Testimonio imperecedero

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Fuente: avizora.com   /  laguia2000.com

Dentro de los miles de actos de heroísmo ocurridos en la Segunda Guerra Mundial sobresalen los dos levantamientos de los judíos confinados por los nazis en el gueto de Varsovia, el primero en 1943 y el segundo el año siguiente, ambos sofocados sin piedad por la máquina del terror hitleriano.

Poco después de terminada la gran hecatombe, se cuenta que entre las ruinas, en medio de piedras carbonizadas, fue encontrada una botella que contenía un testamento escrito unas horas antes del fin del gueto en el primero de los dos alzamientos.

Presento el texto completo, en un conato de traducción propia del ladino al español (lenguas bastante similares, como quiera que el primero, conocido también como judeo español deriva del segundo), con excusas por las posibles imprecisiones, pero con la confianza de que se respetó al máximo el sentido y el espíritu del escrito. Su importancia es indiscutible, lo mismo que el estremecedor testimonio de la valentía de los que decidieron morir con las armas en la mano antes que ser exterminados como corderos por la horda nazi. Contiene importantes reflexiones sobre la fe en dios, cuestionamientos sobre por qué permitió que ocurriera la atrocidad del holocausto y sobre el castigo a los victimarios, a los indiferentes y a quienes condenaron de dientes para afuera los crímenes pero en el fondo los aprobaban, así como sobre si Hitler fue un monstruo o más bien un producto de la sociedad de su época. En fin, es un material para analizar y discutir que se puede prestar para diferentes interpretaciones pero que conmueve hasta las lágrimas.

Varsovia, 28 de abril de 1943.

Yo Yossel Rakover de Tarnopol, hijo de personas justas y virtuosas, escribo estas líneas mientras arde el gueto de Varsovia. La casa en la que me encuentro es una de las últimas que todavía no está quemada. A mi lado, las paredes se derrumban por el fuego de las bombas. Dentro de poco va a estar como las otras casas del gueto, que se ha convertido en la tumba de sus defensores. Por la pequeña ventana entreabierta entran al cuarto unos rayos de sol rojizos. Desde este pequeño rincón hemos ametrallado a los enemigos día y noche. El día termina y el sol está ya a punto de desaparecer.

No sabe que ya no me importa no verlo más.

Nos sucedió una cosa muy curiosa: todas nuestras ideas y sentimientos se trocaron. Ya vemos en la muerte una salvación. Una libertad que viene a romper las cadenas. Las bestias salvajes me parecen tan amables que pienso que no es justo compararlas con los criminales que reinan en Europa. No es verdad que Hitler sea una bestia. Estoy convencido de que es un producto típico de la humanidad moderna. Es la humanidad entera la que lo engrandeció  y refleja en él sus secretos y deseos personales. Un día en el bosque en que me escondía encontré un perrito enfermo y famélico, arrastrándose con la cola entre las piernas.

Es sorprendente la semejanza de nuestros destinos pero el de los perros es mejor que el nuestro. Se arrimó a mí, lamiéndome las manos. Lo tomé en mis brazos y se estremecía por repetidos ataques de hipo, pero sentí celos de él porque podía ir a donde quisiera, creo que nunca había llorado tanto como lloré esa noche.

Pero mis sentimientos, más que de envidia eran de vergüenza. Vergüenza de ser un humano delante de ese can. Pero volvamos a donde íbamos:

Llegar a pensar que la vida es una completa desdicha, tener la casa quemada, los hijos carbonizados, querer convertirse en animal, ver en el sol una desgracia y en la noche una salvación. Millones de personas en el mundo aman al sol y su luz, sin advertir toda la oscuridad que nos trajo a nosotros porque los malos lo utilizaron para ir tras los fugitivos que solamente procuraban huir y sobrevivir.

Cuando me escondí en el bosque con mi mujer y mis hijos, que por esa época eran seis, nos protegía la oscuridad de la noche. La madrugada nos hacía visibles ante los que nos querían quitar la vida. Nunca olvidaré el día en que los alemanes echaron su fuego desde el aire sobre miles de personas que huían. Los aviones nos ametrallaron sin descanso desde el amanecer hasta la noche. Mi esposa murió en esa matanza con nuestro bebé de siete meses en sus brazos. Otros dos de mis hijos, uno de cuatro años y otro de seis, desaparecieron en medio del bombardeo.

Al anochecer, los sobrevivientes se pusieron en marcha. Con los tres hijos que me quedaban me dediqué a buscar a los dos que faltaban. David… Yehuda … llamábamos a gritos por los campos. Pero nadie respondía, solamente el eco: David … Yehuda. Nunca los vi más pero como un relámpago sentí la orden de no tener más angustia: estaban en las manos del rey del universo. En el año siguiente en el gueto de Varsovia perdí a mis otras tres criaturas.

Raquel, mi hija de diez años, creyó que podía hallar pedazos de pan al otro lado del muro que nos separaba del mundo exterior. El hambre era insoportable. Los cuerpos de quienes morían quedaban tirados como lodo en las calles. La gente está dispuesta a morir de mil maneras mas no de hambre. Debe de ser que las desgracias matan lentamente todos los deseos hasta el último, que es el de comer. En ese punto no se quiere ya vivir más. Me contaron lo que dijo un judío agonizante a otro: Ay, si pudiera antes de escapar tener por última vez una cena como un ser humano.

Raquel no me había comentado su plan de salir del gueto que era un crimen castigado con la muerte. Se fue con una de sus amigas de noche, pero las sorprendieron en la puerta por la mañana. Los guardias alemanes apoyados por cómplices polacos  se fueron detrás de las pobres chicas que para no morir de hambre habían buscado algo de comer en los alrededores. Un gran grupo desplegado en persecución de dos pobrecitas hambrientas de diez años con más furia que si fueran unas peligrosas criminales. Esta persecución no podía durar mucho. Raquel cayó mientras huía,  los nazis le rompieron la cabeza, su amiga logró escapar, pero perdió la razón y murió dos semanas después atormentada por la locura.

El segundo de mis hijos, Jacob, de trece años, murió de tuberculosis el día de su barz mitzva (edad en que alcanza la madurez para ser considerado capaz de cumplir los mandamientos. Nota de J.J.). No me quedó más que mi hija Eva. Fue asesinada a sus quince años. Ahora llegó mi turno y puedo decir que torno a la tierra desnudo como el día de mi nacimiento. Tengo 43 años y si vuelvo atrás, mirando los años pasados puedo decir con seguridad que fui un hombre honesto, con el corazón pleno de amor a Dios. Se me brindó el éxito en la vida sin volverme soberbio. Tuve gran fortuna y según el consejo del rabino no me consideraba su propietario. Así, en caso de que me la quitaran no iba a ser un robo. Mi casa siempre estaba abierta a los necesitados y cuando podía ayudar a alguien, lo hacía con gran alegría. Fui muy dedicado en el culto y no pedía más que cumplirlo con toda la fuerza de mi amor.

No puedo decir que mi relación con Dios siguió siendo la misma. Pero sí puedo decir que mi fe en Él no cambió en lo más mínimo. Antes en los buenos momentos me sentía su deudor.

Hoy es Él quien tiene una deuda muy grande. Y como es ahora el deudor, creo tener el derecho de preguntarle. No como le preguntó Job: « ¿cuáles son mis pecados para merecer esto? ». Otros más grandes y mejores que yo están convencidos que no son castigos por culpas arrojadas encima de ellos.

Pero sucedió una cosa particular que se llama  « hastores panim », que significa: Dios se tapó la cara.

Dios desvió su rostro del mundo y dejó que los hombres se entregaran a a la ferocidad de sus instintos.

Por esto creo que cuando el yeser haraaa, la inclinación del hombre al mal, adviene, son los más puros las primeras víctimas. Para cada uno de nosotros esto no es un halago. Pero del mismo modo que el destino de nuestro pueblo viene de leyes que no son materiales sino divinas y espirituales. El creyente considera lo que le sucede como parte de un plan en el que las tragedias humanas no tienen valor, pero esto no significa que los piadosos de nuestro pueblo tengan que aceptar y decir: El Señor es justo y sus sentencias también.

Decir que merecemos los golpes que nos dieron, es difamarse uno mismo. Es poner en entredicho  el nombre del Santo Bendito. Es Dios quien se blasfema al mirarnos de reojo.

Las cosas son lo que son, no espero milagros ni ruego a  Dios que tenga piedad de mí. Que continúe teniendo la misma indiferencia, volteando la cabeza en frente de los millones de hijos de su pueblo. No soy nadie en especial,  no espero privilegios. No voy a buscar el modo de huir ni voy a escaparme.

Me quedan tres botellas con gasolina, una va a ser para mí,  después de haber vaciado muchas de  ellas sobre las cabezas de los asesinos.

Fue un gran momento en mi vida. Cómo reí. Reí hasta las lágrimas. Nunca podía imaginar que la muerte de seres humanos –ni siquiera enemigos- me fuera a alegrar tanto. Que esos tontos humanistas digan lo que quieran, la venganza fue y seguirá siendo el arma final, la mayor satisfacción moral de los oprimidos. Hasta hoy no había entendido bien estas palabras del Talmud  « La venganza es santa » Lo es por el modo en que está escrita con los dos nombres de Dios. Está escrito: « Adonay es Dios de venganza ». Ahora lo entiendo, ahora lo siento y mi corazón está lleno de placer con la idea que desde milenios llamamos Adonai «El nekome Adonay» Dios de venganza. Levántate, Dios de venganza.

Ahora soy capaz de mirar la vida y el mundo con la agudeza  particular que tiene el ser humano antes de morir. Ahora veo la diferencia fundamental entre nuestro Dios y el de los otros pueblos. En tanto el nuestro es el Dios de la venganza y la Torah contempla la muerte por pecados mínimos, el Talmud nos enseña que si el Sanedrín, -Tribunal Santo- había condenado a muerte una sola vez en setenta años, los jueces fueron llamados asesinos, del otro lado el Dios de pueblos que llaman Dios de amor dio como mandamiento amar al prójimo, son los que nos matan con alegría desde hace 2000 años.

Se habla de venganza. Raramente habíamos conocido la verdadera venganza. Cuando aconteció, fue tan satisfactorio,  dulce y delicioso que me llenó de una alegría tan grande que me sentía nacer a una nueva vida.

Un tanque parqueó en nuestra calle. Desde las casas vecinas se le arrojaron botellas de fuego pero ninguna logró darle. Luego se alejó un poco. Entonces esperamos que viniera debajo de nuestras narices y lo atacamos entre todos. Ahí sí le dimos, se bañó en llamas y vimos salir corriendo a seis nazis encendidos.

 ¡Ah, cómo ardían! Eran ahora ellos los que se quemaban como los judíos que habían quemado, pero gritaban más fuerte. En el momento final los judíos no gritan. Toman la muerte como salvación. El gueto de Varsovia muere combatiendo. Lucha y muere sin quejarse.

Estas tres botellas que me quedan tan queridas por mí, son como el licor para un alcohólico. Guardo una para mí mismo pero antes de vaciarla sobre mi ropa meteré estos escritos en un recipiente que esconderé para que algún día alguien los encuentre. Así un día se comprenderán los sentimientos de un judío abandonado por el Dios al cual en el cual cree tanto. Las otras dos botellas las rociaré en su momento sobre los malditos asesinos.

Éramos doce en este cuarto y  luchamos durante nueve días. Once cayeron sin lanzar una sola queja. Ni siquiera un niño de cinco años que apareció no sabemos cómo ni de dónde. Está a mi lado sonriendo, tranquilo, como si estuviera soñando. Murió con el mismo coraje con el que cayeron los demás esta mañana. Cuando la mayoría de ellos ya estaban muertos, se subió encima de los cuerpos para mirar por un hueco de la ventana y al instante cayó por atrás, con una gota de sangre en el centro de su frente.

Nuestra casa es una de las últimas en caer. Hasta ayer desde al amanecer nos lanzaban disparos y toda clase de fuegos pero seguíamos vivos. Cinco heridos continuaban peleando pero cayeron todos, unos ayer, otros hoy. Cada uno tomaba en silencio su turno de guardia y tiraba hasta que lo mataban. Aparte de mis tres botellas incendiarias, no tengo balas ni nada más.

En la parte de arriba del edificio continúan resistiendo fuertemente, pero  no pueden ayudarme, la escalera está destruida y creo que la edificación entera va a derrumbarse. Escribo estas líneas pegado al piso, al lado de mis amigos ya muertos. Miro sus caras, reflejan una profunda calma a la vez con  un aire irónico, como si quisieran decirme: pobre loco, no vas a esperar mucho para estar con nosotros. A mí, que sigo vivo, me parece que se ríen de mí, ellos ya saben… incluso el chico, sabe que nació, sabe que murió. Y si no sabe, la respuesta no importa delante de la luz divina que  lo recibe y lo instala en  los brazos de sus parientes asesinados.

De aquí en una o dos horas yo también voy a saber. Pero estoy vivo y quiero hablar a mi Dios como un hombre que tuvo el grande y a  la vez desgraciado honor de ser judío.

Lo primero es ratificar que estoy orgulloso de ser hebreo. Tendría vergüenza de pertenecer a pueblos que crearon y educaron gentes culpables de los crímenes que cometieron contra nosotros.

Sí, estoy orgulloso de ser judío, aunque no sea lo convencional. Es más presentable ser francés, inglés o americano, es más cómodo, pero no es honroso. Creo que ser judío es ser luchador, es nadar contra la corriente humana llena de crimen. El judío es un militante, un testigo. Dios lo hizo su prisionero, sujeto completamente a Él.

Nuestros enemigos dicen que somos malos, pero creo que somos mejores que ellos, no brutos sin piedad hacia los demás. Pero sí fuéramos malos, tendríamos el  gusto de ver el aire de las demás naciones en nuestro lugar.

Me siento muy honrado de pertenecer al pueblo más desgraciado de la tierra, pero dentro del cual la Torah es la más grande y más hermosa de todas las leyes y de toda moralidad. Los que quieren arrebatárnosla, la hacen más santa. Se dice que se nace judío, que es una condición de nacimiento(aquí hago un paréntesis para decir que no estoy del todo de acuerdo, para mí es por sentimiento. Uno es judío por aprendizaje, por tradición y para honrar a nuestros ancestros).

De todos modos uno nace o se hace judío como nace un artista, ya cuando se es no hay marcha atrás, no es posible liberarse. Esta es la marca divina escrita en nuestro cuerpo que hace de nosotros el pueblo elegido. Los que no lo entienden, nunca podrán entender el sentido profundo de nuestro martirologio. «No existe nada más entero que un corazón roto » dijo un gran rabino. Y no hay  otro elegido sino un pueblo torturado en todas las épocas. Si no quieres creer que Dios nos nombró como la nación escogida por Él, piensa entonces que fuimos elegidos gracias a nuestro sufrimiento constante.

Creo en el Dios de Israel, a pesar de que Él mismo ha hecho muchas cosas para que no crea en Él. Creo en sus leyes a pesar de que no encuentro justificación de todos sus actos. Ahora no tengo con Él más una relación de esclavo a amo sino de alumno a maestro. Agacho mi cabeza delante de su grandeza pero no voy a besar las cadenas que me laceran. Lo amo, pero amo más las leyes justas que contiene la Torah. Así como me hice ilusiones sobre Él, voy a permanecer en su ley. Dios significa religión, la Torah regla de vida. Está bien, nosotros vamos a morir por esta regla de vida, pero ella será inmortal.

Por esto mismo, permíteme que antes de morir te pregunte sobre la razón de todo esto.

En este momento, libre de espantos, henchido de tranquilidad y seguridad interna te quiero hablar a Tí por la última vez en mi vida.

¿Dices que pecamos? Es seguro y por ello seremos castigados. Esto también  puedo entenderlo, pero quiero que me digas si hay en el mundo un pecado que merezca  el castigo que nos impusiste.

Dices que harás pagar a nuestros enemigos todas sus maldades. Estoy convencido que les harás pagar sin ninguna piedad lo que hicieron. De ello no tengo duda. Pero quiero que me digas si puede haber en el mundo un castigo suficiente para expiar los crímenes cometidos contra nosotros.

Puede ser que digas que en el caso presente no importan los pecados y los castigos porque es lo que ocurre cuando te tapas la cara y dejas a los hombres a sus instintos.

Ahora quiero preguntarte, Señor, y  esta pregunta me quema el corazón y el cerebro como un fuego:

¿Entonces qué? Dime qué debe suceder entonces para que te desveles la cara y la muestres al mundo?

Quiero decírtelo claramente y sin rodeos. Hoy más que en ningún otro momento del martirio sin fin de nuestro pueblo, tenemos el derecho, nosotros los torturados, los injuriados, los enterrados vivos, los quemados, los despojados, los humillados, los escarnecidos, los asesinados por millones, tenemos más que cualquiera todo el derecho de saber: ¿Dónde están los límites de tu paciencia?

Quiero decirte algo más, no aprietes demasiado la cuerda porque puede romperse. El destino al que nos llevaste es tan duro que debes perdonar a aquellos de tu pueblo que en su desesperación se alejaron de Tí. Perdona a los que se apartaron en momentos de desgracia y también en momentos de felicidad.

Convertiste nuestra vida en una lucha terrible, perpetua, los más aterrorizados buscaron una salida. No debes condenar a los cobardes sino ayudarlos y mostrarte compasivo.

Perdona a los que blasfemaron tu nombre y se fueron. Sufrieron tanto que no pensaron que eras ya El padre, ni siquiera que tenían un padre.

Si te hablo tan francamente es porque creo en Tí, creo en Tí más que antes, en cuanto sé que tú eres  Tú mi Dios. De hecho no puedes ser… NO, no puedes ser el dios de los que cometen  actos horribles y despiadados. De modo que si no eres mi Dios, de quién lo serías? ¿De los asesinos?

Frente a quienes me odian y me queman vivo, quién soy yo sino un ser que representa un poco de tu luz, de tu bondad.

No te bendigo por los actos que permitiste. Pero sí te bendigo y alabo tu existencia, tu grandeza terrible. Tienes que ser muy poderoso para que ni siquiera la horrible catástrofe actual no tenga ningún efecto sobre Ti.

Y precisamente porque eres tan grande y yo tan pequeño, te ruego, clamo por amor a tu nombre:

Que tu corona no resulte de la tolerancia del sacrificio de inocentes.

No te exijo castigar a los culpables. De acuerdo a la terrible lógica celestial, finalmente sus culpas mismas se voltearán contra ellos y los hundirá. La conciencia del mundo se muere con nosotros. Matar a Israel es asesinar el mundo.

Ahora el mundo se va devorar, va a consumirse en sus propias injusticias. Va  ahogarse en su sangre.

Los asesinos ya dictaron sus propias sentencias en contra de ellos mismos, no se salvarán del castigo. Pero Tú debes hacer justicia y ser más riguroso contra los que callaron ante los terribles crímenes que vieron. A quienes de palabra condenaron las masacres pero en el fondo de sus corazones se alegraron por lo que ocurría.

A los que en sus conciencias falsas pensaron: Sí, el tirano era malo, pero hizo por nosotros el trabajo sucio, hizo bien y le debemos reconocimiento.

En la Torah está escrito que el ladrón debe ser más castigado que el bandido, a pesar de que el ladrón no pone en peligro la vida de la víctima y lo que le interesa es solamente robar, en tanto el bandido ataca a su víctima de día sin temor de los humanos ni de Dios. El ladrón teme a los hombres pero no a Dios. Es por esto que su pena tiene que ser mayor.

En consecuencia, poco importa que trates a los asesinos como bandidos, ellos nos tratan de la misma manera a nosotros y a Tí.  Para nada ocultan sus crímenes.

Pero los que callan ante las matanzas sin temor de Tí, aunque se espantan por lo que los otros humanos pueden decir  son como quien ve a alguien ahogarse y no hace nada para ayudarlo. Te ruego, oh Dios, castigarlos como ladrones.

Siento que la muerte no puede esperar más, me veo obligado a soltar la pluma con la que escribo. El tiroteo en las calles de arriba se va apaciguando. Los últimos defensores de nuestro territorio van cayendo uno detrás del otro y con ellos muere lo mejor de la Varsovia judía. El sol se está poniendo y gracias a Dios no lo veré nunca más.  Por la ventana se ven brillar las luces del incendio y el pedazo de cielo que alcanzo a ver se está tiñendo de rojo sangre. Dentro de una hora me encontraré con mi familia y con los millones de otros masacrados de nuestro pueblo, estaré mejor en ese otro mundo en donde solo queda la mano de Dios.

Muero con calma. Vencido pero no esclavo; amargado pero con valor.  Creyente y a la vez digno de que crean en mí,  sin pensar que se me debe nada y sin andar suplicando con oraciones.

Amoroso de Dios pero sin decir Amén a todo lo que hace.

Siempre fui detrás de Él, incluso cuando me rechazaba. Seguí sus mandamientos incluso cuando se me rechazaba. Lo quise bien aún cuando fui rebajado hasta el nivel del suelo y se me torturó hasta la  muerte y me convirtieron en objeto de vergüenza, burla y deshonor.

Mi rabino me contó una vez la historia de un judío que se escapó junto a su mujer y su hijo de la inquisición española, huyendo por mar en un barquito en medio de una gran tempestad. Con mucha dificultad llegaron a una isla. Zarparon de nuevo y un rayó mató a la mujer y luego un tornado se llevó a su hijo hasta hacerlo desaparecer en el oleaje. Solo, desgraciado,  despedazado y descalzo en medio de la tormenta, levantó sus manos al cielo y le gritó a Dios: “Dios de Israel, me escapé hasta aquí para poder aprovecharte libremente. Para seguir tus mandamientos y santificar tu nombre. Pero haz hecho todo lo posible para que descrea de Tí. Entonces si piensas hacer todo para que no me crea en ti con todos estos sufrimientos, declaro ante Ti, mismo Dios de mis padres: No lo conseguirás. Me quitaste mis más caros tesoros, me torturaste a muerte, pero voy a creer  en Tí, a pesar de todo y de Tí mismo”.

Estas son las últimas palabras que te dirijo en mi rabia enfurecida: No te servirá de nada. Hiciste todo para que dudara de Ti, pero muero de la misma forma como viví: con la fe más intensa.

Alabado sea el Dios de los muertos, el Dios de venganza, el Dios de verdad y justicia que un día mostrará de nuevo su cara frente al mundo y lo sanará con su voz poderosa.

¡Escucha Israel, siente Israel, el eterno Dios, nuestro Dios, es solo uno!

En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

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Triste aniversario

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El 28 de noviembre de 1985 es una fecha a la vez lejana y cercana para mí. Lejana porque son ya 32 años y cercana porque no se borrará nunca del recuerdo personal (y espero que tampoco del colectivo) el día del asesinato del inolvidable dirigente sindical y político Rubén Darío Castaño Jurado, verdadero patriarca del proletariado caldense, ocurrido en Manizales en medio de la feroz cacería a la Unión Patriótica.

Rubén, originalmente obrero tipógrafo amante de la cultura que llegó incluso a incursionar en la poesía, dejó las imprentas para dedicar su vida a la defensa de los trabajadores y a la lucha por la justicia social y la liberación del pueblo colombiano. Así se convirtió en presidente de la Federación de Trabajadores de Caldas y en líder del Partido Comunista a nivel regional y miembro de su Comité Central, llegando a ser integrante del Concejo Municipal, corporación en la que se destacó por ser el vocero natural de la oposición política y de los sectores populares.

Inteligente y sensible, firme y a la vez diplomático, llegó a ser respetado por todos los sectores de la sociedad, incluso por sus contradictores en la lucha sindical y política, al grado que el cabildo local declaró su vida y obra como ejemplo para la ciudadanía y las generaciones futuras.

En momentos en que la Comisión de la Verdad creada a raíz de los acuerdos entre el gobierno y las Farc se dispone a iniciar su trabajo esperamos que haya un espacio para esclarecer toda la trama de este crimen, en el que aparecen comprometidos los mandos del Ejército a nivel del batallón Ayacucho, quienes poco antes, en la nefasta época del estado de sitio realizaron allanamientos a la sede de la Federación de Trabajadores y de la Unión Patriótica en la capital de Caldas, llevándose detenido a Castaño y a otros integrantes de esas organizaciones. Aunque debieron liberarlo junto a sus compañeros el mismo día por la indignación popular y la  carencia total de motivos para la captura, la medida buscó intimidar a la militancia y crear entre la ciudadanía un clima favorable para el asesinato que se consumó en la fecha que hoy se conmemora.

De tantas emociones vividas en esa jornada aciaga recuerdo especialmente un detalle tragicómico: como una tácita confesión de culpabilidad del mando castrense, la guarnición local del ejército fue reforzada considerablemente y al paso del cortejo fúnebre compuesto por varios miles de personas que acompañamos al sacrificado hasta su morada final, había soldados armados hasta los dientes y con el dedo en el gatillo, algunos de ellos montados en la rueda de Chicago de un pequeño parque de atracciones mecánicas que existía en el complejo militar.   Cuando de la multitud empezaron a surgir gritos que acusaban de asesinos a los miembros de las fuerzas armadas, la crispación hacía temer un desenlace trágico, pero los dirigentes de la marcha llamaron a la serenidad, dejando a los guerreros continuar girando en sus vagones con los fusiles al aire.

Con informaciones que nos daban las gentes sencillas se logró vincular como ejecutor material al sargento Herman Londoño Vergara, que cumplía órdenes del Comandante, Henry Bermúdez y del Subcomandante, Alejandro Fonseca. Dado que el sicario tenía como siguiente misión acabar con mi vida, debí abandonar la región y el país por un tiempo, para evitar otro coletazo del magnicidio de quien se convirtió en otro mártir más del pueblo colombiano.

 

Un hombre de palabra

 

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Manizales, llamada por un poeta local “la colina iluminada”, aparece en mi memoria, a fines de los años cincuenta repleto de verdor, con pico y placa climático porque un día brillaba el sol y al otro, la niebla le daba un aire misterioso al paisaje. A horcajadas sobre la cordillera central, coronada por las cúpulas blancas del Nevado del Ruiz, de su hermanos menores Santa Isabel y El Cisne,  y del paramillo de Santa Rosa, de nevedad ocasional, la urbe era un puente entre la tierra fría y las tierras medias que descienden suavemente hacia las comarcas ardientes de la vega del Cauca. En las cumbres hielo, volcanes y alturas de vértigo, en la mitad tibio aroma del más suave café y abajo fragante torridez de dulce caña surcada por uno de los ríos bravíos de la patria.

Vivíamos en un barrio suburbano donde se abrazan la ciudad y el campo y las casas contaban con amplios solares en los que abundaban las brevas, tomates y otras frutas de clima frío. Mis primeros recuerdos me retrotraen a una amplia vivienda de bahareque siempre llena de gente, bullente de vida como una colmena, con personas de todas las edades. La familia se componía de los padres, ocho hermanos, cuatro tíos que se quedaron a vivir con nosotros y siempre había dos o tres primos o primas que pasaban largas temporadas.

Veo entre la bruma de los años a mis padres contando a la chiquillada historias de espantos y brujas y al único abuelo que conocí, un hidalgo venido a menos, sentándome en sus piernas para narrarme las aventuras de “Tío conejo” y otros personajes del folclor tradicional como La Patasola, La Madremonte, El Duende y otros que creía eran tan reales como las personas de carne y hueso.

Maravillado con los juegos de palabras, con frecuencia pasaba horas escuchando en los parques a uno de los tantos  culebreros que iban de pueblo en pueblo y mantenían a la audiencia alelada con su palabrería y que haciéndose pasar por indios o extranjeros,  sin disimular o más bien enfatizando el acento paisa, decían tener el remedio para todos los males. Recuerdo que mientras manipulaba y simulaba hipnotizar a un gran reptil, a la voz de “quieta Margarita”, uno de estos personajes se presentaba como “El indio, culebrero, yerbatero del eje cafetero y de antioqueños descendiente, enamorador, trovador y bohemio, con carriel, poncho y sombrero, inventor del andar parao, que hizo de pa’ arriba la pendiente,  puso el occidente frente a oriente, y norte y sur las puso a lao y lao. Brujo de Manzanares, primo hermano de Satanás, de curarlo soy capaz y si tiene algún maleficio, curar males del corazón y lepras es mi oficio sin ningún sacrificio.”

Al hechizo de la oralidad se sumó muy pronto la magia de la palabra escrita. Mi padre, que a duras penas había cursado segundo de primaria pero que desarrolló una impresionante formación autodidacta que lo llevó incluso a ser diputado departamental, leía incansablemente libros y periódicos. Esto me hizo ver como algo natural el leer y escribir. Sentía envidia al ver a mis hermanos mayores salir contentos a estudiar portando orgullosos sus cajas de colores y cuadernos. Mi impaciencia por entrar a la escuela era cada vez mayor, presioné a mi madre para que fuera a matricularme a pesar de que formalmente no se podía pues cumpliría los siete años en marzo y el año escolar comenzaba en enero. Grande fue mi decepción cuando me dijo que los profesores no aceptaron matricularme, no recibían a nadie antes de la edad reglamentaria, pero no me resigné y el día del comienzo de clases me escapé de la casa y me colé en las aulas sin estar matriculado. Ingenuamente pensé que dando otro nombre no habría problema, sin pensar que la suplantación, por lo demás de alguien que tampoco se había registrado formalmente, era mucho más grave.

Lo importante era que estaba estudiando y las palabras impresas empezaban a revelarme sus secretos. No me limitaba a verlas en las hojas de cuaderno y en los libros de lectura. Las veía y leía en todas partes y donde estuvieran ya eran mis amigas. En las vacaciones de Semana Santa de ese primer año de escuela avancé en la lectura en casa de una tía que vivía en el campo. Ella y su esposo eran profundamente católicos (su luna de miel en una casa cural, estrictamente supervisada por un sacerdote de confianza es parte de la historia familiar), tenían su casa llena de estampas sagradas y todos los días rezaban el rosario. No había muchos libros, apenas sí la Biblia, un catecismo y algunas vidas de santos, pero quizás el respeto que en mi casa se tenía por los libros y el ambiente de devoción que se vivía en la finca de la tía hicieron que la lectura fuera casi una experiencia religiosa. Aún resuenan en mi memoria las lecturas que hacía largas horas en el suelo de los periódicos puestos para secar el piso y se revive ese otro sortilegio de ver letras en idiomas extraños al ver que en pedazos de cajas en las que venían ayudas provenientes del programa Alianza para el Progreso encontraba leyendas como “This side up” o “Donado pelo povo dos Estados Unidos”.

Mi madre, sorprendida gratamente por mi incorporación voluntaria a la escuela, creyó mi versión de que había sido inscrito por una vecina que tenía varios hijos en la misma institución, mimetizándome con el nombre de uno de ellos. Hacia mitad de año, cuando en un recreo, “Melcocha”, mi compañero de pupitre me llamó por mi nombre, el profesor Roosevelt Quintero, me preguntó alarmado:  “¿ Por qué te dice Jaime si eres Gustavo?”. No tuve más remedio que contarle la verdad y mi temor de que fuera a expulsarme se disipó cuando dijo: “Dile a tus padres que vengan, que tenemos que hacer de nuevo los papeles pero no faltes a las clases, no me voy a deshacer de un alumno que sí aprovecha lo que se le enseña”. Mi madre también me apoyó, aunque con una salvedad. “Eso sí, más que por matricularte a escondidas, me disgusta que hayas escogido el nombre de un Idárraga, esa familia de delincuentes que siempre tiene a uno de sus miembros en la cárcel, acuérdate que hay como dos en Gorgona que es a donde llevan a los asesinos, más bien son Idarragángsters. ¡ Mi hijo Gustavo Idárraga, por Dios!”

Me pareció que mamá no era justa con el amigo del cual tomé el nombre y que exageraba pero cuando al poco tiempo asistimos al velorio de Óscar, un miembro de ese clan, muerto en un operativo policial en el que se intentaba rescatar a una persona secuestrada por él y luego presencié episodios que involucraban a otros hermanos suyos, a veces en atracos o peleas con armas entre ellos mismos, me di cuenta de que la aprensión de Ofelia era totalmente justificada. Pero qué le vamos a hacer, así es la vida y por un tiempo llevé inocentemente ese apellido; situación que espero no haya sido registrada por los organismos policiales y que decenas de años después, dadas otras hazañas de esos vecinos, todavía me preocupa.

Feliz de haber retomado mi identidad y de estar legitimado en el estudio me disparé más en mi amor por la palabra cuando mi padre, por esos primeros años de educación elemental, me contagió su entusiasmo por la palabra en función política y de denuncia de las injusticias sociales. Aún estaban frescas las heridas de la guerra civil española y de hechos dramáticos en América Latina y en eventos político-culturales me ponía a leer poemas en homenaje al bardo español Federico García Lorca o al prócer Augusto César Sandino.

Sin salir físicamente de la capital de Caldas, me transportaba a las vegas de Andalucía al  recitar:

 “Mataron a García Lorca, por las calles de Granada gitanos pesares lloran/ se durmieron los claveles en su herida fresca y roja/hay un gemir de guitarras en tono de cuerdas roncas/malaya los que mataron al poeta García Lorca …”.

También estaba espiritualmente en un hermano país centroamericano al declamar en público en actos partidarios:

“Por tierras de Nicaragua ya mataron a Sandino/lo mataron malamente lejos de los agrios riscos/donde ayer no más flameaban sus banderas de heroísmo/por tierras de Nicaragua galopan los asesinos/hacia una noche de bosques perseguidores de olvidos/y veinte mil generales de bigotes retorcidos/y espadas que son de acero pudiendo bien ser de vidrio/se sienten más generales desde que murió Sandino”.

Así pasaron los años, siempre acompañado de la lectura de alguna obra literaria que me mostraba escenarios y personas distintas a la vida cotidiana, hasta cuando, ya iniciando la tercera década, un episodio dramático me demostró hasta qué punto la literatura era parte esencial de mi existencia.

No era solamente la literatura, las palabras cruzadas también empezaron a ser parte indeleble de mis hábitos y una gran compañía, en las largas horas de espera en las filas que se formaban para ingresar a los almacenes del Instituto Nacional de Abastecimiento  -INA- a donde era enviado para comprar a precio favorable los productos de la canasta básica.

Los 80 fueron años turbulentos en los que los diálogos de paz entre el gobierno de Belisario Betancur y las Farc-ep sucumbieron ahogados en sangre al darse el exterminio de la Unión Patriótica, movimiento político surgido al calor de esos acuerdos como una vía para la inserción en la legalidad de los alzados en armas. Fui elegido diputado por esa agrupación y a partir de ahí el riesgo de muerte fue cada vez más inminente. La denuncia de los asesinatos de compañeros y amigos y la presencia en sus sepelios copaba la mayor parte del tiempo y la amenaza siempre estaba latente. Fueron varios años de tensión casi insoportable en los que en algunas ocasiones los asesinos llegaron a estar al frente de mi casa o muy cerca de lograr su objetivo. Muchos factores contribuyeron a que saliera ileso de esa situación, entre ellos la solidaridad  de muchas personas que me protegieron o me avisaban de situaciones peligrosas, pero también, de alguna manera estuvieron las letras dándome consuelo y compañía.

En los pocos momentos de relativa tranquilidad que podía tener, las aventuras narradas por Julio Verne en los más exóticos escenarios del planeta, las desventuras del ingenioso hidalgo manchego, los personajes de Dostoyeski, los piratas de la Malasia de Salgari, los escritores del boom latinoamericano, los costumbristas y humoristas colombianos Tomás de Carrasquilla, Rafael Arango, Eduardo Londoño, entre otros muchos autores, me hicieron más llevadera la situación y me mostraron que el drama del ser humano es el mismo en todas las épocas y países.

Serpientes en acción

Ya estaba por derecho propio en la lista de condenados, pero el declarar ante los jueces que investigaban el crimen de un destacado dirigente obrero develando cómo estaban comprometidos los mandos del batallón local hizo que los planes para mi eliminación se aceleraran. No fue solamente ante la justicia sino también ante la opinión pública que di a conocer cómo el suboficial Herman Londoño Vergara había asesinado al líder sindical y exconcejal Rubén Castaño, como parte de una misión ordenada y supervisada por el coronel Henry Bermúdez Flórez y el mayor Alejandro Fonseca Jamette, primero y segundo comandantes del ejército en el departamento. El coronel, de mediana estatura y complexión gruesa, tenía gafas redondas, pelusilla a modo de bigote y dientes de roedor que le daban un aire de Himmler criollo. El mayor, alto y atlético, de fría mirada reptiliana, siempre caminaba con las manos separadas del cuerpo como en los duelos del lejano oeste, listas en todo momento a tomar una gran pistola que portaba en la espalda a nivel de la cintura.

Por fortuna las autoridades civiles me dieron alguna protección que aunque limitada, tenía cierto efecto simbólico y disuasor. Hasta ese momento únicamente me acompañaba durante los desplazamientos entre la casa, la sede partidaria y la oficina, solamente armado de valor, Hernán Toro, amigo que por la época estaba desempleado y que por esas mismas calendas murió de un cáncer de estómago que lo consumió velozmente después de devorar en varios días de comilona buena parte de una vaca fulminada por un rayo.

Por esos días en una prestigiosa publicación capitalina salió una nota sobre el número de personas que trabajaban en la protección de otras y se señalaba cómo en ese punto se veían las grandes diferencias sociales que iban desde un cuerpo de escoltas de 32 personas en autos blindados y cuatro motos para el industrial más rico del país, hasta el modesto político de provincia que tiene que recurrir a los servicios por horas de un policía retirado o de un boxeador en decadencia. Salí de esa última categoría por la muerte de mi cuidador (que en su mejor momento se había desempeñado como agente de policía y pugilista aficionado) y porque el gobierno me asignó a Silvio, escolta policial que ejerció de ángel de la guarda en los momentos más oscuros de la conspiración en contra del partido al que pertenecía. Esa protección se reforzó con el apoyo que me brindó Juan Carlos, amigo personal a quien por su conducta de gigoló italiano llamaba Gian Carlo, el cual por esa época me sirvió de conductor-guardaespaldas. Por lo demás esto, amén del alto riesgo ya implícito, le atrajo también una fuerte amenaza que se expresó en un sufragio enviado a su vivienda en el que invitaban a sus funerales y a los de su jefe, remitido “atentamente” por quienes se identificaron como “los sicarios”.

Además el gobernador, Fortunato Gaviria, escribió al comandante del batallón pidiendo que se diera trámite a mi petición de venta de un arma de defensa personal, a lo que los uniformados se habían negado en tres ocasiones. Una tarde que acudí a la boca del lobo para inquirir si finalmente se había aceptado mi solicitud, el mayor Fonseca, en rígida posición marcial  en la que resaltaba el pistolón que era parte de su personalidad, me saludó con sorna diciendo “bueno doctor, por la carta del gobernador le vamos a vender un revólver pero usted va a necesitar es metralleta”.

Una tarde en que el calor apretaba, en la vereda Alto del Guamo, el suboficial Londoño escuchó los gritos desesperados de una mujer que pedía ayuda desde el interior de una casa. Al acudir vio a una joven presa del pánico porque una enorme serpiente de cascabel se acercaba a la cuna en que dormía plácidamente un bebé. El hombre mató al ofidio y sudoroso procedió a refrescarse con la limonada que le sirvió la madre de la muchacha, que al instante había aparecido con otros parientes. En el clima de fraternidad creado por el suceso, el militar informó que estaba en misión especial y al observar en la pared carteles con fotos de diferentes políticos, entre ellos una mía, les preguntó si eran mis amigos. La dueña de casa, Alba Griselda García, destacada dirigente comunal, enfermera y abnegada servidora de su comunidad, le respondió que la iban bien con todos los partidos desde que le ayudaran a la sociedad, que ellos no tenían preferencia, que eran bienvenidos los políticos que llegaran con buenas intenciones, que  la gente debía escoger libremente y que además yo les había colaborado en un trámite de servicios públicos.

Herman les dijo que eso no estaba mal, que siguieran relacionándose con los demás partidos pero que Jaime Jurado y los de la UP eran de la guerrilla y lo iban a matar, que trataran con cualquiera menos con esos y que mejor les sirvieran de  informantes. Los anfitriones le dijeron que no sabían escribir, pidiéndole que escribiera sus datos en un cuaderno que tenían para registrar a todos los visitantes y así lo hizo, dejando plasmado de su puño y letra su nombre y los teléfonos del batallón de Manizales y de otro de Buga a donde iba a veces en comisión.

Al día siguiente la señora García se hizo presente en mi oficina muy alarmada, con el cuaderno en su mano me refirió el hecho y me acompañó para testificar ante las autoridades. Al hacerse pública la denuncia la solidaria campesina también fue amenazada y recibí información fidedigna que daba cuenta de que sus superiores en las fuerzas armadas oficiales reprochaban al subalterno por haberse dejado detectar en esa forma pero le prometieron una pensión especial anticipada si cumplía la misión encomendada.

Al ver que el panorama, lejos de mejorar se hacía peor cada día, que constantemente caían importantes dirigentes del movimiento, entre ellos el líder principal y candidato presidencial Jaime Pardo Leal y que el entramado criminal contaba con importantes componentes en el aparato estatal, a lo que se añadía que en mi caso específico uno de mis sicarios, con quien a esas alturas puede decirse que ya tenía una relación casi personal, me respiraba en la nuca, “por motivos de salud” a comienzos de 1988 abandoné el país con rumbo al Uruguay. Antes de salir de Colombia me desplacé con Gian Carlo a Bogotá, dejándolo integrado al equipo de seguridad del líder de la UP, Bernardo Jaramillo Ossa, también amigo y coterráneo, en ese momento el hombre más amenazado del país y asesinado dos años después.

Como ya el sentido del tiempo era otro, no tomé una ruta directa hacia el país oriental sino que decidí hacer el camino por Brasil, Paraguay y Argentina, recorriendo primero el río Amazonas desde Leticia hasta Manaos. Como siempre, iba con libros, entre ellos el de moda en el mundo, La perestroika de Mijail Gorbachov, así como una carta de la Unión Patriótica de Colombia dirigida a los líderes del Frente Amplio del Uruguay pidiéndoles que me apoyaran en mi estadía en ese país.

Preso en el extranjero

Recorrí Brasil con la emoción de conocer a nuestro gran vecino, tan lejano y cercano a la vez y cuando me presenté en la frontera paraguaya en la ciudad llamada en ese entonces Puerto Stroessner, sin ser culpa de ellas, las palabras me jugaron una mala pasada. El país era regido desde 1954 por el decano de los dictadores latinoamericanos, Alfredo Stroessner y todo lo que oliera a izquierda era perseguido severamente.

–Este libro no pasa ni a kilómetros de aquí- rugió uno de los aduaneros que revisaba mi equipaje mientras me miraba con gesto adusto.

En ese momento solo lamenté que no había terminado su lectura y pensé que la pérdida monetaria de lo invertido en Perestroika no era muy grande pero inmediatamente se demostró que mi cálculo era muy ingenuo y que estaba lejos de reconocer la dimensión tan peligrosa que tomó el asunto. Al momento el hombre fue acompañado por otros que hablaban entre ellos en guaraní (idioma que además del español habla la mayoría de la población), que procedieron a esposarme sin dar ninguna explicación. La única frase que dijeron en castellano fue referente a que habían capturado un pez gordo cuando vieron el carnet de diputado de Caldas, debido a que en otros países se llama diputado al miembro de una de las ramas del legislativo nacional, la Cámara baja. Internamente me reí ante la ironía de que me consideraran pez gordo, cuando mi peso apenas sí sobrepasaba los 60 kilogramos. Luego fui llevado al primer batallón de frontera para ser conducido ante un general que evidentemente era la máxima autoridad de la guarnición.

El alto oficial me preguntó si efectivamente pretendía ingresar  a su país con literatura subversiva. Le respondí que estaba entrando legalmente, que la obra Perestroika estaba permitida en Colombia y era de gran actualidad en el momento por los cambios que estaba introduciendo su autor en la Unión Soviética. Más tranquilo el hombre inquirió mi opinión sobre Gorbachov, ante lo cual le dije que me parecía un político muy valiente al reconocer las fallas que presentaba el sistema del que era dirigente máximo y especialmente por sus planteamientos de la necesidad de que los líderes de todos los gobiernos pusieran los intereses generales de la humanidad (entre ellos el riesgo de catástrofe nuclear, la crisis ambiental y la pobreza global) por encima de los conflictos nacionales y de clases.

El general, cuyo bigote a lo Dalí llegaba hasta las orejas y le tapaba casi todo el rostro, escuchaba con interés mi respuesta pero de un momento a otro pareció recobrar su carácter de represor y me increpó vociferando “de modo que usted es un estudioso de la filosofía marxista”, a lo que repliqué “no general, simplemente soy una persona inquieta por los problemas del mundo y  miembro de un partido legal en mi país que busca conocer otras experiencias”. Nuevamente calmado me informó que se me tomaría una declaración y se decidiría al día siguiente qué hacer conmigo.

La declaración fue rendida ante un escribiente que se limitó a hacer preguntas sobre el motivo de mi presencia en su tierra y a la vez siempre di las mismas respuestas sobre que era miembro de un movimiento legal, que salía de Colombia por las amenazas e iba a Uruguay para radicarme allí un tiempo, que si tuviera algún problema con la justicia el gobierno de mi país no me hubiera expedido un pasaporte ni me hubiera permitido salir y solicitaba que se me permitiera entrar en contacto con la representación diplomática colombiana.

No hay respuesta. Silenciosamente me doy cuenta que soy uno más de los detenidos-desaparecidos de la dictadura. Estoy dos días en el cuartel pero no en celda ni esposado sino en una relativa libertad dentro de sus instalaciones, de las que desde luego no se me permitía salir. En algún momento siento agitación y bulla en la puerta de entrada y noto que afuera algunas decenas de civiles gritan y reclaman. Tanto por el contenido de sus protestas como por la información que me da uno de los centinelas me entero de que se trata de vendedores ambulantes que no protestan contra el gobierno en sí mismo sino que piden mejores condiciones y que se les deje trabajar en las calles. Noto que la dictadura ya no las tiene todas consigo y que aunque tímidamente, el pueblo ya empieza a levantar la voz.

Al mismo tiempo, como una epifanía, aparecen una vez más mis viejas amigas las palabras. Siento que de alguna manera acuden de nuevo en mi ayuda. En un diario que tomo furtivamente aprovechando un descuido de la guardia me entero de un conflicto diplomático entre Colombia y Paraguay debido a que en la residencia de nuestro embajador, Vicente Martínez Emiliani, se ha refugiado el capitán Napoleón Ortigoza pidiendo asilo diplomático. Este exmilitar había cumplido 25 años de prisión, acusado injustamente del asesinato de un alférez que presuntamente podía delatar un supuesto complot contra el dictador. No obstante haber cumplido la larga condena y ser liberado de la cárcel, en la práctica se le tenía en arresto domiciliario porque siempre había agentes secretos afuera de su residencia que le impedían salir. Entonces un cuñado suyo, Hermes Saguiar, miembro del partido Febrerista, uno de las agrupaciones políticas distintas al oficial partido Colorado que empezaban a salir a la luz, lo sacó de su encierro escondiéndolo dentro de una furgoneta de una empresa de limpieza y lo llevó a la residencia de nuestro representante diplomático.

Siento en ese momento que mi suerte y la del capitán pueden estar ligadas y que alguien en el gobierno podría pensar que la captura del que creían era un pez gordo en algún momento pudiera ser una carta a jugar en el impase diplomático creado por la presencia del exoficial en territorio jurídicamente colombiano. Ya tengo un dato que eventualmente puede ser útil. Sobra decir que me habían confiscado los libros y no tenía a mano ningún material de lectura ni de escritura y que todo ahora debía quedar en la memoria por lo que retuve como un tesoro el nombre del representante del país.

Tres días después soy conducido sin explicaciones a un auto Volkswagen, de nuevo con las manos esposadas, en medio de dos miembros de los servicios secretos. No me dicen nada ni responden a mis preguntas de qué pasará conmigo y a donde vamos. No sé si juegan al viejo truco del bueno y el malo o si simplemente esas son sus personalidades, pero uno de ellos es más amable y al menos no me mira con odio, mientras el otro no disimula para nada su desprecio. Pocas cuadras después del fuerte militar veo que la carretera se abre en dos: por una parte conduce al oriente, al Brasil y por la otra tiende al occidente, al interior de Paraguay. El corazón me palpita con fuerza implorando en silencio que el auto se encamine al este porque significaría que me devuelven al país desde donde ingresé, en tanto cualquier otro rumbo implicaría mi eliminación o por lo menos prolongar la detención. Los segundos se hacen eternos y creo sentir alguna esperanza cuando el “malo”, cuarentón gordo y alto de cara rubicunda, parece dirigir el vehículo en la dirección esperada por mí, pero no, es una broma dirigida a desanimarme porque en seguida toma rumbo al oeste con gran velocidad mientras dice “ahora sí vas a conocer el país, cabrón”. Instintivamente dirijo mi mirada al “bueno”, trigueño, de estatura mediana, de aproximadamente treinta años, que tranquilamente comienza a afeitarse en seco, lo que me permite suponer que si me van a ejecutar no sería pronto o por lo menos no a manos de estos dos ya que nadie se rasura para matar a otro. Al terminar su corte el hombre pasa a mirar cuidadosamente una carta que lleva en sus manos. El instinto de conservación agudiza increíblemente las facultades sensoriales y mentales y no sé cómo, a pesar de no estar muy cerca del texto ya que voy en el asiento de atrás, alcanzo a leer que es una comunicación oficial del jefe militar de la zona oriental dirigido al Estado  Mayor del Comando Conjunto de las Fuerzas Militares informando que un diputado extranjero fue sorprendido intentando entrar al país con propaganda subversiva dejando a juicio de esa jerarquía si definía mi suerte, me pasaba a otra dependencia o me enviaba ante el “Excelentísimo Teniente General Alfredo Stroessner Presidente y Jefe Supremo de la República”.

¿Qué tengo que ver yo con ese viejo, hijo de su señora madre? Es lo único que alcanzo a pensar en ese instante. No puedo imaginarme qué se sentiría al comparecer ante un déspota de mano de hierro, dueño de vidas y haciendas en su nación, en la que no se mueve una hoja sin su voluntad. Rápidamente recobro la serenidad y paso a reprocharme haber relacionado a su progenitora con un antiquísimo oficio que no goza de muy buena prensa y me prometo, si salgo de esta, una campaña personal para cambiar la blasfemia más fuerte del idioma de manera que no involucre a la autora de los días del insultado. Pero no es hora de diletantismos, es el pellejo lo que está en juego y hay que volver al estado de concentración máxima y de observación total, por lo demás en un silencio impuesto por la peculiar guardia pretoriana que me acompaña.

En una estación de gasolina a unas dos horas de recorrido no me permiten bajar y el más joven me pone sobre los brazos con cierta delicadeza una manta para que ningún curioso advirtiera que mis brazos no eran propiamente “manos libres”.

Al cabo de cuatro horas de recorrido diviso los destellos azulinos de un hermoso cuerpo de agua adjunto a un paisaje de sabanas de altas hierbas, esteros y pequeñas lagunas, en las que emergen algunas islas llenas de palmeras.

La memoria me dice que puede ser Ypacaraí y que ya estamos cerca de Asunción, la capital. Así se lo pregunto al recién afeitado, quien responde que sí, a la vez que se asombra de que yo conozca la letra de la famosa canción que lo menciona, tanto que le digo cómo comienza: “Una noche tibia nos conocimos/Junto al lago azul de Ypacaraí/Tú cantabas triste por el camino/Viejas melodías en guaraní/Y con el embrujo de tus canciones/Iba renaciendo tu amor en mí/Y en la noche hermosa de plenilunio/De tu blanca mano sentí el calor …”

Esa única conversación en el camino hizo que la incertidumbre sobre mi destino fuera matizada por el gesto amable del “bueno”, así como por el breve encuentro con el sitio natural más famoso y la evocación de la melodía más conocida del país guaraní.

Poco dura el embrujo porque la llegada a la capital y la rauda velocidad a la que se desplaza el automotor me vuelven a la realidad de mi triste condición de prisionero-desaparecido sin nombre. Pero otra vez surge poderoso el deseo de escapar y al menos tener la esperanza de alguna posibilidad de salir de la situación. Trato de memorizar las calles y de ser posible, ubicar alguna embajada en la que pueda intentar algo similar a lo que hizo Ortigoza, aunque por ahora no hay furgón en el que pueda camuflarme. La velocidad me impide recordar los nombres de las calles, acostumbrado a que en Colombia se distingan por números, cuando estoy memorizando un nombre ya estamos en otro. Yo que a duras penas diferencio un sargento de un general, me mareo con el rosario de suboficiales y oficiales de las vías urbanas, pues casi todas tenían denominaciones militares.  Desfilan los mariscales, generales y coroneles en bulevares, grandes alamedas o avenidas, en tanto otras calles menores tienen denominaciones de mayores o capitanes: Pasamos por “Mariscal Estigarribia” en cruce con Avenida España donde veo una casa grande con las letras Embajada de Argentina. Bueno, algo es algo, por lo menos ya sabría a dónde dirigirme en caso de que pudiera escapar de las garras de mis custodios. Al instante estamos en la Avenida Mariscal Francisco Solano López en estrecho abrazo marcial con General Santos y el carro franquea la reja de entrada de una enorme edificación repleta de militares. A esta altura ya imaginaba la ciudad como un enorme laberinto de vías que subían o bajaban según los grados castrenses hasta llegar a la cúpula, a disposición de cual pronto estaría tal vez como chivo expiatorio de la fuga de Ortigoza o por cualquier otra cosa. El carnet de mis acompañantes les abre las numerosas puertas del edificio en que resuenan las botas y relucen las vestimentas cuya rígida uniformidad apenas es rota en algunos de ellos, mayores y más gruesos que los demás, por el brillo de numerosas medallas colgantes que los hacen andar inclinados. La femineidad de las secretarias y sus ropas civiles matizan la severidad del ambiente.

Uno de mis no tan angélicos guardianes entrega a una joven asistente la misiva para el Estado Mayor y le susurra algo que no logro captar, pero sí alcanzo a escuchar que ella dice que llamará al general Baldovino que está en reunión del alto mando. La chica se dirige de inmediato a una sala contigua y al momento regresa acompañada por un anciano de figura menuda y andar imponente, de ojos azules, barba y pelo canos que lo hacen parecer un Papá Noel en traje de fatiga. Por la majestuosidad del vejete y el temor reverencial que muestran ante él mis vigilantes, deduzco que es un jerarca que puede decidir mi suerte. “Con todo respeto general, no he cometido ningún delito ni intervengo en los asuntos de Paraguay; soy un colombiano en tránsito hacia Uruguay a raíz de la violencia que se vive en mi país”. Al menos se digna responderme y en tono neutro manifiesta: “Debería haber sido más cuidadoso, sabe que el Papa viene en estos días y por eso extremamos los controles en las fronteras”. “Le repito que no tengo nada ilegal ni represento ningún peligro para nadie, menos para Su Santidad; el Estado colombiano me dio un pasaporte que certifica que no tengo ningún problema con la justicia y pide a las otras autoridades del mundo que me protejan, le pido que me permita comunicarme con la embajada de Colombia”. Tras pensar un poco el hombre sentencia: será llevado a Inteligencia de la capital para seguir investigando.

Al salir del Estado Mayor ya no me interesa la curiosa toponimia de las vías urbanas y sin darme cuenta estoy en mi nuevo hogar: la sede nacional de inteligencia donde al parecer por error me introducen en una celda en la que hay otras personas. Pregunto a dos muchachos que me inspiran confianza por qué está allí y me dicen que por riña. Les inquiero sobre si tienen contacto con el exterior y me explican que los visitaban sus novias y los abogados; y les imploro que por favor les pidan a sus contactos que informen a la embajada de Colombia que estoy detenido ilegalmente para que  haga alguna gestión a mi favor. Como no parecen muy concentrados ni tienen muy claro el pedido y veo que uno de ellos tiene un lapicero, le solicito que me lo preste junto con un pedazo de papel. En cuanto me entrega ese material voy a comenzar a escribir mi nombre y el de nuestro representante cuando los guardianes, al parecer advertidos de que en realidad la orden era mantenerme aislado, me sacan a otro cubículo para mi exclusivo disfrute. No todo está perdido, mientras el carcelero busca en un gran manojo las llaves de la que iba a ser mi suite, en cuestión de segundos, termino mi corta nota con los datos esenciales que meto por debajo de la puerta de una celda contigua. Nunca sabré si esta botella de náufrago cumplió su cometido pero por lo menos mostraba que no me quedaba quieto ni me resignaba y que me apoyaba en la palabra para procurar recuperar la libertad. El centinela no nota lo que ocurre con el mensaje pero si ve el bolígrafo en mi mano y me lo quita explicando que no podía tener nada, mucho menos un instrumento punzante con el cual podía atentar contra mi vida, que por lo visto le pertenecía a ellos.

Ya en mi reclusorio, sin poder leer ni escribir, las horas del día se arrastran lentamente pero las palabras siguen trabajando con intensidad dentro de mí, recordando lecturas, la geografía y la historia, repasando algo de inglés y llevando un conteo mental de los zancudos que voy eliminando y que parecen renacer porque nunca deja de existir una zumbadora y picante masa crítica de ellos. Las noches son menos monótonas porque las horas de sueño son interrumpidas por la irrupción de policiales que me sacan para llevarme a una amplia y sombría sala no muy cómoda para el prisionero y someterme a largos interrogatorios a cargo del jefe de inteligencia, quien apoyado en una potente lámpara enfocada hacia mis ojos insiste en acusaciones cada vez más delirantes que producen en mi interior una silenciosa risotada y un comentario mordaz.

Iba a matar al Papa (¿qué parecido me encuentras con Mehmet Ali Agca o me has visto cara de lobo gris, hipergonádico?). Era el enviado del comunismo con una misión desestabilizadora, ya no del Paraguay sino de todo el Cono Sur (uno tiene capacidades muy superiores a las que cree, ahora soy algo así como un superagente 86 grecocaldense). Enlace de los distintos movimientos guerrilleros colombianos con los suramericanos (ya tengo suficiente con que me hayan querido vincular injustamente a un grupo guerrillero y ahora soy el eslabón perdido de toda la subversión continental, te estás superando Jaime). Avanzadilla del narcotráfico que está usando como nueva ruta el mismo recorrido que hice (y que hace mucha gente, pero llena de dinero, si el narco me envío tengo que pedirles viáticos más jugosos que la modestísima suma que llevaba y que ustedes me han quitado. Pero oh, la cosa si puede complicarse si la bendita crema antiarrugas de fabricación casera que estos tipos me encontraron y que seguramente tienen examinando en un laboratorio, por una de esas jugadas de la vida contiene entre sus componentes marihuana o coca, no creo que vayan a aceptar mi versión de que me la regaló una amiga y que yo no sabía de qué estaba hecha).

En últimas resultaban divertidos los planteamientos del sabueso mayor, no exentos de humor negro como cuando le insistí en el contacto con la embajada colombiana y que la Constitución y las leyes de Colombia y del Paraguay establecían la presunción de inocencia, el derecho a la defensa y otras garantías o en que me permitieran salir de su país. A mis solicitudes respondía con carcajadas siniestras diciendo, mientras blandía en una mano una horca y en la otra un garrote “esta es nuestra constitución y esta la ley, si tanto quiere salir del país lo hacemos figurar saliendo en los registros oficiales pero en realidad se queda bien adentro de nuestra tierra” mientras uno de sus acólitos, a punto de llegar a un trance sádico gritaba con entusiasmo “llevémoslo a la silla eléctrica, a la silla eléctrica”.

Afortunadamente, no sé si por racionamiento de energía o por qué motivo, nunca fui llevado a tan especial asiento.

En una ocasión el hombre me inquirió sobre si otras personas sabían que yo estaba en su país, a lo que mentí respondiendo que sí, que le había enviado a mi familia postales desde Brasil en las que informaba que inmediatamente entraría al Paraguay, agregando que además había quedado de verme en Asunción con un alemán al que conocí en Foz de Iguazú, llamado Klaus. Al preguntón le brillaron los ojos, se frotaba las manos y decía con entusiasmo “ese Klaus me interesa”. Al día siguiente, al oir los lastimeros gritos provenientes de otra celda, probablemente de alguien sometido a torturas, pensé que si bien mencioné al germano con quien tuve un corto encuentro casual y a mi familia solamente con la intención de sugerir que ellos averiguarían qué había sucedido conmigo, lo que podía llevar a investigaciones o a intervención de entidades internacionales, también pudiera haber llevado a la captura y maltrato de una persona totalmente ajena a las situaciones en las que pretendían involucrarme.

La pretendida sagacidad de mi interrogador no tenía límites: alguna vez, con aire triunfal me mostró la prueba reina: una hoja blanca con cuadros rellenos de letras en cuyo centro estaba la o junto a la ce formando la palabra 0C, sosteniendo que era Organización Comunista, complementado con el cuadro siguiente en que estaba la palabra UR, sosteniendo que era claro que se refería a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas –URSS-, a la que yo había suprimido las eses finales para no quedar en evidencia . No ocultó un gesto que mezclaba decepción e incredulidad cruzadas por algo que podría ser una sonrisa involuntaria cuando le expliqué que era un crucigrama reconstruido en un papel ya que el original del periódico se mojó en la playa de Ipanema y que OC es el nombre de una lengua del sur de Francia, muy usado en los crucigramas y que no es menos socorrida la famosa ciudad de Caldea en la que nació el patriarca Abraham.

Más serio parecía otro de sus descubrimientos inculpatorios: una completísima agenda en siete idiomas (español, inglés, alemán, ruso, árabe, francés y portugués), con glosario financiero y de computación (cuando apenas empezaban a usarse los ordenadores) y, lo que la hacía más reveladora: mapas de todos los países y ciudades importantes del mundo, con rutas aéreas, de buses, barcos y ferrocarriles en los cinco continentes.

Definitivamente yo no escogía un itinerario por azar y menos me iban a aceptar que simplemente era una publicación de una aseguradora internacional que regalaba cada año a sus clientes y a las autoridades que regulan el comercio exterior y que me la había dado un excompañero de estudios que dirigía la Aduana en mi departamento. “No, las cosas no son tan sencillas ni me voy a tragar esos cuentos, esto demuestra que usted es una persona muy informada que tiene una misión específica y no decide sus rutas por casualidad”. De un momento a otro preguntó como quien no quiere la cosa: ¿Qué sabe del Partido Comunista Paraguayo? Si llevaba un texto de la figura más importante del comunismo mundial y había aceptado que el movimiento político al que pertenecía también estaba integrado el Partido Comunista de Colombia, no podía mostrarme muy ignorante en esos asuntos. No lo pensé mucho y rápidamente le respondí: Sé que es un grupo prohibido por las leyes de su país y yo respeto eso, no me corresponde meterme en sus asuntos internos, entiendo que sus dirigentes principales fueron detenidos hace unos años acá y otros en la Argentina en coordinación con las autoridades gauchas. Me he enterado de eso porque leo la prensa. Su reacción fue levantarse teatralmente, encender un grueso tabaco, empezar a dar vueltas lanzándome humo a la cara, para finalmente irse al extremo del salón y decir con risa estentórea: detenidos … ja, ja, ja, detenidos … En marcha lenta al principio que iba acelerándose a medida que se acercaba a mi posición, mientras señalaba con el dedo índice derecho dijo “ ¿sabe cuál es el único izquierdista detenido en este momento en Paraguay? No sé si por despiste o por parecerme francamente sobreactuado el sujeto, no me daba por muy enterado y como si la cosa no fuera conmigo, cual protagonista de una comedia barata yo más bien volteaba la cabeza en todas direcciones como uniéndome a la pregunta y a la búsqueda pero eso no impidió que el jefe de inteligencia se respondiera él mismo el interrogante y le oí proferir, claramente dirigido a mí un sonoro: !ustedddd!!!

La octava noche en la capital extrañamente no se me sometió a la acostumbrada sesión a la que me había habituado de manera tan pavloviana que me desperté hacia la una de la madrugada. Me preguntaba si era un descanso para el incansable interrogador, si ya habían decidido respecto a mí la “solución final” dado  que la referencia al honor de ser el único zurdo prisionero era claramente una notificación de lo que le había pasado a los demás y de lo que me estaba reservado. Barajaba todo tipo de hipótesis y apenas pude conciliar el sueño cuando estaba a punto de amanecer.

Justo a esa hora del alba, el mágico momento en que se abrazan y despiden la noche y el día, de repente aparece Klaus reclamándome por haberle puesto cita en un lugar tan poco apropiado para un encuentro de amigos como esa horrible central de inteligencia. Vacilo en responder porque sé que soy el culpable de meterlo en problemas y para ganar tiempo dudo si le hablo en español o en lo poco que sé de alemán. Las palabras no salen. Por unos larguísimos minutos llueve silencio entre nosotros, luego intento pronunciar un difícil y gutural entshuldigung (“disculpa”) cuando se interpone el investigador  preguntándome si sabía nadar para ver cómo lo haría con una piedra al cuello en mi admirado Ypacaraí. Ya no estoy en la mazmorra sino en un lago que al principio creo es el mencionado por el obsesivo detective pero luego veo que es más un pantano de agua lodosa en medio de un silencioso bosque de sombras. Hay un hedor tan fuerte y espeso que puedo verlo rodeándome con su vaho pestilente y sentirlo adherirse a mis poros; el agua-légamo empieza a tragarme y nado hacia una victoria regia que preside su oscuro centro. Las piernas y brazos apenas me responden y en la eternidad de un desplazamiento espasmódico logro por fin tocar el gran loto, que ahora no es una planta acuática sino una enorme anaconda de muchas cabezas con rostros vagamente humanos entre los que creo distinguir a mis frustrados asesinos colombianos y a mis secuestradores paraguayos. El entrecruzarse de las cabezas de las que emergen lenguas bífidas me paraliza mientas el reptil me ciñe en un abrazo constrictor y me arrastra inexorablemente a un fondo que no llega nunca.

Se me hace extraño escuchar “despierta, tenemos que irnos”. Las sábanas están empapadas de sudor, me descubro horrorizado y tembloroso  en el suelo, en el aposento que me ha acogido últimamente y que quien me habla es un empleado de rango subalterno y bajo perfil, 1,68 de estatura aproximadamente, de unos 22 años, de contextura delgada, al cual había visto en mis programas nocturnos de preguntas y respuestas “ ¿cuánto sabes, cuánto conspiras?” en papel de auxiliar de los jefes sirviéndoles mate y a disposición de ellos para cualquier tarea menor. Me dice que tengo mucha suerte, que tal vez el ser católico (como lo aseguré siempre que me preguntaban por la religión) me ayudó, que era el único preso político que salía vivo y que el gobierno me invitaba a irme del país. Le digo que gracias por la invitación pero no le creo porque recordaba la promesa de que en el papel figuraría como abandonando las fronteras nacionales pero en realidad me quedaría “viendo crecer las margaritas desde abajo”.

Con todo no tengo opción distinta a seguirlo y ya en el terminal de transporte cuando va a la taquilla a comprar boletos de bus hacia Encarnación, límite con Argentina, empiezo  a suponer que puede ser cierto porque además me envían solo con una persona que no es muy fuerte físicamente y al cual podría escapármele o enfrentármele dada la paridad en cuanto a chaparrismo y delgadez. Decido sondear qué tan libre soy o puedo ser y le digo que voy al baño, lo que acepta pero acompañándome hasta la puerta y recalcándome que su misión es estar conmigo hasta la frontera y asegurarse de que efectivamente yo abandone el país atendiendo la invitación que se me ha hecho.

Como no disponía de dinero ni de mis documentos ni tenía ningún contacto, considero que sería un error fugármele a mi edecán y lo sigo hacia un gran autobús de dos pisos que estaba a punto de partir.

Al abordar el vehículo, aún lleno de aprensión y paranoia, encuentro sentado a un individuo de claro fenotipo europeo del norte y le pregunto en la lengua de Klaus si era alemán, al contestarme “ja” le dije o creí decirle, ya que mi manejo de su lengua era muy básico, que era un desaparecido de la dictadura y que estuviera pendiente de lo que me pasara. El hombre se pone mucho más blanco de lo que ya es, no dice nada más y se baja sin explicaciones mirando receloso en todas direcciones. Mi acompañante me pregunta qué le he dicho y me recomienda que no hable con nadie, que si ese es el famoso Klaus ahí sí se complica la cosa para todos, hasta para él, y que si no es, que más vale no estar buscando otros Klaus en el camino, ni siquiera el santo de los regalos de navidad. Le manifiesto que solamente lo había saludado porque necesitaba hablar con alguien que no quisiera matarme y para desahogarme después de tanto tiempo de soledad.

Enseguida el muchacho me dice que mire abajo a los de la moto. Efectivamente dirijo la mirada hacia afuera y reconozco en un velocípedo de alto cilindraje a dos agentes secretos que había visto en la central, con gafas oscuras, chaquetas de cuero negro bajo las cuales se insinuaban las metralletas, con el aire seguro de los sicarios oficiales, uno de los cuales me hace una señal para que baje.

Aún cuando aparento tranquilidad, interiormente estoy a punto de derrumbarme porque encuentro claro que vienen a liquidarme y porque las motocicletas tripuladas por jóvenes con la indumentaria que traían estos me revivieron los asesinatos de muchos compañeros en las calles de Colombia.

Le digo a mi guía: “hasta aquí llegué, vienen a matarme” y me responde: “no, tal vez traen algo o quieren asegurarse de que tomamos el bus, baja tranquilo”. Al llegar donde los motorizados me asombro cuando me saludan y me entregan unas fotografías personales y unas monedas de colección que portaba en mi equipaje. Inquiero si eso es todo, les pregunto si no hay algo más y me dicen que no, que tenga buen viaje. Con aire sombrío subo de nuevo al bus y mi temor no se disipa sino que aumenta cuando desde la ventana los veo levantar sus pulgares derechos, “despedida” que tomo como una señal ominosa.

Continúo temeroso, mirando hacia atrás cuando el aparato emprende la marcha y durante un buen trayecto, insistiéndole a Juan López, que a esa altura me ha dicho su nombre, que me diga la verdad. Pasada una hora de camino me convenzo de que al menos no serán los de la moto los que me ejecuten porque definitivamente no vienen tras nosotros. Ya hacia las tres horas López comienza a contarme cosas de su vida y reconoce que en su país y en el propio gobierno hay muchas injusticias pero que necesita ese trabajo.

Empiezo a sentir que es sincero y ya veo más probable que haya un final feliz en mi aventura guaraní cuando dos horas después anuncian que el recorrido ha terminado. Estamos en una ciudad que parece no ser muy grande ni muy pequeña y a pesar de no haber estado nunca allí, para medir nuevamente mi grado de libertad propongo a mi cicerone un rumbo diferente al que él lleva. Me dice que no, que sigamos derecho porque por ese lado están los de la Marina que son peores que el departamento al que él pertenece. Vaya, el hombre está muy amable, será que de eso tan bueno sí dan tanto. No he terminado de rumiar ese pensamiento de la más pura filosofía popular cuando él mismo me responde a su manera. “Mira, con lo que te devuelvo alcanzas a llegar a Montevideo y te queda para darme doscientos dólares” dice mientras me entrega mi delgadísima billetera. Ah, era eso, el viejo truco de la extorsión, qué pasará si no se los doy, me armará un montaje y complicará mi situación. Bueno, al fin y al cabo es una buena noticia porque si fueran a matarme, no tendría necesidad de pedirme dinero. Decido decirle que sí, pero que se los daría al final y no doscientos sino cien, ya en el borde fronterizo cuando me sintiera totalmente a salvo y le muestro fugazmente un billete ecuatoriano de cien sucres levemente parecido a la moneda de los Estados Unidos. Acepta y continúa el camino hacia el puesto fronterizo sobre el río Paraná y entre tanto recapacito sobre la situación. No es el momento de escatimar, finalmente el sujeto se ha portado bien, es el único “amigo” que tengo por aquí, las dictaduras son muy burocráticas y hay mucho departamentalismo, qué tal que a los de la frontera les dé por decir que ellos deben hacer otra investigación por su cuenta porque quieren tomar sus propias decisiones sobre los enemigos de la patria. Es mejor darle su billete y por primera vez en la vida (espero única), acepto sobornar a un “oficial de la ley”.

Absorto en ese pensamiento me doy cuenta de que hemos arribado al puesto de control sobre el río Paraná cuando uno de los encargados le pregunta a Juan el motivo de mi retiro del país. “Con que terrorismo, ah, la cosa no es tan sencilla, nosotros tenemos que mirar bien”, dice el hombre y entra a consultar con un superior. Al comprobar que mis temores se cumplen, aprovecho el momento y discretamente le digo a mi tutor, mientras le paso con disimulo  un billete verde auténtico, que se muestre enérgico y enfatice en que la orden de la capital tiene que cumplirse, que se verán en problemas con los de arriba, amén de que le dieron viáticos que ya se están acabando y que de prolongarse su permanencia tendrían que pagarlos ellos o su institución. Lo mandan a entrar, deliberan a puerta cerrada y al cabo de unos eternos minutos salen los tres con aire distendido diciendo: “de todas maneras hoy no se puede, en la noche solamente está autorizado el paso del barco que trae las estudiantes del otro lado”. El que parece ser el jefe se acerca y me dice “boludo, te faltó leer este letrero que tenemos en todos nuestros puntos fronterizos”.

Levanto mis ojos y veo en el frontiscipio en grandes caracteres mayúsculos: “DEMOCRACIA SIN COMUNISMO”.

Ya definitivamente convencido de que mi acompañante es buen aliado, pues hasta insiste en cargar mi maleta a lo que me niego diciendo que yo soy el prisionero y que eso podría infundir sospechas, camino con él hacia la cárcel local porque me ha convencido de que es mejor pernoctar allí. En el penal los guardianes lo reciben con cordialidad y lo invitan a cenar, al tiempo que a mí me introducen a un patio en el primer piso. Allí reina mucha animación en torno a una gran hoguera y se cantan canciones folclóricas acompañadas con las infaltables arpas y bebidas típicas no alcohólicas. De inmediato me integro diciéndole a los presentes que de todos modos retuvieran mi nombre y procuraran informar a la embajada de Colombia que había pasado por allí pues no me olvidaba de la posibilidad de un fin trágico. No obstante estar en una prisión, no me consideraba preso sino huésped y era una felicidad estar entre gente sencilla que no formaba parte de la estructura dictatorial. Al rato aparece Juan y me dice que es mejor que me pase al segundo piso, donde están los internos de mayor nivel económico. Dejo a mis amigos de base y llego a los llamados “especiales”, obviamente más acomodados, entre los cuales hay algunos argentinos. A estos les reitero la información y el pedido de que avisaran a las autoridades de mi país  sobre mi paso por el lugar.

Al día siguiente, hacia las 8 a.m nos dirigimos al puesto fronterizo fluvial y antes de llegar Juan me entrega mis pasaporte y cédula diciendo que estaría una hora para el caso de que por cualquier motivo no pudiera entrar a Argentina, dándome además su número telefónico en Asunción por si alguna vez volvía.

Al arribar a Posadas, capital del departamento de Misiones, Argentina, respiro hondamente la libertad por largos minutos. Sintiendo que despertaba de una pesadilla en la que una de las formas de tortura fue privarme de la lectura y la escritura, me dirigí a una librería de viejo y haciendo un significativo recorte al magro presupuesto que me quedaba, adquiero tres libros inolvidables que aún conservo como talismanes: El consultorio por dentro, del doctor Jaime Penchasky; El secreto de Maston, de Julio Verne y un tercero que a su vez contiene dos obras de Arturo de Capdevilla: La pasión de Scherazada y Zincalí.

A partir de ahí me prometí amar más aún la palabra y que algún día trataría de hacer algo digno por y con ella. Estas sencillas letras forman parte de esa promesa y se unen a otros textos publicados a partir de 2007 pero sin duda inspirados en el corto y oscuro lapso en que me cortaron el contacto con esta inseparable compañera, así como en los primeros y los posteriores encuentros con la tradición oral y con las letras impresas.

 

40 años de Elda Yanet

Ayer 14 se cumplió un aniversario más del paro cívico nacional del 14 de septiembre de 1977 que fue un hecho sin duda importante que marcó todo un hito en la historia nacional. A esa altura el entonces presidente, Alfono López Michelsen ya tenía el sol a la espalda y lo que pudiera haber sido un gobierno que rompiera las ataduras del pasado bipartidista del Frente Nacional se convirtió en una frustración más para el pueblo colombiano. Los antecedentes rupturistas de López, que había promovido la oposición al sistema de reparto exclusivo y excluyente del poder entre los partidos Liberal y Conservador al fundar el Movimiento Revolucionario Liberal y sus propuestas de un “mandato claro” que sacara al país de la pobreza y del aislamiento internacional que lo habían convertido en “el Tibet de Suramérica” habían hecho surgir algunas esperanzas si no de renovación, por lo menos de algunas reformas.

Nada de eso hubo y por el contrario, amén de reforzar el bipartidismo de la mano del sector alvarista del conservatismo, bajo la excusa de que se trataba de un “gobierno puente”, se dieron los primeros pasos en la implementación de políticas neoliberales y se redujeron algunos de los subsidios que hacían más llevadera la situación de los sectores populares, elevando considerablemente las tarifas de los servicios públicos en consonancia con las exigencias del Fondo Monetario Internacional. Simultáneamente se continuó con la represión a las protestas sociales con el instrumento constitucional del estado de sitio que venía siendo la forma favorita de ejercer el gobierno desde el 9 de abril de 1948, al grado de prohibir las marchas estudiantiles y penalizar la participación en ellas con cárcel por 90 días, en “juicios” casi sumarios a cargo de los comandantes de policía.

En ese marco fue sorprendente la acogida que tuvo el llamamiento de la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia, las demás centrales obreras, del Partido Comunista y de otros movimientos de izquierda, que fue especialmente notoria en los barrios populares de Bogotá y otras grandes ciudades y especialmente entre los sindicatos de trabajadores y empleados estatales.

La represión fue feroz y el saldo lamentable fue de 23 personas muertas, entre ellas la joven bogotana Elda Yanet Morales, en cuya memoria fue bautizada la agrupación partidaria en la cual yo militaba por la época en Manizales.

Una de las consecuencias de la jornada fue el endurecimiento de la posición de los sectores más reaccionarios de la oligarquía colombiana, que vieron en el paro una amenaza al orden vigente y temían una ampliación de la unidad y lucha del movimiento sindical independiente, de las organizaciones barriales y cívicas de las barriadas populares y de amplios sectores campesinos.

La expresión más fuerte de esa posición fue la carta que en abierta contradicción con el fementido carácter no deliberante de las fuerzas armadas dirigieron los altos mandos al Presidente pidiéndole tomar medidas más severas contra lo que llamaban el desborde de la protesta y el peligro que representaba para lo que entonces y ahora siguen denominando “la democracia colombiana”.

Como ya estaba cerca el fin del mandato que la gente ya no llamaba claro sino “caro”, López Michelsen no se pronunció ante el manifiesto de los militares y dejó esa papa caliente a su sucesor, Julio César Turbay Ayala. Éste, recordado por su famosa frase de que “había que reducir la corrupción a sus justas proporciones”, de la mano del nuevo ministro de Defensa, Luis Carlos Camacho Leyva, uno de los firmantes de la carta, respondió decretando el Estatuto de Seguridad, legislación draconiana y liberticida que elevó exponencialmente las detenciones arbitrarias y las violaciones a los derechos humanos, entre ellas las desapariciones y torturas, además de reforzar el juzgamiento de civiles por militares. La conciencia histórica aún se estremece al rememorar que al calor del citado estatuto se allanó la residencia del gran poeta Luis Vidales, se persiguió a la escultora Feliza Bursztyn y el propio Gabriel García Márquez tuvo que irse del país ante la inminencia de su detención.

Las cárceles se llenaron de presos políticos y tanto en el país como en otras partes del mundo crecían los reclamos contra esas injusticias. En ese marco se convocó en 1979 al Primer Foro Nacional por los Derechos Humanos, con participación de numerosas figuras y organizaciones políticas y sociales defensoras de las libertades públicas, que reclamó por el respeto a las garantías fundamentales que venían siendo conculcadas flagrantemente. En ese escenario coincidieron por primera vez personalidades democráticas de filiación liberal o conservadora como Luis Carlos Galán y Alfredo Vásquez Carrizosa con líderes históricos de la izquierda como Gilberto Vieira y destacados representantes de lo mejor de la cultura nacional.

En momentos del posacuerdo en los que la búsqueda de la verdad histórica es conveniente darle siquiera una mirada a este episodio y reivindicar la memoria de los mártires del 14 de septiembre. No olvidemos nunca a Elda Yanet ni a los otros anónimos luchadores populares que dieron su vida por la justicia social, la democracia y una Colombia mejor.

 

Once días de noviembre

palacio de justiciaerupción del volcán

 

 

Con este título el escritor Óscar Godoy Barbosa(Ibagué 1961) presenta en forma de novela dos episodios que impactaron al país en el mes once de 1985: la tragedia del Palacio de Justicia y la catástrofe de Armero, ocurridos con apenas una semana de diferencia.

Ambas situaciones han sido objeto de numerosos estudios y de diferentes versiones, así como de investigaciones, informes y trabajos de toda índole. Pero en buena ahora aparece como un necesario ejercicio de memoria y de reconstrucción de unos hechos desde la mirada humana que brinda la literatura, ayudándonos a encontrar algo más cercano a una verdad que nos ha sido velada por las manipulaciones de los interesados en que no se cuestionen los poderes responsables del desastre nacional.

Con un gran manejo de la prosa y de las técnicas narrativas, Godoy nos muestra en tercera persona el drama vivido en el interior del Palacio desde la toma por un comando del M-19 el 6 de noviembre hasta la brutal retoma por parte del ejército al día siguiente.

En esta parte el protagonista es el magistrado Guillermo, que ve morir a muchos de sus compañeros y logra salir acompañado de Camila, una joven visitante que había acudido a pedir a un magistrado coterráneo que le ayudara a buscar a su hermana desaparecida. Por esas ironías del destino, la propia Camila también es “vaporizada” (como en el “1984” de Orwell) por las fuerzas oficiales, sin que vuelva a saberse de ella.

Paralelamente, asistimos a la narración en primera persona, de “Guillo”, hijo de Guillermo, exiliado en Europa, no  por motivos políticos sino familiares pues no perdonó al progenitor el haber abandonado a su madre. El joven relata las peripecias de su peregrinar en el viejo continente, su soledad y nostalgia matizadas por las drogas y sus aventuras de gigoló, vida que es interrumpida por las noticias que llegan de Colombia.

Entre tanto el autor nos tiene en suspenso en las ardientes tierras de Armero, a donde un Guillermo aún lacerado física y emocionalmente ha ido en búsqueda de Sara, su madre, para llevarla a la capital del país ante la inminencia de una avalancha del volcán Nevado del Ruiz. Finalmente la anciana, que estaba reacia a dejar su casa, acepta irse con un hermano, su hijo y la nuera. El viaje, programado para la primera hora del día siguiente nunca se realizaría.

Cuando “Guillo” regresa a Colombia, encuentra en la casa paterna solamente a su media hermana, a quien no conocía, y a una hermana de la nueva esposa de su padre. Con ellas emprende la infructuosa búsqueda de Guillermo y sus acompañantes, devorados por la furia del alud.

En la desolación de un final nada feliz, al joven le queda el consuelo del reencuentro con el país, el sabor de la única conversación con el padre en los últimos once años, el recuerdo de la hazaña paterna de salir vivo del holocausto y su intento de salvar a la abuela.

Así lo despedimos mirando los anuncios de lluvia sobre los cerros tutelares de la ciudad y contemplando la oscura noche de la violencia, que ahora, con los acuerdos hacia la paz parece estar terminando.

Además de una excelente narración que no suelta al lector de principio a fin, en la que tal vez sobran algunas de las “trabas” y de las proezas de latin lover de “Guillo”, estos once días de noviembre son un delicado sortilegio literario para conjurar el olvido y enfrentar cara a cara una de las épocas más tenebrosas del pasado nacional.

Con estos once días, Godoy, ya destacado en el periodismo y en la literatura, ganador de varios concursos de cuento y novela, se asienta con pie firme en las grandes ligas de las letras nacionales.

Gracias a Óscar y a la editorial Desde Abajo por esta gran contribución a la memoria y al reconocimiento de nuestra realidad con la llama vivificante de la narrativa.

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No olvidar nunca

Este 27 de enero se cumplen 72 años de la liberación de Auschwitz, el más terrible y emblemático de los campos de exterminio nazis. Es mucho lo que se ha escrito sobre el holocausto y son miles las películas que muestran el horror de esa época.

Sin embargo, hechos como el aumento de los movimientos xenófobos y de extrema derecha en Europa, así como la existencia de corrientes que niegan o minimizan el genocidio son muestra de la necesidad de tener permanentemente en la memoria de la humanidad esta tragedia histórica.

El llamado de Björn Höcke,  líder del partido Alternativa para Alemania (AfD) a dar un “giro de 180 grados en la política del recuerdo” es una seria advertencia sobre la necesidad de no olvidar el pasado trágico y mantener la vigilancia sobre las actitudes y políticas de discriminación y persecución por motivos étnicos.

También es pertinente recordar que las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial no corrieron únicamente por cuenta de los nazis y que en el Extremo Oriente el militarismo japonés produjo resultados igualmente monstruosos en su agresión a los países vecinos, incluyendo campos de concentración y experimentos con seres humanos que harían palidecer de envida al doctor Menghele. En ese panorama el mayor número de muertos lo ostenta China, en una cifra que oscila entre 10 y 15 millones. Es igualmente significativo el número de mujeres que fueron esclavizadas sexualmente por el ejército japonés, bajo el nombre eufemístico de “damas de confort” o “mujeres de consuelo”, principalmente chinas y coreanas. De esta segunda nacionalidad se calcula que un millón fueron utilizadas en tan indignante categoría y a muchas de ellas se les trasladó a Japón, donde ahora sus descendientes pertenecen a un grupo discriminado.

Algunas de las actitudes discriminatorias previas al holocausto no son muy diferentes de muchas reacciones intolerantes que podemos ver a nuestro alrededor. La ejecución de una política discriminadora no ocurre en el vacío sino en un espacio político y cultural en el que se acepte la xenofobia y se fomenten los odios y prejuicios por motivos raciales, étnicos o nacionales. (¿Qué alto funcionario colombiano se refiere a nuestros vecinos como “venecos”? Averígüelo Vargas Lleras).  Por esto, con toda razón hay alerta mundial contra las actitudes y medidas del nuevo presidente de los Estados Unidos de América en contra de los inmigrantes, especialmente contra los mejicanos y la prohibición del ingreso a ese país de refugiados musulmanes y a nacionales de siete países con mayoría de esa confesión.

Pero la discriminación no es exclusiva de los países centrales. También se da en naciones periféricas. Un botón de muestra es el drama de la minoría de los rohingya, que sufren una aguda persecución en Mianmar (antigua Birmania). Es sorprendente que en un país con tanta diversidad étnica y cultural como Colombia, en el cual el mestizaje es un elemento que nos enriquece, haya gente que pregone la supuesta superioridad de unas razas o naciones sobre otras o que mire por encima del hombro a algunos de nuestros vecinos. Incluso no es raro escuchar expresiones francamente ridículas del tipo “el único error de Hitler fue no haber acabado con todos los judíos” o que existe una conspiración de los israelitas para dominar el mundo. Estas ideas, si así puede llamárseles, no merecerían ni siquiera que se les debatiera, de no ser porque pegan en muchas personas que no solamente desconocen la historia sino que no muestran el más mínimo respeto por las víctimas del terror nazi, que, valga recordarlo, no fueron solamente los judíos, sino también los gitanos, homosexuales, disidentes políticos, personas con discapacidad, Testigos de Jehová, etc.

Por esta razón las Naciones Unidas declararon el 27 de enero como día dedicado a la honrar la memoria de las víctimas del holocausto, con el fin de que el paso del tiempo no disminuya el horror de lo ocurrido y que nunca llegue a justificarse el que haya sucedido.

Dentro de la literatura sobre el tema recomiendo especialmente los libros “El hombre en busca de sentido”, de Víctor Frankl, y “Si esto es un hombre”, de Primo Levy. Ambos son testimonios de primera mano, directos, de dos personas que vivieron en carne propia el horror de estar en garras de la máquina hitleriana y afortunadamente sobrevivieron para brindar al mundo estas obras que van más allá de la descripción y analizan a fondo la realidad del fenómeno que vivieron.

Su lectura, si bien estremece, contribuye a fortalecer la conciencia de un NUNCA MÁS a estos crímenes contra la humanidad.

Cortés y Blanco

hombre en silla de ruedas: El joven amor y el sol discapacitados

En el nuevo ambiente de acuerdos entre la insurgencia y el estado, caracterizado por la esperanza y el temor de que repitan experiencias como el genocidio de la Unión Patriótica, el movimiento político que surgió de los acuerdos suscritos en 1984 entre el gobierno de Belisario Betancurt y las Farc-ep, vienen a mi memoria los nombres de muchos compañeros que entregaron sus vidas por la causa de la democracia y la paz.

Hoy quiero recordar y relevar a dos de ellos, Abilio Cortés y Armando Blanco, eliminados en los años 80 en el marco de la tenebrosa operación ridículamente denominada Baile Rojo (ese sí preocupante y totalmente condenable y no inocente como el de los verificadores de la ONU con guerrilleros que produjo un escándalo digno de mejor causa).

Estos mártires estuvieron en la primera línea de la vocería de la UP en el Magdalena Medio Caldense y fueron víctimas del terror oficial y del paramilitarismo incubado y promovido desde los batallones y bases de la zona.

Ya desde antes la guerra sucia había eliminado a los principales dirigentes de la izquierda en regiones cercanas y en La Dorada misma el histórico líder comunista Luis F. Cortés, tío de Abilio, se salvó milagrosamente de un atentado perpetrado en su propia vivienda. En esa ocasión cuando el sicario estaba a punto accionar el gatillo, Bolche, el fiel ángel guardián canino, alcanzó a morder la mano homicida del sicario, haciendo que los disparos se desviaran y no alcanzaran su objetivo.

El sobrino no tuvo la misma suerte. Fue un joven modesto que aceptó el riesgoso encargo de formar parte de la lista de candidatos del movimiento al Concejo Municipal. Alternaba la actividad política con su trabajo de ayudante y mensajero en un supermercado. Pocos días antes de su muerte me expresó la preocupación porque elementos de la Base Aérea de Palanquero acudieron a su lugar de trabajo a preguntar por sus horarios y desplazamientos, además de “recomendar” a su patrón que se deshiciera de él porque no le convenía a su negocio.

No pasó una semana de esa visita nada cortés y un sábado aciago, cuando después de una ardua jornada de trabajo se desplazaba en bicicleta hacia su casa en un barrio popular se convirtió en 1986 en una de las primeras víctimas del genocidio que exterminó a todo un partido político.

A su vez Armando, empleado bancario, sindicalista y también miembro de la UP en el puerto caldense, fue eliminado por partes. Su parábola vital no concluyó en un solo episodio sino que sobrevivió a un primer ataque, a causa del cual quedó paralítico. Aun cuando prácticamente no podía realizar ninguna actividad, no claudicó en sus convicciones y siempre insistió en que el corazón del complot contra él y contra el movimiento popular estaban los mandos de la fuerza pública enfatizando el papel del Batallón Patriotas,  situado en la cercana ciudad de Honda, al mando del general Hernán Darío Velandia Hurtado, posteriormente investigado en el primer caso de desaparición forzada del que se ocupó la justicia, el de Nidia Erica Bautista.

Para los asesinos no era suficiente matar en vida a Armando. No podían concebir que un hombre reducido a la impotencia física no tuviera miedo a denunciar y continuara exigiendo justicia. No mucho tiempo después del primer atentado, cuando tomaba el sol en silla de ruedas al lado de su madre en el antejardín de su residencia, las balas homicidas activadas de nuevo por los agentes del odio, acabaron con su existencia.

En la antesala de un proceso de paz y convivencia que avanza en medio de grandes dificultades y sabotajes por parte de los enemigos de la paz, que son los defensores de un orden injusto y excluyente, la memoria de Abilio, Armando y de muchos otros más que contribuyeron a abrir caminos de esperanza para Colombia puede iluminar el sendero de nuevas oportunidades para el país.

 

 

El último cumpleaños de un coronel.

“Un funeral de luceros cubre la piel de la patria”. José A. Morales, canción “El Corazón de la caña”.

Dentro de la  toponimia de la accidentada geografía colombiana dos formaciones montañosas me llamaron siempre particularmente la atención: la Serranía de los Cobardes en el departamento de Santander y la de Los Paraguas en el Valle del Cauca. La pluviosidad explica el nombre de la segunda pero por alguna razón, quizá miedo, aplazaba la búsqueda del motivo del nombre de la primera.

Finalmente, al ver que en ella o en sus inmediaciones se habían desarrollado muchos episodios violentos, descubrí que también se le conoce como Serranía Yarigüíes y que debe su nombre a que en la época de la conquista española los indígenas de la zona huyeron para refugiarse en ella. En sus cercanías se han escenificado acontecimientos de gran significación histórica como la Rebelión de los Comuneros, dirigida por José Antonio Galán, primer alzamiento contra el poder colonial.

La región de Chucurí, que forma parte del sistema orográfico de la serranía,  tiene una larga tradición de lucha armada. Al terminar la guerra de los 1000 días con la derrota de los ejércitos liberales, el general Rafael  Uribe Uribe licenció parte de sus soldados en cercanías de San Vicente de Chucurí. En 1929 el Partido Revolucionario Socialista, fundado por María Cano y Tomás Uribe Márquez, ante la represión de la huelga bananera en Ciénaga y de dos paros petroleros de Barranca, optó por una conspiración armada, que solamente prosperó por pocos días en Líbano (Tolima), en la estación del tren Bucaramanga-Puerto Wilches y en San Vicente de Chucurí.

A raíz del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril  los obreros se levantaron de nuevo en Barrancabermeja y formaron un gobierno popular que fue derrotado al cabo de 10 días. De ese gobierno formó parte el líder obrero Luis Morantes Jaimes, que años después se convertiría  en Jacobo Arenas, ideólogo de las Farc. El  alcalde popular, Rafael Rangel, huyó a organizar guerrillas en las selvas de Chucurí y del Opón.

En 1964 se conforma en Cuba la “Brigada Pro Liberación José Antonio Galán”, liderada por Fabio Vásquez Castaño e integrada por seis estudiantes colombianos que viajaron a la isla becados por el gobierno de Fidel Castro. Ese grupo se convierte en el núcleo del Ejército de Liberación Nacional-ELN-que escoge como teatro principal de operaciones la zona y se da a conocer el 7 de enero de 1965 con la toma a Simacota.

En febrero de 1966 en el sector llamado Patio Cemento, de San Vicente de Chucurí, cae en su primer combate con tropas del ejército el padre Camilo Torres, quien poco antes se había unido al ELN. El padre Camilo se había destacado por su carisma y por su gran poder de convocatoria  con su movimiento político, el Frente Unido, pero ante las amenazas a su seguridad y la poca confianza que le daba el juego electoral caracterizado por el monopolio de los dos partidos tradicionales que por el pacto del Frente Nacional elevaron a nivel constitucional su reparto exclusivo del poder, tomó esa radical decisión.

Horror en Llana Caliente

Hacia la década del 80 el Magdalena Medio era un hervidero de conflictos y los grupos paramilitares sembraban el terror. Contra esta situación y también en protesta por las duras condiciones de vida de los sectores campesinos se dio en los primeros meses de 1988 el paro del Nororiente y las marchas que movilizaron a miles de agricultores hacia las principales ciudades.

La protesta, que adquirió grandes dimensiones, alcanzó un punto dramático a partir del cual empezó a disolverse,  el 29 de mayo de ese año con la masacre de Llana Caliente.

Con ese nombre se conoce la planicie que es cruce en la carretera que de San Vicente de Chucur conduce a Bucaramanga, que fue el escenario de la muerte de casi 50 campesinos y de cuatro militares, entre ellos el coronel Rogelio Correa Campos. En los mismos hechos,  que aún hoy siguen sin ser totalmente esclarecidos y que son objeto de diferentes versiones, también resultaron heridos decenas de marchantes. Las fuerzas armadas y el gobierno hablan de una provocación de la guerrilla del ELN que habría disparado contra el militar a través de insurgentes infiltrados en la protesta, en tanto otros hablan de que el oficial fue muerto por un paramilitar que estaba a su servicio y lo escoltaba, porque Correa  habría dado muerte a un soldado que se negó a disparar contra la multitud. Una tercera interpretación dice que fue un desertor de la guerrilla, convertido en guía del ejército, quien, ante la inminencia de una masacre, disparó al coronel y que a partir de allí la tropa ametralló a los pobladores concentrados en el sitio.

El principal protagonista y a la vez víctima en la tragedia ya tenía en  1977 el grado de Capitán. En 1979 fungía como instructor del Batallón de Policía Militar Nro. 1 “General Tomás Cipriano de Mosquera”.

Posteriormente su desempeño en el terreno lo llevó a ser condecorado en dos ocasiones con  la medalla de Servicios Distinguidos en Orden Público.

En 1981 fue ascendido al grado de Mayor. Dos años más tarde se le otorgó la Orden al Mérito Militar “Antonio Nariño”.

En las primeras etapas de su vida castrense estuvo en diferentes regiones del país, pero la mayor parte de su actividad la ejerció en la zona del Magdalena Medio. Hacia 1986, ya con el grado de teniente coronel asumió el mando del Batallón de Infantería Nro. 40 “Coronel Luciano D’Elhuyar”, con sede en San Vicente de Chucurí.

En la década de los años 80 las estructuras paramilitares se consolidan en amplias zonas del país, teniendo como epicentro Puerto Boyacá y extendiéndose hacia otros departamentos, claramente apoyadas por la fuerza pública. En Santander del Sur se estableció firmemente el grupo paramilitar creado por Isidro Carreño que invadió progresivamente la zona chucureña y los municipios aledaños.

Estos escuadrones de la muerte, que en ocasiones se hacían llamar Los masetos, otras Los Grillos y a veces Los Tiznados o Carapintadas, creados por Carreño, inspector de policía de la vereda San Juan Bosco de La Verde, se convirtieron en el puntal para eliminar a los cuadros del partido Unión Patriótica y a dirigentes campesinos y  cívicos.

Por ello los grupos paramilitares tuvieron un sostén importante en el coronel, quien dio refugio en su batallón a Amado Ruiz, uno de los sicarios que dieron muerte al alcalde de Sabana de Torres por la Unión Patriótica Álvaro Garcés Parra. Esta ayuda fue simplemente un eslabón más de una larga cadena de trabajo asociado que incluía patrullajes y operativos conjuntos entre fuerzas oficiales y sus aliados de extrema derecha.

Cría cuervos …

Rogelio siempre fue fiel a su formación militar e ideológica que le hacía ver la subversión en cualquier manifestación de protesta social porque a ojos de la institución  a la que servía en cuerpo y alma el  enemigo está en todas partes con su aparato político, sus organizaciones de masas o de fachada y su brazo armado.

Se entregó en cuerpo y alma a la tarea de disolver las marchas que tenían una fuerte presencia en el territorio a su cargo. Desde el comienzo, lo que era una práctica en todo el país se hizo más fuerte en las áreas en que operaba el batallón D’Elhuyar. Sus hombres cumplían al pie de la letra la orden de parar las marchas, decomisar alimentos de los marchantes y detener a los dirigentes.

“Sí, se logró frenar a miles de ellos en una de las veredas, pero ahora están por todas partes. En Santander son más de veinte mil que pretenden concentrarse en la capital.   No puedo permitirlo”, dijo el coronel y ordenó a sus colaboradores montar un puesto de avanzada en Llana Caliente, al recibir informes de que a ese sitio se acercaban otros miles de protestantes.

Su estado mayor se dedicó inmediatamente a ejecutar la tarea pero el capitán Morales, su adjunto,  se atrevió a sugerirle que no llevara con él a dos civiles que le colaboraban en el señalamiento de los dirigentes de la protesta porque eso pudiera traer problemas.

“Los necesito, son mis ojos y oídos. Confío en ellos porque yo mismo los recluté. Al “para” que llaman “El Canoso” o “Carapintada” me lo presentó el propio don Isidro y es mi enlace con él. El guerrillo ese que ahora está de nuestro lado, el tal “René” aunque lo tengo hace poco tiempo, también me funciona porque sabemos de su familia y nos ha dado datos claves para echarle mano a mucha gente. Así que ellos no me fallan y es mejor que los marchistas esos vean que tarde o temprano todo el mundo tiene que terminar colaborando con el ejército” replicó el superior.

“Como usted disponga, coronel” fue lo único que respondió el subalterno.

Cuando los buses atestados de hombres, mujeres y niños llegan un lunes de madrugada a la  pequeña vega de la quebrada que riega la vereda, ubicada al lado de dos fondas camineras, ya la base de avanzada del batallón está reforzada con cerca de trescientos soldados que impedían el paso de la caravana.

El bloqueo no permite pasar a nadie pero tampoco nadie se devuelve. Los agricultores improvisan allí mismo, a lo largo de la carretera un campamento con precarios dormitorios hechos con madera del monte y hojas de plátano. En las riberas del arroyo, levantan fogones. Mientras esperan el resultado de las conversaciones que los representantes del movimiento tienen con el gobierno en Bucaramanga, lanzan consignas de protesta. El reclamo de respeto a la vida, mejores precios para el cacao, acueductos, escuelas y buenas vías de comunicación se hacía sentir en gritos enardecidos.

Al segundo día de espera, los concentrados intentan forzar el paso con los vehículos. Varias descargas de tiros al aire los disuaden y queda era claro que las siguientes se lanzarían a otro nivel.

El tiempo se arrastra lentamente y el tedio de los días apenas se matiza con las notas de la música marcial y de himnos patrios que atruena desde los altavoces del campamento oficial.

Los nervios, a prueba desde el comienzo, están a punto de quebrarse cuando llegan las noticias de muertes de campesinos y soldados en otras concentraciones que estaban en circunstancias similares. Conviviendo frente a frente, con miedo, ira e incertidumbre en los rostros, las horas no pasan y el tiempo es apenas un lento fantasma en el aire sofocante.

A mitad de la semana hay un respiro cuando el calor pegajoso es mitigado por una suave brisa que baja de la Serranía de los Cobardes y llega la noticia de que las conversaciones en busca de acuerdos van por buen camino.

Solo un día dura el nuevo ambiente porque otra vez el aire trae un bochorno mayor que hizo que Llana fuera más caliente que nunca. La intranquilidad se agudiza cuando se difunde el rumor de que ha llegado el coronel Correa para enfrentar personalmente la situación y que no dejará que la ocupación se prolongue más allá del domingo, fecha de su cumpleaños. Al saberse que viene acompañado por “Carapintada” ya que lo tiene uniformado y como escolta personal, la inquietud se vuelve pánico. El solo nombre hace revivir las escenas de terror sufridas en meses recientes cuando hombres a su mando, con  faz embadurnada que los hacía irreconocibles, asaltaban las casas campesinas dejando a su paso muerte y destrucción, así como la orden de destierro para los pocos sobrevivientes.

“Con poner el mismo sonsonete lo que van a lograr es que odie más la música militar y que nunca quiera escuchar el himno nacional” dice la noche siguiente uno de los circunstantes, desesperado por la monotonía de las melodías.

“Al son que nos toquen bailamos”, responde uno de los dirigentes, al tiempo que invita a danzar a una de las compañeras. El gesto fue imitado por otras pocas parejas y produjo momentos de relax que se repiten en algunas ocasiones hasta la víspera del domingo en que todo terminaría.

Triste domingo

El día del Señor se anuncia luminoso pero extraordinariamente cálido. Rogelio se levanta muy temprano, optimista y de buen humor porque cumple 45 años.  No es un aniversario más, siente que es una fecha muy especial y se dice: “Me acerco aceleradamente al medio siglo y además del día de mi santo, son ya 25 años de haber iniciado la carrera de las armas, es ya más de la mitad de mi vida consagrada a la defensa del orden. Quiero celebrar y disfrutar el almuerzo con que me agasaja el alcalde, pero no estaré tranquilo si esta gente sigue aquí. Han sido muy tercos, ya casi una semana y nada que se van. Así como muchas veces las tropas los hacen colaborar o desplazarse diciendo que si no apoyan al ejército, detrás vendrán los paras, que no se ponen con contemplaciones, creo que si me les aparezco con el Canoso tendrán muy claro el mensaje.  De todos modos si no comen cuento, ordeno tiros al aire y si no se mueven, tocará dispararles a unos cuantos, ahí si se darán cuenta de que es en serio, todo el mundo echará a correr y se arreglará este asunto. No será culpa mía sino de los que manipulan a la gente y la ponen contra las instituciones legítimas. No aguanto más este desorden que me está impidiendo seguir mi labor de limpiar de guerrilleros este territorio.”

Confiado en la buena estrella que siempre lo ha acompañado, sale al descampado, flanqueado a su izquierda por René y a su derecha por Carapintada, en medio de decenas de soldados.

Es el comienzo del día, cuando aún la noche no se ha despedido del todo, es el alba, ese instante misterioso en que el mundo despierta. El rocío brilla en las hojas de los árboles y aún suceden cosas en los bosques cercanos de la sierra; los animales nocturnos hacen sus últimas cacerías y en el corazón de los humanos presentes se encienden los más oscuros temores pero también la llama de la esperanza de un nuevo día que para muchos será el último.

Al frente, la multitud expectante guarda silencio y escucha conteniendo el aliento. Se disipa cualquier esperanza de solución cuando el hombre dice con recia voz de mando que da quince minutos para que la concentración se disuelva y para que los grupos vuelvan a sus sitios de residencia, so pena de atenerse a las consecuencias.

Es el cuarto de hora más largo de la historia. Nadie se mueve ni dice nada. Cada uno apenas dialoga en secreto consigo mismo. No puede estar sucediendo, es una amenaza más, no pueden matar la gente así, piensa la mayoría, pero algunos hacen un balance de sus vidas al sentir que puede estar llegando el fin.

Luego, una invisible cortina de sopor invade la planicie y una extraña parálisis afecta a todos. Nadie se mueve; parece ser el destino quien maneja unos hilos inmóviles que se pondrán en acción en cualquier momento. Impasibles, unos y otros sienten que la fatalidad se apodera de ellos, como resultado de la cadena de acontecimientos entrelazados, imprevisibles y muy difícilmente controlables.

Sólo al cabo de unos segundos eternos los campesinos Arnulfo, Nelson, Alfredo, Luis Enrique, Luis José, José Joaquín, Pablo Manuel, Esperanza, Natividad, Raúl Antonio, Julio José, Wilson y Clemente ordenan retirar a las mujeres y niños y dan un paso al frente, sin decir palabra, como muralla humana ante el fuego inminente.

Del otro lado, el coronel es una esfinge y nada se deduce de sus ojos porque los cubren negrísimos lentes.

Suárez, el soldado francotirador, sabe que de darse la orden deberá ser el primero en cumplirla. Medita sobre qué hacer porque nunca ha incumplido una y “las órdenes se cumplen o se acaba la milicia”, pero aunque nadie se lo ha confirmado ni negado, siente que puede ser cierto que entre la masa puede estar su prima Esneda Velandia, que ha sido como su hermana desde que murieron los padres. Ha dejado de verla desde que entró al ejército. Como algunas personas le han dicho que todos los de la vereda en que ella vive salieron a las marchas, supone que puede estar entre el gentío. “Prefiero no seguir pensando en eso ni en nada, es mejor hacer las cosas sin preguntar. No sé qué hacer, tal vez si me lo ordenan disparo a ciegas y ya”.

El Canoso de cara pintada está impasible. Su mente está en blanco. La muerte es su rutina y oficio. Si hay plomo, los que caigan serán simplemente unas cifras más  en su historia, total ya ha perdido la cuenta de cuántas personas ha matado o visto morir. Entre tanto enciende un largo tabaco al que da cortas caladas, con la esperanza de que le dure estos interminables minutos. Calcula que al terminar el cigarro todo se definirá rápidamente y piensa que nunca sabemos nada pero hay que estar preparados para todo. No hay sorpresas sino sorprendidos y no quiere ser uno de ellos. Por eso desde ya tiene el dedo en el gatillo.

Un instante, una decisión

La más grande tormenta interior ocurre en el acalorado corazón de René. No puede entender por qué a sus cortos 19 calendarios está ahora en la encrucijada. De repente siente que tiene mil años, diez siglos de guerras eternas. Sus padres no hablaban de otra cosa que de violencias y destierros ancestrales desde las primeras generaciones. El abuelo repetía, siempre impactado, cómo tuvo que matar a un hombre que el 9 de abril en San Antonio de Leones evisceró a un rival político introduciéndole en el vientre el garfio en que terminaba su mano derecha, por acusar al gobierno por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Recuerda su ingreso a la guerrilla en sus lejanos quince años. Era su nueva familia y lo que más difícil le resultó fue aceptar un nombre diferente. Dejar de ser Ramiro no le fue fácil y con frecuencia no asimilaba ser nombrado Manuel, como pasó a llamarse porque el comandante escogió ese en homenaje a un cura español que fue el jefe máximo de la organización. Y después, al ser capturado por el ejército en un combate, nuevamente a cambiar de nombre y ni siquiera escogido sino otra vez impuesto, ya era “René”. Terrible, pero mejor a que lo llamaran como decía mucha gente que no daba la cara: “Sapo”, simplemente porque si quería vivir tenía que revelar cosas a sus nuevos jefes  y señalar personas, estuvieran comprometidas o no.

Es esa ahora su vida, piensa. ¿ Qué sigue? Si sale de esta quiere algo muy diferente pero no aceptará otro nombre. Quiere volver a ser Ramiro, pues al menos así lo pusieron los que lo trajeron al mundo, pero ya no está seguro si tiene derecho siquiera a eso. Su vida no le pertenece, ha sido un torbellino de sucesos y ahora le es menos propia que nunca. Ya no se siente ni de aquí ni de allá porque quemó las naves con sus amigos insurgentes pero para los militares solamente vale si les sirve. A lo mejor algún día se deshacen de él porque a estas alturas sabe demasiado. En fin, quiere tener siquiera el valor de Judas para colgarse de cualquier árbol porque le ardían las 30 monedas, pero no está para historias de la Biblia.

Sólo quiere terminar con todo y ser llamado por su nombre verdadero, pero ¿cómo, cuándo?  Todo es ahora tan irreal pero tan presente. Tal vez no hay peor tragedia que intentar ser lo que no se es o peor, lo que no se puede ser. Más grave todavía cuando uno no  sabe cómo se llama ni quién es en realidad. Mira al coronel y el tiempo que se le hacía larguísimo, ahora le parece fugaz. Es como si apenas hiciera segundos que dio la advertencia y de  repente un fuerte grito lo vuelve a la realidad al sentir la ronca voz del oficial:

“Se acabó el tiempo, ¡dispare Suárez!”.

Suárez mira al coronel con ojos desorbitados y vira hacia la multitud. Entre la masa confusa cree ver el rostro de Esneda, aunque las únicas dos  mujeres que hay en la primera fila son mucho mayores que ella. Trata de disparar hacia arriba pero sus dedos no le obedecen. No  importa porque en pocos instantes quedarán rígidos para siempre.

—Sea varón, ¿ No tiene güevas ? Su lugar no es aquí, debería estar arriba en la maldita Serranía de los Cobardes — grita a Suárez el coronel fuera de sí mientras le apunta con su revólver.

En fracción de segundos, a la vez que Correa dispara, da a todos la orden de fuego, pero él mismo es acribillado por ráfagas provenientes de sus escoltas izquierdo y derecho.  René no sabe si es él, Manuel o Ramiro quien ha disparado porque oye repetidamente los tres nombres al tiempo. El coronel Rogelio le pedía a René disparar, una voz desconocida le decía “alerta compañero Manuel” y una voz familiar clamaba ¿ qué haces Ramiro”? y como fondo la masa cantaba burlona: sapo, sapo, sapo.  Los llamados y reclamos estallaban en su mente. Él era todos y ninguno a la vez y lanzó el rafagazo sintiendo como si se disparara a sí mismo mientras salía del laberinto de sonidos que le reventaba por dentro.

En seguida el ruido ensordecedor de los fusiles es acompañado por los gritos y lamentos de personas que caen o huyen en medio de un fuego infernal.

Epílogo

Decenas de cuerpos sin vida o agonizantes tapizan la explanada. Muchos son asesinados o heridos al tratar de huir en los buses. Nade se sabe de Ramiro-Manuel-René ni de Carapintada, quienes se esfuman para siempre jamás del escenario y de la historia. Tal vez son parte de los tantos otros desaparecidos que ese día aciago engrosaron la larga lista de miles de personas de cuya suerte no se sabe y que están en la oscuridad tenebrosa de los no vivos ni oficialmente muertos.

El gobierno declara resuelto el asunto de la marcha, asciende póstumamente al coronel y da su nombre al  campo de paradas del batallón que dirigió.

Uno de los grupos paramilitares de la zona  pasó a llamarse “Comando Coronel Rogelio Correa Campos”, llevando a mayores grados de atrocidad el terror contra los campesinos de la región, especialmente los que habían participado en las jornadas de protesta.

El clavel amarillento

Como en la tierra del charrúa Tabaré, de donde Zorrilla de San Martín hace brotar  un lirio en memoria de la raza vencida, en Llana Caliente la palma centenaria, el algarrobo, la altiva ceiba, el roble y el cacao cuentan una historia dramática en la explanada. De entre los surcos de un suelo horadado por torres que buscan la sangre de la tierra,  surge a fines de cada mes de mayo un gran clavel amarillento. Cuando el monte queda solo y todo duerme entre las quietas ramas de los árboles hay una silente melodía que asciende con la flor iluminando la noche oscura, para desaparecer con el alba, reviviendo la hora primera de un día terrible de tormenta.

Sólo el clavel, con su perfume de flor caída, pálida y agonizante, aplaca el fantasma de la rabiosa lluvia de fuego que atravesó el corazón de la patria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nuevos hijos espirituales

 Libros, Lectura, Jardín, Dom Cervezas
 El Taller de Escritores Gabriel García Márquez, al cual pertenezco realizó una animada velada la noche del 23 de noviembre. En ella se realizó la presentación de varios libros de integrantes de este grupo de amantes de la literatura en el auditorio Rojo de la Fundación Universidad Autónoma de Colombia.
 
Ante una nutrida y selecta asistencia, fueron presentados en sociedad La luz al final del túnel y Milagros y amores en Altamizal de la Sierra, de José Jaime Castro Lozada; Juárez y Mosquera, dos políticas similares, de Rafael Castro Hernández; La danza de la lechuza, de Leonardo Gutiérrez Berdejo, y mi obra Réquiem por héroes y tiranos.
El texto de Rafael sigue la línea en que viene trabajando de tiempo atrás, de mostrar acontecimientos históricos que han marcado la hermana república de México y ahora nos compara las vidas en cierto modo paralelas de dos grandes figuras del siglo XIX, Juárez en el país azteca y Mosquera en nuestra nación.
José Jaime mostró una doble producción al traer una mirada costumbrista y nostálgica de Altamizal de la Sierra un pueblo macondiano, pero no del mágico litoral caribe sino del ardiente sur opita, que puede ser cualquier aldea del Tolima Grande. En sus líneas, además del costumbrismo, se siente el hálito de esa fuerza tan destructora que ha marcado la vida del país desde décadas atrás y nos muestra episodios de la violencia de los años cuarenta y cincuenta, con sus secuelas de terror, despojo y desplazamiento forzado que tienen sabor autobiográfico y de recuerdos familiares. En La luz al final del túnel trae varios cuentos de una época más reciente y con un tinte más urbano, aún cuando en uno que otro lo ataca la nostalgia y hace ir a algún personaje a Altamizal, en viaje al pasado con fantasma incluido.
Por su parte Leonardo en su Danza de la lechuza se muestra audaz al reunir trece cuentos (de paso demuestra que no sufre triscaidecafobia). Entre ellos está El último sol, con el que ganó el Premio Eutiquio Leal en 2012 y otros en los que se reflejan muchas de las angustias del ser humano en la deshumanizada sociedad capitalista y tragedias que han estremecido al país como la muerte de cerca de 30 niños carbonizados en un bus destartalado en Fundación, contada de manera sorprendente desde la mirada de un perro.
Mi libro Réquiem por héroes y tiranos trae los perfiles de seis personajes históricos: el coronel Caamaño, símbolo de la dignidad dominicana ante la invasión estadounidense; los patriotas portorriqueños Lolita Lebrón y Filiberto Ojeda, el militar salvadoreño Domingo Monterrosa, el coronel colombiano Rogelio Correa y cierra con el genocida camboyano Pol Pot. En las semblanzas se respeta lo esencial de los hechos y a la vez se le introducen algunos elementos de ficción o se recrean algunos de los episodios que marcaron las ejecutorias de los biografiados.
 
El acto comenzó a las 6:30 de la tarde, y entre los asistentes ilustres estuvieron el exministro de Estado y escritor Jorge Valencia Jaramillo; el exmagistrado y poeta Jairo Maya Betancurt, el cofundador  de la Universidad Jorge Granados; el representante de los profesores ante el Consejo Directivo de la FUAC, Luini Hurtado; los miembros del Sindicato de Profesores Orlando Bernal Morales y Dora Estrada, y el director de la revista Contorno Judicial Héctor Rivera, entre otras personalidades de la academia y de las letras. 
 
Agradezco a los organizadores del acto, en especial al director del taller, Hugo Correa Londoño, a Viviana Sánchez, joven poeta que hizo de maestra de ceremonias con lujo de competencia y desde luego a la Fundación Universidad Autónoma de Colombia y a quienes nos acompañaron y estimularon con su presencia.
Saludo a los colegas autores que compartieron esta jornada y espero que los textos que salieron a la luz ese día memorable sean degustados y comentados por los queridos lectores.