El falso positivo de amor y amistad

Dentro de las celebraciones que ha impuesto el comercio, después del día de la madre y el del padre, tal vez la más popular es el dia del amor y la amistad en el mes de septiembre de cada año. En este 2018 tal evento me rememora los hechos del 16 y 17 de septiembre de 2006 en los que perdió la vida Helvir Antonio Torres y se salvó su primo Fredy Torres, quien se escapó milagrosamente de la persecusión de miembros del ejército en uno de los episodios conocidos como “falsos positivos”. Esta situación se relata en mi libro “Jaguar y el falso positivo”, presentado hace pocos meses en la Librería Lerner.

A continuación se transcribe el primer capítulo con el que comienza el drama.

 Pablito clavó un clavito

La tarde cae suavemente desde las colinas que rodean al pequeño pueblo. De repente el cielo se cubre de nubes plomizas y un viento húmedo recorre las calles, deja desierta la plaza y obliga a los pocos transeúntes a refugiarse en casas y bares. En la pequeña tienda de doña Aydé, situada en una de las calles que enmarcan la plaza central, Helvir Antonio, lugareño que bordea los veinticinco años, dedicado a oficios varios en la plaza de mercado, se sorprende de que todavía, a nueve de septiembre, los vientos de agosto se hagan sentir con tanta fuerza, y de que los días, que solían ser tibios y soleados en esta época, ahora sean fríos y oscuros.

Sumido en sus pensamientos, surge de pronto su padre, Suetonio, le asalta una leve inquietud: si aquí hay este clima, cómo estará en el páramo, donde su viejo cultiva papas. Se lo imagina resguardado del temporal junto al fogón, en una espera que se deshará en el sueño y de la que volverá a acordarse al despertar.

Una bandada de pájaros negros que pasa graznando a lo lejos reproduce un cuadro sombrío en su mente y no puede dejar de pensar en Francy Estela: se ha incubado un presentimiento que aminora la esperanza de reconciliación. Lleva una semana disgustado con ella, apenas viendo a los niños al salir de la escuela. La situación lo tiene desesperado, pero confía que el mes del amor y la amistad le sea propicio para arreglar el problema. No dura mucho la nube de aves y su optimismo vuelve conforme el cielo se despeja: «Bueno, todavía falta una semana, ya veremos qué pasa en este tiempo. De todos modos voy a ahorrar para un buen regalo el dieciséis. Ojalá sea el momento de olvidar los problemas y que volvamos a estar en familia».

Una palmada en la espalda y «¡Quihubo arracacho!» interrumpen el monólogo interior. Al voltearse reconoce a un amigo al que no veía hacía mucho tiempo. «Uy, Wilson, casi me mata del sopetón. Qué milagro verlo por aquí, casi no lo reconozco así con ese peinado, ¿se volvió soldado o qué?, ¿y qué son esas ojeras tan tenaces? Yo pensé que se había olvidado del pueblo y de los amigos.» El recién llegado le propone se acomoden en una mesa donde puedan hablar más tranquilos. Allí le dice que ahora debe llamarlo Pablito, por motivos que no puede revelar por el momento, pero que la amistad sigue siendo la misma y que antes de hablar de otras cosas se tomen unas cervezas para celebrar el encuentro, y para que se anime por ahí derecho, que lo ve como muy triste, y que por plata no se preocupe porque él invita y si está falto de efectivo hasta puede hacerle un pequeño préstamo.

Lo del préstamo queda en el aire con la súbita aparición del primo Fredy, conocido como Pinocho, a quien convidan a la mesa. Este se acomoda y la conversación se reanuda. Poco después llegan dos hombres, jóvenes también que si acaso llegan a los treinta, recibidos efusivamente por Pablito. Uno de ellos, de marcado acento paisa, se presenta como José, y el otro, de hablado costeño, como Fercho. Ambos se muestran amplios desde el principio, hasta el punto de reiterar que nadie debía preocuparse por gastos, que ellos invitan, y si se acaba el trago en el pueblo, “pues seguimos la rumba en Fusagasugá”. La simpatía de los foráneos, la familiaridad con la que los trata el amigo de nuevo nombre y la animación propia de unas cervezas a ritmo de sed hacen surgir un clima de confianza entre los cinco en el que no suenan extrañas imprevistas inserciones, como una de José, digamos El Paisa, referente a levantar un viejo de plata que tienen detectado para sacarle «un billete largo». Los primos, criados como hermanos desde niños y que a raíz del problema de Helvir con su esposa están compartiendo habitación, parecen entenderse en silencio y no dicen ni sí ni no a la propuesta y eluden el tema, pasando a hablar de cosas para las que tengan que inclinar menos sus cabezas. Al rato, El Paisa retoma el punto acotando que todo está listo; El Costeño dice tranquilos, no tienen que responder ahora, después se verá, que “cuando es a tomá, es a tomá”, que hay que disfrutar el momento y que otro día hablan de negocios.

—Mejor vámonos —dice Fredy— se ha hecho tarde y el trago ya nos está venciendo.

Fredy ha dado las gracias mientras saca a su primo del brazo y se retiran del lugar.

—No sé qué pensar, hermano. Yo no le tengo mucha confianza a ese man. Lo vengo viendo desde hace un mes y se me hace muy raro que ahora aparezca con esos dos, que de una nos salen con esa vaina tan rara —le dice con preocupación a Helvir cuando están ingresando en la vivienda.

—No, llave, yo al hombre lo conozco, es el sobrino de doña María Pastora, la que vive en las afueras, junto al puente. Eso es pura farolería del man, como siempre fue muy pobre ahora quiere es aparentar. Yo creo que él les maneja el billete a esos dos, de ellos sí no puedo decir nada porque apenas los vi hoy.

—Por eso hermano, si fuera él solo, hasta me lo tragaba, pero es que ese paisa y ese costeño, ¿cómo es que nos van saliendo con el cuento ese del señor?

—Usté siempre tan desconfiao. Yo creo que los manes estaban cañando y ni me tomo muy en serio la cosa. Si los volvemos a ver les seguimos la corriente, nos los gorriamos y no nos comprometemos en nada. A mí tampoco me gustan los asuntos que nos traigan problemas con la ley, pero al menos hasta el día de amor y amistad me viene bien tener quién me pague la tomada. Además estando con usted me siento protegido. No le pongamos tanta pirinola al asunto.

—Primo, no es que yo me complique sino que me gusta analizar, uno no sabe con qué le pueden salir. ¿Vio que yo les pedí los números de teléfono a los tipos? —Helvir asiente con la cabeza— Ah, era para ver qué tan confiables eran. Aquí los tengo registrados en el celular por si acaso. Ya veremos la próxima vez qué pasa.

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