el exterior, con la confianza de que en pocos días le llegaría el momento de desquitarse.

Y ahi fue Troya en pleno corazón del África Austral. ¿Quién dijo miedo? Los rivales de Grace y todos aquellos que querían deshacerse del vejestorio no podían desperdiciar la mesa servida que les brindaba. Nueve días después el mando de las fuerzas armadas saca los tanques a la calle y somete a arresto domiciliario a la reliquia de la lucha anticolonial. Eso sí, con la aclaración muy importante de que no se trataba de un golpe de estado sino de una medida preventiva contra las ambiciones de un círculo perverso que rodeaba y manipulaba al mandatario.

Entre tanto, El cocodrilo desde algún lugar del continente, probablemente a orillas de uno de los grandes ríos de África, pidió la renuncia de Mugabe y dijo que estaba dispuesto a regresar al país para ayudar a resolver la situación. Pero como en el cuento de Monterroso “ el dinosaurio todavía estaba allí”. Robert Gabriel se negaba a renunciar y seguía comportándose como el número uno que fue en las últimas décadas.

Además de la nada despreciable “presión” del ejército, fue necesario que su propio partido, Zanu-Frente Patriótico le quitara el respaldo y lo destituyera del cargo de jefe de la organización argumentando que “se había rodeado de gente criminal”, pero añadiendo que merecía un descanso. Como una patada de ahogado que se volvió en contra suya, Robert Gabriel citó a un Consejo de Ministros buscando una declaración de respaldo y no acudió nadie, se quedó más solo que Pinochet el día del amigo.  Eso sería para cualquiera una revelación de que su poder era ya cosa del pasado. Sin embargo, en la plenitud de su “terca edad” el hombre no daba su brazo a torcer y dijo que si el problema era Grace, que él lo arreglaba echándola a ella. Así de fácil, pero el asunto ya no era un problema doméstico y cuando el legislativo decidió iniciarle un juicio político y la gente salió a las calles a pedir su renuncia, no aguantó más y presentó su dimisión “con efecto inmediato”. Al menos quedó claro que ya no habría más dilaciones en su traumático proceso de salida.

Así llegó el momento para Emerson Mnangawa. Demostrando su gran adaptación evolutiva, regresó triunfante a Harare el nuevo saurio, ya no  restituido en su puesto de segundón, sino al frente del gobierno, como flamante nuevo presidente.

No todo fue malo para el veterano sacado a sombrerazos. En medio de la opereta tuvo tiempo de negociar que no se le juzgará y que se le garantizará un retiro tranquilo, es decir, sin tener que estar escuchando los reclamos de la frustrada vicepresidenta.

Estoy seguro de que se buscará un lugar a prueba de cocodrilos.

 

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