Cortés y Blanco

hombre en silla de ruedas: El joven amor y el sol discapacitados

En el nuevo ambiente de acuerdos entre la insurgencia y el estado, caracterizado por la esperanza y el temor de que repitan experiencias como el genocidio de la Unión Patriótica, el movimiento político que surgió de los acuerdos suscritos en 1984 entre el gobierno de Belisario Betancurt y las Farc-ep, vienen a mi memoria los nombres de muchos compañeros que entregaron sus vidas por la causa de la democracia y la paz.

Hoy quiero recordar y relevar a dos de ellos, Abilio Cortés y Armando Blanco, eliminados en los años 80 en el marco de la tenebrosa operación ridículamente denominada Baile Rojo, este sí preocupante y totalmente condenable y no inocente como el del 31 de diciembre de 2016 de los verificadores de la ONU con guerrilleros que produjo un escándalo digno de mejor causa.

Estos mártires estuvieron en la primera línea de la vocería de la UP en el Magdalena Medio Caldense y fueron víctimas del terror oficial y del paramilitarismo incubado y promovido desde los batallones y bases de la zona.

Ya desde antes la guerra sucia había eliminado a los principales dirigentes de la izquierda en regiones cercanas y en La Dorada misma el histórico líder comunista Luis F. Cortés, tío de Abilio, se salvó milagrosamente de un atentado perpetrado en su propia vivienda. En esa ocasión cuando el sicario estaba a punto accionar el gatillo, Bolche, el fiel ángel guardián canino, alcanzó a morder la mano homicida del sicario, haciendo que los disparos se desviaran y no alcanzaran su objetivo.

El sobrino no tuvo la misma suerte. Fue un joven modesto que aceptó el riesgoso encargo de formar parte de la lista de candidatos del movimiento al Concejo Municipal. Alternaba la actividad política con su trabajo de ayudante y mensajero en un supermercado. Pocos días antes de su muerte me expresó la preocupación porque elementos de la Base Aérea de Palanquero acudieron a su lugar de trabajo a preguntar por sus horarios y desplazamientos, además de “recomendar” a su patrón que se deshiciera de él porque no le convenía a su negocio.

No pasó una semana de esa visita nada cortés y un sábado aciago, el 28 de junio de 1986, cuando después de una ardua jornada de trabajo se desplazaba en bicicleta hacia su casa en un barrio popular se convirtió en una de las primeras víctimas del genocidio que exterminó a todo un partido político.

A su vez Armando, empleado bancario, sindicalista y también miembro de la UP en el puerto caldense, fue eliminado por partes. Su parábola vital no concluyó en un solo episodio sino que sobrevivió a un primer ataque, a causa del cual quedó paralítico. Aun cuando prácticamente no podía realizar ninguna actividad, no claudicó en sus convicciones y siempre insistió en que el corazón del complot contra él y contra el movimiento popular estaban los mandos de la fuerza pública enfatizando el papel del Batallón Patriotas,  situado en la cercana ciudad de Honda, al mando del general Hernán Darío Velandia Hurtado, posteriormente investigado en el primer caso de desaparición forzada del que se ocupó la justicia, el de Nidia Erica Bautista.

Para los asesinos no era suficiente matar en vida a Armando. No podían concebir que un hombre reducido a la impotencia física no tuviera miedo a denunciar y continuara exigiendo justicia. No mucho tiempo después del primer atentado, cuando tomaba el sol en silla de ruedas al lado de su madre en el antejardín de su residencia, las balas homicidas activadas de nuevo por los agentes del odio, acabaron con su existencia.

En la antesala de un proceso de paz y convivencia que avanza en medio de grandes dificultades y sabotajes por parte de los enemigos de la paz, que son los defensores de un orden injusto y excluyente, la memoria de Abilio, Armando y de muchos otros más que contribuyeron a abrir caminos de esperanza para Colombia puede iluminar el sendero de nuevas oportunidades para el país.

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