Fabulando en Villa de Leyva

Palabras leídas el 28 de julio en el Encuentro de Poesía en homenaje a los sesenta años del nadaismo a nombre del Taller de Escritores Gabriel García Márquez en el acto de presentación del libro de fábulas del escritor Germán Flórez Franco.

Maestro Germán Flórez Franco, distinguida familia del escritor, amigos todos:

El Taller de Escritores Gabriel García Márquez, que se honra de tener entre sus integrantes al hombre de letras que hoy nos convoca, le da su saludo más cordial, así como a la población que nos acoge y que se ha convertido en una de las ciudades más queridas por los colombianos y numerosos extranjeros. Aquí, invitados a este extraordinario evento cultural, lamentablemente no pudimos apreciar en la majestuosidad de su cielo acogedor la ruborización intensa de la gran dama blanca de la noche, pero sí vimos el brillo del profeta de la nueva oscuridad en su búsqueda de la nada y el resplandor de dos leyendas vivientes del nadaísmo: Angelita y Jota Mario.

No es la primera vez que se nos concede el gran privilegio y honor de acompañar a Germán a la presentación en sociedad de uno de sus hijos literarios. Ya hemos sido testigos del nacimiento de Por las sendas del haikú, En las entrañas del mito y la leyenda, entre otras obras en prosa y verso, producto de su fecunda imaginación y de su acendrado amor por la humanidad y en especial por las gentes sencillas de la tierra colombiana.

Hoy, en una afortunado mestizaje entre la fábula como uno de los géneros de mayor vigencia en todos los tiempos y lugares y la rica tradición oral de nuestro país, nos presenta Póngale color, exquisito texto con decenas de fábulas en los que son protagonistas diferentes animales.

Hay quienes dicen que  además de llevarnos a conversar con los ángeles, la función de la poesía es mantener la salud del idioma, en tanto la literatura en general busca “tranquilizar a los inquietos e inquietar a los tranquilos”.

Este no es el momento para pontificar acerca de la validez de esos apotegmas. Pero sí creo que sirva como oportunidad para decir que con “Póngale color”, sí se está ayudando a la salud del idioma y del habla popular, con el valor agregado de que sirve de asesor de imagen de ciertos bichos que no han gozado de muy buena prensa. Vemos así desfilar al coleóptero reconocido por su nada exigente dieta, a la babosa, la rata, la zarigüeya (fara, runcho o chucha como también se le conoce, caracterizada por su rabipeladez cual senador de extraña cultura ciudadana) y el lagarto, entre otros. Las fábulas protagonizadas por simpáticos animales, además de solazar, seguramente inquietarán a muchos que se creían tranquilos o tal vez tranquilizarán a otros inquietos porque en todo caso muestran la complejidad de las relaciones humanas y la gran vanidad de lo que hace más desiguales a los humanos, el poder. En ellas, como en todas sus obras, nuestro autor usa la ironía y el más fino sarcasmo para denunciar la injusticia y demoler las múltiples formas bajo las cuales se enmascara y pretende legitimarse.

Pero volvamos a la razón de nuestra presencia en este evento. El Taller García Márquez, como escenario de creación literaria y cofradía de personas interesadas en las letras como reflejo de las complejidades humanas y sociales, quiere certificar ante la comunidad villaleyvana la aparición de una nueva leyenda entre las muchas que pueblan la mitología colombiana. Damos fe de la existencia fecunda y arraigada en el alma del pueblo de un extraño ser que ya bordeando su octava década se asombra y nos asombra con la ingenuidad de un niño ante las maravillas del mundo y pone a hablar a los animales, da vida a la Patasola, al Duende y otras criaturas de los montes, al tiempo que como un antiguo sacerdote del dios de las viñas nos invita a brindar pero no por uno pocos sino “por todos, los del Sur, del Norte, del Este y del Oeste, por todos los habitantes de la tierra, los de color, los sin color. Por el arco iris de la raza de América, porque podamos estrenar un nuevo cielo y acariciar con el trabajo una tierra nueva, sin explosiones de odio en su piel ni podredumbre fratricida en sus arterias, donde los peces se vistan de colores sin contaminación en sus entrañas, y no vuelva a abortar en sus orillas la vida, profanada e incierta”.

Ese mismo hombre ya legendario ha plantado en lo más hondo de la Colombia profunda la esencia de la cultura japonesa y tanto en sus haikús poéticos como en ese otro gran poema que es su existencia misma y la querencia en la que discurre junto a su compañera de vida y sueños, entre poemas, flores, amores y sufrimientos por una patria atormentada y una sociedad injusta pero donde aún hay lugar para la belleza y el anhelo de un mundo mejor.

Por último, pero no menos importante, este viejo de la montaña, a diferencia del que comandaba a la secta de los asesinos, lleva un mensaje de amor y paz y comparte el pan de la poesía con los seres que en sí mismos son los mejores poetas, los locos bajitos, dándonos un mensaje de esperanza a pesar de tantas razones para la pérdida de la fe en el ser humano.

Gracias Germán y gracias Villa de Leyva.

Dirección del Taller de Escritores Gabriel García Márquez

 

 

 

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La montaña de los sueños

Gracias a la amable guianza de la abogada Débora Jiménez, me detuve en una leyenda que hay en la entrada de un gran local comercial en uno de los costados de la plaza Antonio Nariño en Pasto, que quizás hubiera pasado inadvertida en mi corto paso por esa ciudad. El lema que preside la entrada de la librería Shirakaba reza: “Sálvese quien lea” y con él como santo y seña pudimos acceder a su propietario, Isidoro Medina Patiño, bogotano de nacimiento y pastuso por adopción.

Este gestor cultural, verdadero hombre orquesta que es empresario, historiador, cantante, coleccionista de monedas y estampillas, amén de escritor, tiene la presencia y versatilidad de un personaje del Renacimiento que atiende con gran cortesía a sus visitantes. Con la pasión del investigador que se sumerge en el objeto de sus estudios mostró parte del gran acervo documental y gráfico que ha nutrido su profusa producción bibliográfica. De parte de ella nos hizo entrega generosamente al obsequiarnos varios títulos y al adelantar información sobre su próximo libro, a lo que agregó un disco compacto con algunas de sus interpretaciones musicales.

 Así recibí con gran emoción el texto “Santa Cruz El Cura de la Paz”, sobre la vida y obra de un cura guerrillero vasco que después de muchos avatares, victorias y derrotas en su tierra natal recaló en Nariño y se convirtió en un pastor de almas dedicado a las comunidades más pobres en los lugares más alejados. No sin cierta aprensión,  dado el aura de intocable del Libertador, también tomé de manos de su autor la obra “Bolívar, genocida o genio bipolar ” y en último lugar la historia de Mariquita, en cuya portada el adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada, flanqueado por una carismática iguana que en ese momento fungía de verde, posa teniendo como fondo la villa que fue sede de la Expedición Botánica.

Finalmente, el inquieto buceador del pasado anuncia y muestra como primicia el borrador de su próxima publicación, en la que cuestiona nada más ni nada menos que la figura histórica más emblemática de la región: Agustín Agualongo y diciendo que fue un fraude,  literalmente la reduce pues sostiene que no era el hmbre grande que se ha mostrado sino que apenas llegaba al metro con treinta y nueve centímetros. Argumenta que ese dato lo sacó de su ficha de reclutamiento en las milicias realistas. También se va contra el título de general que se le ha dado, el cual habría salido de una mala interpretación del relato del General Tomás Cipriano de Mosquera cuando contó que la bala que le penetró la mandíbula fue disparada desde las montañas por un grupo de 20 bandidos que tenían como comandante general al indio Agualongo. Enfatiza que eso de “comandante general”, lo convirtió en el “General Agualongo”, sin que realmente tuviera ese grado, entre otras razones porque formaba parte no de un ejército sino de una milicia local en la que no existían ese tipo de títulos. En fin, mis escasos, casi nulos, conocimientos de ese tema hicieron que solamente me limitara a escuchar y a formular alguna que otra pregunta, unida a la inquietud de cómo pueda ser tomada esta especie de profanación por parte de la opinión local. Coincidimos en que si bien es válido pensar en las posibles consecuencias de un escrito, no debe perderse nunca la libertad de expresión del autor y en la importancia del debate con pruebas y argumentos en un clima de respeto a las diferentes posiciones y que en su caso cree que la seriedad de sus estudios como historiador le permite la controversia civilizada.

El fecundo diálogo con un personaje tan interesante ya habría sido un bocato di cardinale para un amante de la historia y de las letras, pero la capital de Nariño me tenía otra grata sorpresa en mi corta visita, precisamente para disfrutar de la pluma de un destacado clérigo. Asistí a un vibrante programa en el auditorio del colegio javeriano en el que se presentó el libro Mis Caminos, del sacerdote Gustavo Jiménez Cadena. Con excelentes intermedios musicales, este jesuita presentó el texto en el que recoge 126 artículos de la columna semanal que publica en el Diario del Sur. En ellos se afrontan temas referentes a la familia, el diálogo interreligioso, el cuidado del medio ambiente, los derechos humanos, así como los avances y traspiés del posconflicto, en una línea fiel a los lineamientos del papa Francisco y en un compromiso constante con los pobres y los más débiles. Concluyó con una sentida lectura del cuento Misión Imposible, escrito en las tierras ardientes de Puerto Parra en una tarde de intenso calor en momentos de angustia y desaliento por la lentitud de los avances del Programa de Paz y Desarrollo del Magdalena Medio y especialmente de profunda tristeza por el cruel asesinato a  manos de paramilitares de Alma Rosa Jaramillo, abogada defensora de derechos que trabajaba con las comunidades en ese proyecto. La vívida narración hizo vibrar las fibras más íntimas de un público que escuchaba sobrecogido y silencioso, conmovido por el sentimiento de dolor y esperanza que deja la lucha de Alma Rosa y de tantos otros poetas sociales que han dedicado su vida a la causa de la paz, la justicia social y una Colombia mejor.

Al día siguiente dejé San Juan de Pasto. En el viaje al aeropuerto recordé que al preguntarle a Medina sobre el significado de la palabra Shirakaba me dijo que era inventada por él, que originalmente no tenía una acepción específica y la creó más por su sonido, pero que en una ocasión abordó a un viejo que con frecuencia se quedaba en silencio largos ratos frente al aviso en que está ese nombre. El hombre le contestó que no sabía por qué pero que para él esa palabra era mágica y la asociaba con una “montaña de los sueños”.

Sí, en el camino hacia Chachagüí, tibio pueblo en que está situado el aeródromo, mientras admiraba los imponentes cerros tutelares Galeras y Morasurco y me deleitaba con el verde de todos los colores de la campiña, entendí que gracias a su gente y a la compenetración con el paisaje y con el legado de los ancestros, la zona central de Nariño es en efecto, una de las más mágicas montañas de los sueños de nuestro hermoso país.

A las puertas del cielo

 

Imágenes tomadas de Wikipedia

Las majestuosas instalaciones de la Biblioteca Nacional de Colombia fueron el pasado jueves 3 de mayo el escenario para la presentación en sociedad de la producción más reciente de tres de los autores más prolíficos del Taller de Escritores Gabriel García Márquez de la Universidad Autónoma de Colombia, como actividad alterna a la Filbo 2018. Bajo la mirada tutelar del maestro Aurelio Arturo, en el auditorio que lleva el nombre del poeta de la morada al sur y del verde de todos los colores Leonardo Gutiérrez Berdejo, Rafael Castro Hernández y Jaime Jurado Alvarán presentaron ante un numeroso público las obras que vieron la luz en el primer semestre del año en curso. Previamente, en la voz mayor del maestro Mario Méndez, se leyó la nota introductoria de los “Poemas de ámbar y sal” de Idaly Monroy, también integrante de esa cofradía literaria, quien no pudo estar de cuerpo presente pero se hizo sentir en su poesía.

Con sonoros intermedios musicales del grupo dirigido por el maestro Víctor Ramírez, el director del Taller, Hugo Correa Londoño, condujo un diálogo en el que los tres escritores mostraron los aspectos más relevantes de sus obras.  A la pregunta dirigida al trío sobre cómo habían llegado a la literatura respondió primero Leonardo Gutiérrez diciendo que el nacer en el Caribe, a la orilla del Río Grande de la Magdalena lo hizo beber desde niño de una rica tradición oral que después de un largo trasegar por la economía llevó a las letras, que no se le quedan atrás en fantasía a las disciplinas económicas. Luego motivó a leer su libro de cuentos “Alucinamos clink?” en el cual se reúnen varias narraciones caracterizadas por mantener la tensión desarrollada por personajes atrapados en el surrealismo y la fantasía, en el género negro y en los trastornos psicológicos, que intentan hallar salidas certeras al sufrimiento de vivir. Como buen manejador del género, sembró el suspenso entre el auditorio al comentar cómo en la fantasía de cada relato el horror y el espejismo de la compleja realidad actual acechan en cada línea mientras las tramas se van desfigurando tras la persecución de explicaciones necesarias para subsistir.

Luego el surrealismo cedió su lugar a esa otra magia más terrenal, la del fútbol, tratada en tono realista en el libro de Rafael Castro “Nacimos con estrella, historias del fútbol aficionado” que muestra esa otra cara del deporte rey, ya no la deslumbrante de los mundiales y de las canchas iluminadas de las grandes finales de los campeonatos europeos y suramericanos, sino la modesta lucha de los clubes de aficionados e infantiles como semilleros de jugadores y escuelas de convicencia, paz y formación de valores. Destacó su obra como un aporte a la construcción de la memoria colectiva del trabajo de cientos de entrenadores, pupilos y padres de familia, así como la de grupos deportivos entre los que se destaca el club Estrella Roja del que ha sido director durante largos años. Señaló cómo una gloria del balompié actual, Radamel Falcao, surgió de una de esas escuelas y desde edad muy temprana mostró sus dotes excepcionales.

A su vez Jaime Jurado también se declaró surgido de la tradición oral, esta vez de las faldas andinas e invitó al auditorio a que lo acompañaran en la vuelta al mundo en seis cuentos de aventuras juveniles que partiendo del caluroso Sahel en el África ardiente,   viaja por el Oceáno Atlántico para unir Europa del Norte y del Sur, continúa en lo profundo del centro de Asia en las estepas mongolas, sigue en Australia y después de una parada en el llamado Continente Blanco retorna a Colombia, precisamente en las estribaciones de la Cordillera Central, al pie de la boca sulfúrica del Nevado del Ruiz, tierra natal del autor quien solicitó indulgencia por situar en su patria chica la narración correspondiente a América.

Antes de dar lugar a un animado intercambio de opiniones con el público en el que el interés se enfocó especialmente en las historias del fútbol, los autores leyeron pequeños fragmentos de sus textos.

El ciego más visionario de la literatura, desde la atalaya de la biblioteca de la eterna Buenos Aires dijo alguna vez que si el cielo existía, de alguna forma debía ser un espacio enmarcado por libros.

Por eso, al concluir la memorable velada de presentación de los miembros del Taller García Márquez, los autores y sus amables acompañantes en medio de los vapores de un espirituoso vino, se retiraron regocijados con la sensación de haber estado a las puertas del edén borgiano en pleno centro de la patria de su personaje Otálora, en otro acto de fe por Colombia.

 

 

Soplan vientos de poesía

 

Foto: Tolkeyen Patagonia Turismo

El escritor y exabogado colombiano de raíces levantinas y centroeuropeas Eduardo Bechara Navratilova, ya reconocido por una amplia obra narrativa, muestra una interesante faceta de poeta, ya no solo en sus versos sino en lo que podríamos llamar el gran poema de su aventura quijotesca denominada “En busca de poetas”.

La idea le venía rondando en la cabeza desde hace muchos años, pero comenzó a hacerse carne en la primavera austral de 2010 en Córdoba, Argentina, mientras departía con dos vates gauchos, cuando uno de ellos manifestó que sería muy hermoso hacer un viaje por toda Suramérica buscando poetas desconocidos para hacerles reconocimiento. Al ver la coincidencia con su obsesión la idea tomó vuelo y al regresar a Colombia empezó a trabajar en ella y ya era más que un proyecto.

Lo que estaba planeado para un año se tornó en una epopeya que lleva un lustro y que además del enriquecimiento espiritual para su creador y para los poetas descubiertos por él, muestra su fruto concreto en el libro Breve tratado del viento sur, que es una antología de los poetas de la Patagonia.

Se trata de un texto hermoso tanto en su aspecto externo como en su contenido, rebosante de lírica y sentimiento por todos sus poros, ilustrado con mapas de esta exótica y desconocida zona del mundo, de la cual muchos tienen como única referencia el ser como una especie de sinónimo refinado de “el carajo”, “la p.m.” (punta del mapa) u otras expresiones que indican un lugar remotísimo.

La obra comienza con la presentación que hace Eduardo, bajo el título “Poesía del frío: una aproximación a la poesía contemporánea de la Patagonia argentina”, para luego mostrar la vida y parte de la producción de casi 90 poetas a las que encontró y contactó en largas jornadas que lo hacían ir de un lado a otro de la gran estepa del sur.

En introducción también muy poética nos hace sentir el aliento gélido del frío patagónico, de su ominpresente viento y nos comparte el sentimiento de soledad y pequeñez del ser humano frente a un paisaje vasto y abrumador. Es así como nos trae a Liliana Ancalao con un frío ancestral que pasa de una generación a otra al decirnos:

“las mamás/todas/han pasado frío/mi mamá fue una niña que en cushamen andada en alpargatas por la nieve/campeando chivas/yo nací con la memoria de sus pies entumecidos/ y un mal concepto de las chivas/esas tontas que se van y se pierden/ y encima hay que salir a buscarlas a la nada”.

Por su parte María José Rocatto, de Puerto Madryn también muestra la omnipresencia del viento al decirnos: “Al otro lado/la niña cuelga palabras en cordeles de viento/en medio de la nada, esta  nada fría que tiñe los días/las noches de ausencia,/vacío de ausencia”.

A juicio de Bechara, uno de los poemas que mejor describen la sensación de ser ínfimo frente a un horizonte abierto e inmenso es el número XIII, que es parte del poemario de Raúl Mansilla titulado “Las estaciones de la sed”: “En la Patagonia los espacios son fáciles de llenar. / Mirada al horizonte,/ y en segundos/ un baldazo de dios a lo imposible”.

El Taller de Escritores Gabriel García Márquez tuvo el privilegio de contar en reciente sesión especial con la presencia de Eduardo, quien comentó de primera mano sus vivencias y sensaciones en el desarrollo de este singular proyecto cultural tan marcado por el sentimiento de fraternidad y una sensibilidad muy especial frente a los seres que muchos en una sociedad marcada por el dinero como principal (y para algunos único) factor a tener en cuenta, son tomados como locos o patitos feos cuando en realidad son cisnes que nos hacen más bella la vida con sus versos únicos.

Si la  función de la poesía es mantener la salud del idioma y una de sus definiciones nos dice que es conversar con los ángeles, este Breve tratado del viento sur como resumen de la rica experiencia de lo que ha sido hasta ahora el Proyecto en Busca de poetas es un delicado e inolvidable diálogo con los hermanos y hermanas que desde un rincón lejano del continente nos traen voces que eran desconocidas pero que resultan sorprendentemente cercanas en su humanidad y belleza.

¡ Gracias a Eduardo, Anahi, Valeria, Sebastián, Verónica, Aldo, Nara y a los demás bardos que hicieron realidad este sueño patagónico y suramericano !

Once días de noviembre

palacio de justiciaerupción del volcán

 

 

Con este título el escritor Óscar Godoy Barbosa(Ibagué 1961) presenta en forma de novela dos episodios que impactaron al país en el mes once de 1985: la tragedia del Palacio de Justicia y la catástrofe de Armero, ocurridos con apenas una semana de diferencia.

Ambas situaciones han sido objeto de numerosos estudios y de diferentes versiones, así como de investigaciones, informes y trabajos de toda índole. Pero en buena ahora aparece como un necesario ejercicio de memoria y de reconstrucción de unos hechos desde la mirada humana que brinda la literatura, ayudándonos a encontrar algo más cercano a una verdad que nos ha sido velada por las manipulaciones de los interesados en que no se cuestionen los poderes responsables del desastre nacional.

Con un gran manejo de la prosa y de las técnicas narrativas, Godoy nos muestra en tercera persona el drama vivido en el interior del Palacio desde la toma por un comando del M-19 el 6 de noviembre hasta la brutal retoma por parte del ejército al día siguiente.

En esta parte el protagonista es el magistrado Guillermo, que ve morir a muchos de sus compañeros y logra salir acompañado de Camila, una joven visitante que había acudido a pedir a un magistrado coterráneo que le ayudara a buscar a su hermana desaparecida. Por esas ironías del destino, la propia Camila también es “vaporizada” (como en el “1984” de Orwell) por las fuerzas oficiales, sin que vuelva a saberse de ella.

Paralelamente, asistimos a la narración en primera persona, de “Guillo”, hijo de Guillermo, exiliado en Europa, no  por motivos políticos sino familiares pues no perdonó al progenitor el haber abandonado a su madre. El joven relata las peripecias de su peregrinar en el viejo continente, su soledad y nostalgia matizadas por las drogas y sus aventuras de gigoló, vida que es interrumpida por las noticias que llegan de Colombia.

Entre tanto el autor nos tiene en suspenso en las ardientes tierras de Armero, a donde un Guillermo aún lacerado física y emocionalmente ha ido en búsqueda de Sara, su madre, para llevarla a la capital del país ante la inminencia de una avalancha del volcán Nevado del Ruiz. Finalmente la anciana, que estaba reacia a dejar su casa, acepta irse con un hermano, su hijo y la nuera. El viaje, programado para la primera hora del día siguiente nunca se realizaría.

Cuando “Guillo” regresa a Colombia, encuentra en la casa paterna solamente a su media hermana, a quien no conocía, y a una hermana de la nueva esposa de su padre. Con ellas emprende la infructuosa búsqueda de Guillermo y sus acompañantes, devorados por la furia del alud.

En la desolación de un final nada feliz, al joven le queda el consuelo del reencuentro con el país, el sabor de la única conversación con el padre en los últimos once años, el recuerdo de la hazaña paterna de salir vivo del holocausto y su intento de salvar a la abuela.

Así lo despedimos mirando los anuncios de lluvia sobre los cerros tutelares de la ciudad y contemplando la oscura noche de la violencia, que ahora, con los acuerdos hacia la paz parece estar terminando.

Además de una excelente narración que no suelta al lector de principio a fin, en la que tal vez sobran algunas de las “trabas” y de las proezas de latin lover de “Guillo”, estos once días de noviembre son un delicado sortilegio literario para conjurar el olvido y enfrentar cara a cara una de las épocas más tenebrosas del pasado nacional.

Con estos once días, Godoy, ya destacado en el periodismo y en la literatura, ganador de varios concursos de cuento y novela, se asienta con pie firme en las grandes ligas de las letras nacionales.

Gracias a Óscar y a la editorial Desde Abajo por esta gran contribución a la memoria y al reconocimiento de nuestra realidad con la llama vivificante de la narrativa.

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Marco cercano de la ficción, la verdad y la salvación

En 2005 el historiador Benito Bermejo desenmascaró a un octogenario barcelonés que durante varios años se hizo pasar por resistente antifranquista y sobreviviente de los campos nazis. Enric Marco llegó a ser secretario general de la Central Nacional de Trabajadores y presidente de una de las asociaciones de víctimas del holocausto, la Amical de Mathausen, dio centenares de conferencias y obtuvo gran reconocimiento público. Marco nació en 1921 en un hospital siquiátrico, nunca hizo nada extraordinario hasta comienzos de los años 70 cuando España empezaba a despertar del letargo de décadas de dictadura. Por esa época, al frisar el medio siglo inventó su mentira y se quedó a vivir en ella, por deseo de reconocimiento y sin sacar provecho económico. El reconocido escritor Javier Cercas, quien pasaba por una crisis personal que lo hizo acudir al sicólogo, vivió un ambiguo sentimiento de atracción-repulsión por esta historia. Durante 7 años no quiso escribir el libro sobre el tema pero tampoco pudo dejarlo de lado, hasta cuando se decidió, casi retado por otras personas, especialmente por otro escritor que lo provocó al decirle que de algún modo todos y particularmente él, también éramos impostores.

Finalmente se contactó a Marco y buceó en su vida, no para justificarlo ni excusarlo sino para entenderlo. A lo largo de su investigación y de la narración que hace de ella, muestra de manera franca y cruda las miserias y contradicciones de su personaje y se revuelca en la incómoda sensación de que tal vez no pretendía  salvar a Marco sino quizá salvarse a sí mismo.

A la vez que va contando la vida del hombre, se recuenta gran parte de la historia de España, las vicisitudes de la guerra civil, la situación durante los largos años del franquismo y el paso a la democracia con sus ansias de memoria histórica y de revisión del pasado. Muestra cómo Marco es un reflejo del conjunto de la sociedad que fácilmente creyó su mentira porque también la mayoría fue pasiva durante la dictadura y no se interesó realmente por las víctimas del franquismo y del horror hitleriano. En la obra gravita permanentemente la idea de que el pasado siempre retorna y es un componente ineludible del presente.

¿ Cómo lo hizo?

En su exhaustiva búsqueda, el autor comprobó la gran inteligencia de su personaje y cómo construyó cuidadosamente su pasado ficticio a partir de medias verdades. Fue así como encontró que Enric sí estuvo en Alemania durante la guerra, como trabajador voluntario, ya que enviando miles de obreros, Franco le pagó a Hitler el apoyo que le había brindado durante la guerra civil. Más aún, sí fue prisionero en la Segunda Guerra Mundial, pero no en un campo de concentración, sino en una cárcel común, acusado (y absuelto) de conspiración contra el Reich por haber hecho un comentario favorable al avance de los soviéticos.

Su habilidad es sorprendente, ya que sin haber cursado estudios superiores tenía una gran cultura hecha a base de lecturas propias y su escogencia del pequeño y poco conocido campo de Flossenburg fue muy elaborada, pues averiguó que allí, en los registros oficiales aparecía que estuvieron apenas 14 españoles, muchos de ellos ya muertos o que no recordaban con precisión por ser demasiado viejos, de modo que no podían desmentirlo. Además, el hombre falsificó la copia de un registro que le facilitaron en una visita, para su fortuna de alguien que se llamaba también Enric y con un apellido parecido, que le fue muy fácil de falsificar.

La técnica

El escritor sorprende a la crítica y a sus lectores, al grado que uno de los comentarios lo compara con Scott Fitzgerald y Faulkner, en tanto otros sostienen que “pertenece a la estirpe de los grandes escritores y es inolvidable”, además de “demostrar que cuando hay talento no hay tema agotado” y entregarnos un libro que no habla de Enric Marco sino de cada uno de nosotros mismos, “un libro asombroso que, con una audacia inédita, ensancha los límites del género novelesco y explora las últimas fronteras de nuestra humanidad.”

No es retórica de editoriales o comentaristas porque se trata de un estilo muy propio, alucinante, en el que se mezclan magistralmente la narración, la crónica, el ensayo, la biografía e incluso la autobiografía (descarnada porque el autor nos comparte sus neurosis y lo acompañamos en el diván del sicoanalista y nos adentra en las motivaciones que lo llevaron a escribir la obra, lo mismo que en las emociones que le despierta su elaboración). Es así como mientras indaga en la vida de Marco y lo confronta consigo mismo y con su narcisismo (entendido no en la forma clásica del mero enamoramiento de sí mismo sino como el trauma  cuando se reconoce la realidad propia), juega con la similitud entre la aventura de Alonso Quijano, convertido en don Quijote para reiventarse en la cincuentena, salir del anonimato, escapar de una vida gris y quizá salvar a Cervantes, en tanto, también en el medio siglo, Marco rompe los moldes estrechos de un hombre del común y se vuelve una celebridad. ¿ Para salir en la foto y huir de la realidad porque ésta mata, mientras la ficción salva, sin saber que luego un escritor contaría su vida verdadera y lo liberaría de su impostura, para que se reconociera a sí mismo y luego muriese  cuerdo, sereno y reconciliado?

Al fin, Cercas se pregunta si su propósito es absurdo y si  la literatura puede salvar a alguien y si al querer salvar a Marco, en verdad está tratando de salvarse a sí mismo. Califica de insensatos y ridículos estos interrogantes e inicialmente su formulación misma le da vergüenza, para retroceder inmediatamente a reconocer que esa es una vergüenza falsa porque no hay otra forma de decir NO a las limitaciones de la literatura, “ a su miserable impotencia y su inutilidad” porque si la literatura sirve para salvar a una persona, así sea a una sola, “honor a la literatura”, pero si solo sirve de adorno, entonces que se vaya al “carajo cósmico” (Jose et al., 2015).

Consecuente con ese pensamiento concluye que la única forma de averiguar si Marco se salvará es terminando el libro y contando toda la verdad sobre él (aunque el hombre en un capítulo anterior, acorralado por las evidencias que le presentaba Cercas sobre la falsedad de uno de los episodios más heroicos de su fantasía, le pidió que tuviera compasión y “le dejara algo”).  La obra termina con la visita del escritor, en compañía de su hijo, al antiguo campo de Flossenburg, ahora convertido en memorial, donde al revisar el registro del prisionero cuyo número tomó el impostor, por un momento llegaron a pensar que había dicho la verdad, para luego comprobar que se trató de una genial transformación de las letras del apellido de aquél, para alivio de Cercas, quien secretamente se dijo a sí mismo “Sabía que no me fallaría”.

Su acompañante le dice: – Es el puto amo, a lo que el literato responde: Si, pero también es Enric Marco.

Surgen muchas preguntas de esta lectura, tal vez la más importante de ellas es ¿ Quién soy yo y me salvará la literatura?

El arrullo del pingüino

[Fotos] Increibles fotos de la antartida

¡Qué desolación ! Es lo primero que pensé al poner pie en Hornos, la última isla del continente. Toda la zona debería llamarse así y no solamente otra isla que está  situada más al norte que esta. Más allá sólo hay un mar de oscuras aguas azules y después la Antártida, el que mi profesor de geografía llama el continente blanco. Cuando llegué, acompañada de Teresa, mi amiga argentina, después de cinco horas de agitado viaje en lancha por el Canal Beagle, el día era nublado pero a la vez iluminado por una luz extraña, que bajaba del cielo como en esos pasajes de la Biblia en los que Dios habla desde arriba a los humanos.

Al caminar por la pequeña playa pedregosa que termina en una gran pared rocosa con alguna vegetación de musgos, no le quise mostrar mi verdadero estado de ánimo y más bien le dije que nos concentráramos en subir con cuidado la enorme escalera que en un trayecto de casi cien metros nos condujo a la parte superior.

Por suerte, desde el principio, al recibirnos la pareja formada por mi paisano chileno Andrés y Francisca, su esposa argentina, únicos habitantes de estas soledades, nos animaron diciendo que no nos dejáramos llevar de la primera impresión, que poco a poco le tomaríamos el sabor a estas tierras remotas. Ellos llevaban mucho tiempo esperando ser admitidos para pasar un año manejando el faro, pero tal vez por haber un conflicto por límites entre los dos países, no les habían dado esa oportunidad.

Ahora, que el asunto se solucionó ya les dieron el trabajo y además creyeron oportuno convocar a dos niñas, una de cada nacionalidad, para que los acompañaran durante un mes y contaran la experiencia en sus escuelas.

Ubicadas en uno de los cuartos de la pequeña pero cómoda casa anexa al faro, al resguardo del frío y del viento, entramos en calor y nos damos cuenta de que todo es acá tan distinto; no es sólo el paisaje sino la soledad: es un día el que llevamos y ya extrañamos el bullicio de Santiago y de Buenos Aires. Hasta las pequeñas Ushuaia y Puerto Williams nos parecían grandes urbes comparadas con el peñasco en el que estábamos solo cuatro personas.

No fue buen comienzo la tempestad de nieve y viento que empezó en cuanto nos instalamos en la casa. Tres días con sus noches estuvimos encerradas, entreviendo por la ventana cómo la tormenta cubría con una sábana blanca todo el contorno. En aquella inactividad forzosa, ya que no habíamos llevado libros buscamos en el cuarto de mando y en la pequeña biblioteca solamente encontramos manuales de navegación y guías de manejo del faro. Le dimos una hojeada a las páginas que contenían muy poco texto y en unos términos incomprensibles, muchas gráficas y números. Estábamos abandonando decepcionadas la búsqueda, cuando a mi amiga le dio por abrir los cajones del escritorio del farero y halló allí un polvoso ejemplar con un título extraño “Bambini lontani, viaje alrededor del mundo en cinco cuentos”. Después de discutir quien lo leería primero, Teresa hizo valer su derecho por haberlo descubierto.

–¿Qué tal el libro, querida? – le pregunté al día siguiente.

–No tengo una opinión muy definida. Por una parte me llamó la atención que todo fuera protagonizado por niños y niñas en sitios muy remotos, de ahí su título que quiere decir “niños lejanos”. Eso tiene su encanto, pero por la otra esa fantasía no encaja en el mundo de hoy, donde cada uno está en lo suyo y ya no hay campo para las aventuras como las que ahí se cuentan – fue su respuesta.

– Lo leeré y te diré qué pienso – le dije, recibiendo de su mano el impreso, dispuesta a leerlo en la noche, lo que hice hasta altas horas.

Luego fui yo la interrogada. Grande fue el asombro de mi compañera cuando le dije que me parecía que nosotras éramos personajes del libro y que no había llegado allí por casualidad.

–No puede ser, ¿cómo qué personajes de un libro de cuentos si somos tan reales como las personas que aquí nos alojan? Es lo más absurdo que te he oído decir y yo que te creía tan inteligente” fue su protesta ante mi afirmación.

–No hay que tomarlo al pie de la letra, no estamos por ahora en el texto, no aparecemos en ninguno de los cuentos, pero para mí es claro que el autor deliberadamente lo hizo llegar a este rincón perdido del fin del mundo para que tú y yo lo concluyéramos– le repliqué.

–Ahora sí me dejas más confundida, sería más fácil que fuéramos personajes y punto; el escritor nos daría los respectivos papeles, pero ahora que debemos crear nuestra propia aventura, no sé qué pensar. Muy cómodo para él, nos deja todo el trabajo a nosotras.

–Por el contrario, creo que es más fácil, deduzco que el autor, por el gran esfuerzo de crear una historia creíble para cada continente, quiso acercarse a inventar algo en la Antártida, también protagonizado por jóvenes, pero no pudo más  y dejó así. Como los libros adquieren existencia propia, es una oportunidad muy feliz para que nosotras le demos vida al sexto cuento para que quede completa la vuelta al mundo incluyendo el continente blanco– sentencié satisfecha de poder utilizar la expresión que me trae recuerdos del profesor de geografía y que ya estoy utilizando casi tanto como él.

Aún cuando no sabíamos qué hacer exactamente, quedamos convencidas de que debíamos buscar la manera de ir a la Antártida y el propio viaje y el solo hecho de poner nuestros pies en esa inmensa y helada tierra ya serían en sí mismos una aventura fuera de lo común. Acordamos pedir a nuestros anfitriones la manera de conseguirnos cupo en algún barco que viajara allá porque les oímos decir que en los últimos días del verano varios de los cruceros recalan aquí antes de su destino final y que aún cuando ya era prácticamente el fin de la temporada, todavía era posible que pasara alguno.

Al cuarto día, cuando el viento se calmó un poco recorrimos el lugar y nos impactó la imponente escultura del gran pájaro de acero, un albatros en vuelo, de más de siete metros, levantado en un montículo al que se sube por un penoso ascenso de cientos de metros. Es como una plegaria alada por la memoria de los muchos marineros que han muerto en las olas embravecidas de estos mares.

-Hortensia, muy lindo lo de “ Soy el Albatros que te espera en el final del mundo” y que los marineros no murieron en las furiosas olas sino que hoy vuelan en mis alas hacia la eternidad en la última grieta de los vientos antárticos, como dice el poema que está en la base del monumento, pero  me pregunto por qué no hay también algo para recordar a los indios que poblaban la Tierra del Fuego y todas estas comarcas, que fueron exterminados – me dijo Tere con expresión grave en su rostro.

-Tienes razón pero no sé qué podamos hacer – le respondí- sin mucho interés en entrar en debates históricos y sin saber que ese tema volvería a hacerse sentir después.

Luego vinieron largos días en que no sucedía nada y el tiempo se arrastraba lentamente en el fin del mundo, que se hacía un solo espacio de viento, frío y silencio. Pero la quietud y el no poder salir mucho al exterior nos hicieron valorar mucho más la compañía humana en el faro y refugiarnos en el mundo de los sueños. Todas las mañanas el tema era lo que ocurría dentro de nosotros mientras dormíamos.

Así, lo que nos contábamos los cuatro habitantes, era interesante y casi se fue convirtiendo en un juego que nos transportaba a otro mundo. En una ocasión Teresa dijo “muy lindos esos sueños pero ninguno muestra nada de donde estamos. Habría que tener uno relacionado con este lugar, sus animales y la gente que vivió por aquí”. Le respondimos que eso no era fácil, que los sueños no podían programarse pero ella manifestó que no perdía la esperanza de ver en el ensueño lo que tanto le preocupaba.

–Amiga, ¡qué felicidad! No quería despertarme pero también deseaba compartir contigo lo que soñé. Me visitó el ave, tan grande como el albatros pero de cabeza negruzca, cuello entre blanco y gris, cuerpo con amplias líneas pardas y de blanco grisáceo que dejaba ver en sus alas, al volar una mancha clara y una cola blanquecina que termina en una banda negra. Digamos que sus colores no eran tan llamativos pero lo sorprendente es que se posó en lo más alto del faro y allí su cola se extendió cubriendo la parte superior y dejando sobre toda la edificación una especie de lluvia de pequeños soles rojos brillantes. Ya tengo el pájaro que homenajea el recuerdo de los alacalufes, selk-nam (que conocemos como onas y de los cuales quedan algunos descendientes), patagones y demás pueblos nativos que existieron por acá. Aunque no dijo nada, sentí que venía para recordarlos y a decirnos que nosotros no debíamos olvidarlos– manifestó Tere con gran emoción, una mañana muy temprano.

Como no era mucha la privacidad, al momento la visita fantástica del gran pájaro ya era noticia entre los pocos habitantes de la isla. Francisca explicó que al parecer se trataba del carancho, una especie de halcón que era venerado por los pueblos originarios como símbolo de armonía con el mundo y de abundancia de animales para la caza y pesca, aunque en realidad es más pequeño que el albatros. “No importa”, dijo Tere, agregando que para ella era grande, mucho más imponente y hermoso, y lo más importante, había traído color y memoria al faro y a la isla.

No quisimos discutir ni disminuir su alegría y dejamos así porque en los sueños todo es posible. Sin todavía superar la emoción que de alguna manera logró contagiarnos, aunque supiéramos que nada tenía que ver con la realidad, de repente nos sorprendió el largo sonido de la sirena de un barco que anunciaba su llegada. Salimos a la playa y nos sorprendimos al ver un catamarán no muy grande, blanco en su base y de colores vivos en su segundo piso, con un gran letrero que decía “El alacalufe”.

 Mayor fue luego el asombro, cuando al bajar y después de los saludos, el capitán, que se identificó como Tito Matijasevic informó a Andrés que iba rumbo a la Antártida y que su itinerario no incluía a Hornos pero al  cruzar el canal percibió un extraño resplandor en el faro que lo hizo venir a averiguar. El farero, su esposa, Tere y yo nos miramos en silencio pero no dijimos nada, tal vez deseando en el fondo conservar nuestro secreto.

Poco duró la discreción porque el capitán se ganó rápidamente nuestra confianza al aceptar el pedido de Andrés de llevarnos y al comentarnos que había bautizado así al barco en homenaje a uno de los pueblos indios de la zona, en realidad llamados kawéskar, pero cuya denominación un tanto despectiva, puesta por otra tribu, “alacalufes”, “comedores de mejillones” ha perdurado y es más fácil de pronunciar.

En la tarde ya estábamos instaladas cómodamente en la nave, sin todavía poder creer que íbamos hacia el Polo Sur. Decíamos adiós al continente y poco después ya era mar y solo mar lo que veíamos. Curiosamente empezamos a tener nostalgia de la isla y su faro pero también a experimentar algo mucho más profundo, la sensación de que este viaje cambiaría nuestras vidas y que ya estábamos quedando ligadas al sur para siempre. Creo que no fui la primera en captarlo porque sentía a Tere ahora más madura y serena, sus ojos eran de un brillo diferente y comprendí que quizá pronto yo también debía vivir algo impactante que me permitiera tener la misma sensación de paz que observaba en ella.

No hubo que esperar mucho. En el segundo día, cuando ya eran muy visibles grandes témpanos, de repente, surgieron de las profundidades grupos de ballenas azules que se acercaron al barco y empezaron a entonar la más profunda y misteriosa melodía que haya escuchado en mi vida. No podría definirla con palabras pero me parecía captar el lamento más hondo por sus hermanas sacrificadas en horribles matanzas, la nostalgia de la niñez de mi madre en Punta Arenas, arrullada por un coro más ancestral que este y, en especial, una especie de sacramento de unión entre animales y humanos en una plegaria por la  casa de todos, la Madre Tierra.

Esta sola visión y sus voces ya habrían justificado este y mil viajes más. Como en un rito sagrado todos guardamos respetuoso silencio y solo horas después intercambiamos palabras todavía bajo el impacto del sublime espectáculo. Nos esperaban otras emociones.

Como una enorme y blanca pared aparecieron a los lejos los contornos del sexto continente. Hacia las 6 de la tarde el capitán anunció por altavoz que en media hora llegaríamos a la Antártida.  Treinta minutos después no era solamente el blanco el color a admirar. Por un estrecho canal  quince arcoíris que cubrían de lado a lado el fiordo nos daban la bienvenida como un techo de mil colores hasta que arribamos a una bahía en cuyas orillas refulgía la albura de hielos eternos con algunos claros rocosos.

Allí, cual comité de recepción, la costa estaba adornada por multitud de pingüinos emperador. Era de no creer, una verdadera fiesta en traje de etiqueta en honor de los visitantes. Casi al mismo tiempo Tere y el capitán recordaron que ella, la embarcación y yo cumplíamos quince años. Con el viaje y los acontecimientos casi lo habíamos olvidado pero lo recordamos en el mejor momento. Después los arcoíris quedaron atrás, vino una oscuridad que no nos permitía ver a nuestros amiguitos en frac. Pero sabíamos que seguían allí porque comenzaron a entonar otro canto, esta vez más suave que el de las ballenas, un poco chillón pero igualmente mágico que nos envolvió con su tono a la vez melancólico y misterioso, como un arrullo de pájaros que vuelan en la profundidad de las aguas en medio de un jardín submarino.

De nuevo la tranquilidad fue el resultado de este concierto. Dos pasajeros que habían estado muy silenciosos durante el recorrido nos dirigieron la palabra. Eran una señora mayor, delgada y con grandes anteojos y su hijo adolescente, también delgado, de cabello castaño ensortijado y con unas gafas tan gruesas que no permitían ver el color de sus ojos, que es lo que más me interesa en las personas porque es como asomarme a sus corazones. La madre, una uruguaya que dijo dedicarse a estudiar las aves, usó para ese oficio una palabra que no recuerdo, manifestó:

“Nos gustan todos los pájaros pero nuestra especialidad son estos. Su lenguaje es muy particular y tienen sonidos muy diferentes para cada situación que quieren comunicar. Mi hijo, Juan, tiene una sintonía muy especial con ellos y por eso también los estudia y me ayuda en las investigaciones”.

El chico se ruborizó con la mención que se hiciera de él y con un esfuerzo grande por vencer su timidez, nos dijo que con gusto nos explicaría lo que quisiéramos saber sobre esas aves.

Poco después, aún desde el barco vimos como en el cielo empezó otro espectáculo: de pronto apareció un arco de colores muy alargado que se fue extendiendo en el horizonte. Luego empezó a incrementar su brillo y por partes era más intenso y dominante el verde, para destacar luego el rojo, el azul y un intenso púrpura. A lo largo del arco se fueron formando rizos y debajo de él una especie de rayos de luz verticales, delgados y alargados.

Era de no creer, el cielo estallaba en mil colores que se reflejaban en el blanco de la nieve y en las olas del mar que parecían llenarse de estrellitas danzantes. Nunca me había inquietado si realmente el mundo tenía un creador o no pero en ese momento pensé que quien quiera que haya dado vida a todo esto, más que creador, relojero cósmico o gran arquitecto como le he oído decir a mi padre, era más bien un pintor porque entendí que este y todos los mundos son ante todo color:  el verde multicolor de la primavera, el gris del otoño, el blanco del invierno y el dorado verano, sus días y noches, auroras y tormentas, el abigarrado pico de los tucanes, el azul furioso de algunas guacamayas, el iris submarino de los corales,  lo mismo que los prismas cósmicos de las galaxias y constelaciones en las que pareciera que el universo se estuviera enlazando a sí mismo con brazos revestidos de astros refulgentes.

Cuando compartí con mi compañera esta impresión sobre el color como esencia de la vida no se sorprendió y me recordó que en todos sus sueños era el elemento central y que ahora estaba viviendo una visión tan maravillosa que no sabía si era realidad o no porque le recordaba una de las fantasías más hermosas que tuvo de niña en sus fantasías nocturnas.

–Son las niñas más afortunadas del mundo – dijo el capitán. En tantos años de viajes, hemos visto algunas auroras australes, pero ninguna precedida de un rosario de arcos iris ni tan hermosa y larga como esta. Es la primera vez que una pasajerita, mejor dicho dos, me cumplen 15 años a bordo, el mismo tiempo que lleva mi nave surcando estas aguas. Todo hoy es muy especial. Mañana haremos un pequeño recorrido por la playa y regresaremos porque el tiempo puede ponerse malo.

La noche, o mejor, lo que podíamos tomar como tal porque en realidad fueron apenas unas horas en la que la luz disminuyó un poco, se nos hizo muy larga y casi no pudimos dormir por la ansiedad, no sólo de pisar la tierra (o mejor dicho el hielo) de la Antártica sino porque temíamos que en la mañana ya no estuvieran los simpáticos animalitos que vimos desde cubierta.

Por fin llegó la hora y con los demás viajeros llegamos a la orilla en tres botes inflables. Las aves ya no estaban pero afortunadamente no se habían ido del todo sino que en grupos más reducidos se los podía ver a una distancia no muy lejana entre las rocas. Pudimos escuchar graznidos que nos parecían de alegría. Ante nuestra observación, Juan, que se había situado excesivamente cerca de Teresa, manifestó que así era, que reconocía ese sonido pero que ahora le parecía más intenso, como si efectivamente quisieran expresar júbilo.

En la playa el señor Matijasevic reunió al grupo y subido en una piedra en la que se resaltaba más aún su estatura de por sí elevada, ante el griterío de los pájaros y el rumor estruendoso de una fuerte corriente de aire que empezó a levantarse, alzó la voz para decir:

“Bienvenidas al continente blanco. Nos dividiremos en tres grupos para hacer un pequeño recorrido de solo diez minutos. Nos vemos acá de nuevo junto a esta piedra en ese tiempo. Luego hay que partir casi de inmediato porque del barco me anuncian que se aproxima una tormenta que puede congelar el canal de salida y ahí sí que estaríamos en problemas. Además, ahora el frío es soportable, estamos a dos grados bajo cero, pero la temperatura puede descender bruscamente de un momento a otro”.

Hubiera querido quedar en el equipo en que iba Juan pero no hubo tiempo para escoger porque el capitán los integró a su voluntad y en el mío quedamos mi amiga, yo y seis personas más. No sé cómo fue pero en momentos en que los ocho íbamos juntos y las dos quisimos caminar hasta un montículo de roca en que había varios pingüinos para poder verlos de cerca y quizá tocarlos, surgió una niebla baja que nos hizo perder el contacto con los demás.

En un abrir y cerrar de ojos ya no los vimos a ellos ni a nadie y estábamos en medio de la blanca oscuridad del polo. Sin guía ni la menor idea de adonde dirigirnos, seguimos por inercia en la misma dirección que llevábamos, ya con la urgente necesidad de resguardarnos en cualquier parte porque el viento se estaba convirtiendo en huracán y apenas podíamos mantenernos en pie. Además el frío arreciaba, la caída de la temperatura fue tan brutal que de los dos grados de hacía poco solo quedaba un recuerdo  tibio. De repente, de entre las brumas vimos ante nuestros ojos una pared rocosa en cuya base había una pequeña oquedad y allí nos refugiamos a la espera de que pasara el temporal y vinieran a rescatarnos.

Nuestra aventura antártica estaba tomando un rumbo no deseado y hubiera terminado realmente mal, de no ser porque en los momentos escasos en que el huracán dejaba de aullar, se escuchaban otros compases muy diferentes, que no reconocimos al principio pero luego relacionamos con las voces de los pingüinos.

¡Eran ellos! Su murmullo tenía otro tono, agudo por momentos, otras veces como un leve arrullo, pero en todo caso fue una dulce voz de esperanza, que nos permitía albergar la ilusión de que no estábamos solas. El sonido, que normalmente hubiera invitado al sueño, esta vez nos ayudaba a mantenernos despiertas y a vencer la somnolencia que nos acechaba. La estrecha gruta no nos permitía estar de pie y agachadas conservábamos mejor el calor.

Con todo, la situación empezaba a ponerse desesperada. El viento rugía con furia y a cada momento helaba más y solo por instantes podíamos volver a escuchar los sonidos de los pájaros. Cuando noté que Teresa empezaba a dormirse comencé a hablarle, procurando que no nos venciera el sueño porque había leído que en los casos de frío extremo si uno se duerme ya no despertará nunca y a eso le dicen la muerte dulce.

Casi media hora después mientras el frío me estremecía y trataba de alejar la idea de la muerte, fue mi amiga la que me hizo sentir que era una posibilidad cada vez más cercana y real cuando dijo con voz entrecortada que me costó gran trabajo entender:

—¡Qué fin tan triste para el libro de cuentos, desaparecidas y congeladas las dos jóvenes protagonistas de la última narración!

—No digas  eso – le respondí, más por convencerme yo misma que por darle ánimo. En los cuentos que leímos no hay  muertos ni violencia y por eso nosotras tampoco podemos morir ahora.

Un corto silencio fue su respuesta. Allí sí que aumentó mi preocupación. Tuve que sacudirla para despertarla porque estaba cercana a la inconsciencia pero para mi tranquilidad, volvió a hablar, aunque con voz entrecortada, diciendo que sí había muchos muertos en los relatos, como los que se mencionaron en el desierto en Mongolia, el vikingo Svein, dormido para siempre en una urna de cristal, los que fueron arrastrados por la lava del volcán y otros.

–Los del acantilado de fuego eran efectos especiales y tienes razón en que en muchas partes de las historias se mencionaban hechos de violencia o aparecían personas difuntas como parte de ellas y del pasado pero que ninguno de los niños que eran personajes centrales perdía la vida– repliqué, mientras se afianzaba en mí la convicción de que no podíamos tener un final tan triste como el que nos estaba amenazando. No quise continuar con mis intentos de animarla porque la última expresión que me lanzó me dejó sin ánimo de articular palabra y a la vez con el convencimiento de que finalmente nos sacarían de allí. “Confío en que el comandante y Juanito no nos abandonarán” fue la frase que articuló, esa vez muy claramente y sin vacilación.

 Así pudimos soportar cerca de una hora pero el hielo ya empezaba a atenazarnos porque comencé a ver a mi amiga cada vez más pálida. Su rostro adquirió un blanco tan intenso que casi iluminaba la oscuridad de la pequeña caverna y ya empezaban a acumularse pedazos de hielo en la entrada que en poco tiempo hubieran podido bloquearla. Yo también debía estar tan pálida como la cera porque en dos momentos le vi cara de terror a Teresa mientras decía: “Me asustas, Tencha”. Nuestras esperanzas se estaban enfriando mucho más aceleradamente que el ambiente mismo.

Fue entonces cuando, como ángeles en blanco y negro, vimos llegar el cortejo de seis de ellos. Cuatro adultos y dos bebés, muy callados, se hicieron al lado nuestro, ciñéndose a nuestros cuerpos, dándonos calor y constituyendo una barrera contra el viento helado que estaba convirtiendo la caverna en una refrigeradora. Los pequeñines eran hermosos, serios con su andar torpe, todo su cuerpo era de un suave y cálido plumón blanco y apenas una franja negra les cubría la mitad de la cabeza; parecían los pajecitos de una regia boda imperial. Estábamos en su nidal y en vez de defender su territorio lo compartieron generosamente.

Es curioso, pero ahora que ha pasado todo, además de la quemante sensación del abrazo del frío, recuerdo que me penetraba por la nariz un aroma intenso que no podría definir pero que era como una mezcla de olor a plumas, nieve y huevo de ave, que impregnaba el aire y le daba un delicioso sabor a hogar. Es para mí un perfume dulce que guardo como un tesoro en mi memoria.

Fue inolvidable, salvadas por unos seres celestiales que no sé a qué tonto se le ocurrió llamar “pájaros bobos”.

Pasada otra hora, no entendíamos por qué, tan repentinamente como llegaron, se fueron nuestros salvadores. Pero no transcurrió un minuto cuando vimos arribar al capitán, con una gran linterna en su mano, acompañado de Juan y su madre, ahora con trajes mucho más abrigados, quienes nos reconfortaron con té caliente y nos condujeron rápidamente al barco. El muchacho, más apuesto que nunca, abrazó a Tere y yo tuve que conformarme con estirar mis brazos hasta la estratosférica altura del viejo lobo de mar que comandaba la expedición para poder recibir el apretón que me dio como un padre cariñoso y severo a la vez.

Ya en la nave, cuando repetíamos por milésima vez nuestro agradecimiento al gran Tito y al joven Juan, nos revelaron detalles de la operación. A pesar de los pedidos de su tripulación de que se abandonara el rescate para que de ello se encargaran los responsables de las estaciones científicas situadas a algunos kilómetros del lugar, que contaban con helicópteros y equipos de salvamento,  el pequeño científico insistió al capitán en que los sonidos de las aves le revelaban nuestra ubicación y logró posponer la partida un tiempo que fue clave. Así bajaron nuevamente a tierra, con vestimenta más apropiada y algunos elementos de búsqueda y nos hallaron gracias al rastreo de las voces de los animales que hizo el muchacho.

Todos se asombraron de encontrarnos con vida porque con las condiciones del tiempo nadie hubiera podido sobrevivir más de una hora. Cuando les contamos la ayuda que nos dieron los pingüinos emperador, verdaderos reyes de estos hielos, fue mayor la admiración por ellos.

¡Todo fue maravilloso! No sé si lo crean o no al leer mi artículo en el periódico escolar porque los chicos, tanto en mi colegio como en el de Tere siempre se reían de nuestros nombres, decían que eran como de viejas, Teresa y Hortensia, que no dejaban su sabor a antigüedad ni con sus cariñosos Tere y Tencha. También nos molestaban por nuestra afición a leer y contar historias. Pero ahora, que además quedará en “Bambini lontani”, todos sabrán que es cierto que le debemos nuestra vida al arrullo del pingüino.

Quien lo dude, puede visitar el faro del fin del mundo y encontrará que ahora no es la mole gris de antes sino una edificación colorida en cuya cima, junto a la casa de luz, brillan, en memoria de los pobladores ancestrales y de nuestra aventura las figuras de dos preciosas aves: un gran carancho y un elegante pingüino.

En su base, unos sencillos versos de nuestra inspiración son la huella de esta vivencia y el recuerdo de gentes que aquí vivieron y amaron en un pasado no muy lejano:

La tierra, la nieve, el cielo y el mar respiran el aliento de nuestra existencia apagada.

Las cenizas de la tierra del fuego aún arden con el latido débil de los corazones en ruinas, vencidos por depredadores despiadados.

Las islas y canales que recorrimos guardan secretos que perdurarán en el vuelo libre de las alas del carancho, en el canto de las ballenas y en el arrullo de los pingüinos.

Recuerdo eterno de los hijos e hijas del sur más profundo, perdidos en los repliegues del tiempo.

 

 

Ramón Salas Nomar, El Palindrómico Antártico, Tierra del Fuego, noviembre de 2015. Grupo Editorial  Penguin Random House.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El todo y la nada ante el carajo cósmico o el agujero negro mental

patafi

Introducción a la patafísica

En el núcleo profundo del micromundo humano divagan cual electrones en tríada elementos devenidos en utópico sofisma: libertad, paz y felicidad. Son sotosueños undívagos apenas sí en cierne, hundidos en su propia contradicción, arrastrados por el viento de cola cósmico de la anfibología y la ardicia que toman como premisa la sedicente unicidad de la excelencia y la totalidad, entendidas como el súmum de un telos superador de todo ethos antrópico.

La morralla claudicante sostiene que la razón y la lógica son sustentáculos de la filosofía y el pensamiento del paradigma insuperable. Pobre subprogenie, hueste aborregada que no puede advertir en su magín yermo que así la fementida racionalidad retrocede en el cieno de la limitada didascálica del poniente decadente posilustración, entronizando la antropología secular de la materialidad de un eterno presente como salida al laberinto del todo reconvertido en caos.

Así como riela en la noche del tiempo eterno el ilimitado universo, lo espontáneo efímero relumbra retorciéndose dentro de sí mismo, en el falso imperio de su propia antinomia.

De esta manera brotan las singularidades de la materia y su hermana invisible, la antimateria, en explosiones e implosiones de nebulosas, oscuros agujeros espaciales. Y en algún recóndito confín sidéreo refulge una estrellita que alberga en un astro de su órbita la única vida que conocemos.

¿Única? ¿Se atreverá a pergeñar respuesta esta forma enclenque, aspirante a perenne proyección intemporal? ¿ O nos contestará a su modo un espectral albedrío cuasimesmérico e incorporal, intelecto puro en revoltillo cuántico a la manera del quásar licuefactor de energías cósmicas, el fascinante monstruo que es pesadilla y maravilla de los estudiosos del cosmos?

La ilusión de la razón en el desierto de la existencia se debate entre la apariencia de lo real y el anhelo de eternidad lastrado por la inopia de la corporalidad.

De súbito surge el inmortal cuestionamiento de búsqueda extática de la plenitud, que permanece únicamente como tal: un vacuo interrogante que tanto da si se llena o no porque en el evo del espacio-tiempo evanece en su propio sin sentido.

Así como este escrito, no se sabe si va o viene o si es todo lo contrario, pero la ambigüedad misma es la que hace imperecedera su formulación y su heurística.

¿Sueño? ¿Mal sueño? ¿Pesadilla? ¿Sotosueño? ¿Pesadilleta o subpesadilla? ¿ Contorsiones de la razón o vórtice de la sinrazón? ¿Epifanías no natas? ¿ Inmadurez del cáñamo? ¿ Tsunami mental que estruja y pulveriza  axones desgastados?

La clepsidra del tiempo no apenas permite ordenar las interrogaciones. Menos intentar réplicas en un horizonte erizado de hesitación constante y caducidad prevista.

Así, en términos prístinos, desnudo mi angustia existencial a guisa de quisicosas que se lanzan al inexorable abismo de la nada que al fin es el todo mismo.

El presente artículo se basa en  “Ensayo de introducción a la perfección o la razón pura sin estrenar” escrito original de Jose N, quien me pidió se lo comentara y ampliara.

Texto original de José N.

Ensayo de introducción a la perfección o la razón pura sin estrenar

De la invaluable felicidad: a otros dos más caros deseos. Ellos: libertad y paz. El cierto mundo ideal o tres fundamentos y concepciones naufragados en medio del debate caídos en ambigüedad. Sufismos o utopías. En el franco supuesto del todo y la perfección. Vista en retrocesos a la razón y la lógica como fundamentos del pensamiento y la filosofía del ideal perfecto. El occidente decimonónico y su pedagogía trunca de la pureza y su síndrome de la solución al todo con la felicidad, de lo mundanal. Y la antropología secular de la cotidiana materialidad. El reino de lo espontáneo efímero: que brilla a la par de nuestro universo, y en contradicción. Singularidades de la materia y su anti, expansión y anárquicos supernovas. Agujeros o nebulosas. Nuestra estrella enana y tan vital para mostrar su tal capacidad de permanecer: y que somos únicos: osea no hay copia. Tal vez ¡Si? Una inteligencia anárquica. Como espectro sideral a la forma de ciertos Quasar con una voluntad de magnetismo incorporal?

Entre tanto nos vemos como espejismo de la razón; en medio del desierto una pirámide humana de ficción se debate entre la alquimia de la materia y la dicotomía entre la eterna juventud y la anarquía con un pobre metabolismo en su vehicular fisonomía. Y la perfección que conduzca a una idealización de felicidad: en donde carajos? Interrogantes en un horizonte sin claridades.

Nuestro tiempo de colofón: se agota, ante un inflexible juez natural, con su todo y la nada.

Abril de 2015

Antología de papel

Festival de Literatura "Nos Queda La Palabra"

En reciente encuentro de escritores promovido por el grupo Nos queda la palabra en Manizales me llevé la sorpresa de recibir el libro de poemas Antología de papel de León Darío Gil Ramírez, editado por el colectivo Babilonia.

Con León Darío cursé los dos últimos años de bachillerato en los ya lejanos años 70 y en esa época no le noté interés por las letras. Tal vez se lo tenía muy guardado o quizás fui yo quien no tenía el mínimo olfato para descubrir el talento con el que ahora me sorprende.

Por fortuna falló mi intuición y en sus páginas me encuentro con un poeta caracterizado por una fina sensibilidad y un humor inteligente, que nos hace sentir, en palabras de Hernando Salazar Patiño, unas deliciosas “cosquillas en el cerebro”.

Pero sin más preámbulos, dejemos que sean las propias palabras del invitado las que nos permitan apreciar su obra. Tomo apartes de sus poemas Primera maestra y A las vacas.

En el primero, mezclando ingenuidad y deseo precoz en un infante enamorado, nos dice:

“No la oía,

la miraba hablar, me ensimismaba en sus labios vivos, encarnados,

deletreando enanos, elefantes, faros,

contando números

o diciéndonos de Dios cosas de Él o de su reino.”

 

Pero como casi siempre al lado del amor corre el desengaño, remata contando que:

“Todos mis esfuerzos estaban encaminados a perder el año

para aprenderla más y más saberla el año entrante.

Pero lo gané, de pura rabia,

cuando la vi abrazada a don Jair,

el profesor de quinto de primaria”.

 

Dejemos al bardo-niño con su decepción y su avance académico no deseado, para ver cómo después del epígrafe “Ni les va ni les viene -¿ para qué?- este homenaje?”, toma a sus musas por los cuernos y se refiere así a sus inspiradoras:

 

“Parcas

Hablan, alargada y lastimera una mera sílaba infantil

por donde pasan escriben el alfabeto arcano de sus huellas

 

Se hacen las bobas con la eternidad

 

Literalmente valen en pesos lo que pesan

Y casi nunca, por un designio humano, mueren de muerte natural”.

 

Y volviendo a las remembranzas de la escuela elemental, claro, sin la misma carga que le puso a su recuerdo de la maestra, termina recordando que:

 

“La de mi cartilla de leer, sola, no tenía lejanías

con pintas blancas era una mancha negra, borronada,

más una ruina que una vaca de tanto ser calcada

y menos cierta que la certeza, casi viva,

de la uva en la página opuesta”.

 

Gracias a León Darío y al Colectivo Babilonia por este baño reconfortante de poesía y nostalgia.

 

Satori o los surcos de la luz

 

La poeta (Neira 19..?  )Elsa Cristina Posada ha obsequiado un nuevo regalo lírico a sus lectores. Ya mostró su filigrana poética con los libros “Cuentos de hadas” (1997) y “Mujer secreta (2014) y hogaño nos estremece con Satori. En esta colección,  “Elsa Cristina lleva su grano de arena como una hormiga hacia la montaña, lleva su sílaba de fuego hacia el encumbrado templo del lenguaje”:

En efecto, al leerlos encontré que esa descripción, tan hermosamente hecha por su prologuista, el también vate Fernando Denis, no es mera metáfora sino realidad viviente.

En Palma (“como una palma he crecido bailando al son del trópico con mis ramas/ sorbiendo el polen dulce y ajeno que trae el viento deshojándome y poblándome de nuevo con verdores / también sabiendo hundida mi raíz en la tierra”) se siente  el palpitar de las culturas aborígenes y de su relación mágica con la naturaleza.

Un espíritu sensible ante la violencia que azota a Colombia expresa su esperanza en un futuro mejor al anunciarnos que “vendrá un tiempo de frutas abundantes, un día en que la lluvia anuncie el suelo fértil de la siembra sin trueno de balas ni metralla, un día en que los cantos repartan la alegría y florezca el amor”).

Para terminar esta pequeña muestra, miremos cómo, sin importarle que algún gracioso quiera parafrasear a Borges solamente calificándola de “buena hija”,  nos conmueve al describir cómo su progenitora “corre y alrededor de sus pasos los duendes hacen coros/las hadas festejan su ternura y la lluvia dulce se desvanece en sus mejillas”.

¡ Bienvenidos estos surcos de luz en estos momentos en que parece verse, con grandes contratiempos, el final del túnel !