Testimonio imperecedero

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Fuente: avizora.com   /  laguia2000.com

Dentro de los miles de actos de heroísmo ocurridos en la Segunda Guerra Mundial sobresalen los dos levantamientos de los judíos confinados por los nazis en el gueto de Varsovia, el primero en 1943 y el segundo el año siguiente, ambos sofocados sin piedad por la máquina del terror hitleriano.

Poco después de terminada la gran hecatombe, se cuenta que entre las ruinas, en medio de piedras carbonizadas, fue encontrada una botella que contenía un testamento escrito unas horas antes del fin del gueto en el primero de los dos alzamientos.

Presento el texto completo, en un conato de traducción propia del ladino al español (lenguas bastante similares, como quiera que el primero, conocido también como judeo español deriva del segundo), con excusas por las posibles imprecisiones, pero con la confianza de que se respetó al máximo el sentido y el espíritu del escrito. Su importancia es indiscutible, lo mismo que el estremecedor testimonio de la valentía de los que decidieron morir con las armas en la mano antes que ser exterminados como corderos por la horda nazi. Contiene importantes reflexiones sobre la fe en dios, cuestionamientos sobre por qué permitió que ocurriera la atrocidad del holocausto y sobre el castigo a los victimarios, a los indiferentes y a quienes condenaron de dientes para afuera los crímenes pero en el fondo los aprobaban, así como sobre si Hitler fue un monstruo o más bien un producto de la sociedad de su época. En fin, es un material para analizar y discutir que se puede prestar para diferentes interpretaciones pero que conmueve hasta las lágrimas.

Varsovia, 28 de abril de 1943.

Yo Yossel Rakover de Tarnopol, hijo de personas justas y virtuosas, escribo estas líneas mientras arde el gueto de Varsovia. La casa en la que me encuentro es una de las últimas que todavía no está quemada. A mi lado, las paredes se derrumban por el fuego de las bombas. Dentro de poco va a estar como las otras casas del gueto, que se ha convertido en la tumba de sus defensores. Por la pequeña ventana entreabierta entran al cuarto unos rayos de sol rojizos. Desde este pequeño rincón hemos ametrallado a los enemigos día y noche. El día termina y el sol está ya a punto de desaparecer.

No sabe que ya no me importa no verlo más.

Nos sucedió una cosa muy curiosa: todas nuestras ideas y sentimientos se trocaron. Ya vemos en la muerte una salvación. Una libertad que viene a romper las cadenas. Las bestias salvajes me parecen tan amables que pienso que no es justo compararlas con los criminales que reinan en Europa. No es verdad que Hitler sea una bestia. Estoy convencido de que es un producto típico de la humanidad moderna. Es la humanidad entera la que lo engrandeció  y refleja en él sus secretos y deseos personales. Un día en el bosque en que me escondía encontré un perrito enfermo y famélico, arrastrándose con la cola entre las piernas.

Es sorprendente la semejanza de nuestros destinos pero el de los perros es mejor que el nuestro. Se arrimó a mí, lamiéndome las manos. Lo tomé en mis brazos y se estremecía por repetidos ataques de hipo, pero sentí celos de él porque podía ir a donde quisiera, creo que nunca había llorado tanto como lloré esa noche.

Pero mis sentimientos, más que de envidia eran de vergüenza. Vergüenza de ser un humano delante de ese can. Pero volvamos a donde íbamos:

Llegar a pensar que la vida es una completa desdicha, tener la casa quemada, los hijos carbonizados, querer convertirse en animal, ver en el sol una desgracia y en la noche una salvación. Millones de personas en el mundo aman al sol y su luz, sin advertir toda la oscuridad que nos trajo a nosotros porque los malos lo utilizaron para ir tras los fugitivos que solamente procuraban huir y sobrevivir.

Cuando me escondí en el bosque con mi mujer y mis hijos, que por esa época eran seis, nos protegía la oscuridad de la noche. La madrugada nos hacía visibles ante los que nos querían quitar la vida. Nunca olvidaré el día en que los alemanes echaron su fuego desde el aire sobre miles de personas que huían. Los aviones nos ametrallaron sin descanso desde el amanecer hasta la noche. Mi esposa murió en esa matanza con nuestro bebé de siete meses en sus brazos. Otros dos de mis hijos, uno de cuatro años y otro de seis, desaparecieron en medio del bombardeo.

Al anochecer, los sobrevivientes se pusieron en marcha. Con los tres hijos que me quedaban me dediqué a buscar a los dos que faltaban. David… Yehuda … llamábamos a gritos por los campos. Pero nadie respondía, solamente el eco: David … Yehuda. Nunca los vi más pero como un relámpago sentí la orden de no tener más angustia: estaban en las manos del rey del universo. En el año siguiente en el gueto de Varsovia perdí a mis otras tres criaturas.

Raquel, mi hija de diez años, creyó que podía hallar pedazos de pan al otro lado del muro que nos separaba del mundo exterior. El hambre era insoportable. Los cuerpos de quienes morían quedaban tirados como lodo en las calles. La gente está dispuesta a morir de mil maneras mas no de hambre. Debe de ser que las desgracias matan lentamente todos los deseos hasta el último, que es el de comer. En ese punto no se quiere ya vivir más. Me contaron lo que dijo un judío agonizante a otro: Ay, si pudiera antes de escapar tener por última vez una cena como un ser humano.

Raquel no me había comentado su plan de salir del gueto que era un crimen castigado con la muerte. Se fue con una de sus amigas de noche, pero las sorprendieron en la puerta por la mañana. Los guardias alemanes apoyados por cómplices polacos  se fueron detrás de las pobres chicas que para no morir de hambre habían buscado algo de comer en los alrededores. Un gran grupo desplegado en persecución de dos pobrecitas hambrientas de diez años con más furia que si fueran unas peligrosas criminales. Esta persecución no podía durar mucho. Raquel cayó mientras huía,  los nazis le rompieron la cabeza, su amiga logró escapar, pero perdió la razón y murió dos semanas después atormentada por la locura.

El segundo de mis hijos, Jacob, de trece años, murió de tuberculosis el día de su barz mitzva (edad en que alcanza la madurez para ser considerado capaz de cumplir los mandamientos. Nota de J.J.). No me quedó más que mi hija Eva. Fue asesinada a sus quince años. Ahora llegó mi turno y puedo decir que torno a la tierra desnudo como el día de mi nacimiento. Tengo 43 años y si vuelvo atrás, mirando los años pasados puedo decir con seguridad que fui un hombre honesto, con el corazón pleno de amor a Dios. Se me brindó el éxito en la vida sin volverme soberbio. Tuve gran fortuna y según el consejo del rabino no me consideraba su propietario. Así, en caso de que me la quitaran no iba a ser un robo. Mi casa siempre estaba abierta a los necesitados y cuando podía ayudar a alguien, lo hacía con gran alegría. Fui muy dedicado en el culto y no pedía más que cumplirlo con toda la fuerza de mi amor.

No puedo decir que mi relación con Dios siguió siendo la misma. Pero sí puedo decir que mi fe en Él no cambió en lo más mínimo. Antes en los buenos momentos me sentía su deudor.

Hoy es Él quien tiene una deuda muy grande. Y como es ahora el deudor, creo tener el derecho de preguntarle. No como le preguntó Job: « ¿cuáles son mis pecados para merecer esto? ». Otros más grandes y mejores que yo están convencidos que no son castigos por culpas arrojadas encima de ellos.

Pero sucedió una cosa particular que se llama  « hastores panim », que significa: Dios se tapó la cara.

Dios desvió su rostro del mundo y dejó que los hombres se entregaran a a la ferocidad de sus instintos.

Por esto creo que cuando el yeser haraaa, la inclinación del hombre al mal, adviene, son los más puros las primeras víctimas. Para cada uno de nosotros esto no es un halago. Pero del mismo modo que el destino de nuestro pueblo viene de leyes que no son materiales sino divinas y espirituales. El creyente considera lo que le sucede como parte de un plan en el que las tragedias humanas no tienen valor, pero esto no significa que los piadosos de nuestro pueblo tengan que aceptar y decir: El Señor es justo y sus sentencias también.

Decir que merecemos los golpes que nos dieron, es difamarse uno mismo. Es poner en entredicho  el nombre del Santo Bendito. Es Dios quien se blasfema al mirarnos de reojo.

Las cosas son lo que son, no espero milagros ni ruego a  Dios que tenga piedad de mí. Que continúe teniendo la misma indiferencia, volteando la cabeza en frente de los millones de hijos de su pueblo. No soy nadie en especial,  no espero privilegios. No voy a buscar el modo de huir ni voy a escaparme.

Me quedan tres botellas con gasolina, una va a ser para mí,  después de haber vaciado muchas de  ellas sobre las cabezas de los asesinos.

Fue un gran momento en mi vida. Cómo reí. Reí hasta las lágrimas. Nunca podía imaginar que la muerte de seres humanos –ni siquiera enemigos- me fuera a alegrar tanto. Que esos tontos humanistas digan lo que quieran, la venganza fue y seguirá siendo el arma final, la mayor satisfacción moral de los oprimidos. Hasta hoy no había entendido bien estas palabras del Talmud  « La venganza es santa » Lo es por el modo en que está escrita con los dos nombres de Dios. Está escrito: « Adonay es Dios de venganza ». Ahora lo entiendo, ahora lo siento y mi corazón está lleno de placer con la idea que desde milenios llamamos Adonai «El nekome Adonay» Dios de venganza. Levántate, Dios de venganza.

Ahora soy capaz de mirar la vida y el mundo con la agudeza  particular que tiene el ser humano antes de morir. Ahora veo la diferencia fundamental entre nuestro Dios y el de los otros pueblos. En tanto el nuestro es el Dios de la venganza y la Torah contempla la muerte por pecados mínimos, el Talmud nos enseña que si el Sanedrín, -Tribunal Santo- había condenado a muerte una sola vez en setenta años, los jueces fueron llamados asesinos, del otro lado el Dios de pueblos que llaman Dios de amor dio como mandamiento amar al prójimo, son los que nos matan con alegría desde hace 2000 años.

Se habla de venganza. Raramente habíamos conocido la verdadera venganza. Cuando aconteció, fue tan satisfactorio,  dulce y delicioso que me llenó de una alegría tan grande que me sentía nacer a una nueva vida.

Un tanque parqueó en nuestra calle. Desde las casas vecinas se le arrojaron botellas de fuego pero ninguna logró darle. Luego se alejó un poco. Entonces esperamos que viniera debajo de nuestras narices y lo atacamos entre todos. Ahí sí le dimos, se bañó en llamas y vimos salir corriendo a seis nazis encendidos.

 ¡Ah, cómo ardían! Eran ahora ellos los que se quemaban como los judíos que habían quemado, pero gritaban más fuerte. En el momento final los judíos no gritan. Toman la muerte como salvación. El gueto de Varsovia muere combatiendo. Lucha y muere sin quejarse.

Estas tres botellas que me quedan tan queridas por mí, son como el licor para un alcohólico. Guardo una para mí mismo pero antes de vaciarla sobre mi ropa meteré estos escritos en un recipiente que esconderé para que algún día alguien los encuentre. Así un día se comprenderán los sentimientos de un judío abandonado por el Dios al cual en el cual cree tanto. Las otras dos botellas las rociaré en su momento sobre los malditos asesinos.

Éramos doce en este cuarto y  luchamos durante nueve días. Once cayeron sin lanzar una sola queja. Ni siquiera un niño de cinco años que apareció no sabemos cómo ni de dónde. Está a mi lado sonriendo, tranquilo, como si estuviera soñando. Murió con el mismo coraje con el que cayeron los demás esta mañana. Cuando la mayoría de ellos ya estaban muertos, se subió encima de los cuerpos para mirar por un hueco de la ventana y al instante cayó por atrás, con una gota de sangre en el centro de su frente.

Nuestra casa es una de las últimas en caer. Hasta ayer desde al amanecer nos lanzaban disparos y toda clase de fuegos pero seguíamos vivos. Cinco heridos continuaban peleando pero cayeron todos, unos ayer, otros hoy. Cada uno tomaba en silencio su turno de guardia y tiraba hasta que lo mataban. Aparte de mis tres botellas incendiarias, no tengo balas ni nada más.

En la parte de arriba del edificio continúan resistiendo fuertemente, pero  no pueden ayudarme, la escalera está destruida y creo que la edificación entera va a derrumbarse. Escribo estas líneas pegado al piso, al lado de mis amigos ya muertos. Miro sus caras, reflejan una profunda calma a la vez con  un aire irónico, como si quisieran decirme: pobre loco, no vas a esperar mucho para estar con nosotros. A mí, que sigo vivo, me parece que se ríen de mí, ellos ya saben… incluso el chico, sabe que nació, sabe que murió. Y si no sabe, la respuesta no importa delante de la luz divina que  lo recibe y lo instala en  los brazos de sus parientes asesinados.

De aquí en una o dos horas yo también voy a saber. Pero estoy vivo y quiero hablar a mi Dios como un hombre que tuvo el grande y a  la vez desgraciado honor de ser judío.

Lo primero es ratificar que estoy orgulloso de ser hebreo. Tendría vergüenza de pertenecer a pueblos que crearon y educaron gentes culpables de los crímenes que cometieron contra nosotros.

Sí, estoy orgulloso de ser judío, aunque no sea lo convencional. Es más presentable ser francés, inglés o americano, es más cómodo, pero no es honroso. Creo que ser judío es ser luchador, es nadar contra la corriente humana llena de crimen. El judío es un militante, un testigo. Dios lo hizo su prisionero, sujeto completamente a Él.

Nuestros enemigos dicen que somos malos, pero creo que somos mejores que ellos, no brutos sin piedad hacia los demás. Pero sí fuéramos malos, tendríamos el  gusto de ver el aire de las demás naciones en nuestro lugar.

Me siento muy honrado de pertenecer al pueblo más desgraciado de la tierra, pero dentro del cual la Torah es la más grande y más hermosa de todas las leyes y de toda moralidad. Los que quieren arrebatárnosla, la hacen más santa. Se dice que se nace judío, que es una condición de nacimiento(aquí hago un paréntesis para decir que no estoy del todo de acuerdo, para mí es por sentimiento. Uno es judío por aprendizaje, por tradición y para honrar a nuestros ancestros).

De todos modos uno nace o se hace judío como nace un artista, ya cuando se es no hay marcha atrás, no es posible liberarse. Esta es la marca divina escrita en nuestro cuerpo que hace de nosotros el pueblo elegido. Los que no lo entienden, nunca podrán entender el sentido profundo de nuestro martirologio. «No existe nada más entero que un corazón roto » dijo un gran rabino. Y no hay  otro elegido sino un pueblo torturado en todas las épocas. Si no quieres creer que Dios nos nombró como la nación escogida por Él, piensa entonces que fuimos elegidos gracias a nuestro sufrimiento constante.

Creo en el Dios de Israel, a pesar de que Él mismo ha hecho muchas cosas para que no crea en Él. Creo en sus leyes a pesar de que no encuentro justificación de todos sus actos. Ahora no tengo con Él más una relación de esclavo a amo sino de alumno a maestro. Agacho mi cabeza delante de su grandeza pero no voy a besar las cadenas que me laceran. Lo amo, pero amo más las leyes justas que contiene la Torah. Así como me hice ilusiones sobre Él, voy a permanecer en su ley. Dios significa religión, la Torah regla de vida. Está bien, nosotros vamos a morir por esta regla de vida, pero ella será inmortal.

Por esto mismo, permíteme que antes de morir te pregunte sobre la razón de todo esto.

En este momento, libre de espantos, henchido de tranquilidad y seguridad interna te quiero hablar a Tí por la última vez en mi vida.

¿Dices que pecamos? Es seguro y por ello seremos castigados. Esto también  puedo entenderlo, pero quiero que me digas si hay en el mundo un pecado que merezca  el castigo que nos impusiste.

Dices que harás pagar a nuestros enemigos todas sus maldades. Estoy convencido que les harás pagar sin ninguna piedad lo que hicieron. De ello no tengo duda. Pero quiero que me digas si puede haber en el mundo un castigo suficiente para expiar los crímenes cometidos contra nosotros.

Puede ser que digas que en el caso presente no importan los pecados y los castigos porque es lo que ocurre cuando te tapas la cara y dejas a los hombres a sus instintos.

Ahora quiero preguntarte, Señor, y  esta pregunta me quema el corazón y el cerebro como un fuego:

¿Entonces qué? Dime qué debe suceder entonces para que te desveles la cara y la muestres al mundo?

Quiero decírtelo claramente y sin rodeos. Hoy más que en ningún otro momento del martirio sin fin de nuestro pueblo, tenemos el derecho, nosotros los torturados, los injuriados, los enterrados vivos, los quemados, los despojados, los humillados, los escarnecidos, los asesinados por millones, tenemos más que cualquiera todo el derecho de saber: ¿Dónde están los límites de tu paciencia?

Quiero decirte algo más, no aprietes demasiado la cuerda porque puede romperse. El destino al que nos llevaste es tan duro que debes perdonar a aquellos de tu pueblo que en su desesperación se alejaron de Tí. Perdona a los que se apartaron en momentos de desgracia y también en momentos de felicidad.

Convertiste nuestra vida en una lucha terrible, perpetua, los más aterrorizados buscaron una salida. No debes condenar a los cobardes sino ayudarlos y mostrarte compasivo.

Perdona a los que blasfemaron tu nombre y se fueron. Sufrieron tanto que no pensaron que eras ya El padre, ni siquiera que tenían un padre.

Si te hablo tan francamente es porque creo en Tí, creo en Tí más que antes, en cuanto sé que tú eres  Tú mi Dios. De hecho no puedes ser… NO, no puedes ser el dios de los que cometen  actos horribles y despiadados. De modo que si no eres mi Dios, de quién lo serías? ¿De los asesinos?

Frente a quienes me odian y me queman vivo, quién soy yo sino un ser que representa un poco de tu luz, de tu bondad.

No te bendigo por los actos que permitiste. Pero sí te bendigo y alabo tu existencia, tu grandeza terrible. Tienes que ser muy poderoso para que ni siquiera la horrible catástrofe actual no tenga ningún efecto sobre Ti.

Y precisamente porque eres tan grande y yo tan pequeño, te ruego, clamo por amor a tu nombre:

Que tu corona no resulte de la tolerancia del sacrificio de inocentes.

No te exijo castigar a los culpables. De acuerdo a la terrible lógica celestial, finalmente sus culpas mismas se voltearán contra ellos y los hundirá. La conciencia del mundo se muere con nosotros. Matar a Israel es asesinar el mundo.

Ahora el mundo se va devorar, va a consumirse en sus propias injusticias. Va  ahogarse en su sangre.

Los asesinos ya dictaron sus propias sentencias en contra de ellos mismos, no se salvarán del castigo. Pero Tú debes hacer justicia y ser más riguroso contra los que callaron ante los terribles crímenes que vieron. A quienes de palabra condenaron las masacres pero en el fondo de sus corazones se alegraron por lo que ocurría.

A los que en sus conciencias falsas pensaron: Sí, el tirano era malo, pero hizo por nosotros el trabajo sucio, hizo bien y le debemos reconocimiento.

En la Torah está escrito que el ladrón debe ser más castigado que el bandido, a pesar de que el ladrón no pone en peligro la vida de la víctima y lo que le interesa es solamente robar, en tanto el bandido ataca a su víctima de día sin temor de los humanos ni de Dios. El ladrón teme a los hombres pero no a Dios. Es por esto que su pena tiene que ser mayor.

En consecuencia, poco importa que trates a los asesinos como bandidos, ellos nos tratan de la misma manera a nosotros y a Tí.  Para nada ocultan sus crímenes.

Pero los que callan ante las matanzas sin temor de Tí, aunque se espantan por lo que los otros humanos pueden decir  son como quien ve a alguien ahogarse y no hace nada para ayudarlo. Te ruego, oh Dios, castigarlos como ladrones.

Siento que la muerte no puede esperar más, me veo obligado a soltar la pluma con la que escribo. El tiroteo en las calles de arriba se va apaciguando. Los últimos defensores de nuestro territorio van cayendo uno detrás del otro y con ellos muere lo mejor de la Varsovia judía. El sol se está poniendo y gracias a Dios no lo veré nunca más.  Por la ventana se ven brillar las luces del incendio y el pedazo de cielo que alcanzo a ver se está tiñendo de rojo sangre. Dentro de una hora me encontraré con mi familia y con los millones de otros masacrados de nuestro pueblo, estaré mejor en ese otro mundo en donde solo queda la mano de Dios.

Muero con calma. Vencido pero no esclavo; amargado pero con valor.  Creyente y a la vez digno de que crean en mí,  sin pensar que se me debe nada y sin andar suplicando con oraciones.

Amoroso de Dios pero sin decir Amén a todo lo que hace.

Siempre fui detrás de Él, incluso cuando me rechazaba. Seguí sus mandamientos incluso cuando se me rechazaba. Lo quise bien aún cuando fui rebajado hasta el nivel del suelo y se me torturó hasta la  muerte y me convirtieron en objeto de vergüenza, burla y deshonor.

Mi rabino me contó una vez la historia de un judío que se escapó junto a su mujer y su hijo de la inquisición española, huyendo por mar en un barquito en medio de una gran tempestad. Con mucha dificultad llegaron a una isla. Zarparon de nuevo y un rayó mató a la mujer y luego un tornado se llevó a su hijo hasta hacerlo desaparecer en el oleaje. Solo, desgraciado,  despedazado y descalzo en medio de la tormenta, levantó sus manos al cielo y le gritó a Dios: “Dios de Israel, me escapé hasta aquí para poder aprovecharte libremente. Para seguir tus mandamientos y santificar tu nombre. Pero haz hecho todo lo posible para que descrea de Tí. Entonces si piensas hacer todo para que no me crea en ti con todos estos sufrimientos, declaro ante Ti, mismo Dios de mis padres: No lo conseguirás. Me quitaste mis más caros tesoros, me torturaste a muerte, pero voy a creer  en Tí, a pesar de todo y de Tí mismo”.

Estas son las últimas palabras que te dirijo en mi rabia enfurecida: No te servirá de nada. Hiciste todo para que dudara de Ti, pero muero de la misma forma como viví: con la fe más intensa.

Alabado sea el Dios de los muertos, el Dios de venganza, el Dios de verdad y justicia que un día mostrará de nuevo su cara frente al mundo y lo sanará con su voz poderosa.

¡Escucha Israel, siente Israel, el eterno Dios, nuestro Dios, es solo uno!

En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

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Un buen trece

 

iamgen de baco y gutenberg

 

En vibrante evento realizado el pasado miércoles en la Universidad Autónoma, el Taller de Escritores Gabriel García Márquez realizó el cierre de actividades del año que termina.

Ante numerosa y animada presencia de integrantes y amigos el director, Hugo Correa Londoño, hizo un somero balance de la labor adelantada en 2017, que incluye, además de la producción individual de varios de los miembros, la publicación de dos folletos suplementarios de la colección Otrapalabra y el patrocicinio de la edición del trabajo del poeta Tercero Moreno, titulado Viaje al corazón azteca y otras confesiones, del cual, precisamente se hizo el lanzamiento, con presentación del maestro Mario Méndez. Así mismo, informó sobre la próxima publicación de un libro dedicada a la memoria del fundador de este centro literario, maestro Eutiquio Leal con motivo de los 20 años de su deceso, con textos de Jorge Eliécer Pardo, José Martínez y otros estudiosos de su vida y obra.

No podía faltar la evocación de los nuestros que partieron por estas calendas: el poeta y pintor Armando Orozco Tovar y el también bardo y pintor Jairo Maya Betancur. A este último rindió un sentido homenaje el escritor tolimense Álvaro Rojas en medio del respetuoso silencio de los asistentes, conmovidos por el recuerdo de estos grandes amigos que dejaron una huella imborrable en las letras y en los lienzos.

Luego la nostalgia fue dando lugar al asombro de la ficción al escuchar los microrrelatos de Luis Carlos Domínguez que con gran economía de lenguaje y agilidad narrativa mostraron tres historias de ficción que esa noche mágica adquirieron vida en la sintonía lograda entre su autor-lector y los fascinados oyentes. Vale la pena transcribir uno de ellos:

“La Luna.

La gótica espadaña sostenía en magnífico equilibrio la Luna. ¡Noche maravillosa! Exclamó un hombre a la puerta de su tumba. El guardia lo increpó de mala manera: “No es hora de escándalos ni de jolgorios. Usted es un pobre muerto. ¿Qué le importan la noche ni el paisaje?”

El muerto se metió en su casa. Desde allí oía al guardia alegar que le estaban perturbando la paz de los sepulcros, al tiempo que apaleaba al perro diciéndole: “¡Perro burro, cállese! ¿No ve que es sólo una estúpida Luna y no una maravillosa bola de queso?”

Luego de nuevo el turno fue para la poesía: Carlos Julio Ramírez y Andrés Correa Bustamante leyeron varios poemas producto de un trabajo sostenido que cada día se consolida más y que refleja una interesante búsqueda de voces propias y sensibilidades muy especiales. Carlos Julio hizo además la presentación de su composición dedicada a Cien Años de Soledad, en estilo chandé, en su propia voz acompañada de instrumentos de viento y percusión. ¡Macondo dos mil seiscientos metros más cerca de las estrellas en  apretada y atrevida síntesis musical!

Como si fuera poco el hechizo poético y narrativo, el placer estético y la alegría de compartir la palabra y la fraternidad, llegaron a niveles extáticos con el sortilegio de las notas del maestro Víctor Ramírez y la voz de terciopelo de Ligia Patiño en excelente interpretación de dos clásicos de la música colombiana: De regreso a mi pueblo y Cuando voy por la calle.

La memorable velada concluyó con la lectura del texto de Deisy Astrid Melo titulado Anatema, que forma parte del ejercicio propuesto al taller por el maestro José Jaime Castro, consistente en relatar cada uno cómo fue su iniciación con el mundo de la lectura y la escritura. Deisy Astrid contó con ternura cómo fueron sus “primeros acercamientos a la magia de atar vocales a consonantes, vocales a vocales y jugar con ellas”, hasta llegar al punto en que su refugio y muralla fueran los libros, en los que encuentra respetada la soledad y alada la imaginación y tener el gusto de contar cuál fue su “alegría de leer”.

Contagiados con esa alegría y con la complicidad del dios del vino, los asistentes dieron por cerrado el acto y las sesiones del año viejo y se dispusieron con el mejor de los ánimos a afrontar las tareas del nuevo.

 

 

Rocambol a Palacio en Riad, Harare e intermedias

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Hace mucho tiempo la política internacional, dominada por el temor de un estallido nuclear, que se ha exacerbado con las tensiones entre Norcorea y Estados Unidos desde la llegada al poder de Donald Trump, no ofrecía episodio alguno que mostrase la cara risueña del acontecer mundial.

Es verdad que tanto el pelucón gringo como el gordito norcoreano producen cierta risa tanto con su aspecto físico como con sus bravuconadas, pero el riesgo de hecatombe atómica es tan terrible que cualquier intento humorístico se paraliza ante esa eventualidad. En cambio, de tarde en tarde en la escena mundial aparecen personajes y situaciones tan risibles  que hacen quedar cortas las comedias más hilarantes y producen una reducción de la tensión a que nos mantiene sometidos el discurrir planetario.

En este noviembre que termina, lo sucedido en Arabia Saudita, con claras repercusiones en Líbano y otros países árabes, más el extraño cuartelazo en Zimbabwe, entran en la categoría, ya no solamente de lo cómico sino también de lo rocambolesco, entendido como algo fantástico, exagerado o extraordinario que linda con el ridículo o con lo increíble, palabra que viene de un personaje muy popular en la literatura del siglo XIX.

Y es que la renuncia de Saad Hariri al cargo de primer ministro de Líbano, producida el día 4 en la capital de Arabia Saudita, sin duda parece un chiste de mal gusto. Con mayor razón si se tiene en cuenta que se produjo por presión del gobierno del príncipe Muhamad Ben Salman, verdadero hombre fuerte en su país, que le apretó las clavijas a su medio connacional hasta hacerlo renunciar. Hariri tiene tanto nacionalidad libanesa como saudí y es tal vez el hombre más endeudado  del mundo (adeuda varios millardos de dólares, especialmente a sus amigos sauditas. ¡Cuántos quisieran tener siquiera una mínima parte de lo que él debe!).  En esas condiciones presentó su telerrenuncia diciendo que temía por su vida y denunciando los vínculos entre Hezbolá, grupo político-militar del eje de la resistencia que forma parte del gobierno de su país, y el gobierno de Irán.

Empezó a rumorearse que el primer ministro dimitente estaba en prisión domiciliaria en un lujoso hotel en Riad, capital de Arabia. Allí, entre tanto el poderoso príncipe heredero de la casa Saúd, con la cobertura de una supuesta campaña anticorrupción,  arrestaba a miles de miembros de la familia real (que además es realmente numerosa pues se compone de por lo menos siete mil personas) y acusaba a Irán y a Hezbolá de haber dotado al movimiento hutí de Yemén con el misil que este grupo dirigió contra el aeropuerto de Riad en represalia por los ataques de Arabia Saudí a su país. Eso sí, no  mandó sus prisioneros a cárceles comunes sino también a detención domiciliaria en sus palacios o en hoteles, pero negociando su libertad a cambio de que le entregaran al fisco un porcentaje considerable de sus fortunas, mejor dicho la parte del león, porque el pellizco a sus patrimonios ronda el 70%. Curiosa forma de subsanar el déficit fiscal que soporta el reino, ¿ qué necesidad hay de reformas tributarias si con sacudir el árbol genealógico de la familia real y desplumar a algunos de sus integrantes se obtienen recursos jugosísimos?

Como toda buena obra de intriga internacional debe tener un personaje francés, entró en acción el presidente galo, Macron, quien viajó a la península arábiga a tratar de rescatar a Hariri pero no se lo dejaron ver y apenas sí le permitieron tener una conversación telefónica con él, claramente controlada por sus acreedores que, como ya se dijo, ejercían el derecho de retención, pero no sobre sus bienes sino sobre él mismo. De todos modos, cuando se pensaba que la cosa iba para largo,  los gobernantes saudíes liberaron al dimitente al ver que en vez de ocasionar la salida de Hezbolá del gobierno, hicieron que este movimiento saliera fortalecido ya que este grupo y el presidente libanés Michel Aún, no aceptaron la renuncia, pidieron la presencia del primer ministro en su país y denunciaron su retención. Esto, unido a las complicadas negociaciones con sus rehenes y a las dificultades en la guerra que adelantan contra Yemen, obligó a Ben Salman a permitir la salida de Saad, quien aprovechó su libertad para ahí si hablar con Macron en París y agradecerle su gestión.

Parece que en la Ciudad Luz nuestro hombre se acordó de que en Beirut tenía algunas cosas pendientes pero antes se dio una vueltecita por El Cairo, para ver como estaba el ambiente en la Liga Árabe. Allí encontró que si bien esa organización había sacado declaraciones compatibles con las alegaciones de Arabia Saudita contra Irán y Hezbolá, la no asistencia de países claves como el propio Líbano, Siria y Argelia y el rechazo entre amplias capas de la población a la injerencia extranjera en su nación, lo hicieron acelerar su regreso a casa. En la capital del país del cedro, en el marco de evento de celebración de los 74 años de la independencia libanesa (y los ocho días de la suya), reversó su decisión pero aclarando que no revelaría lo que pasó durante el tiempo que estuvo disfrutando forzadamente de la hospitalidad saudí. “Lo que pasó allí lo guardo para mí”, dijo con solemnidad, agregando que le gustaría seguir siendo primer ministro. El presidente le dio el gustico de seguir en el cargo y todo volvió a la normalidad.

Aunque parecería que los dirigentes estatales y políticos le estuvieran haciendo el juego a un joven caprichoso, en realidad el jefe del estado y el liderazgo político de Hezbolá y de los demás integrantes de la coalición de gobierno mostraron gran madurez (de la que parece carecer el renunciante), pues manejaron el asunto con serenidad y firmeza, pensando siempre en los altos intereses de su pueblo, tratando de mantener un delicado equilibrio político y religioso logrado con gran esfuerzo y evitando caer en la provocación en clave de sainete que les querían montar desde otro estado.

La trama de la más truculenta telenovela se queda corta frente a este episodio de intriga en el que faltan muchas cosas  por aclarar, entre otras la suerte de los dos hijos de Hariri que continúan en Arabia, muy probablemente como parte del chantaje al que no parecen haber renunciado los gobernantes sauditas, no solo para garantizar que al menos de vez en cuando el que fue su huésped se aparezca por allá de nuevo, sino también para mantener al mundo en suspenso hasta el próximo capítulo.

Duro de derrocar tres

No menos movida y divertida fue la situación en Zimbabwe (país ubicado en el sur de África, antiguamente llamado Rodhesia del Sur, en su momento uno de los más oprobiosos regímenes coloniales racistas), donde tras varias décadas al mando del estado, salió por la puerta de atrás Robert Gabriel Mugabe, quien había jugado un papel protagónico en la lucha contra la minoría blanca que dominó el país hasta 1980.

Pues bien: el hombre llevaba 37 años en el poder y aunque no estaba cansado para nada pues a sus 93 de edad le sobraban energías para sostener el matrimonio con Grace, 40 años menor que él, y para gobernar el país, pensando en que los ciudadanos tal vez querían una renovación, se puso los 100 años como límite para mantenerse al mando. Cuando ya cumpliera su ciclo (¡y su siglo!), dejaría la presidencia en manos de su joven esposa, que seguiría un poco sardina para sus estándares (pues para entonces sería una mujer sex…agenaria), pero aún seguiría él allí a su lado, acompañándola y aconsejándola generosamente.

Pero ya sabemos de la impaciencia de la juventud  y Grace comenzó a presionar. “Rob, por qué esperar siete años si desde ya puedes nombrarme vicepresidenta para ir cogiendo experiencia y ser presidenta cuando tú llegues a tus adorables cien añitos. Además es justo que descanses un poco y es bueno que de una vez nos quitemos de encima a Mnangawa que no ve la hora de reemplazarte. No es casual que el pueblo lo apode El Cocodrilo porque no hacía sino llorar supuestamente por tu salud mientras los ojos le brillaban de alegría hace poco en el hospital central, a donde tuvimos que llevarte porque quedaste tieso todo el cuerpo por una sobredosis de viagra”.

Con ese argumento, que se unía a la cantinela que le echaba diaria y nochemente sobre el mismo punto al anciano, la cónyuge lo convenció y así el 6 de noviembre el hombre destituyó a su vice, para designar como tal a su compañera de gabinete nupcial. El Cocodrilo, consciente de lo peligroso que es pelearse con la esposa del jefe, buscó aguas más tranquilas en el exterior, con la confianza de que en pocos días le llegaría el momento de desquitarse.

Y ahi fue Troya en pleno corazón del África Austral. ¿Quién dijo miedo? Los rivales de Grace y todos aquellos que querían deshacerse del vejestorio no podían desperdiciar la mesa servida que les brindaba. Nueve días después el mando de las fuerzas armadas saca los tanques a la calle y somete a arresto domiciliario a la reliquia de la lucha anticolonial. Eso sí, con la aclaración muy importante de que no se trataba de un golpe de estado sino de una medida preventiva contra las ambiciones de un círculo perverso que rodeaba y manipulaba al mandatario.

Entre tanto, El cocodrilo desde algún lugar del continente, probablemente a orillas de uno de los grandes ríos de África, pidió la renuncia de Mugabe y dijo que estaba dispuesto a regresar al país para ayudar a resolver la situación. Pero como en el cuento de Monterroso “ el dinosaurio todavía estaba allí”. Robert Gabriel se negaba a renunciar y seguía comportándose como el número uno que fue en las últimas décadas.

Además de la nada despreciable “presión” del ejército, fue necesario que su propio partido, Zanu-Frente Patriótico le quitara el respaldo y lo destituyera del cargo de jefe de la organización argumentando que “se había rodeado de gente criminal”, pero añadiendo que merecía un descanso. Como una patada de ahogado que se volvió en contra suya, Robert Gabriel citó a un Consejo de Ministros buscando una declaración de respaldo y no acudió nadie, se quedó más solo que Pinochet el día del amigo.  Eso sería para cualquiera una revelación de que su poder era ya cosa del pasado. Sin embargo, en la plenitud de su “terca edad” el hombre no daba su brazo a torcer y dijo que si el problema era Grace, que él lo arreglaba echándola a ella. Así de fácil, pero el asunto ya no era un problema doméstico y cuando el legislativo decidió iniciarle un juicio político y la gente salió a las calles a pedir su renuncia, no aguantó más y presentó su dimisión “con efecto inmediato”. Al menos quedó claro que ya no habría más dilaciones en su traumático proceso de salida.

Así llegó el momento para Emerson Mnangawa. Demostrando su gran adaptación evolutiva, regresó triunfante a Harare el nuevo saurio, ya no  restituido en su puesto de segundón, sino al frente del gobierno, como flamante nuevo presidente.

No todo fue malo para el veterano sacado a sombrerazos. En medio de la opereta tuvo tiempo de negociar que no se le juzgará y que se le garantizará un retiro tranquilo, es decir, sin tener que estar escuchando los reclamos de la frustrada vicepresidenta.

Estoy seguro de que se buscará un lugar a prueba de cocodrilos.

 

Triste aniversario

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El 28 de noviembre de 1985 es una fecha a la vez lejana y cercana para mí. Lejana porque son ya 32 años y cercana porque no se borrará nunca del recuerdo personal (y espero que tampoco del colectivo) el día del asesinato del inolvidable dirigente sindical y político Rubén Darío Castaño Jurado, verdadero patriarca del proletariado caldense, ocurrido en Manizales en medio de la feroz cacería a la Unión Patriótica.

Rubén, originalmente obrero tipógrafo amante de la cultura que llegó incluso a incursionar en la poesía, dejó las imprentas para dedicar su vida a la defensa de los trabajadores y a la lucha por la justicia social y la liberación del pueblo colombiano. Así se convirtió en presidente de la Federación de Trabajadores de Caldas y en líder del Partido Comunista a nivel regional y miembro de su Comité Central, llegando a ser integrante del Concejo Municipal, corporación en la que se destacó por ser el vocero natural de la oposición política y de los sectores populares.

Inteligente y sensible, firme y a la vez diplomático, llegó a ser respetado por todos los sectores de la sociedad, incluso por sus contradictores en la lucha sindical y política, al grado que el cabildo local declaró su vida y obra como ejemplo para la ciudadanía y las generaciones futuras.

En momentos en que la Comisión de la Verdad creada a raíz de los acuerdos entre el gobierno y las Farc se dispone a iniciar su trabajo esperamos que haya un espacio para esclarecer toda la trama de este crimen, en el que aparecen comprometidos los mandos del Ejército a nivel del batallón Ayacucho, quienes poco antes, en la nefasta época del estado de sitio realizaron allanamientos a la sede de la Federación de Trabajadores y de la Unión Patriótica en la capital de Caldas, llevándose detenido a Castaño y a otros integrantes de esas organizaciones. Aunque debieron liberarlo junto a sus compañeros el mismo día por la indignación popular y la  carencia total de motivos para la captura, la medida buscó intimidar a la militancia y crear entre la ciudadanía un clima favorable para el asesinato que se consumó en la fecha que hoy se conmemora.

De tantas emociones vividas en esa jornada aciaga recuerdo especialmente un detalle tragicómico: como una tácita confesión de culpabilidad del mando castrense, la guarnición local del ejército fue reforzada considerablemente y al paso del cortejo fúnebre compuesto por varios miles de personas que acompañamos al sacrificado hasta su morada final, había soldados armados hasta los dientes y con el dedo en el gatillo, algunos de ellos montados en la rueda de Chicago de un pequeño parque de atracciones mecánicas que existía en el complejo militar.   Cuando de la multitud empezaron a surgir gritos que acusaban de asesinos a los miembros de las fuerzas armadas, la crispación hacía temer un desenlace trágico, pero los dirigentes de la marcha llamaron a la serenidad, dejando a los guerreros continuar girando en sus vagones con los fusiles al aire.

Con informaciones que nos daban las gentes sencillas se logró vincular como ejecutor material al sargento Herman Londoño Vergara, que cumplía órdenes del Comandante, Henry Bermúdez y del Subcomandante, Alejandro Fonseca. Dado que el sicario tenía como siguiente misión acabar con mi vida, debí abandonar la región y el país por un tiempo, para evitar otro coletazo del magnicidio de quien se convirtió en otro mártir más del pueblo colombiano.

 

Renunciar, si no por ética, por estética

 

Uno de las características más fuertes de la alta burocracia estatal y partidista  en Colombia es la casi absoluta falta de responsabilidad política, la que casi siempre los implicados en escándalos tratan de confundir con la jurídica. Con frecuencia se escucha decir a altos dignatarios implicados en graves escándalos que no renuncian porque la justicia o los órganos de control no los han declarado culpables. Entre tanto, no solamente se atornillan a los cargos sino que dedican sus esfuerzos y los de la entidad que dirigen, a defenderse, cuando no a tratar de influir, a veces indebidamente sobre sus investigadores o juzgadores.

Esta práctica perversa causa un daño severo a la ética pública, a la credibilidad de las instituciones y a la eficacia de la administración ya que hace quedar en entredicho no solo al jerarca respectivo sino a la  entidad correspondiente, cuyo funcionamiento entra casi en un estado de parálisis a la espera de que se defina la situación que enfrenta el directivo.

Esta simple constatación viene al caso a propósito de dos situaciones que se viven al más alto nivel, sin que los implicados se den por enterados, olvidándose de la existencia del verbo renunciar y demostrando que poco o nada les importa la dignidad de la alta misión que se les ha encomendado. Nos referimos a la muerte de ocho campesinos a manos de miembros del Escuadrón Móvil Antidisturbios de la Policía –Esmad-  en Tumaco el 5 de octubre pasado y a las denuncias de la saliente directora del Servicio Nacional de Aprendizaje-Sena-

En el primero de los hechos mencionados, tanto el Comandante del Esmad como el Director General de la Policía y el Ministro de Defensa en un principio negaron la responsabilidad de la fuerza pública y la atribuyeron a la disidencia de las Farc, versión que muy rápidamente se demostró falsa. Pocos días después cuando la policía atacó a una comisión compuesta por delegados de la ONU, la OEA, Gobernación de Nariño, de las organizaciones sociales  y defensores de derechos humanos quedó más claro aún que el ataque fue realizado por integrantes del Esmad.

Aunque el alto gobierno se vio obligado a suspender a unas decenas de uniformados implicados en el crimen y a trasladar a otros, el país sigue esperando que rueden cabezas de los dirigente porque las culpas no pueden quedarse únicamente en los de abajo. El Comandante del Esmad ( Coronel Gabriel Bonilla), el Director de la Policía (General Jorge Hernando Nieto) y el Ministro Luis Carlos Villegas siguen tan campantes como el del wisky Jhony Walker y ni siquiera se tan tomado el trabajo de disculparse con el país por haber dado una versión mentirosa.

¿Y el Presidente? Bien gracias, también tranquilo como si la cosa no fuera con él, como Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y responsable máximo de la fuerza pública.

Aún más incomprensible es la actitud del presidente Santos si se tiene en cuenta que el Esmad viene siendo cuestionado de tiempo atrás por los abusos contra la población civil, entre los que se destaca el asesinato del menor Nicolás Neira en las calles de Bogotá y el del estudiante de la Universidad del Valle Jhony Silva en Cali, ambos ocurridos en 2005, por los que la  justicia declaró responsable a la Nación y ordenó las indemnizaciones respectivas.

A propósito de ese segundo homicidio, en la fecha de su ocurrencia en la capital del Valle, quien dirigió el operativo fue el ahora  comandante nacional del Esmad, Coronel Bonilla. Los padres del muchacho sacrificado dirigieron recientemente al Presidente y al Director de la Policía un derecho de petición solicitando que el mencionado oficial sea retirado del servicio,

Poco habría que añadir a las sentidas palabras de estos ciudadanos movidos por una justa indignación y el sentido de justicia: “Es inadmisible que en el marco de un Estado Social y de Derecho, que tiene como base y principio la dignidad humana, se proteja y promueva en cargos públicos a personas que con sus actos han permitido, tolerado o promovido una ‘grave falla en el servicio’ en la Policía Nacional … El teniente coronel Gabriel Bonilla González fue el encargado de dirigir las unidades que ocasionaron la muerte del joven Jhonny Silva Aranguren, es claro que su ejercicio del mando se dio de una manera abiertamente irregular del ejercicio de la fuerza policial, dado que, según se acreditó, miembros del Esmad dispararon de forma intencional y deliberada en contra de la humanidad de los manifestantes”.

Igual irresponsabilidad y falta de vergüenza se observa en el lamentable episodio de la declaratoria de insubsistencia de la Directora del Sena, Andrea Nieto, retirada por la puerta de atrás por haber denunciado las numerosas irregularidades que halló en la institución, que atribuye a su antecesor en el cargo, Alfonso Prada, el ahora todopoderoso Secretario General de la Presidencia. No son de poca monta las acusaciones: montar una red de nepotismo y corrupción que incluye el nombramientode numerosos parientes y violaciones a las normas sobre contratación.

Si el gobierno perdió la confianza en Andrea Nieto, ¿por qué sí la sigue teniendo con Prada, que aparece comprometido muy seriamente, al grado que su denunciante no se basa solamente en opiniones sino en una frondosa documentación que aportó a la Fiscalía?

Es entonces cuestión ya no solamente de ética sino de estética que esos personajes tan seriamente cuestionados den un paso al costado y si no lo quieren hacer voluntariamente, que sean retirados por el nominador. No tiene ninguna presentación que los señores Gabriel Bonilla, Jorge Hernando Nieto, Luis Carlos Villegas y Alfonso Prada, sigan sin mancharse ni romperse en sus puestos, mientras la cacofonía gubernamental sobre lucha contra la corrupción, “urnas de cristal” y otros lemas vacíos aumenta hasta la náusea.

¿Dónde está el control político que debe ejercer el legislativo sobre el ejecutivo? Es más necesaria que nunca una moción de censura y un debate en el Congreso en el que además de las responsabilidades políticas se cuestione la existencia del Esmad, organismo que debe ser disuelto para dar lugar a otro que sea respetuoso de los derechos humanos y de la protesta social. También hay que rescatar al Sena de las garras del clientelismo y la corrupción y permitirle que cumpla su función educativa  rescatando su naturaleza de ente especial y modificando la forma de designación de su director o directora para que en ella intervengan los delegados de los trabajadores y los empresarios, con cuyos fondos se nutre la entidad y no sea una ficha más del jefe máximo del sistema que es el presidente.

 

Test básico de cultura general

Armónicos de Conciencia...: Ingeniería Inversa del Cerebro (probablemente hacia el 2050)

Test básico de cultura general

Por Ramon Salas Nomar, El Palindrómico Hipergonádico. Magister en sofrología educativa evolucionista y transustanciación ultraconceptual por succionamiento avícola. Autor de los libros La banalidad del banano (Ediciones Augura, Apartadó 1995), Aplicaciones prácticas del conocimiento inútil (Egg nothing editions, 2009), La desnutrición de las nutrias (Edizioni Ovo Niente, 2010), Recuerdos de mi alzheimer (no puede precisarse la fecha de edición) y Prolegómenos a una aproximación propedéutica del metarrelato de la acreditación, este en coautoría con Frantisek Ximenovic (Coedición Datacrédito – Universidad Autónoma 2011).

Este sencillo cuestionario mide el nivel de cultura básica. Parte de lo más simple a lo complejo pero algunas de las preguntas pueden ser menos fáciles de lo que parece. Adelante, genios, a desempolvar neuronas y ¡buena suerte!

1.El segundo apellido del político Álvaro Gómez Hurtado era:

a. Enríquez

b. Álvarez

c. Hurtadez

d. Hurtado

2. El caballo blanco Palomo de Bolívar era:

a. Roano.

b. Zaino

c. Albo

d. Negro

3. Los nacidos en Solita (Caquetá) son conocidos como:

a. Soliloquios

b. Solitenses

c. Solitarios

d. Solípedos

4. El síndrome de Down fue descubierto por:

a. Lila Downs

b. John Langdon Down

c. Down Hill

d. El medico mongol Baterdene Daun

5. La emisora Bésame es:

a. Deportiva

b. Cultural

c. De música tropical

d. Romántica

6. Rudolf Von Uter podría ser:

a. Un ginecólogo alemán

b- Un criminal de guerra nazi

c. Un espeleólogo

d. Un seudónimo de Jorge Luis Borges

7. La cunicultura es

a. Una cultura basada en caracteres cuneiformes.

b. La práctica del cunilingus.

c. La cría de conejos

d. La construcción de cunas

8. El suicidio es definido como:

a. Matar un suizo

b. Cosa o situación sui generis

c.La autoeliminación.

d. Un sida muy singular

9. Alí ben Humor es:

a. Hermano de Alí Babá

b. Tío de ben Laden.

c. Personaje de David Sánchez Juliao

d. Padre de Alí Humar

10. Sai Baba es:

a. El inventor de las babosadas

b. Científico especializado en el estudio de las babosas.

c. Gurú o guía espiritual hindú

d. Científico dedicado al estudio de los babuinos.

11. El emperador Julio César fue asesinado por:

a. Tirano

b. Negligente

c. Corrupto

d. Bruto

12. Una sacerdotisa del amor tarifado es:

a. Devota de una religión babilónica.

b. Prostituta

c. Virgen de un templo romano

d. Tesorera en un lupanar

13. Arantxa Etcheverry Uruburu es un nombre

a. Vasco

b. Eúskera

c. Todos los anteriores

d. Ninguno de los anteriores

14. Los miembros de número de la Soberana Orden del Pétalo Rosado son:

a. Botánicos aficionados.

b. Gueis.

c. Aristócratas ingleses.

d. Integrantes de una sociedad secreta.

15.Las piedras del Tunjo, llamadas por muchas personas “Las piedras de Tunja”, están situadas en:

a. Buenaventura.

b. Sogamoso.

c. Facatativá.

d. Tunja

16. La Revolución de Octubre (que cumple en este 2017 cien años) se conmemora en el mes de:

a. Febrero.

b. Septiembre.

c. Octubre.

d. Noviembre.

17. Indhira Gandhi era hija de:

a. Mahatma Gandhi.

b. Mao Tse Tung.

c. Ahmed Sukarno.

d. Jawaharlal Nehru

18. La bigornia es:

a. Un mantra creado por José Obdulio Gaviria.

b. Un yunque de dos cuernos.

c. Una blasfemia.

d. Un instrumento para medir el índice de migración interna.

19. El can can es:

a. El padre del Gran Kan.

b.  El hijo del Gran Kan.

c. Un baile para dos perros.

d. Un baile de los cabarets parisinos.

20. Miguel, Guido y Manuel son:

a. Un trío de boleristas

b. Los primos Nule.

c. Los Ñoños del departamento de Sucre.

d. Los sobrinos del Pato Donald

21 Roma fue fundada por:

a. Romeo y Julieta.

b. Rómulo y Rémulo.

c. El indio Rómulo.

d. Rómulo y Remo.

22. La halterofilia es:

a. El levantamiento de pesas.

b. El estudio de los estados alterados.

c. La alteración de pesos y medidas.

d. El amor por los santos

Puntuación:

De uno a seis: nunca es tarde para volver a la escuela primaria.

De siete a  trece: tal vez no fue buena idea hacer el bachillerato por radio.

De catorce a veintidós: felicitaciones, tienes el nivel suficiente para entender las telenovelas.

 

Luz de esperanza con el Nobel de Paz

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Es sorprendente que una noticia de la mayor importancia para la humanidad como es la concesión del Premio Nobel de Paz 2017 a la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN) no recibiera el despliegue que merece. Es verdad que todos los días hay noticias graves en el campo internacional pero el peligro nuclear es, de lejos, el asunto más importante para el mundo desde que se crearon las armas atómicas. Literalmente, se trata de un tema de vida o muerte que debería ocupar el primer lugar en la agenda de todos los pueblos y gobiernos y en consecuencia, de la prensa.

Sin embargo, no es así y apenas se registró como un hecho más, y no en las primeras páginas el otorgamiento de este galardón a una organización internacional que agrupa a varias ONGs de un centenar de países, que en palabras del comité noruego que lo concedió, lo recibió “por su trabajo para llamar la atención sobre las consecuencias humanitarias catastróficas de cualquier uso de las armas nucleares y por sus esfuerzos innovadores para lograr una prohibición basada en tratados de tales armas”.

Además de la labor sostenida de esta coalición por varios años, se reconoce su papel en la promoción e impulso del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares que la gran mayoría de los países miembros de la ONU adoptó en julio pasado con el voto mayoritario de 155 países y el lamentable rechazo de los estados que tienen armas nucleares.

Justo es recordar que hay un país que también debería compartir este premio. Se trata de las Islas Marshall, que un acto sumamente trascendental demandó hace más de dos años a los nueve estados que tienen armas nucleares, por violar el Tratado de no Proliferación de las Armas Nucleares. Este gesto de un david surgido de la lejana Polinesia, erguido dignamente contra los nueve goliats atómicos tendría que haber sido reconocido al mismo nivel de los miembros de la ICAN, pero de alguna manera en el premio también está representado el enorme valor de la demanda presentó ante la Corte Internacional de Justicia de la Haya por su gobierno, a nombre de su pueblo que ha sufrido durante largos años las consecuencias de haber sido un polígono para los ensayos atómicos de los Estados Unidos de América.

Además de celebrar este justo reconocimiento, la tarea del momento por parte de todos los pueblos y organizaciones sociales del planeta es incrementar la movilización y exigencia para que todos los estados, especialmente los más obligados a ello que son los que tienen estos instrumentos de muerte masiva, suscriban el nuevo tratado para que el mundo por fin se libere de la pesadilla nuclear. El Capítulo Colombia del Consejo Mundial de la Paz, que está en proceso de reconstitución, tiene un amplio campo de trabajo a desarrollar en esa dirección.

Beatrice Fihn, directora de la ONG Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares..

Beatrice Fihn, directora de la ONG Campaña para la Abolición de las Armas Nucleares-ICAN- (Foto tomada de Getty Images).

Saludo a los magistrados de la paz

Libertad, La Justicia, La Paz, Aves

Lo perfecto es enemigo de lo mejor. El Comité de Escogencia de los magistrados que integrarán el Tribunal de Paz y las salas de la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) hizo en líneas generales una buena elección y así bien hay algunos nombres que deben mirarso con cuidado (los exjueces de la justicia penal militar y algún exmagistrado de la Corte Constitucional que ahora defiende multinacionales del carbón), quedó integrado un cuerpo con diferentes visiones y trayectorias. Cabe destacar la alta representación de las mujeres, de las regiones y, especialmente el nombramiento de cuatro juristas indígenas. Igualmente, es de saludar la presencia de varios defensores y defensoras de los derechos humanos,  de  víctimas o de presos políticos, entre ellas Nadiezda Henríquez, hija de un desaparecido, Reinere Jaramillo, Sandra Gamboa y Pedro Mahecha. Ello no significa para nada sesgo, sino por el contrario, compromiso con los objetivos y naturaleza de esta forma especial de justicia.

En todo caso, se marca un contrasta con la manera amañada y muchas veces corrupta como se han elegido los miembros de las altas cortes, hoy hundidas en el pantano del desprestigio a causa precisamente de esas situaciones y de hechos realmente vergonzosos que han dado lugar a que algunos magistrados estén hoy entre rejas y muchos en capilla, “con la toga al cuello”.

Expreso pues mi esperanza en que la JEP, en cabeza de los designados, tenga un desempeño acorde con los acuerdos de paz y con que se imparta una justicia restaurativa que contribuya a la reconciliación de los colombianos.

A juzgar por las declaraciones publicadas en la prensa nacional,  los magistrados de origen indígena Juan José Cantillo Pushaina (wayuu), Belkis Florentina Izquierdo (arhuaca), Ana Manuela Ochoa(kankuama) y José Miller Hormiga (totoró), no solamente estarán a la altura de las expectativas que se tienen sobre este alto tribunal, sino que aportarán las visiones de la vida y de la justicia que tienen los pueblos originarios, Castillo Pushaina enfatizó la necesidad del diálogo intercultural. Belkis recalca que los sistemas de justicia indígena, como claro ejemplo de un derecho restaurativo son un gran aporte para la construcción del modelo de justicia transicional, en cuanto tienen un enfoque integral y holístico que permite representar la diversidad y distintas formas de comprender la justicia, la verdad y la vida.

 

Por su parte, Ana Manuela tiene muy claro que la implementación de la JEP  esté articulada con la Justicia Especial Indígena, que es reconocida por el derecho colombiano. Finalmente, Hormiga sostiene que su conocimiento del derecho propio, el origen de los usos, costumbres y procedimientos de las comunidades le permitirá actuar como maigstrado en el cumplimiento de los estándares internacionales y en coordinación con las dos jurisdicciones, buscando que haya garantías tanto para las víctimas como para los procesados con un nefoque diferencial étnico.

 

A ellos, así como a los demás escogidos, nuestra felicitación y los mejores deseos en la importante labor para la que fueron designados.

 

 

 

Un hombre de palabra

 

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Manizales, llamada por un poeta local “la colina iluminada”, aparece en mi memoria, a fines de los años cincuenta repleto de verdor, con pico y placa climático porque un día brillaba el sol y al otro, la niebla le daba un aire misterioso al paisaje. A horcajadas sobre la cordillera central, coronada por las cúpulas blancas del Nevado del Ruiz, de su hermanos menores Santa Isabel y El Cisne,  y del paramillo de Santa Rosa, de nevedad ocasional, la urbe era un puente entre la tierra fría y las tierras medias que descienden suavemente hacia las comarcas ardientes de la vega del Cauca. En las cumbres hielo, volcanes y alturas de vértigo, en la mitad tibio aroma del más suave café y abajo fragante torridez de dulce caña surcada por uno de los ríos bravíos de la patria.

Vivíamos en un barrio suburbano donde se abrazan la ciudad y el campo y las casas contaban con amplios solares en los que abundaban las brevas, tomates y otras frutas de clima frío. Mis primeros recuerdos me retrotraen a una amplia vivienda de bahareque siempre llena de gente, bullente de vida como una colmena, con personas de todas las edades. La familia se componía de los padres, ocho hermanos, cuatro tíos que se quedaron a vivir con nosotros y siempre había dos o tres primos o primas que pasaban largas temporadas.

Veo entre la bruma de los años a mis padres contando a la chiquillada historias de espantos y brujas y al único abuelo que conocí, un hidalgo venido a menos, sentándome en sus piernas para narrarme las aventuras de “Tío conejo” y otros personajes del folclor tradicional como La Patasola, La Madremonte, El Duende y otros que creía eran tan reales como las personas de carne y hueso.

Maravillado con los juegos de palabras, con frecuencia pasaba horas escuchando en los parques a uno de los tantos  culebreros que iban de pueblo en pueblo y mantenían a la audiencia alelada con su palabrería y que haciéndose pasar por indios o extranjeros,  sin disimular o más bien enfatizando el acento paisa, decían tener el remedio para todos los males. Recuerdo que mientras manipulaba y simulaba hipnotizar a un gran reptil, a la voz de “quieta Margarita”, uno de estos personajes se presentaba como “El indio, culebrero, yerbatero del eje cafetero y de antioqueños descendiente, enamorador, trovador y bohemio, con carriel, poncho y sombrero, inventor del andar parao, que hizo de pa’ arriba la pendiente,  puso el occidente frente a oriente, y norte y sur las puso a lao y lao. Brujo de Manzanares, primo hermano de Satanás, de curarlo soy capaz y si tiene algún maleficio, curar males del corazón y lepras es mi oficio sin ningún sacrificio.”

Al hechizo de la oralidad se sumó muy pronto la magia de la palabra escrita. Mi padre, que a duras penas había cursado segundo de primaria pero que desarrolló una impresionante formación autodidacta que lo llevó incluso a ser diputado departamental, leía incansablemente libros y periódicos. Esto me hizo ver como algo natural el leer y escribir. Sentía envidia al ver a mis hermanos mayores salir contentos a estudiar portando orgullosos sus cajas de colores y cuadernos. Mi impaciencia por entrar a la escuela era cada vez mayor, presioné a mi madre para que fuera a matricularme a pesar de que formalmente no se podía pues cumpliría los siete años en marzo y el año escolar comenzaba en enero. Grande fue mi decepción cuando me dijo que los profesores no aceptaron matricularme, no recibían a nadie antes de la edad reglamentaria, pero no me resigné y el día del comienzo de clases me escapé de la casa y me colé en las aulas sin estar matriculado. Ingenuamente pensé que dando otro nombre no habría problema, sin pensar que la suplantación, por lo demás de alguien que tampoco se había registrado formalmente, era mucho más grave.

Lo importante era que estaba estudiando y las palabras impresas empezaban a revelarme sus secretos. No me limitaba a verlas en las hojas de cuaderno y en los libros de lectura. Las veía y leía en todas partes y donde estuvieran ya eran mis amigas. En las vacaciones de Semana Santa de ese primer año de escuela avancé en la lectura en casa de una tía que vivía en el campo. Ella y su esposo eran profundamente católicos (su luna de miel en una casa cural, estrictamente supervisada por un sacerdote de confianza es parte de la historia familiar), tenían su casa llena de estampas sagradas y todos los días rezaban el rosario. No había muchos libros, apenas sí la Biblia, un catecismo y algunas vidas de santos, pero quizás el respeto que en mi casa se tenía por los libros y el ambiente de devoción que se vivía en la finca de la tía hicieron que la lectura fuera casi una experiencia religiosa. Aún resuenan en mi memoria las lecturas que hacía largas horas en el suelo de los periódicos puestos para secar el piso y se revive ese otro sortilegio de ver letras en idiomas extraños al ver que en pedazos de cajas en las que venían ayudas provenientes del programa Alianza para el Progreso encontraba leyendas como “This side up” o “Donado pelo povo dos Estados Unidos”.

Mi madre, sorprendida gratamente por mi incorporación voluntaria a la escuela, creyó mi versión de que había sido inscrito por una vecina que tenía varios hijos en la misma institución, mimetizándome con el nombre de uno de ellos. Hacia mitad de año, cuando en un recreo, “Melcocha”, mi compañero de pupitre me llamó por mi nombre, el profesor Roosevelt Quintero, me preguntó alarmado:  “¿ Por qué te dice Jaime si eres Gustavo?”. No tuve más remedio que contarle la verdad y mi temor de que fuera a expulsarme se disipó cuando dijo: “Dile a tus padres que vengan, que tenemos que hacer de nuevo los papeles pero no faltes a las clases, no me voy a deshacer de un alumno que sí aprovecha lo que se le enseña”. Mi madre también me apoyó, aunque con una salvedad. “Eso sí, más que por matricularte a escondidas, me disgusta que hayas escogido el nombre de un Idárraga, esa familia de delincuentes que siempre tiene a uno de sus miembros en la cárcel, acuérdate que hay como dos en Gorgona que es a donde llevan a los asesinos, más bien son Idarragángsters. ¡ Mi hijo Gustavo Idárraga, por Dios!”

Me pareció que mamá no era justa con el amigo del cual tomé el nombre y que exageraba pero cuando al poco tiempo asistimos al velorio de Óscar, un miembro de ese clan, muerto en un operativo policial en el que se intentaba rescatar a una persona secuestrada por él y luego presencié episodios que involucraban a otros hermanos suyos, a veces en atracos o peleas con armas entre ellos mismos, me di cuenta de que la aprensión de Ofelia era totalmente justificada. Pero qué le vamos a hacer, así es la vida y por un tiempo llevé inocentemente ese apellido; situación que espero no haya sido registrada por los organismos policiales y que decenas de años después, dadas otras hazañas de esos vecinos, todavía me preocupa.

Feliz de haber retomado mi identidad y de estar legitimado en el estudio me disparé más en mi amor por la palabra cuando mi padre, por esos primeros años de educación elemental, me contagió su entusiasmo por la palabra en función política y de denuncia de las injusticias sociales. Aún estaban frescas las heridas de la guerra civil española y de hechos dramáticos en América Latina y en eventos político-culturales me ponía a leer poemas en homenaje al bardo español Federico García Lorca o al prócer Augusto César Sandino.

Sin salir físicamente de la capital de Caldas, me transportaba a las vegas de Andalucía al  recitar:

 “Mataron a García Lorca, por las calles de Granada gitanos pesares lloran/ se durmieron los claveles en su herida fresca y roja/hay un gemir de guitarras en tono de cuerdas roncas/malaya los que mataron al poeta García Lorca …”.

También estaba espiritualmente en un hermano país centroamericano al declamar en público en actos partidarios:

“Por tierras de Nicaragua ya mataron a Sandino/lo mataron malamente lejos de los agrios riscos/donde ayer no más flameaban sus banderas de heroísmo/por tierras de Nicaragua galopan los asesinos/hacia una noche de bosques perseguidores de olvidos/y veinte mil generales de bigotes retorcidos/y espadas que son de acero pudiendo bien ser de vidrio/se sienten más generales desde que murió Sandino”.

Así pasaron los años, siempre acompañado de la lectura de alguna obra literaria que me mostraba escenarios y personas distintas a la vida cotidiana, hasta cuando, ya iniciando la tercera década, un episodio dramático me demostró hasta qué punto la literatura era parte esencial de mi existencia.

No era solamente la literatura, las palabras cruzadas también empezaron a ser parte indeleble de mis hábitos y una gran compañía, en las largas horas de espera en las filas que se formaban para ingresar a los almacenes del Instituto Nacional de Abastecimiento  -INA- a donde era enviado para comprar a precio favorable los productos de la canasta básica.

Los 80 fueron años turbulentos en los que los diálogos de paz entre el gobierno de Belisario Betancur y las Farc-ep sucumbieron ahogados en sangre al darse el exterminio de la Unión Patriótica, movimiento político surgido al calor de esos acuerdos como una vía para la inserción en la legalidad de los alzados en armas. Fui elegido diputado por esa agrupación y a partir de ahí el riesgo de muerte fue cada vez más inminente. La denuncia de los asesinatos de compañeros y amigos y la presencia en sus sepelios copaba la mayor parte del tiempo y la amenaza siempre estaba latente. Fueron varios años de tensión casi insoportable en los que en algunas ocasiones los asesinos llegaron a estar al frente de mi casa o muy cerca de lograr su objetivo. Muchos factores contribuyeron a que saliera ileso de esa situación, entre ellos la solidaridad  de muchas personas que me protegieron o me avisaban de situaciones peligrosas, pero también, de alguna manera estuvieron las letras dándome consuelo y compañía.

En los pocos momentos de relativa tranquilidad que podía tener, las aventuras narradas por Julio Verne en los más exóticos escenarios del planeta, las desventuras del ingenioso hidalgo manchego, los personajes de Dostoyeski, los piratas de la Malasia de Salgari, los escritores del boom latinoamericano, los costumbristas y humoristas colombianos Tomás de Carrasquilla, Rafael Arango, Eduardo Londoño, entre otros muchos autores, me hicieron más llevadera la situación y me mostraron que el drama del ser humano es el mismo en todas las épocas y países.

Serpientes en acción

Ya estaba por derecho propio en la lista de condenados, pero el declarar ante los jueces que investigaban el crimen de un destacado dirigente obrero develando cómo estaban comprometidos los mandos del batallón local hizo que los planes para mi eliminación se aceleraran. No fue solamente ante la justicia sino también ante la opinión pública que di a conocer cómo el suboficial Herman Londoño Vergara había asesinado al líder sindical y exconcejal Rubén Castaño, como parte de una misión ordenada y supervisada por el coronel Henry Bermúdez Flórez y el mayor Alejandro Fonseca Jamette, primero y segundo comandantes del ejército en el departamento. El coronel, de mediana estatura y complexión gruesa, tenía gafas redondas, pelusilla a modo de bigote y dientes de roedor que le daban un aire de Himmler criollo. El mayor, alto y atlético, de fría mirada reptiliana, siempre caminaba con las manos separadas del cuerpo como en los duelos del lejano oeste, listas en todo momento a tomar una gran pistola que portaba en la espalda a nivel de la cintura.

Por fortuna las autoridades civiles me dieron alguna protección que aunque limitada, tenía cierto efecto simbólico y disuasor. Hasta ese momento únicamente me acompañaba durante los desplazamientos entre la casa, la sede partidaria y la oficina, solamente armado de valor, Hernán Toro, amigo que por la época estaba desempleado y que por esas mismas calendas murió de un cáncer de estómago que lo consumió velozmente después de devorar en varios días de comilona buena parte de una vaca fulminada por un rayo.

Por esos días en una prestigiosa publicación capitalina salió una nota sobre el número de personas que trabajaban en la protección de otras y se señalaba cómo en ese punto se veían las grandes diferencias sociales que iban desde un cuerpo de escoltas de 32 personas en autos blindados y cuatro motos para el industrial más rico del país, hasta el modesto político de provincia que tiene que recurrir a los servicios por horas de un policía retirado o de un boxeador en decadencia. Salí de esa última categoría por la muerte de mi cuidador (que en su mejor momento se había desempeñado como agente de policía y pugilista aficionado) y porque el gobierno me asignó a Silvio, escolta policial que ejerció de ángel de la guarda en los momentos más oscuros de la conspiración en contra del partido al que pertenecía. Esa protección se reforzó con el apoyo que me brindó Juan Carlos, amigo personal a quien por su conducta de gigoló italiano llamaba Gian Carlo, el cual por esa época me sirvió de conductor-guardaespaldas. Por lo demás esto, amén del alto riesgo ya implícito, le atrajo también una fuerte amenaza que se expresó en un sufragio enviado a su vivienda en el que invitaban a sus funerales y a los de su jefe, remitido “atentamente” por quienes se identificaron como “los sicarios”.

Además el gobernador, Fortunato Gaviria, escribió al comandante del batallón pidiendo que se diera trámite a mi petición de venta de un arma de defensa personal, a lo que los uniformados se habían negado en tres ocasiones. Una tarde que acudí a la boca del lobo para inquirir si finalmente se había aceptado mi solicitud, el mayor Fonseca, en rígida posición marcial  en la que resaltaba el pistolón que era parte de su personalidad, me saludó con sorna diciendo “bueno doctor, por la carta del gobernador le vamos a vender un revólver pero usted va a necesitar es metralleta”.

Una tarde en que el calor apretaba, en la vereda Alto del Guamo, el suboficial Londoño escuchó los gritos desesperados de una mujer que pedía ayuda desde el interior de una casa. Al acudir vio a una joven presa del pánico porque una enorme serpiente de cascabel se acercaba a la cuna en que dormía plácidamente un bebé. El hombre mató al ofidio y sudoroso procedió a refrescarse con la limonada que le sirvió la madre de la muchacha, que al instante había aparecido con otros parientes. En el clima de fraternidad creado por el suceso, el militar informó que estaba en misión especial y al observar en la pared carteles con fotos de diferentes políticos, entre ellos una mía, les preguntó si eran mis amigos. La dueña de casa, Alba Griselda García, destacada dirigente comunal, enfermera y abnegada servidora de su comunidad, le respondió que la iban bien con todos los partidos desde que le ayudaran a la sociedad, que ellos no tenían preferencia, que eran bienvenidos los políticos que llegaran con buenas intenciones, que  la gente debía escoger libremente y que además yo les había colaborado en un trámite de servicios públicos.

Herman les dijo que eso no estaba mal, que siguieran relacionándose con los demás partidos pero que Jaime Jurado y los de la UP eran de la guerrilla y lo iban a matar, que trataran con cualquiera menos con esos y que mejor les sirvieran de  informantes. Los anfitriones le dijeron que no sabían escribir, pidiéndole que escribiera sus datos en un cuaderno que tenían para registrar a todos los visitantes y así lo hizo, dejando plasmado de su puño y letra su nombre y los teléfonos del batallón de Manizales y de otro de Buga a donde iba a veces en comisión.

Al día siguiente la señora García se hizo presente en mi oficina muy alarmada, con el cuaderno en su mano me refirió el hecho y me acompañó para testificar ante las autoridades. Al hacerse pública la denuncia la solidaria campesina también fue amenazada y recibí información fidedigna que daba cuenta de que sus superiores en las fuerzas armadas oficiales reprochaban al subalterno por haberse dejado detectar en esa forma pero le prometieron una pensión especial anticipada si cumplía la misión encomendada.

Al ver que el panorama, lejos de mejorar se hacía peor cada día, que constantemente caían importantes dirigentes del movimiento, entre ellos el líder principal y candidato presidencial Jaime Pardo Leal y que el entramado criminal contaba con importantes componentes en el aparato estatal, a lo que se añadía que en mi caso específico uno de mis sicarios, con quien a esas alturas puede decirse que ya tenía una relación casi personal, me respiraba en la nuca, “por motivos de salud” a comienzos de 1988 abandoné el país con rumbo al Uruguay. Antes de salir de Colombia me desplacé con Gian Carlo a Bogotá, dejándolo integrado al equipo de seguridad del líder de la UP, Bernardo Jaramillo Ossa, también amigo y coterráneo, en ese momento el hombre más amenazado del país y asesinado dos años después.

Como ya el sentido del tiempo era otro, no tomé una ruta directa hacia el país oriental sino que decidí hacer el camino por Brasil, Paraguay y Argentina, recorriendo primero el río Amazonas desde Leticia hasta Manaos. Como siempre, iba con libros, entre ellos el de moda en el mundo, La perestroika de Mijail Gorbachov, así como una carta de la Unión Patriótica de Colombia dirigida a los líderes del Frente Amplio del Uruguay pidiéndoles que me apoyaran en mi estadía en ese país.

Preso en el extranjero

Recorrí Brasil con la emoción de conocer a nuestro gran vecino, tan lejano y cercano a la vez y cuando me presenté en la frontera paraguaya en la ciudad llamada en ese entonces Puerto Stroessner, sin ser culpa de ellas, las palabras me jugaron una mala pasada. El país era regido desde 1954 por el decano de los dictadores latinoamericanos, Alfredo Stroessner y todo lo que oliera a izquierda era perseguido severamente.

–Este libro no pasa ni a kilómetros de aquí- rugió uno de los aduaneros que revisaba mi equipaje mientras me miraba con gesto adusto.

En ese momento solo lamenté que no había terminado su lectura y pensé que la pérdida monetaria de lo invertido en Perestroika no era muy grande pero inmediatamente se demostró que mi cálculo era muy ingenuo y que estaba lejos de reconocer la dimensión tan peligrosa que tomó el asunto. Al momento el hombre fue acompañado por otros que hablaban entre ellos en guaraní (idioma que además del español habla la mayoría de la población), que procedieron a esposarme sin dar ninguna explicación. La única frase que dijeron en castellano fue referente a que habían capturado un pez gordo cuando vieron el carnet de diputado de Caldas, debido a que en otros países se llama diputado al miembro de una de las ramas del legislativo nacional, la Cámara baja. Internamente me reí ante la ironía de que me consideraran pez gordo, cuando mi peso apenas sí sobrepasaba los 60 kilogramos. Luego fui llevado al primer batallón de frontera para ser conducido ante un general que evidentemente era la máxima autoridad de la guarnición.

El alto oficial me preguntó si efectivamente pretendía ingresar  a su país con literatura subversiva. Le respondí que estaba entrando legalmente, que la obra Perestroika estaba permitida en Colombia y era de gran actualidad en el momento por los cambios que estaba introduciendo su autor en la Unión Soviética. Más tranquilo el hombre inquirió mi opinión sobre Gorbachov, ante lo cual le dije que me parecía un político muy valiente al reconocer las fallas que presentaba el sistema del que era dirigente máximo y especialmente por sus planteamientos de la necesidad de que los líderes de todos los gobiernos pusieran los intereses generales de la humanidad (entre ellos el riesgo de catástrofe nuclear, la crisis ambiental y la pobreza global) por encima de los conflictos nacionales y de clases.

El general, cuyo bigote a lo Dalí llegaba hasta las orejas y le tapaba casi todo el rostro, escuchaba con interés mi respuesta pero de un momento a otro pareció recobrar su carácter de represor y me increpó vociferando “de modo que usted es un estudioso de la filosofía marxista”, a lo que repliqué “no general, simplemente soy una persona inquieta por los problemas del mundo y  miembro de un partido legal en mi país que busca conocer otras experiencias”. Nuevamente calmado me informó que se me tomaría una declaración y se decidiría al día siguiente qué hacer conmigo.

La declaración fue rendida ante un escribiente que se limitó a hacer preguntas sobre el motivo de mi presencia en su tierra y a la vez siempre di las mismas respuestas sobre que era miembro de un movimiento legal, que salía de Colombia por las amenazas e iba a Uruguay para radicarme allí un tiempo, que si tuviera algún problema con la justicia el gobierno de mi país no me hubiera expedido un pasaporte ni me hubiera permitido salir y solicitaba que se me permitiera entrar en contacto con la representación diplomática colombiana.

No hay respuesta. Silenciosamente me doy cuenta que soy uno más de los detenidos-desaparecidos de la dictadura. Estoy dos días en el cuartel pero no en celda ni esposado sino en una relativa libertad dentro de sus instalaciones, de las que desde luego no se me permitía salir. En algún momento siento agitación y bulla en la puerta de entrada y noto que afuera algunas decenas de civiles gritan y reclaman. Tanto por el contenido de sus protestas como por la información que me da uno de los centinelas me entero de que se trata de vendedores ambulantes que no protestan contra el gobierno en sí mismo sino que piden mejores condiciones y que se les deje trabajar en las calles. Noto que la dictadura ya no las tiene todas consigo y que aunque tímidamente, el pueblo ya empieza a levantar la voz.

Al mismo tiempo, como una epifanía, aparecen una vez más mis viejas amigas las palabras. Siento que de alguna manera acuden de nuevo en mi ayuda. En un diario que tomo furtivamente aprovechando un descuido de la guardia me entero de un conflicto diplomático entre Colombia y Paraguay debido a que en la residencia de nuestro embajador, Vicente Martínez Emiliani, se ha refugiado el capitán Napoleón Ortigoza pidiendo asilo diplomático. Este exmilitar había cumplido 25 años de prisión, acusado injustamente del asesinato de un alférez que presuntamente podía delatar un supuesto complot contra el dictador. No obstante haber cumplido la larga condena y ser liberado de la cárcel, en la práctica se le tenía en arresto domiciliario porque siempre había agentes secretos afuera de su residencia que le impedían salir. Entonces un cuñado suyo, Hermes Saguiar, miembro del partido Febrerista, uno de las agrupaciones políticas distintas al oficial partido Colorado que empezaban a salir a la luz, lo sacó de su encierro escondiéndolo dentro de una furgoneta de una empresa de limpieza y lo llevó a la residencia de nuestro representante diplomático.

Siento en ese momento que mi suerte y la del capitán pueden estar ligadas y que alguien en el gobierno podría pensar que la captura del que creían era un pez gordo en algún momento pudiera ser una carta a jugar en el impase diplomático creado por la presencia del exoficial en territorio jurídicamente colombiano. Ya tengo un dato que eventualmente puede ser útil. Sobra decir que me habían confiscado los libros y no tenía a mano ningún material de lectura ni de escritura y que todo ahora debía quedar en la memoria por lo que retuve como un tesoro el nombre del representante del país.

Tres días después soy conducido sin explicaciones a un auto Volkswagen, de nuevo con las manos esposadas, en medio de dos miembros de los servicios secretos. No me dicen nada ni responden a mis preguntas de qué pasará conmigo y a donde vamos. No sé si juegan al viejo truco del bueno y el malo o si simplemente esas son sus personalidades, pero uno de ellos es más amable y al menos no me mira con odio, mientras el otro no disimula para nada su desprecio. Pocas cuadras después del fuerte militar veo que la carretera se abre en dos: por una parte conduce al oriente, al Brasil y por la otra tiende al occidente, al interior de Paraguay. El corazón me palpita con fuerza implorando en silencio que el auto se encamine al este porque significaría que me devuelven al país desde donde ingresé, en tanto cualquier otro rumbo implicaría mi eliminación o por lo menos prolongar la detención. Los segundos se hacen eternos y creo sentir alguna esperanza cuando el “malo”, cuarentón gordo y alto de cara rubicunda, parece dirigir el vehículo en la dirección esperada por mí, pero no, es una broma dirigida a desanimarme porque en seguida toma rumbo al oeste con gran velocidad mientras dice “ahora sí vas a conocer el país, cabrón”. Instintivamente dirijo mi mirada al “bueno”, trigueño, de estatura mediana, de aproximadamente treinta años, que tranquilamente comienza a afeitarse en seco, lo que me permite suponer que si me van a ejecutar no sería pronto o por lo menos no a manos de estos dos ya que nadie se rasura para matar a otro. Al terminar su corte el hombre pasa a mirar cuidadosamente una carta que lleva en sus manos. El instinto de conservación agudiza increíblemente las facultades sensoriales y mentales y no sé cómo, a pesar de no estar muy cerca del texto ya que voy en el asiento de atrás, alcanzo a leer que es una comunicación oficial del jefe militar de la zona oriental dirigido al Estado  Mayor del Comando Conjunto de las Fuerzas Militares informando que un diputado extranjero fue sorprendido intentando entrar al país con propaganda subversiva dejando a juicio de esa jerarquía si definía mi suerte, me pasaba a otra dependencia o me enviaba ante el “Excelentísimo Teniente General Alfredo Stroessner Presidente y Jefe Supremo de la República”.

¿Qué tengo que ver yo con ese viejo, hijo de su señora madre? Es lo único que alcanzo a pensar en ese instante. No puedo imaginarme qué se sentiría al comparecer ante un déspota de mano de hierro, dueño de vidas y haciendas en su nación, en la que no se mueve una hoja sin su voluntad. Rápidamente recobro la serenidad y paso a reprocharme haber relacionado a su progenitora con un antiquísimo oficio que no goza de muy buena prensa y me prometo, si salgo de esta, una campaña personal para cambiar la blasfemia más fuerte del idioma de manera que no involucre a la autora de los días del insultado. Pero no es hora de diletantismos, es el pellejo lo que está en juego y hay que volver al estado de concentración máxima y de observación total, por lo demás en un silencio impuesto por la peculiar guardia pretoriana que me acompaña.

En una estación de gasolina a unas dos horas de recorrido no me permiten bajar y el más joven me pone sobre los brazos con cierta delicadeza una manta para que ningún curioso advirtiera que mis brazos no eran propiamente “manos libres”.

Al cabo de cuatro horas de recorrido diviso los destellos azulinos de un hermoso cuerpo de agua adjunto a un paisaje de sabanas de altas hierbas, esteros y pequeñas lagunas, en las que emergen algunas islas llenas de palmeras.

La memoria me dice que puede ser Ypacaraí y que ya estamos cerca de Asunción, la capital. Así se lo pregunto al recién afeitado, quien responde que sí, a la vez que se asombra de que yo conozca la letra de la famosa canción que lo menciona, tanto que le digo cómo comienza: “Una noche tibia nos conocimos/Junto al lago azul de Ypacaraí/Tú cantabas triste por el camino/Viejas melodías en guaraní/Y con el embrujo de tus canciones/Iba renaciendo tu amor en mí/Y en la noche hermosa de plenilunio/De tu blanca mano sentí el calor …”

Esa única conversación en el camino hizo que la incertidumbre sobre mi destino fuera matizada por el gesto amable del “bueno”, así como por el breve encuentro con el sitio natural más famoso y la evocación de la melodía más conocida del país guaraní.

Poco dura el embrujo porque la llegada a la capital y la rauda velocidad a la que se desplaza el automotor me vuelven a la realidad de mi triste condición de prisionero-desaparecido sin nombre. Pero otra vez surge poderoso el deseo de escapar y al menos tener la esperanza de alguna posibilidad de salir de la situación. Trato de memorizar las calles y de ser posible, ubicar alguna embajada en la que pueda intentar algo similar a lo que hizo Ortigoza, aunque por ahora no hay furgón en el que pueda camuflarme. La velocidad me impide recordar los nombres de las calles, acostumbrado a que en Colombia se distingan por números, cuando estoy memorizando un nombre ya estamos en otro. Yo que a duras penas diferencio un sargento de un general, me mareo con el rosario de suboficiales y oficiales de las vías urbanas, pues casi todas tenían denominaciones militares.  Desfilan los mariscales, generales y coroneles en bulevares, grandes alamedas o avenidas, en tanto otras calles menores tienen denominaciones de mayores o capitanes: Pasamos por “Mariscal Estigarribia” en cruce con Avenida España donde veo una casa grande con las letras Embajada de Argentina. Bueno, algo es algo, por lo menos ya sabría a dónde dirigirme en caso de que pudiera escapar de las garras de mis custodios. Al instante estamos en la Avenida Mariscal Francisco Solano López en estrecho abrazo marcial con General Santos y el carro franquea la reja de entrada de una enorme edificación repleta de militares. A esta altura ya imaginaba la ciudad como un enorme laberinto de vías que subían o bajaban según los grados castrenses hasta llegar a la cúpula, a disposición de cual pronto estaría tal vez como chivo expiatorio de la fuga de Ortigoza o por cualquier otra cosa. El carnet de mis acompañantes les abre las numerosas puertas del edificio en que resuenan las botas y relucen las vestimentas cuya rígida uniformidad apenas es rota en algunos de ellos, mayores y más gruesos que los demás, por el brillo de numerosas medallas colgantes que los hacen andar inclinados. La femineidad de las secretarias y sus ropas civiles matizan la severidad del ambiente.

Uno de mis no tan angélicos guardianes entrega a una joven asistente la misiva para el Estado Mayor y le susurra algo que no logro captar, pero sí alcanzo a escuchar que ella dice que llamará al general Baldovino que está en reunión del alto mando. La chica se dirige de inmediato a una sala contigua y al momento regresa acompañada por un anciano de figura menuda y andar imponente, de ojos azules, barba y pelo canos que lo hacen parecer un Papá Noel en traje de fatiga. Por la majestuosidad del vejete y el temor reverencial que muestran ante él mis vigilantes, deduzco que es un jerarca que puede decidir mi suerte. “Con todo respeto general, no he cometido ningún delito ni intervengo en los asuntos de Paraguay; soy un colombiano en tránsito hacia Uruguay a raíz de la violencia que se vive en mi país”. Al menos se digna responderme y en tono neutro manifiesta: “Debería haber sido más cuidadoso, sabe que el Papa viene en estos días y por eso extremamos los controles en las fronteras”. “Le repito que no tengo nada ilegal ni represento ningún peligro para nadie, menos para Su Santidad; el Estado colombiano me dio un pasaporte que certifica que no tengo ningún problema con la justicia y pide a las otras autoridades del mundo que me protejan, le pido que me permita comunicarme con la embajada de Colombia”. Tras pensar un poco el hombre sentencia: será llevado a Inteligencia de la capital para seguir investigando.

Al salir del Estado Mayor ya no me interesa la curiosa toponimia de las vías urbanas y sin darme cuenta estoy en mi nuevo hogar: la sede nacional de inteligencia donde al parecer por error me introducen en una celda en la que hay otras personas. Pregunto a dos muchachos que me inspiran confianza por qué está allí y me dicen que por riña. Les inquiero sobre si tienen contacto con el exterior y me explican que los visitaban sus novias y los abogados; y les imploro que por favor les pidan a sus contactos que informen a la embajada de Colombia que estoy detenido ilegalmente para que  haga alguna gestión a mi favor. Como no parecen muy concentrados ni tienen muy claro el pedido y veo que uno de ellos tiene un lapicero, le solicito que me lo preste junto con un pedazo de papel. En cuanto me entrega ese material voy a comenzar a escribir mi nombre y el de nuestro representante cuando los guardianes, al parecer advertidos de que en realidad la orden era mantenerme aislado, me sacan a otro cubículo para mi exclusivo disfrute. No todo está perdido, mientras el carcelero busca en un gran manojo las llaves de la que iba a ser mi suite, en cuestión de segundos, termino mi corta nota con los datos esenciales que meto por debajo de la puerta de una celda contigua. Nunca sabré si esta botella de náufrago cumplió su cometido pero por lo menos mostraba que no me quedaba quieto ni me resignaba y que me apoyaba en la palabra para procurar recuperar la libertad. El centinela no nota lo que ocurre con el mensaje pero si ve el bolígrafo en mi mano y me lo quita explicando que no podía tener nada, mucho menos un instrumento punzante con el cual podía atentar contra mi vida, que por lo visto le pertenecía a ellos.

Ya en mi reclusorio, sin poder leer ni escribir, las horas del día se arrastran lentamente pero las palabras siguen trabajando con intensidad dentro de mí, recordando lecturas, la geografía y la historia, repasando algo de inglés y llevando un conteo mental de los zancudos que voy eliminando y que parecen renacer porque nunca deja de existir una zumbadora y picante masa crítica de ellos. Las noches son menos monótonas porque las horas de sueño son interrumpidas por la irrupción de policiales que me sacan para llevarme a una amplia y sombría sala no muy cómoda para el prisionero y someterme a largos interrogatorios a cargo del jefe de inteligencia, quien apoyado en una potente lámpara enfocada hacia mis ojos insiste en acusaciones cada vez más delirantes que producen en mi interior una silenciosa risotada y un comentario mordaz.

Iba a matar al Papa (¿qué parecido me encuentras con Mehmet Ali Agca o me has visto cara de lobo gris, hipergonádico?). Era el enviado del comunismo con una misión desestabilizadora, ya no del Paraguay sino de todo el Cono Sur (uno tiene capacidades muy superiores a las que cree, ahora soy algo así como un superagente 86 grecocaldense). Enlace de los distintos movimientos guerrilleros colombianos con los suramericanos (ya tengo suficiente con que me hayan querido vincular injustamente a un grupo guerrillero y ahora soy el eslabón perdido de toda la subversión continental, te estás superando Jaime). Avanzadilla del narcotráfico que está usando como nueva ruta el mismo recorrido que hice (y que hace mucha gente, pero llena de dinero, si el narco me envío tengo que pedirles viáticos más jugosos que la modestísima suma que llevaba y que ustedes me han quitado. Pero oh, la cosa si puede complicarse si la bendita crema antiarrugas de fabricación casera que estos tipos me encontraron y que seguramente tienen examinando en un laboratorio, por una de esas jugadas de la vida contiene entre sus componentes marihuana o coca, no creo que vayan a aceptar mi versión de que me la regaló una amiga y que yo no sabía de qué estaba hecha).

En últimas resultaban divertidos los planteamientos del sabueso mayor, no exentos de humor negro como cuando le insistí en el contacto con la embajada colombiana y que la Constitución y las leyes de Colombia y del Paraguay establecían la presunción de inocencia, el derecho a la defensa y otras garantías o en que me permitieran salir de su país. A mis solicitudes respondía con carcajadas siniestras diciendo, mientras blandía en una mano una horca y en la otra un garrote “esta es nuestra constitución y esta la ley, si tanto quiere salir del país lo hacemos figurar saliendo en los registros oficiales pero en realidad se queda bien adentro de nuestra tierra” mientras uno de sus acólitos, a punto de llegar a un trance sádico gritaba con entusiasmo “llevémoslo a la silla eléctrica, a la silla eléctrica”.

Afortunadamente, no sé si por racionamiento de energía o por qué motivo, nunca fui llevado a tan especial asiento.

En una ocasión el hombre me inquirió sobre si otras personas sabían que yo estaba en su país, a lo que mentí respondiendo que sí, que le había enviado a mi familia postales desde Brasil en las que informaba que inmediatamente entraría al Paraguay, agregando que además había quedado de verme en Asunción con un alemán al que conocí en Foz de Iguazú, llamado Klaus. Al preguntón le brillaron los ojos, se frotaba las manos y decía con entusiasmo “ese Klaus me interesa”. Al día siguiente, al oir los lastimeros gritos provenientes de otra celda, probablemente de alguien sometido a torturas, pensé que si bien mencioné al germano con quien tuve un corto encuentro casual y a mi familia solamente con la intención de sugerir que ellos averiguarían qué había sucedido conmigo, lo que podía llevar a investigaciones o a intervención de entidades internacionales, también pudiera haber llevado a la captura y maltrato de una persona totalmente ajena a las situaciones en las que pretendían involucrarme.

La pretendida sagacidad de mi interrogador no tenía límites: alguna vez, con aire triunfal me mostró la prueba reina: una hoja blanca con cuadros rellenos de letras en cuyo centro estaba la o junto a la ce formando la palabra 0C, sosteniendo que era Organización Comunista, complementado con el cuadro siguiente en que estaba la palabra UR, sosteniendo que era claro que se refería a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas –URSS-, a la que yo había suprimido las eses finales para no quedar en evidencia . No ocultó un gesto que mezclaba decepción e incredulidad cruzadas por algo que podría ser una sonrisa involuntaria cuando le expliqué que era un crucigrama reconstruido en un papel ya que el original del periódico se mojó en la playa de Ipanema y que OC es el nombre de una lengua del sur de Francia, muy usado en los crucigramas y que no es menos socorrida la famosa ciudad de Caldea en la que nació el patriarca Abraham.

Más serio parecía otro de sus descubrimientos inculpatorios: una completísima agenda en siete idiomas (español, inglés, alemán, ruso, árabe, francés y portugués), con glosario financiero y de computación (cuando apenas empezaban a usarse los ordenadores) y, lo que la hacía más reveladora: mapas de todos los países y ciudades importantes del mundo, con rutas aéreas, de buses, barcos y ferrocarriles en los cinco continentes.

Definitivamente yo no escogía un itinerario por azar y menos me iban a aceptar que simplemente era una publicación de una aseguradora internacional que regalaba cada año a sus clientes y a las autoridades que regulan el comercio exterior y que me la había dado un excompañero de estudios que dirigía la Aduana en mi departamento. “No, las cosas no son tan sencillas ni me voy a tragar esos cuentos, esto demuestra que usted es una persona muy informada que tiene una misión específica y no decide sus rutas por casualidad”. De un momento a otro preguntó como quien no quiere la cosa: ¿Qué sabe del Partido Comunista Paraguayo? Si llevaba un texto de la figura más importante del comunismo mundial y había aceptado que el movimiento político al que pertenecía también estaba integrado el Partido Comunista de Colombia, no podía mostrarme muy ignorante en esos asuntos. No lo pensé mucho y rápidamente le respondí: Sé que es un grupo prohibido por las leyes de su país y yo respeto eso, no me corresponde meterme en sus asuntos internos, entiendo que sus dirigentes principales fueron detenidos hace unos años acá y otros en la Argentina en coordinación con las autoridades gauchas. Me he enterado de eso porque leo la prensa. Su reacción fue levantarse teatralmente, encender un grueso tabaco, empezar a dar vueltas lanzándome humo a la cara, para finalmente irse al extremo del salón y decir con risa estentórea: detenidos … ja, ja, ja, detenidos … En marcha lenta al principio que iba acelerándose a medida que se acercaba a mi posición, mientras señalaba con el dedo índice derecho dijo “ ¿sabe cuál es el único izquierdista detenido en este momento en Paraguay? No sé si por despiste o por parecerme francamente sobreactuado el sujeto, no me daba por muy enterado y como si la cosa no fuera conmigo, cual protagonista de una comedia barata yo más bien volteaba la cabeza en todas direcciones como uniéndome a la pregunta y a la búsqueda pero eso no impidió que el jefe de inteligencia se respondiera él mismo el interrogante y le oí proferir, claramente dirigido a mí un sonoro: !ustedddd!!!

La octava noche en la capital extrañamente no se me sometió a la acostumbrada sesión a la que me había habituado de manera tan pavloviana que me desperté hacia la una de la madrugada. Me preguntaba si era un descanso para el incansable interrogador, si ya habían decidido respecto a mí la “solución final” dado  que la referencia al honor de ser el único zurdo prisionero era claramente una notificación de lo que le había pasado a los demás y de lo que me estaba reservado. Barajaba todo tipo de hipótesis y apenas pude conciliar el sueño cuando estaba a punto de amanecer.

Justo a esa hora del alba, el mágico momento en que se abrazan y despiden la noche y el día, de repente aparece Klaus reclamándome por haberle puesto cita en un lugar tan poco apropiado para un encuentro de amigos como esa horrible central de inteligencia. Vacilo en responder porque sé que soy el culpable de meterlo en problemas y para ganar tiempo dudo si le hablo en español o en lo poco que sé de alemán. Las palabras no salen. Por unos larguísimos minutos llueve silencio entre nosotros, luego intento pronunciar un difícil y gutural entshuldigung (“disculpa”) cuando se interpone el investigador  preguntándome si sabía nadar para ver cómo lo haría con una piedra al cuello en mi admirado Ypacaraí. Ya no estoy en la mazmorra sino en un lago que al principio creo es el mencionado por el obsesivo detective pero luego veo que es más un pantano de agua lodosa en medio de un silencioso bosque de sombras. Hay un hedor tan fuerte y espeso que puedo verlo rodeándome con su vaho pestilente y sentirlo adherirse a mis poros; el agua-légamo empieza a tragarme y nado hacia una victoria regia que preside su oscuro centro. Las piernas y brazos apenas me responden y en la eternidad de un desplazamiento espasmódico logro por fin tocar el gran loto, que ahora no es una planta acuática sino una enorme anaconda de muchas cabezas con rostros vagamente humanos entre los que creo distinguir a mis frustrados asesinos colombianos y a mis secuestradores paraguayos. El entrecruzarse de las cabezas de las que emergen lenguas bífidas me paraliza mientas el reptil me ciñe en un abrazo constrictor y me arrastra inexorablemente a un fondo que no llega nunca.

Se me hace extraño escuchar “despierta, tenemos que irnos”. Las sábanas están empapadas de sudor, me descubro horrorizado y tembloroso  en el suelo, en el aposento que me ha acogido últimamente y que quien me habla es un empleado de rango subalterno y bajo perfil, 1,68 de estatura aproximadamente, de unos 22 años, de contextura delgada, al cual había visto en mis programas nocturnos de preguntas y respuestas “ ¿cuánto sabes, cuánto conspiras?” en papel de auxiliar de los jefes sirviéndoles mate y a disposición de ellos para cualquier tarea menor. Me dice que tengo mucha suerte, que tal vez el ser católico (como lo aseguré siempre que me preguntaban por la religión) me ayudó, que era el único preso político que salía vivo y que el gobierno me invitaba a irme del país. Le digo que gracias por la invitación pero no le creo porque recordaba la promesa de que en el papel figuraría como abandonando las fronteras nacionales pero en realidad me quedaría “viendo crecer las margaritas desde abajo”.

Con todo no tengo opción distinta a seguirlo y ya en el terminal de transporte cuando va a la taquilla a comprar boletos de bus hacia Encarnación, límite con Argentina, empiezo  a suponer que puede ser cierto porque además me envían solo con una persona que no es muy fuerte físicamente y al cual podría escapármele o enfrentármele dada la paridad en cuanto a chaparrismo y delgadez. Decido sondear qué tan libre soy o puedo ser y le digo que voy al baño, lo que acepta pero acompañándome hasta la puerta y recalcándome que su misión es estar conmigo hasta la frontera y asegurarse de que efectivamente yo abandone el país atendiendo la invitación que se me ha hecho.

Como no disponía de dinero ni de mis documentos ni tenía ningún contacto, considero que sería un error fugármele a mi edecán y lo sigo hacia un gran autobús de dos pisos que estaba a punto de partir.

Al abordar el vehículo, aún lleno de aprensión y paranoia, encuentro sentado a un individuo de claro fenotipo europeo del norte y le pregunto en la lengua de Klaus si era alemán, al contestarme “ja” le dije o creí decirle, ya que mi manejo de su lengua era muy básico, que era un desaparecido de la dictadura y que estuviera pendiente de lo que me pasara. El hombre se pone mucho más blanco de lo que ya es, no dice nada más y se baja sin explicaciones mirando receloso en todas direcciones. Mi acompañante me pregunta qué le he dicho y me recomienda que no hable con nadie, que si ese es el famoso Klaus ahí sí se complica la cosa para todos, hasta para él, y que si no es, que más vale no estar buscando otros Klaus en el camino, ni siquiera el santo de los regalos de navidad. Le manifiesto que solamente lo había saludado porque necesitaba hablar con alguien que no quisiera matarme y para desahogarme después de tanto tiempo de soledad.

Enseguida el muchacho me dice que mire abajo a los de la moto. Efectivamente dirijo la mirada hacia afuera y reconozco en un velocípedo de alto cilindraje a dos agentes secretos que había visto en la central, con gafas oscuras, chaquetas de cuero negro bajo las cuales se insinuaban las metralletas, con el aire seguro de los sicarios oficiales, uno de los cuales me hace una señal para que baje.

Aún cuando aparento tranquilidad, interiormente estoy a punto de derrumbarme porque encuentro claro que vienen a liquidarme y porque las motocicletas tripuladas por jóvenes con la indumentaria que traían estos me revivieron los asesinatos de muchos compañeros en las calles de Colombia.

Le digo a mi guía: “hasta aquí llegué, vienen a matarme” y me responde: “no, tal vez traen algo o quieren asegurarse de que tomamos el bus, baja tranquilo”. Al llegar donde los motorizados me asombro cuando me saludan y me entregan unas fotografías personales y unas monedas de colección que portaba en mi equipaje. Inquiero si eso es todo, les pregunto si no hay algo más y me dicen que no, que tenga buen viaje. Con aire sombrío subo de nuevo al bus y mi temor no se disipa sino que aumenta cuando desde la ventana los veo levantar sus pulgares derechos, “despedida” que tomo como una señal ominosa.

Continúo temeroso, mirando hacia atrás cuando el aparato emprende la marcha y durante un buen trayecto, insistiéndole a Juan López, que a esa altura me ha dicho su nombre, que me diga la verdad. Pasada una hora de camino me convenzo de que al menos no serán los de la moto los que me ejecuten porque definitivamente no vienen tras nosotros. Ya hacia las tres horas López comienza a contarme cosas de su vida y reconoce que en su país y en el propio gobierno hay muchas injusticias pero que necesita ese trabajo.

Empiezo a sentir que es sincero y ya veo más probable que haya un final feliz en mi aventura guaraní cuando dos horas después anuncian que el recorrido ha terminado. Estamos en una ciudad que parece no ser muy grande ni muy pequeña y a pesar de no haber estado nunca allí, para medir nuevamente mi grado de libertad propongo a mi cicerone un rumbo diferente al que él lleva. Me dice que no, que sigamos derecho porque por ese lado están los de la Marina que son peores que el departamento al que él pertenece. Vaya, el hombre está muy amable, será que de eso tan bueno sí dan tanto. No he terminado de rumiar ese pensamiento de la más pura filosofía popular cuando él mismo me responde a su manera. “Mira, con lo que te devuelvo alcanzas a llegar a Montevideo y te queda para darme doscientos dólares” dice mientras me entrega mi delgadísima billetera. Ah, era eso, el viejo truco de la extorsión, qué pasará si no se los doy, me armará un montaje y complicará mi situación. Bueno, al fin y al cabo es una buena noticia porque si fueran a matarme, no tendría necesidad de pedirme dinero. Decido decirle que sí, pero que se los daría al final y no doscientos sino cien, ya en el borde fronterizo cuando me sintiera totalmente a salvo y le muestro fugazmente un billete ecuatoriano de cien sucres levemente parecido a la moneda de los Estados Unidos. Acepta y continúa el camino hacia el puesto fronterizo sobre el río Paraná y entre tanto recapacito sobre la situación. No es el momento de escatimar, finalmente el sujeto se ha portado bien, es el único “amigo” que tengo por aquí, las dictaduras son muy burocráticas y hay mucho departamentalismo, qué tal que a los de la frontera les dé por decir que ellos deben hacer otra investigación por su cuenta porque quieren tomar sus propias decisiones sobre los enemigos de la patria. Es mejor darle su billete y por primera vez en la vida (espero única), acepto sobornar a un “oficial de la ley”.

Absorto en ese pensamiento me doy cuenta de que hemos arribado al puesto de control sobre el río Paraná cuando uno de los encargados le pregunta a Juan el motivo de mi retiro del país. “Con que terrorismo, ah, la cosa no es tan sencilla, nosotros tenemos que mirar bien”, dice el hombre y entra a consultar con un superior. Al comprobar que mis temores se cumplen, aprovecho el momento y discretamente le digo a mi tutor, mientras le paso con disimulo  un billete verde auténtico, que se muestre enérgico y enfatice en que la orden de la capital tiene que cumplirse, que se verán en problemas con los de arriba, amén de que le dieron viáticos que ya se están acabando y que de prolongarse su permanencia tendrían que pagarlos ellos o su institución. Lo mandan a entrar, deliberan a puerta cerrada y al cabo de unos eternos minutos salen los tres con aire distendido diciendo: “de todas maneras hoy no se puede, en la noche solamente está autorizado el paso del barco que trae las estudiantes del otro lado”. El que parece ser el jefe se acerca y me dice “boludo, te faltó leer este letrero que tenemos en todos nuestros puntos fronterizos”.

Levanto mis ojos y veo en el frontiscipio en grandes caracteres mayúsculos: “DEMOCRACIA SIN COMUNISMO”.

Ya definitivamente convencido de que mi acompañante es buen aliado, pues hasta insiste en cargar mi maleta a lo que me niego diciendo que yo soy el prisionero y que eso podría infundir sospechas, camino con él hacia la cárcel local porque me ha convencido de que es mejor pernoctar allí. En el penal los guardianes lo reciben con cordialidad y lo invitan a cenar, al tiempo que a mí me introducen a un patio en el primer piso. Allí reina mucha animación en torno a una gran hoguera y se cantan canciones folclóricas acompañadas con las infaltables arpas y bebidas típicas no alcohólicas. De inmediato me integro diciéndole a los presentes que de todos modos retuvieran mi nombre y procuraran informar a la embajada de Colombia que había pasado por allí pues no me olvidaba de la posibilidad de un fin trágico. No obstante estar en una prisión, no me consideraba preso sino huésped y era una felicidad estar entre gente sencilla que no formaba parte de la estructura dictatorial. Al rato aparece Juan y me dice que es mejor que me pase al segundo piso, donde están los internos de mayor nivel económico. Dejo a mis amigos de base y llego a los llamados “especiales”, obviamente más acomodados, entre los cuales hay algunos argentinos. A estos les reitero la información y el pedido de que avisaran a las autoridades de mi país  sobre mi paso por el lugar.

Al día siguiente, hacia las 8 a.m nos dirigimos al puesto fronterizo fluvial y antes de llegar Juan me entrega mis pasaporte y cédula diciendo que estaría una hora para el caso de que por cualquier motivo no pudiera entrar a Argentina, dándome además su número telefónico en Asunción por si alguna vez volvía.

Al arribar a Posadas, capital del departamento de Misiones, Argentina, respiro hondamente la libertad por largos minutos. Sintiendo que despertaba de una pesadilla en la que una de las formas de tortura fue privarme de la lectura y la escritura, me dirigí a una librería de viejo y haciendo un significativo recorte al magro presupuesto que me quedaba, adquiero tres libros inolvidables que aún conservo como talismanes: El consultorio por dentro, del doctor Jaime Penchasky; El secreto de Maston, de Julio Verne y un tercero que a su vez contiene dos obras de Arturo de Capdevilla: La pasión de Scherazada y Zincalí.

A partir de ahí me prometí amar más aún la palabra y que algún día trataría de hacer algo digno por y con ella. Estas sencillas letras forman parte de esa promesa y se unen a otros textos publicados a partir de 2007 pero sin duda inspirados en el corto y oscuro lapso en que me cortaron el contacto con esta inseparable compañera, así como en los primeros y los posteriores encuentros con la tradición oral y con las letras impresas.

 

40 años de Elda Yanet

Ayer 14 se cumplió un aniversario más del paro cívico nacional del 14 de septiembre de 1977 que fue un hecho sin duda importante que marcó todo un hito en la historia nacional. A esa altura el entonces presidente, Alfono López Michelsen ya tenía el sol a la espalda y lo que pudiera haber sido un gobierno que rompiera las ataduras del pasado bipartidista del Frente Nacional se convirtió en una frustración más para el pueblo colombiano. Los antecedentes rupturistas de López, que había promovido la oposición al sistema de reparto exclusivo y excluyente del poder entre los partidos Liberal y Conservador al fundar el Movimiento Revolucionario Liberal y sus propuestas de un “mandato claro” que sacara al país de la pobreza y del aislamiento internacional que lo habían convertido en “el Tibet de Suramérica” habían hecho surgir algunas esperanzas si no de renovación, por lo menos de algunas reformas.

Nada de eso hubo y por el contrario, amén de reforzar el bipartidismo de la mano del sector alvarista del conservatismo, bajo la excusa de que se trataba de un “gobierno puente”, se dieron los primeros pasos en la implementación de políticas neoliberales y se redujeron algunos de los subsidios que hacían más llevadera la situación de los sectores populares, elevando considerablemente las tarifas de los servicios públicos en consonancia con las exigencias del Fondo Monetario Internacional. Simultáneamente se continuó con la represión a las protestas sociales con el instrumento constitucional del estado de sitio que venía siendo la forma favorita de ejercer el gobierno desde el 9 de abril de 1948, al grado de prohibir las marchas estudiantiles y penalizar la participación en ellas con cárcel por 90 días, en “juicios” casi sumarios a cargo de los comandantes de policía.

En ese marco fue sorprendente la acogida que tuvo el llamamiento de la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia, las demás centrales obreras, del Partido Comunista y de otros movimientos de izquierda, que fue especialmente notoria en los barrios populares de Bogotá y otras grandes ciudades y especialmente entre los sindicatos de trabajadores y empleados estatales.

La represión fue feroz y el saldo lamentable fue de 23 personas muertas, entre ellas la joven bogotana Elda Yanet Morales, en cuya memoria fue bautizada la agrupación partidaria en la cual yo militaba por la época en Manizales.

Una de las consecuencias de la jornada fue el endurecimiento de la posición de los sectores más reaccionarios de la oligarquía colombiana, que vieron en el paro una amenaza al orden vigente y temían una ampliación de la unidad y lucha del movimiento sindical independiente, de las organizaciones barriales y cívicas de las barriadas populares y de amplios sectores campesinos.

La expresión más fuerte de esa posición fue la carta que en abierta contradicción con el fementido carácter no deliberante de las fuerzas armadas dirigieron los altos mandos al Presidente pidiéndole tomar medidas más severas contra lo que llamaban el desborde de la protesta y el peligro que representaba para lo que entonces y ahora siguen denominando “la democracia colombiana”.

Como ya estaba cerca el fin del mandato que la gente ya no llamaba claro sino “caro”, López Michelsen no se pronunció ante el manifiesto de los militares y dejó esa papa caliente a su sucesor, Julio César Turbay Ayala. Éste, recordado por su famosa frase de que “había que reducir la corrupción a sus justas proporciones”, de la mano del nuevo ministro de Defensa, Luis Carlos Camacho Leyva, uno de los firmantes de la carta, respondió decretando el Estatuto de Seguridad, legislación draconiana y liberticida que elevó exponencialmente las detenciones arbitrarias y las violaciones a los derechos humanos, entre ellas las desapariciones y torturas, además de reforzar el juzgamiento de civiles por militares. La conciencia histórica aún se estremece al rememorar que al calor del citado estatuto se allanó la residencia del gran poeta Luis Vidales, se persiguió a la escultora Feliza Bursztyn y el propio Gabriel García Márquez tuvo que irse del país ante la inminencia de su detención.

Las cárceles se llenaron de presos políticos y tanto en el país como en otras partes del mundo crecían los reclamos contra esas injusticias. En ese marco se convocó en 1979 al Primer Foro Nacional por los Derechos Humanos, con participación de numerosas figuras y organizaciones políticas y sociales defensoras de las libertades públicas, que reclamó por el respeto a las garantías fundamentales que venían siendo conculcadas flagrantemente. En ese escenario coincidieron por primera vez personalidades democráticas de filiación liberal o conservadora como Luis Carlos Galán y Alfredo Vásquez Carrizosa con líderes históricos de la izquierda como Gilberto Vieira y destacados representantes de lo mejor de la cultura nacional.

En momentos del posacuerdo en los que la búsqueda de la verdad histórica es conveniente darle siquiera una mirada a este episodio y reivindicar la memoria de los mártires del 14 de septiembre. No olvidemos nunca a Elda Yanet ni a los otros anónimos luchadores populares que dieron su vida por la justicia social, la democracia y una Colombia mejor.