Testimonio imperecedero

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Fuente: avizora.com   /  laguia2000.com

Dentro de los miles de actos de heroísmo ocurridos en la Segunda Guerra Mundial sobresalen los dos levantamientos de los judíos confinados por los nazis en el gueto de Varsovia, el primero en 1943 y el segundo el año siguiente, ambos sofocados sin piedad por la máquina del terror hitleriano.

Poco después de terminada la gran hecatombe, se cuenta que entre las ruinas, en medio de piedras carbonizadas, fue encontrada una botella que contenía un testamento escrito unas horas antes del fin del gueto en el primero de los dos alzamientos.

Presento el texto completo, en un conato de traducción propia del ladino al español (lenguas bastante similares, como quiera que el primero, conocido también como judeo español deriva del segundo), con excusas por las posibles imprecisiones, pero con la confianza de que se respetó al máximo el sentido y el espíritu del escrito. Su importancia es indiscutible, lo mismo que el estremecedor testimonio de la valentía de los que decidieron morir con las armas en la mano antes que ser exterminados como corderos por la horda nazi. Contiene importantes reflexiones sobre la fe en dios, cuestionamientos sobre por qué permitió que ocurriera la atrocidad del holocausto y sobre el castigo a los victimarios, a los indiferentes y a quienes condenaron de dientes para afuera los crímenes pero en el fondo los aprobaban, así como sobre si Hitler fue un monstruo o más bien un producto de la sociedad de su época. En fin, es un material para analizar y discutir que se puede prestar para diferentes interpretaciones pero que conmueve hasta las lágrimas.

Varsovia, 28 de abril de 1943.

Yo Yossel Rakover de Tarnopol, hijo de personas justas y virtuosas, escribo estas líneas mientras arde el gueto de Varsovia. La casa en la que me encuentro es una de las últimas que todavía no está quemada. A mi lado, las paredes se derrumban por el fuego de las bombas. Dentro de poco va a estar como las otras casas del gueto, que se ha convertido en la tumba de sus defensores. Por la pequeña ventana entreabierta entran al cuarto unos rayos de sol rojizos. Desde este pequeño rincón hemos ametrallado a los enemigos día y noche. El día termina y el sol está ya a punto de desaparecer.

No sabe que ya no me importa no verlo más.

Nos sucedió una cosa muy curiosa: todas nuestras ideas y sentimientos se trocaron. Ya vemos en la muerte una salvación. Una libertad que viene a romper las cadenas. Las bestias salvajes me parecen tan amables que pienso que no es justo compararlas con los criminales que reinan en Europa. No es verdad que Hitler sea una bestia. Estoy convencido de que es un producto típico de la humanidad moderna. Es la humanidad entera la que lo engrandeció  y refleja en él sus secretos y deseos personales. Un día en el bosque en que me escondía encontré un perrito enfermo y famélico, arrastrándose con la cola entre las piernas.

Es sorprendente la semejanza de nuestros destinos pero el de los perros es mejor que el nuestro. Se arrimó a mí, lamiéndome las manos. Lo tomé en mis brazos y se estremecía por repetidos ataques de hipo, pero sentí celos de él porque podía ir a donde quisiera, creo que nunca había llorado tanto como lloré esa noche.

Pero mis sentimientos, más que de envidia eran de vergüenza. Vergüenza de ser un humano delante de ese can. Pero volvamos a donde íbamos:

Llegar a pensar que la vida es una completa desdicha, tener la casa quemada, los hijos carbonizados, querer convertirse en animal, ver en el sol una desgracia y en la noche una salvación. Millones de personas en el mundo aman al sol y su luz, sin advertir toda la oscuridad que nos trajo a nosotros porque los malos lo utilizaron para ir tras los fugitivos que solamente procuraban huir y sobrevivir.

Cuando me escondí en el bosque con mi mujer y mis hijos, que por esa época eran seis, nos protegía la oscuridad de la noche. La madrugada nos hacía visibles ante los que nos querían quitar la vida. Nunca olvidaré el día en que los alemanes echaron su fuego desde el aire sobre miles de personas que huían. Los aviones nos ametrallaron sin descanso desde el amanecer hasta la noche. Mi esposa murió en esa matanza con nuestro bebé de siete meses en sus brazos. Otros dos de mis hijos, uno de cuatro años y otro de seis, desaparecieron en medio del bombardeo.

Al anochecer, los sobrevivientes se pusieron en marcha. Con los tres hijos que me quedaban me dediqué a buscar a los dos que faltaban. David… Yehuda … llamábamos a gritos por los campos. Pero nadie respondía, solamente el eco: David … Yehuda. Nunca los vi más pero como un relámpago sentí la orden de no tener más angustia: estaban en las manos del rey del universo. En el año siguiente en el gueto de Varsovia perdí a mis otras tres criaturas.

Raquel, mi hija de diez años, creyó que podía hallar pedazos de pan al otro lado del muro que nos separaba del mundo exterior. El hambre era insoportable. Los cuerpos de quienes morían quedaban tirados como lodo en las calles. La gente está dispuesta a morir de mil maneras mas no de hambre. Debe de ser que las desgracias matan lentamente todos los deseos hasta el último, que es el de comer. En ese punto no se quiere ya vivir más. Me contaron lo que dijo un judío agonizante a otro: Ay, si pudiera antes de escapar tener por última vez una cena como un ser humano.

Raquel no me había comentado su plan de salir del gueto que era un crimen castigado con la muerte. Se fue con una de sus amigas de noche, pero las sorprendieron en la puerta por la mañana. Los guardias alemanes apoyados por cómplices polacos  se fueron detrás de las pobres chicas que para no morir de hambre habían buscado algo de comer en los alrededores. Un gran grupo desplegado en persecución de dos pobrecitas hambrientas de diez años con más furia que si fueran unas peligrosas criminales. Esta persecución no podía durar mucho. Raquel cayó mientras huía,  los nazis le rompieron la cabeza, su amiga logró escapar, pero perdió la razón y murió dos semanas después atormentada por la locura.

El segundo de mis hijos, Jacob, de trece años, murió de tuberculosis el día de su barz mitzva (edad en que alcanza la madurez para ser considerado capaz de cumplir los mandamientos. Nota de J.J.). No me quedó más que mi hija Eva. Fue asesinada a sus quince años. Ahora llegó mi turno y puedo decir que torno a la tierra desnudo como el día de mi nacimiento. Tengo 43 años y si vuelvo atrás, mirando los años pasados puedo decir con seguridad que fui un hombre honesto, con el corazón pleno de amor a Dios. Se me brindó el éxito en la vida sin volverme soberbio. Tuve gran fortuna y según el consejo del rabino no me consideraba su propietario. Así, en caso de que me la quitaran no iba a ser un robo. Mi casa siempre estaba abierta a los necesitados y cuando podía ayudar a alguien, lo hacía con gran alegría. Fui muy dedicado en el culto y no pedía más que cumplirlo con toda la fuerza de mi amor.

No puedo decir que mi relación con Dios siguió siendo la misma. Pero sí puedo decir que mi fe en Él no cambió en lo más mínimo. Antes en los buenos momentos me sentía su deudor.

Hoy es Él quien tiene una deuda muy grande. Y como es ahora el deudor, creo tener el derecho de preguntarle. No como le preguntó Job: « ¿cuáles son mis pecados para merecer esto? ». Otros más grandes y mejores que yo están convencidos que no son castigos por culpas arrojadas encima de ellos.

Pero sucedió una cosa particular que se llama  « hastores panim », que significa: Dios se tapó la cara.

Dios desvió su rostro del mundo y dejó que los hombres se entregaran a a la ferocidad de sus instintos.

Por esto creo que cuando el yeser haraaa, la inclinación del hombre al mal, adviene, son los más puros las primeras víctimas. Para cada uno de nosotros esto no es un halago. Pero del mismo modo que el destino de nuestro pueblo viene de leyes que no son materiales sino divinas y espirituales. El creyente considera lo que le sucede como parte de un plan en el que las tragedias humanas no tienen valor, pero esto no significa que los piadosos de nuestro pueblo tengan que aceptar y decir: El Señor es justo y sus sentencias también.

Decir que merecemos los golpes que nos dieron, es difamarse uno mismo. Es poner en entredicho  el nombre del Santo Bendito. Es Dios quien se blasfema al mirarnos de reojo.

Las cosas son lo que son, no espero milagros ni ruego a  Dios que tenga piedad de mí. Que continúe teniendo la misma indiferencia, volteando la cabeza en frente de los millones de hijos de su pueblo. No soy nadie en especial,  no espero privilegios. No voy a buscar el modo de huir ni voy a escaparme.

Me quedan tres botellas con gasolina, una va a ser para mí,  después de haber vaciado muchas de  ellas sobre las cabezas de los asesinos.

Fue un gran momento en mi vida. Cómo reí. Reí hasta las lágrimas. Nunca podía imaginar que la muerte de seres humanos –ni siquiera enemigos- me fuera a alegrar tanto. Que esos tontos humanistas digan lo que quieran, la venganza fue y seguirá siendo el arma final, la mayor satisfacción moral de los oprimidos. Hasta hoy no había entendido bien estas palabras del Talmud  « La venganza es santa » Lo es por el modo en que está escrita con los dos nombres de Dios. Está escrito: « Adonay es Dios de venganza ». Ahora lo entiendo, ahora lo siento y mi corazón está lleno de placer con la idea que desde milenios llamamos Adonai «El nekome Adonay» Dios de venganza. Levántate, Dios de venganza.

Ahora soy capaz de mirar la vida y el mundo con la agudeza  particular que tiene el ser humano antes de morir. Ahora veo la diferencia fundamental entre nuestro Dios y el de los otros pueblos. En tanto el nuestro es el Dios de la venganza y la Torah contempla la muerte por pecados mínimos, el Talmud nos enseña que si el Sanedrín, -Tribunal Santo- había condenado a muerte una sola vez en setenta años, los jueces fueron llamados asesinos, del otro lado el Dios de pueblos que llaman Dios de amor dio como mandamiento amar al prójimo, son los que nos matan con alegría desde hace 2000 años.

Se habla de venganza. Raramente habíamos conocido la verdadera venganza. Cuando aconteció, fue tan satisfactorio,  dulce y delicioso que me llenó de una alegría tan grande que me sentía nacer a una nueva vida.

Un tanque parqueó en nuestra calle. Desde las casas vecinas se le arrojaron botellas de fuego pero ninguna logró darle. Luego se alejó un poco. Entonces esperamos que viniera debajo de nuestras narices y lo atacamos entre todos. Ahí sí le dimos, se bañó en llamas y vimos salir corriendo a seis nazis encendidos.

 ¡Ah, cómo ardían! Eran ahora ellos los que se quemaban como los judíos que habían quemado, pero gritaban más fuerte. En el momento final los judíos no gritan. Toman la muerte como salvación. El gueto de Varsovia muere combatiendo. Lucha y muere sin quejarse.

Estas tres botellas que me quedan tan queridas por mí, son como el licor para un alcohólico. Guardo una para mí mismo pero antes de vaciarla sobre mi ropa meteré estos escritos en un recipiente que esconderé para que algún día alguien los encuentre. Así un día se comprenderán los sentimientos de un judío abandonado por el Dios al cual en el cual cree tanto. Las otras dos botellas las rociaré en su momento sobre los malditos asesinos.

Éramos doce en este cuarto y  luchamos durante nueve días. Once cayeron sin lanzar una sola queja. Ni siquiera un niño de cinco años que apareció no sabemos cómo ni de dónde. Está a mi lado sonriendo, tranquilo, como si estuviera soñando. Murió con el mismo coraje con el que cayeron los demás esta mañana. Cuando la mayoría de ellos ya estaban muertos, se subió encima de los cuerpos para mirar por un hueco de la ventana y al instante cayó por atrás, con una gota de sangre en el centro de su frente.

Nuestra casa es una de las últimas en caer. Hasta ayer desde al amanecer nos lanzaban disparos y toda clase de fuegos pero seguíamos vivos. Cinco heridos continuaban peleando pero cayeron todos, unos ayer, otros hoy. Cada uno tomaba en silencio su turno de guardia y tiraba hasta que lo mataban. Aparte de mis tres botellas incendiarias, no tengo balas ni nada más.

En la parte de arriba del edificio continúan resistiendo fuertemente, pero  no pueden ayudarme, la escalera está destruida y creo que la edificación entera va a derrumbarse. Escribo estas líneas pegado al piso, al lado de mis amigos ya muertos. Miro sus caras, reflejan una profunda calma a la vez con  un aire irónico, como si quisieran decirme: pobre loco, no vas a esperar mucho para estar con nosotros. A mí, que sigo vivo, me parece que se ríen de mí, ellos ya saben… incluso el chico, sabe que nació, sabe que murió. Y si no sabe, la respuesta no importa delante de la luz divina que  lo recibe y lo instala en  los brazos de sus parientes asesinados.

De aquí en una o dos horas yo también voy a saber. Pero estoy vivo y quiero hablar a mi Dios como un hombre que tuvo el grande y a  la vez desgraciado honor de ser judío.

Lo primero es ratificar que estoy orgulloso de ser hebreo. Tendría vergüenza de pertenecer a pueblos que crearon y educaron gentes culpables de los crímenes que cometieron contra nosotros.

Sí, estoy orgulloso de ser judío, aunque no sea lo convencional. Es más presentable ser francés, inglés o americano, es más cómodo, pero no es honroso. Creo que ser judío es ser luchador, es nadar contra la corriente humana llena de crimen. El judío es un militante, un testigo. Dios lo hizo su prisionero, sujeto completamente a Él.

Nuestros enemigos dicen que somos malos, pero creo que somos mejores que ellos, no brutos sin piedad hacia los demás. Pero sí fuéramos malos, tendríamos el  gusto de ver el aire de las demás naciones en nuestro lugar.

Me siento muy honrado de pertenecer al pueblo más desgraciado de la tierra, pero dentro del cual la Torah es la más grande y más hermosa de todas las leyes y de toda moralidad. Los que quieren arrebatárnosla, la hacen más santa. Se dice que se nace judío, que es una condición de nacimiento(aquí hago un paréntesis para decir que no estoy del todo de acuerdo, para mí es por sentimiento. Uno es judío por aprendizaje, por tradición y para honrar a nuestros ancestros).

De todos modos uno nace o se hace judío como nace un artista, ya cuando se es no hay marcha atrás, no es posible liberarse. Esta es la marca divina escrita en nuestro cuerpo que hace de nosotros el pueblo elegido. Los que no lo entienden, nunca podrán entender el sentido profundo de nuestro martirologio. «No existe nada más entero que un corazón roto » dijo un gran rabino. Y no hay  otro elegido sino un pueblo torturado en todas las épocas. Si no quieres creer que Dios nos nombró como la nación escogida por Él, piensa entonces que fuimos elegidos gracias a nuestro sufrimiento constante.

Creo en el Dios de Israel, a pesar de que Él mismo ha hecho muchas cosas para que no crea en Él. Creo en sus leyes a pesar de que no encuentro justificación de todos sus actos. Ahora no tengo con Él más una relación de esclavo a amo sino de alumno a maestro. Agacho mi cabeza delante de su grandeza pero no voy a besar las cadenas que me laceran. Lo amo, pero amo más las leyes justas que contiene la Torah. Así como me hice ilusiones sobre Él, voy a permanecer en su ley. Dios significa religión, la Torah regla de vida. Está bien, nosotros vamos a morir por esta regla de vida, pero ella será inmortal.

Por esto mismo, permíteme que antes de morir te pregunte sobre la razón de todo esto.

En este momento, libre de espantos, henchido de tranquilidad y seguridad interna te quiero hablar a Tí por la última vez en mi vida.

¿Dices que pecamos? Es seguro y por ello seremos castigados. Esto también  puedo entenderlo, pero quiero que me digas si hay en el mundo un pecado que merezca  el castigo que nos impusiste.

Dices que harás pagar a nuestros enemigos todas sus maldades. Estoy convencido que les harás pagar sin ninguna piedad lo que hicieron. De ello no tengo duda. Pero quiero que me digas si puede haber en el mundo un castigo suficiente para expiar los crímenes cometidos contra nosotros.

Puede ser que digas que en el caso presente no importan los pecados y los castigos porque es lo que ocurre cuando te tapas la cara y dejas a los hombres a sus instintos.

Ahora quiero preguntarte, Señor, y  esta pregunta me quema el corazón y el cerebro como un fuego:

¿Entonces qué? Dime qué debe suceder entonces para que te desveles la cara y la muestres al mundo?

Quiero decírtelo claramente y sin rodeos. Hoy más que en ningún otro momento del martirio sin fin de nuestro pueblo, tenemos el derecho, nosotros los torturados, los injuriados, los enterrados vivos, los quemados, los despojados, los humillados, los escarnecidos, los asesinados por millones, tenemos más que cualquiera todo el derecho de saber: ¿Dónde están los límites de tu paciencia?

Quiero decirte algo más, no aprietes demasiado la cuerda porque puede romperse. El destino al que nos llevaste es tan duro que debes perdonar a aquellos de tu pueblo que en su desesperación se alejaron de Tí. Perdona a los que se apartaron en momentos de desgracia y también en momentos de felicidad.

Convertiste nuestra vida en una lucha terrible, perpetua, los más aterrorizados buscaron una salida. No debes condenar a los cobardes sino ayudarlos y mostrarte compasivo.

Perdona a los que blasfemaron tu nombre y se fueron. Sufrieron tanto que no pensaron que eras ya El padre, ni siquiera que tenían un padre.

Si te hablo tan francamente es porque creo en Tí, creo en Tí más que antes, en cuanto sé que tú eres  Tú mi Dios. De hecho no puedes ser… NO, no puedes ser el dios de los que cometen  actos horribles y despiadados. De modo que si no eres mi Dios, de quién lo serías? ¿De los asesinos?

Frente a quienes me odian y me queman vivo, quién soy yo sino un ser que representa un poco de tu luz, de tu bondad.

No te bendigo por los actos que permitiste. Pero sí te bendigo y alabo tu existencia, tu grandeza terrible. Tienes que ser muy poderoso para que ni siquiera la horrible catástrofe actual no tenga ningún efecto sobre Ti.

Y precisamente porque eres tan grande y yo tan pequeño, te ruego, clamo por amor a tu nombre:

Que tu corona no resulte de la tolerancia del sacrificio de inocentes.

No te exijo castigar a los culpables. De acuerdo a la terrible lógica celestial, finalmente sus culpas mismas se voltearán contra ellos y los hundirá. La conciencia del mundo se muere con nosotros. Matar a Israel es asesinar el mundo.

Ahora el mundo se va devorar, va a consumirse en sus propias injusticias. Va  ahogarse en su sangre.

Los asesinos ya dictaron sus propias sentencias en contra de ellos mismos, no se salvarán del castigo. Pero Tú debes hacer justicia y ser más riguroso contra los que callaron ante los terribles crímenes que vieron. A quienes de palabra condenaron las masacres pero en el fondo de sus corazones se alegraron por lo que ocurría.

A los que en sus conciencias falsas pensaron: Sí, el tirano era malo, pero hizo por nosotros el trabajo sucio, hizo bien y le debemos reconocimiento.

En la Torah está escrito que el ladrón debe ser más castigado que el bandido, a pesar de que el ladrón no pone en peligro la vida de la víctima y lo que le interesa es solamente robar, en tanto el bandido ataca a su víctima de día sin temor de los humanos ni de Dios. El ladrón teme a los hombres pero no a Dios. Es por esto que su pena tiene que ser mayor.

En consecuencia, poco importa que trates a los asesinos como bandidos, ellos nos tratan de la misma manera a nosotros y a Tí.  Para nada ocultan sus crímenes.

Pero los que callan ante las matanzas sin temor de Tí, aunque se espantan por lo que los otros humanos pueden decir  son como quien ve a alguien ahogarse y no hace nada para ayudarlo. Te ruego, oh Dios, castigarlos como ladrones.

Siento que la muerte no puede esperar más, me veo obligado a soltar la pluma con la que escribo. El tiroteo en las calles de arriba se va apaciguando. Los últimos defensores de nuestro territorio van cayendo uno detrás del otro y con ellos muere lo mejor de la Varsovia judía. El sol se está poniendo y gracias a Dios no lo veré nunca más.  Por la ventana se ven brillar las luces del incendio y el pedazo de cielo que alcanzo a ver se está tiñendo de rojo sangre. Dentro de una hora me encontraré con mi familia y con los millones de otros masacrados de nuestro pueblo, estaré mejor en ese otro mundo en donde solo queda la mano de Dios.

Muero con calma. Vencido pero no esclavo; amargado pero con valor.  Creyente y a la vez digno de que crean en mí,  sin pensar que se me debe nada y sin andar suplicando con oraciones.

Amoroso de Dios pero sin decir Amén a todo lo que hace.

Siempre fui detrás de Él, incluso cuando me rechazaba. Seguí sus mandamientos incluso cuando se me rechazaba. Lo quise bien aún cuando fui rebajado hasta el nivel del suelo y se me torturó hasta la  muerte y me convirtieron en objeto de vergüenza, burla y deshonor.

Mi rabino me contó una vez la historia de un judío que se escapó junto a su mujer y su hijo de la inquisición española, huyendo por mar en un barquito en medio de una gran tempestad. Con mucha dificultad llegaron a una isla. Zarparon de nuevo y un rayó mató a la mujer y luego un tornado se llevó a su hijo hasta hacerlo desaparecer en el oleaje. Solo, desgraciado,  despedazado y descalzo en medio de la tormenta, levantó sus manos al cielo y le gritó a Dios: “Dios de Israel, me escapé hasta aquí para poder aprovecharte libremente. Para seguir tus mandamientos y santificar tu nombre. Pero haz hecho todo lo posible para que descrea de Tí. Entonces si piensas hacer todo para que no me crea en ti con todos estos sufrimientos, declaro ante Ti, mismo Dios de mis padres: No lo conseguirás. Me quitaste mis más caros tesoros, me torturaste a muerte, pero voy a creer  en Tí, a pesar de todo y de Tí mismo”.

Estas son las últimas palabras que te dirijo en mi rabia enfurecida: No te servirá de nada. Hiciste todo para que dudara de Ti, pero muero de la misma forma como viví: con la fe más intensa.

Alabado sea el Dios de los muertos, el Dios de venganza, el Dios de verdad y justicia que un día mostrará de nuevo su cara frente al mundo y lo sanará con su voz poderosa.

¡Escucha Israel, siente Israel, el eterno Dios, nuestro Dios, es solo uno!

En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

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